18.9.18

Realismo perspectivista vs Salvar las apariencias

Realismo perspectivista vs Salvar las apariencias

Por Sara Plaza

Reproducimos a continuación la traducción al castellano de una entrevista reciente a la filósofa Michela Massimi. El texto original en inglés apareció el pasado día 24 de mayo en Quanta Magazine, con el título "Questioning Truth, Reality and the Role of Science". Ha sido traducido por Sara Plaza.

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Cuestionar la verdad, la realidad y el papel de la ciencia

En una época en la que dominan ideas movedizas como la de multiverso, Michela Massimi defiende la ciencia de aquellos que piensan que está irremediablemente desligada de la realidad física.

Es un momento interesante para explicar las razones a favor de la filosofía en la ciencia. Por un lado, algunos científicos que trabajan con ideas como la teoría de cuerdas o el multiverso —ideas que van mucho más allá de nuestros medios para probarlas— se ven forzados a hacer una defensa filosófica de la investigación, que no puede apoyarse en las hipótesis tradicionales de ensayo. Por otro, es notoria la actitud desdeñosa de algunos físicos, como Richard Feynman y Stephen Hawking, hacia el valor de la filosofía de la ciencia.

Ese valor es reivindicado con amable pero firme seguridad por Michela Massimi, que acaba de recibir la Medalla Wilkins-Bernal-Medawar, un premio que otorga anualmente la Royal Society de Gran Bretaña. En su discurso de aceptación del premio, Massimi defendió tanto la ciencia como la filosofía de la ciencia de las acusaciones de irrelevancia. Ella mantiene que ninguna debería ser juzgada en términos puramente utilitarios, y afirma que deberían ser aliadas en la defensa del valor social e intelectual de una exploración del mundo físico con final abierto.

Además de defensora del valor de la ciencia, Massimi investiga cuestiones alrededor del "realismo" y el "antirrealismo": cómo, si acaso, se relaciona la ciencia con la realidad objetiva. En su trabajo se interroga sobre si el proceso de hacer ciencia se aproxima a una concepción verdadera y única del mundo, o si simplemente se contenta con describir los fenómenos físicos, sin considerar si las historias que nos cuenta sobre el mundo son verdad. Massimi, que nació en Italia y actualmente trabaja en la Universidad de Edimburgo en Escocia, se decanta del lado de los realistas y, explica, por una posición que ella denomina "realismo perspectivista": que en la ciencia puede haber progreso —un término muy contestado en filosofía— a pesar de estar inevitablemente moldeada por factores sociales e históricos. Quanta se reunió con Massimi cuando estaba preparándose para dar el mencionado discurso de aceptación. Lo que sigue es una versión editada y condensada de nuestra entrevista.

Philip Ball: A menudo se cita a Richard Feynman por haber dicho que la filosofía de la ciencia tiene la misma utilidad para los científicos que la ornitología para los pájaros. ¿Cómo responde a esto?

Michela Massimi: Las afirmaciones desdeñosas por parte de afamados físicos de que la filosofía o bien es un ejercicio intelectual inútil o no está a la par de la física porque no es capaz de progresar, parece que provienen de la falsa asunción de que la filosofía tiene que ser de utilidad para los científicos o si no carece de utilidad.

Pero lo que importa es que tenga alguna utilidad. No analizamos el valor intelectual de la historia romana en función de la utilidad que pudiera tener para los propios romanos. Y lo mismo con la arqueología y la antropología. ¿Por qué debería ser diferente con la filosofía de la ciencia?

¿De qué sirve entonces la filosofía de la ciencia si no sirve para los científicos? Yo creo que, en un sentido amplio, se beneficia de ella la humanidad en su conjunto. Nosotros los filósofos construimos narrativas sobre la ciencia. Escrutamos las metodologías científicas y las prácticas de modelización. Nos involucramos en los cimientos teóricos de la ciencia y en sus matices conceptuales. Y debemos este trabajo intelectual a la humanidad. Es parte de nuestra herencia cultural y de nuestra historia científica. El filósofo de la ciencia que explora los métodos bayesianos [estadísticos] en cosmología, o que escudriña las asunciones que hay detrás de los modelos simplificados en la física de alta energía, no se diferencia del arqueólogo, el historiador o el antropólogo a la hora de producir conocimiento que es útil para el conjunto de la humanidad.

P.B.: Muchos científicos de comienzos del siglo pasado mantuvieron una relación muy estrecha con la filosofía, incluyendo a Einstein, Bohr, Mach y Born. ¿Hemos perdido ese compromiso?

M.M.: Sí, pienso que hemos perdido una forma característica de pensar la ciencia. Hemos perdido la idea, que se remonta al Renacimiento y la revolución científica, de que la ciencia es parte de nuestra más amplia historia cultural.

A principios del siglo XX, los padres fundadores de la teoría de la relatividad y de la mecánica cuántica estaban habituados a leer filosofía. Y algunos de los debates más profundos en física por aquel entonces tenían una naturaleza filosófica. Cuando Einstein y Bohr discutieron la completitud de la mecánica cuántica, lo que estaba en juego era la propia definición de "realidad física": cómo definir lo que es "real" en física cuántica. ¿Puede asignársele a un electrón una posición "real" y un momentum "real" en mecánica cuántica aun cuando el formalismo no nos permite capturarlos? Se trata de una pregunta filosófica muy profunda.

Es difícil encontrar debates similares en la física contemporánea, por muchos motivos. Los físicos de hoy en día no siempre ni necesariamente leen sobre otros asuntos en la universidad, ni reciben formación sobre una amplia serie de temas en la escuela. Las numerosas colaboraciones científicas imponen un nivel más granular de conocimientos científicos. Más concretamente, todo el ethos de la investigación científica —reflejado en las prácticas institucionales para incentivar y evaluar la investigación científica, y en cómo se distribuyen los fondos para llevarla a cabo— ha cambiado. Hoy, la ciencia tiene que ser útil para un grupo perfectamente definido, de lo contrario es considerada completamente inútil.

Pero igual que pasa con la filosofía, en la ciencia (y en las humanidades) necesitamos investigar los fundamentos, porque es parte de nuestro legado cultural y de nuestra historia científica. Es parte de lo que somos.

P.B.: Una de las críticas que se hacen es que la ciencia avanza mientras que la filosofía sigue haciéndose las mismas preguntas de siempre. ¿Ha motivado la ciencia nuevas preguntas filosóficas?

M.M.: De nuevo pienso que deberíamos resistir la tentación de evaluar el progreso en la filosofía en los mismos términos que se hace en la ciencia. Para empezar, existen diferentes perspectivas de cómo evaluar el progreso en la ciencia. ¿Lo hacemos en función de la aproximación cada vez mayor de la ciencia a una teoría final verdadera? ¿O en términos de resolución de problemas? ¿O de avance tecnológico? Estas son, en sí mismas, cuestiones filosóficas sin resolver.

La perspectiva heredada hasta los años sesenta del siglo pasado fue que el progreso científico tenía que ser entendido en términos de elaborar teorías que tuvieran cada vez más posibilidades de ser verdad, en el sentido de ser cada vez mejores aproximaciones a un límite ideal de la investigación científica —por ejemplo, algún tipo de teoría total, si es que existe una. Con el trabajo histórico de Thomas Kuhn en aquellos años, este parecer fue parcialmente reemplazado por una alternativa que entiende nuestra capacidad para solucionar cada vez más problemas y acertijos como la medida de nuestro éxito científico, independientemente de la existencia o no de un límite ideal para la investigación científica hacia el que todos estaríamos convergiendo.

La filosofía de la ciencia ha contribuido a estos debates sobre la naturaleza del éxito científico y del progreso, y como resultado hoy tenemos una perspectiva más matizada e históricamente sensible.

Pero lo contrario también es cierto: la ciencia ha ofrecido a los filósofos de la ciencia nuevas preguntas sobre las que reflexionar. Pensemos, por ejemplo, en los modelos científicos. La proliferación exponencial de diferentes prácticas de modelización en las ciencias biomédicas, la ingeniería, las ciencias de la tierra y la física durante el último siglo ha empujado a los filósofos a hacerse nuevas preguntas sobre el papel y la naturaleza de los modelos científicos, y cómo estos se relacionan con las teorías y la evidencia empírica. De manera parecida, la utilización generalizada de la estadística bayesiana en determinadas áreas científicas ha persuadido a los filósofos para volver al teorema de Bayes y desempaquetar sus problemas y posibilidades. Y los avances en neurociencia han invitado a los filósofos a elaborar nuevos relatos de cómo funciona el cerebro humano.

Por lo tanto, el progreso es acumulativo por medio de una relación simbiótica a través de la cual la filosofía y las ciencias se desarrollan, evolucionan y se alimentan mutuamente.

P.B.: Decía que ha existido un debate entre puntos de vista realistas y antirrealistas de la ciencia. ¿Puede explicarlo?

M.M.: La discusión tiene una larga historia y trata fundamentalmente de las posiciones filosóficas sobre la ciencia. ¿Cuál es el objetivo general de la ciencia? ¿Tiene que proveernos de una historia aproximadamente verdadera de la naturaleza, como pretendería el realismo? ¿O debe salvar las apariencias sin tener necesariamente que contarnos una historia verdadera, como sostendrían algunos antirrealistas?

Esta distinción es crucial en la historia de la astronomía. La astronomía ptolemaica fue capaz de "salvar las apariencias" [1] sobre los movimientos planetarios durante siglos, asumiendo epiciclos y deferentes [representaciones de los movimientos circulares], sin ninguna pretensión de ofrecer una historia verdadera. Cuando apareció la astronomía copernicana, la batalla que siguió —entre Galileo y la Iglesia Romana, por ejemplo— fue en última instancia una batalla sobre si la astronomía copernicana debía ofrecer una "historia verdadera" de cómo se movían los planetas en lugar de salvar las apariencias.

Podemos hacernos las mismas preguntas sobre los objetos de las actuales teorías científicas. ¿Son reales los quarks coloreados? ¿O salvan la evidencia empírica que tenemos sobre una fuerte interacción en termodinámica cuántica? ¿Es real el bosón de Higgs? ¿La materia oscura?

P.B.: Usted aboga por una nueva posición, que denomina realismo perspectivista. ¿En qué consiste?

M.M.: Entiendo el realismo perspectivista como una posición realista, porque sostiene (al menos en mi propia versión) que la verdad importa en la ciencia. No podemos estar contentos simplemente con salvar las apariencias y elaborar teorías que expliquen la evidencia disponible. No obstante, reconoce que los científicos no poseen una visión global de la naturaleza: nuestros recursos conceptuales, aproximaciones teóricas, metodologías e infraestructuras técnicas están situadas histórica y culturalmente. ¿Quiere eso decir que no podemos alcanzar verdadero conocimiento sobre la naturaleza? Ciertamente no. ¿Quiere decir que deberíamos abandonar la idea de que hay una noción general de progreso científico? Desde luego que no.

P.B.: Ha escrito sobre el papel de la evidencia en la ciencia. Esta se ha convertido en un tema candente debido al esfuerzo de algunas partes de la física por adentrarse en ámbitos donde hay escasa evidencia que pueda ser utilizada para probar las teorías. ¿Piensa que puede hacerse ciencia verdadera incluso allí donde el empirismo no es (en este momento) una opción?

M.M.: Esta es una pregunta importante porque, como mencionaba antes, la respuesta a la pregunta de cómo ser realista a pesar de la naturaleza perspectiva de nuestro conocimiento depende también de cómo actuemos al recoger, analizar e interpretar la evidencia para hipotéticas nuevas entidades (las cuales pueden o no ser reales). No es solo que tal evidencia sea muy difícil de reunir en áreas como la cosmología o la física de partículas, sino que además las herramientas que tenemos para interpretarla son demasiado a menudo una cuestión de perspectiva. Así que, cómo pongamos esas herramientas al servicio de "encontrar la verdad" sobre, digamos, las partículas supersimétricas o la energía oscura, se convierte en un asunto clave.

Pensemos, por ejemplo, en el programa de investigación de la supersimetría. Aquí, las viejas ideas filosóficas —los científicos empiezan con una hipótesis teórica, deducen resultados empíricos y entonces llevan a cabo un experimento para comprobar si los resultados se verifican o no— se muestran totalmente obsoletas e inadecuadas para capturar lo que está ocurriendo en la práctica científica. A los físicos experimentales les llevaría muchísimo tiempo, y resultaría sumamente ineficiente, comprobar cada uno de los modelos teóricos producidos en supersimetría, teniendo en cuenta además la enorme cantidad de datos proveniente de los colisionadores.

En vez de eso, los físicos de partículas han elaborado estrategias más eficientes. El objetivo es descartar regiones de energía en las que no se haya encontrado ninguna evidencia todavía para la nueva física más allá del Modelo Estándar. Nuestra capacidad para analizar el espacio de lo que es físicamente concebible como guía para lo que es objetivamente posible —y establecer condiciones más estrictas en este marco de posibilidades— cuenta como progreso, incluso si no se llegara a detectar ninguna partícula al final de todos esos esfuerzos.

Desde un punto de vista filosófico, lo que ha cambiado dramáticamente no es solo las viejas ideas sobre la interacción entre teoría y evidencia, sino, lo que es más importante, nuestras ideas de progreso en la ciencia y el realismo. El progreso aquí no es solo descubrir una nueva partícula. Es además —de hecho, la mayor parte del tiempo— ser capaz de despejar el lugar de lo que podría ser posible en la naturaleza con un alto nivel de confianza. Eso es progreso suficiente. Trasladar este mensaje a la sociedad es importante para rectificar ideas equivocadas sobre, digamos, si el dinero de los contribuyentes debería emplearse en construir colisionadores más potentes si resulta que estas máquinas no descubren nuevas partículas.

Al mismo tiempo, deberíamos reconsiderar nuestros compromisos realistas. Personalmente, creo que un punto de vista realista puede incluir la capacidad de procurar el espacio de lo que podría ser objetivamente posible en la naturaleza, más que en términos de cartografiar algunos estados de la cuestión. El realismo perspectivista apunta hacia ahí.

P.B.: ¿Cómo empezó a pensar en todo esto?

Un momento decisivo para mí fue cuando un día de 1996, mientras estaba hojeando viejos y polvorientos números de la Physical Review en el sótano de la biblioteca de Físicas de la Universidad de Roma, tropecé con el famoso artículo de Einstein-Podolsky-Rosen de 1935 ["Can quantum-mechanical description of physical reality be considered complete?", el primer artículo en señalar el fenómeno que se conoce como entrelazamiento cuántico]. Me impactó el "criterio de realidad física" que aparecía en la primera página: si sin perturbar en modo alguno un sistema podemos predecir con certeza el valor de una cantidad física, entonces allí existe un elemento de realidad física que se corresponde con esa cantidad física. Yo me pregunté por qué un artículo de física comenzaba afirmando una idea aparentemente muy filosófica sobre la "realidad física". En cualquier caso, pensé, ¿qué es un "criterio" de realidad física? ¿Está este justificado? Recuerdo haber leído entonces la respuesta de Niels Bohr a ese artículo de EPR, el cual repiqueteó en mi cabeza con afirmaciones mucho más modestas basadas en lo conocido, sobre cómo llegamos a tener conocimiento de lo que existe en el mundo. Y en ese momento decidí que había un tesoro filosófico oculto en esa área esperando ser explorado.

P.B.: Su discurso de aceptación del premio en la Royal Society trata sobre el valor de la ciencia. ¿Qué piensa que puede aportar la filosofía a ese debate?

¡Muchísimo! Obviamente, no es el trabajo de los filósofos hacer ciencia, ni pronunciar veredictos sobre una teoría tras otra, ni decirles a los científicos cómo deberían hacer su trabajo. Tengo la sospecha de que parte de la mala prensa de los filósofos proviene de la percepción de que tratan de hacer alguna de esas cosas. Yo creo que nuestro trabajo contribuye al discurso público sobre el valor de la ciencia, así como a asegurar que los debates sobre el papel de la evidencia, la precisión y la fiabilidad de las teorías científicas, y la efectividad de las aproximaciones metodológicas se investiguen adecuadamente.

En este sentido, me parece que la filosofía de la ciencia realiza una importante función social: hacer más consciente al público en general de la importancia de la ciencia. Para mí los filósofos de la ciencia son intelectuales públicos que defienden la ciencia y rectifican errores comunes o juicios desinformados que pueden alimentar lobbies políticos, agendas y en última instancia la formulación de políticas. La filosofía de la ciencia es una parte integral de nuestro discurso público sobre la ciencia, que es por lo que yo siempre me he esforzado en comunicar el valor de la ciencia para la sociedad en general.

[1] Apariencias, salvar las
Frase que sintetiza una de las dos posturas que se adoptaron en el debate producido en los s. XVI y XVII acerca del sentido que debía darse a las nacientes teorías astronómicas. Entre los partidarios de entenderlas de acuerdo con la tradición formalista, que se remontaba, según Simplicio, a Platón, las hipótesis astronómicas no eran más que modelos matemáticos que servían para calcular y predecir los movimientos de los cuerpos celestes; en ningún caso representaban una descripción y explicación de lo que realmente sucedía en el universo. Los modelos astronómicos de Eudoxo y Calipo, por ejemplo, eran en este sentido intentos de «salvar las apariencias». Para los partidarios de entender las teorías astronómicas de acuerdo con la tradición física de Aristóteles, las hipótesis de los movimientos en los cielos eran verdaderas hipótesis explicativas, que hoy podrían llamarse «cosmológicas», que intentaban ofrecer una explicación de lo que realmente sucedía en el universo; así, el modelo de esferas homocéntricas de Aristóteles pretendía ser una descripción de la realidad física. La frase «salvar las apariencias» o «salvar los fenómenos» se entendió como una exigencia de Platón dirigida a los astrónomos para que, partiendo del supuesto teórico de que todo movimiento celeste debía ser en realidad perfectamente circular y uniforme, buscaran hipótesis que estuvieran «de acuerdo» con los fenómenos: que pudieran «salvar las apariencias» (ver texto).Esta distinción entre la manera de entender las teorías astronómicas propia de los astrónomos (la formalista) y la manera propia de los físicos (la cosmológica) aparece afirmada por vez primera en Gémino, autor del s. I a.C., según testimonio de Simplicio (ca. 500-540; ver texto). Seguir leyendo aquí.

Fotografía de Sara Plaza.

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