4.9.18

Sedimentar en las ruinas del pasado

Sedimentar en las ruinas del pasado

Por Sara Plaza

Lo que sigue es la trascripción traducida de una entrevista de la periodista y poeta Ana Romaní a la poeta, ensayista y crítica literaria Pilar Pallarés, en el programa radiofónico Diario Cultural emitido el día 14 de junio de 2018 por la Radio Galega.

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Voan miñatos sobre a paisaxe desmembrada
Pilar Pallarés, Tempo Fósil (Chan da pólvora, 2018)

A.R.: Tempo fósil es el nuevo libro de poemas de Pilar Pallarés. El azul de las guardas del libro abriga un esqueleto, más bien el esternón de un esqueleto. Tal vez ese mismo esternón que se parte en el último verso del primer poema del libro. Es el quinto libro de Pilar Pallarés. En él la demolición toma forma de restos, humus y vida de un tiempo que fue, sin nostalgia del lugar. Los gatos, las gatas, clavan los ojos en el horizonte. Y hay un jardín, un jardín primero de flores inútiles. También el dolor es el más inservible. La autora se sobrepone al endecasílabo y registra el tiempo fósil en un libro que se abre con una cita de Jean Rhys: "Las personas mueren siempre dos veces: una de verdad y otra cuando los demás se enteran. Dos, como mínimo, las que tienen suerte."

Pilar Pallarés, muy buenas tardes.

P.P.: Buenas tardes.

A.R.: ¿Qué fermenta en un tiempo fósil, o de qué es resto?

P.P.: Tempo fósil es, a ver... como punto de partida es resto de una desaparición. Yo comencé a escribir, no el libro, unos poemas, a finales de 2011 o comienzos de 2012, cuando acababa de publicar el libro anterior, cuando se produjo la desaparición de la casa familiar –que había construido mi padre con sus propias manos y en la que colaboramos todos absolutamente–, y otras setenta casas de un lugar de Culleredo, por la ampliación, la cuarta pienso, por el aeropuerto de Albedro. En ese momento escribí creo que tres poemas, los dos primeros de lo que luego se fue convirtiendo en el libro y otro que está más o menos por la mitad. Y quedaron ahí porque nacían por algo muy concreto. Después de un tiempo, así, muy poco a poco, el libro se fue construyendo en un proceso en el que se fueron añadiendo muchas cosas. El punto de partida es ese.

A.R.: Hay muchos restos por el libro, hay mucha vida que es humus, que es restos de lo vivido, fósil de un tiempo, no sé si más feliz, pero el libro no tiene mucho de nostalgia realmente, es más una reflexión sobre la demolición...

P.P.: Uhum [asintiendo].

A.R.:... y el tiempo, ¿no?

P.P.: Uhum [asintiendo]. No hay nostalgia porque eso va ligado... a pesar de que yo pienso que las experiencias concretas, biográficas, en la literatura tampoco importan tanto, son el material con el que trabajamos, del que partimos, y con el que te tienes que enfrentar, desde mi perspectiva, cara a cara, sin veladuras, a por todas, no importa más que como material de construcción de otra cosa, pero sí que esa parte biográfica está ahí. Entonces, esa falta de nostalgia tiene mucho que ver con la desaparición de una casa que era el sueño de los padres, como de tantas personas de una clase social determinada, popular –hay mucho también de eso en el libro–, pero que para los niños fue un lugar de exilio, porque fue la pérdida de un lugar rodeado de vecinos, con algunas de las personas que yo más quise en mi vida, y la llegada a una especie de Far West, a un lugar aislado. Entonces, siempre la relación fue ambivalente, no da tanto para la nostalgia porque era también, en cierta manera, un lugar que odiábamos.

Pero a mí más que la nostalgia lo que me interesaba era... lo que me resulta casi abismal es la incapacidad de dejar huella, de fundar algo, de construir... porque todo es arrasado en este tiempo en el que vivimos.

A.R.: Claro, ahí está la casa representando también una forma de vida perdida. Tú escribes: "Somos a tribo que se dispersou, a que non soubo perpetuarse en xeracións, até reverter no depósito do tempo", que es un poco esto que estabas comentando ¿no?

P.P.: Sí. La tribu inicialmente era una tribu muy pequeña, era familiar, lo que pasa es que luego eso adquiere más significado, claro. Y para mí es muy importante. A ver, yo siempre tuve mucha conciencia de clase. Yo soy hija de abuelos labradores, que en algunos casos ya eran obreros simbióticos, de padres obreros; soy la primera generación, no que fuese a la universidad, que accedió a la enseñanza media... Entonces, hay también esa destrucción del sueño de una clase social que aspira a algo mejor, que aspira a construir una vida con elementos que hasta pueden ser meramente ornamentales, permitirse el lujo de vivir incluso con lo inútil, y cómo todo es destruido, sin clemencia de ningún tipo.

A.R.: Ahora que hablas de lo inútil, esas flores inútiles del jardín primero, que aparecen en alguno de los poemas...

P.P.: Sí. Sí, sí.

A.R.: Hablas también de esa luz de verano y de su belleza inútil...

P.P.: Sí. La luz del verano surge de otro lugar, porque ese proceso de desaparición, de aniquilación, esa incapacidad de dejar huellas, también la veo ahora en algo que para mí es obsesión, que es, bueno, la evolución que sigue este planeta. Ese desequilibrio, esos ciclos que ya están completamente trastornados. A ver, hay mucha presencia en mis poemas de los gatos, pero porque yo vivo con ellos y me ocupo de gatos que no tienen dueño. A mí me estremece comprobar cómo, por ejemplo este año, por vez primera –y hablo de cosas que parecen así muy pequeñas, pero que la vida es eso ¿no?– la xaneira [época de celo de los gatos que coincide con la luna de enero] no comenzó a finales de diciembre, comenzó a mediados de marzo. Esa luz de verano era una luz de verano que no era verano, era otoño. Entonces, de repente, esa ruptura de un orden natural, esa belleza inútil y errada; errada porque conduce a la destrucción, a la aniquilación.

A.R.: ¿Podríamos hacer una lectura política, colectiva, de esta casa destruida, de su esqueleto, de ese esternón partido?

P.P.: Sí. Sí, pienso que también. Aunque no sea la intención inicial. Claro, lo maravilloso de la poesía es cómo los silencios, las sugerencias, el no decir realmente... el trabajo con el lenguaje llevado al extremo de su desnudez y de su ambigüedad hace que tú a lo mejor estés escribiendo por un motivo muy elemental, y muy vulgar incluso, pero eres consciente también de que, al mismo tiempo, toda esa carga de significados se produce, porque estás arrastrando también todos esos significados con el simple empleo de una palabra que nunca es nueva completamente, que ya fue usada miles, millones de veces. Sí, seguramente –no es que lo pensase yo, lo notó otra persona–, es el libro –o sí lo había pensado yo algo, en fin– con menos presencia del yo y con más presencia de lo colectivo o, en cierta manera, con la disolución del yo en ese nosotros, en ese ellos.

A.R.: "Nós imos xa acabando ata depositarnos na ruína do pasado, o desfuturo", escribes también.

P.P.: Uhum [asintiendo].

A.R.: Hablemos de las figuras paterna y materna que aparecen en este libro. De la materna escribes: "Así vingar a infancia e ser nai para matar a nai". Hay una maternidad de cavidades...

P.P.: Uhum [asintiendo].

A.R.: La figura de la madre, la figura materna, suele presentarse siempre no precisamente en un territorio de cavidades, nunca se habla de matar a la madre...

P.P.: Porque yo pienso que la literatura, hasta la más revolucionaria, digamos, o la que más cuestiona lo establecido, al final acaba cayendo muchas veces –bueno, y se entiende así–, en lo políticamente correcto. Entonces, la poesía gallega de los últimos años está llena de –como en otros lugares, en otras literaturas un poco antes–, de genealogías femeninas y reivindicaciones de la figura de la madre, pero la realidad es mucho más compleja. A veces la figura de la madre, y de la madre de la madre, está llena de cavidades. Y tiene que ver también con la experiencia: propia, de entrada, aunque luego no sea únicamente eso, claro.

A.R.: Y hay una apelación, una invocación también a la figura paterna, desde otro lugar ya.

P.P.: Es que el padre, que en libros anteriores a veces es un padre simbólico, con más frecuencia es mi padre. Mi padre, que hace mucho tiempo que no está porque murió hace veinticinco años. Murió con muy poco tiempo de diferencia de Antón Avilés de Taramancos. Son dos muertes que para mí siempre están muy ligadas.

Y sigo hablando de elementos de los que parte el libro, del material constructivo. Mi padre está enterrado en el cementerio de la hermosísima iglesia románica de Culleredo, y ahora mismo al pie prácticamente de ese terraplén monstruoso que fue cada vez ocupando más espacio.

Entonces, el libro está lleno de restos, de fósiles, de huesos y él es también eso. Pero es en cierta manera osamenta, esqueleto vivo. Comienzo el libro poniendo una cita de Ancho mar de los Sargazos de Jean Rhys –una novela que siempre me fascinó–, y que no sé si se entiende, pero que tiene que ver con el mundo de los no vivos, no muertos, de los zombis. Porque dentro de ese proceso de aniquilación, yo pienso que la vida siempre continua de otra manera y, a veces, es la condena también a no morir nunca completamente, a quedar ahí como una conciencia viva, viva de otra forma.

A.R.: Otro de los asuntos de algunos de los poemas es el propio poema. Escribes, por ejemplo: "Sobrepóñome ao endecasílabo".

P.P.: Sí. A ver, eso tiene que ver con que para mí, a la hora de hacer poesía, es algo fundamental el ritmo, esa música interior. A mí no me interesa hacer poesía desde la racionalidad. Quizás también por eso yo escriba tan poco, porque en el fondo pienso que soy una persona bastante racional y la razón nos empobrece. Desde lo racional seguimos las relaciones causa-efecto, temporales, ta-ta-ta-tá, y todos acabamos haciendo lo mismo y escribiendo lo ya sabido, o produciendo lo ya sabido. Entonces, me interesa conseguir de alguna manera ese estado en el que habla algo en mí que sabe más de lo que yo sé en lo cotidiano, desde ese funcionamiento racional. Y lo que desencadena eso, con materiales que llevan fermentando desde hace mucho tiempo –porque es mi proceso de escritura–, lo que desencadena eso puede ser una imagen, puede ser una palabra, y muchas veces es un ritmo. Luego, pienso que desde siempre, pero en los últimos años mucho más conscientemente, a mí es que me domina el endecasílabo...

A.R.: [Risas]

P.P.: [Risas] Siempre digo que voy a terminar hablando en endecasílabos. Y el endecasílabo, como tantos elementos poéticos, es engañoso y es tramposo, porque le da una pátina de belleza a lo que a veces es estremecedor, a lo que es terrible. Entonces, el poema nace de esa inclinación, con ese ritmo que me domina, y también de la negativa a caer en las redes de la belleza, en las trampas de lo bello.

A.R.: Hablabas de la razón: en tu poética hay una premisa que ya has comentado hace tiempo, que es esta de conseguir abolir el peso de la razón.

P.P.: Sí.

A.R.: Y eso también está aquí desde el primer verso, porque en el primer verso, en uno de los primeros, apuntas: "Da ruína da razón nace a palabra".

P.P.: Sí. Pienso eso, que la razón empobrece, y a mí concretamente, a la hora de escribir, hacerlo desde la racionalidad no me interesa porque no me interesa nada lo que produzco, lo que sale. Hablo de producir y es un término así muy... lo que construyo, no me interesa en absoluto. A ver, igual que no me interesa en mí –y va ligado a veces a esa presencia de la razón, digamos– la abstracción. Creo que soy muy poco de abstracción, siempre estoy muy ligada a lo que es corpóreo, a lo material, es lo que me interesa realmente. Y es lo que a mí como lectora, que es lo que soy fundamentalmente, me golpea, bate en mí cuando leo a otros.

Luego, algo también importantísimo para mí: yo tengo que olvidarme completamente de los otros, de la relación con mi poesía. Tengo que olvidar completamente las expectativas, si se va a entender o no se va a entender. Incluso a veces tengo la impresión de que algunos poemas, o a lo mejor el libro entero, están tan hechos desde el "ya se entenderá" que... No es un monólogo, no estoy a solas conmigo, en absoluto, pero, es decir, a buen entendedor...

A.R.: Ya.

P.P.: En este libro en concreto hay dos poemas que no llevaban ningún tipo de indicación y al final decidí ponerla. Yo casi nunca titulo, porque el título para mí es una forma de condensar lo que yo de ninguna manera sé exprimir de otra forma, si no no haría un poema, y es también una manera de estar conduciendo al lector, guiándolo. Esos poemas son, la indicación final es Ayotzinapa, porque en realidad nacen de la historia tremenda de los 43 estudiantes de magisterio de Iguala. No iba a poner ningún tipo de indicación. Luego, fue con la lectura de alguna persona amiga, no lo hablé, pero me di cuenta de que no... Claro, la única referencia concreta eran los 43 y una ceremonia que hacen los familiares y amigos, que es ir nombrando, uno a uno, a los 43 desaparecidos.

Y eso, necesito olvidarme completamente de los otros, no pensar en lo que los lectores o los otros van a pensar, van a entender. Es algo fundamental para mí.

A.R.: Acabamos, una última cuestión: ¿qué tienen los felinos?

P.P.: Vivo con ellos. A ver, es también algo muy particular, pero yo tengo gatos, alimento un montón de gatos de los de fuera, de toda la vida. Es algo, por cierto, muy de la tribu, muy familiar, y es algo así también muy concreto, muy biográfico. Pero hay un poema en el libro que sí, que se titula "Tres gatas". Tres gatas que ahora ya son únicamente dos, que son tres gatas a las que alimentaba mi madre al lado de esa casa desaparecida, que yo conseguí, porque no se dejan tocar, conseguí cogerlas y traerlas a la ciudad, salvarlas de la destrucción, de la desaparición, gracias –y el poema está dedicado a él– a Carlos Pereira, el amigo e historiador del concello de Culleredo.

Luego, a mí, en general, no es que me interesen los animales, yo vivo –siempre lo digo también–, no tendría ningún tipo de interés en vivir en un planeta sin animales, para mí son parte fundamental. Están, para mí, al nivel de los humanos, son otros seres vivos con los que compartimos este planeta que va hacia la ruina.

A.R.: Tempo fósil de Pilar Pallarés, esta semana en la página poética, una obra publicada por Chan da pólvora. Pilar Pallarés, muchas gracias.

P.P.: Muchas gracias a vosotros, a ti.

Fotografía de Sara Plaza.

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