7.8.18

Un territorio menos legible

Un territorio menos legible
Por Sara Plaza

Reproducimos a continuación la traducción al castellano de una entrevista reciente de la periodista Montse Dopico al geógrafo y cantautor Xosé Constenla, ganador del último Premio Ramón Piñeiro, con el ensayo titulado O colapso territorial en Galiza (Galaxia, 2018). La entrevista original en gallego apareció el pasado día 4 de agosto en el diario online Praza Pública, con el título “Xosé Constenla: A raizame antropolóxica da propiedade da terra impediu que a especulación fose aínda peor”. Ha sido traducida por Sara Plaza.

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M.D.: ¿En qué sentido David Harvey cubre el hueco que dejara El Capital de Marx y por qué es importante en tu investigación?

X.C.: Esto tiene que ver con la génesis del colapso territorial. Se trata de un proceso de decantación que comienza en el año 2000 o 2001, estando en la facultad. Cae en mis manos un número de la New Left Review en el que aparecía una entrevista titulada “Reinventar la geografía”. Fue mi descubrimiento de Harvey pero también de otra cuestión importante: que la geografía cabía en el universo del marxismo y de la teoría social crítica, aportando un valor esencial a partir de la lógica espacial del capitalismo. Nunca me habían hablado de él (todavía) en la facultad. Hay que tener en cuenta que la separación entre geografía física y humana y, sobre todo, el peso de la geografía regional y, muchas veces, descriptiva, fue y sigue siendo un defecto particular de la geografía como ciencia social en la universidad española.

Harvey trataba de huir del fetichismo del espacio al tiempo que criticaba la hegemonía historicista y economicista de la teoría social crítica. La importancia de Harvey reside en que, a lo largo de su obra, es posible descubrir el trabajo que Marx dejó únicamente bosquejado por no ser él quien escribe, sobre todo, el tercer tomo de El Capital, que iba a estar dedicado a las cuestiones espaciales y al comercio internacional: la geografía del capitalismo o su lógica espacial. Profundizando en la idea del desarrollo geográfico desigual, pero actualizándolo constantemente con las nuevas formas de imperialismo y expansión cíclica del capital que deja atrás la acumulación primitiva.

Finalmente, es preciso señalar que aproximarse a Harvey en aquel momento, año 2000, no fue fácil. En la facultad no había ninguno de sus libros. Estaban algunos artículos, la mayoría en inglés. Por otro lado, las traducciones de los años 1980 estaban descatalogadas y, por ejemplo, La condición de la posmodernidad, estaba editada por Amorrortu Editores, una editorial argentina con poca distribución peninsular. Eso cambia cuando la espacialidad toma relevancia en las cuestiones políticas relacionadas con la globalización y el altermundismo. Harvey se convirtió en un referente con sus Espacios de esperanza y El nuevo imperialismo.

M.D.: Durante mucho tiempo, explicas, las ciencias sociales tendieron a considerar el espacio como mero escenario. El tiempo era la dimensión considerada importante, de manera que se buscaban causas históricas, políticas, económicas, sociales o culturales, pero no territoriales, para explicar los fenómenos sociales. ¿Qué es lo que hace mudar esto a partir de los años 80 del siglo pasado? ¿Cómo surge el predominio del espacio sobre el tiempo, propio de la cultura visual posmoderna?

X.C.: Las sociedades industriales y mercantiles surgidas a partir de la segunda mitad del siglo XIX aposentaron su predominio en la obsesión de querer acortar el tiempo de producción y distribución de las mercancías. La mecanización y la tecnología, así como la evolución de los medios de transporte y de las infraestructuras juegan así un papel relevante en lo que Marx llamó “la aniquilación del espacio mediante el tiempo”. De las tres grandes fuerzas productivas, esto es, tierra, trabajo y capital, la que menor importancia obtuvo por parte de la maquinaria capitalista fue la primera, porque fue considerada un mero escenario o, en el mejor de los casos, una fuente (ilimitada) de recursos.

Así se desarrollaron los grandes procesos de urbanización y crecimiento demográfico del largo siglo XIX. Sin embargo, sobre todo a partir de la crisis del petróleo de 1973 (que fue una crisis de hiperacumulación), el sistema busca una solución en un nuevo proceso de expansión territorial, desplazando excedentes de capital a periferias no capitalistas. Este hecho fue acompañado de dos procesos muy importantes: el surgimiento de una conciencia ecológica a nivel mundial, preocupada por los límites de la biosfera, y, sobre todo, el peso de las nuevas demandas culturales y sociales de la clase media asalariada instalada en los parámetros del estado del bienestar.

El ocio cultural (de masas) y el turismo se convierten en prácticas masivas de una sociedad que demanda lugares adecuados para sus lógicas de reproducción social. La preocupación espacial se sitúa en un primer plano pero más como una cuestión estética, de pantalla o de simulacro. Este “giro espacial” (y cultural) fue aprovechado por el movimiento posmoderno; primero, para emplearlo como argumento falaz como crítica contra la modernidad; y, en segundo lugar, para convertir el espacio en una mercancía más del sistema capitalista a través del crecimiento de las ciudades o de su reforma, de la aparición de grandes contenedores culturales y lúdico-deportivos o de la transformación del paisaje físico de lindes litorales y dorsales montañosas.

En este proceso la mercadotecnia, la publicidad y la competición entre territorios se convierten en un terreno de juego fundamental para un sistema que buscaba una solución espacial a su crisis. En esta lógica, el cine, por ejemplo, y el audiovisual, suponen un soporte clave. Para entenderlo podríamos recordar la portada del libro de Guy Debord (La sociedad del espectáculo) en el que aparece el público en una sala con lentes de visualización 3D como máquinas devorando imágenes al tiempo que constituyen una imagen en sí misma.

M.D.: Harvey explica que el capitalismo crea espacios. Neyrat añade que eses espacios son no lugares. Espacios móviles, al servicio de la producción, en constante mutación para su destrucción una vez que ya no sirven. ¿Cuál es el significado, en este contexto, de proyectos como la Ciudad de la Cultura?

X.C.: Al hilo de lo que acabamos de comentar, hay que tener en cuenta que el urbanismo fue un agudo mecanismo para el desarrollo del capitalismo. En este sentido, las grandes infraestructuras culturales son un ejemplo evidente de la aparición de espacios artificiales para el simulacro y para la acumulación de capital. Inadaptados contenedores al margen de las lógicas sociales que son las que otorgan identidad colectiva a los lugares y simbología espacial. La Ciudad de la Cultura es el exponente más próximo de voracidad espacial de la posmodernidad y del capitalismo tardío.

Entra en la lógica de la competencia entre territorios y también en la mercantilización cultural y de la especulación espacial de la sociedad del bienestar. Pienso que cualquiera que sube allí va más con una intención crítica, reconocer el desastre como después de una catástrofe, que con una intención “en positivo”. Sin embargo, el dramatismo del enorme coste y de la estratosférica inversión, junto con la degradación ambiental que supuso y con la brecha territorial manifiesta en las fotos aéreas, van a dejar paso a un paulatino proceso de asimilación.

Eso no le quita ni un grado de crítica, pero cuando a principios del siglo XX la ciudad industrial era un lugar espantoso para crecer, con unas condiciones de salubridad ínfimas, nadie podía pensar que décadas más tarde, después de su rehabilitación, la turistización iba a ser de nuevo una maquinaria de excepcional expulsión de las personas de la ciudad. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que lo que le da contenido a un lugar, a pesar de sus condiciones materiales, son los usos sociales espontáneos. En otras palabras, la Ciudad de la Cultura precisa lo contrario de un desahucio, es decir, una reapropiación. Y la administración se debe dar cuenta de que no puede liderar tal proceso, tal vez ni acompañarlo. Igual tienen que pasar 100 años y que antes acontezca un proceso de abandono.

M.D.: El sistema genera más capital del que puede absorber. Una salida posible es lo que Harvey llama solución espacial, que es buscar nuevos lugares en los que colocar el capital (como acontece con China, por ejemplo). Mas, como hallar lugares hasta entonces situados fuera de las relaciones capitalistas es cada vez más difícil, otra opción es lo que Harvey llama acumulación por desposesión: un sector no capitalista de la sociedad es transformado en un sector capitalista. ¿En qué sentido este concepto puede ayudar a explicar la rápida transformación del agro en Galicia?

X.C.: La acumulación por desposesión puede comprenderse como el resultado espacial de lo que Schumpeter llamó la “destrucción creativa”. Destruir una parte de una ciudad para volver a construirla, beneficiando así a las empresas que operan en el proceso y desposeyendo y expulsando a quien allí vivía. No se desposee únicamente de una vivienda (que puede ser substituida por otra en la periferia), sino de toda una lógica de vida comunal y de una experiencia espacial. De alguna manera, esto sucede también con el agro gallego.

Cuando la lógica del capitalismo convierte las parcelas agrarias en bienes con un valor de cambio con unas expectativas mayores que las que ofrecía el valor de uso (en confluencia con otros motivos de carácter político y cultural), lo que se destruye es la forma de vida campesina y con ella un paisaje y una cultural territorial. Permanece no obstante la fragmentación de la propiedad, pero el capitalismo reconcentra a la población en ámbitos urbanos hasta casi el abandono de ámbitos rurales cada vez más amplios del territorio. La desposesión entonces se manifiesta en la inexistencia de vida humana en el agro y en el monte, en la deshumanización, en la aniquilación de los usos sociales del espacio.

Las fuerzas de acumulación pueden entonces campar tranquilas en un territorio sin poblar, porque sin gente no habrá quien lo proteja de los grandes movimientos especulativos y depredadores. Sin embargo, curiosamente, los procesos de acumulación por desposesión encuentran en Galicia su “espada de Damocles”, en la propia raigambre antropológica de la propiedad privada. La “querencia por el terruño” y la desconfianza paralizaron en buena medida un desastre mayor.

M.D.: La economía precapitalista desarrollada en Galicia durante siglos tuvo, según explicas, en el régimen de agras (una manera de organizar el espacio) su “capital espacial fijo”. Pero con el paso al capitalismo tardío, con terciarización de la economía y progresiva desaparición de la clase media, sin pasar por la fase de capitalización industrial, y teniendo en cuanta lo que [Xosé Manuel] Beiras llamó colonialismo interior, el anterior capital fijo no es substituido por otro, rompiéndose el equilibrio del sistema. ¿Cuáles son las consecuencias de esto?

X.C.: El colapso del territorio. Se venía de una organización territorial en la que cada elemento del sistema (parcelas, monte, aldeas y viario) funcionaba en términos de solidaridad, simbiosis y reciclaje. Se trataba de un territorio con una complejidad elevada pero débil desde el punto de vista orgánico. Cuando a mediados del siglo XX se asiste al despliegue de las leyes del mercado y, concretamente, cuando el valor de cambio substituye al valor de uso, se modifica el rol que cada elemento jugaba, comenzando a competir unos con otros. El resultado es un sistema menos complejo, más homogéneo y artificial y, sobre todo, menos comprensible para las personas.

El colapso territorial constituye el resultado de la influencia que ejerce la lógica del capitalismo en combinación con una serie de factores de tipo político y cultural. En esta situación, emergen dos procesos que tienden a reducir de forma dramática la complejidad del territorio: por un lado, la disminución de la humanización del espacio, esto de los usos sociales sobre el espacio (no solo en términos demográficos); por otro, la pérdida de la biodiversidad y el establecimiento de un paisaje que resulta una plasmación de determinados intereses empresariales.

De alguna manera, la pérdida de biodiversidad es consubstancial de la disminución de la humanización. En definitiva, hoy tenemos un territorio menos legible y mucho más desequilibrado, con un mundo urbano de escaso peso y liderazgo, y un rural en vías de extinción cuando más interior es. Son las consecuencias de la inexistencia de un “capital espacial fijo” o, si se quiere, de un modelo de país en términos territoriales que favorezca una determinada identidad y unos valores de bien común. Sin embargo, la acumulación y la desposesión no precisan generarlo para seguir aniquilando y depredando el país.

M.D.: El colapso sería lo contrario del estado de equilibrio del sistema. El sistema nuevo comienza a operar sin substituir las fuerzas del anterior, que introducen desorden en él. ¿En qué sentido fueron las demandas de Nunca Máis o de Galiza Non Se Vende expresión de la lucha contra los efectos de ese colapso, contra la destrucción del territorio provocada por el capitalismo? ¿Cómo entroncan, en ese sentido, aquellas demandas con las más recientes sobre gentrificación, turistización, desahucios o pobreza energética?

X.C.: Nunca Máis y Galiza Non Se Vende, creo que fueron las primeras plataformas ciudadanas que situaron el territorio en la agenda de la lucha política y social. Plataformas amplias y diversas que entendieron que la defensa del territorio va más allá de su protección ecológica. El territorio nos da de comer, vehicula nuestra identidad, nutre la reproducción social y cultural. El exterminio del territorio significa nuestro propio exterminio, eso lo comprenden y por eso son movimientos masivos. Es cierto que surgen después de procesos catastróficos o de amenazas reales de destrucción de la biosfera, pero eso no les resta valor porque consiguieron que las fuerzas políticas en su conjunto tuviesen que reaccionar.

Después de 2010, las luchas “espaciales” cambian en buena medida su escala, dando lugar a una amalgama diversa de conflictos locales en barrios, bosques, playas, ríos, caminos y plazas. Son la expresión del derecho al territorio que reclaman las personas y que insisten en ser protagonistas y autogestionar los espacios que cohabitan: desde la limpieza y la seguridad hasta la peatonalización y la planificación urbanística. En este sentido, organizar la participación a esta escala resulta mucho más ágil y eficaz que a una escala regional (en términos geográficos).

Creo que las fuerzas políticas tomaron nota, pero a veces pienso que eso puede quedar en simples gestos o en procesos de apropiación por parte de la administración. Debemos tener en cuenta que el derecho a la ciudad es solo el principio de un proceso de transformación más amplio: el derecho a ser como queremos ser. Finalmente, decir que la preocupación debe ser constante. No nos debemos movilizar solo cuando un problema afecta a nuestro barrio o a nuestra calle. A día de hoy los problemas que mencionas afectan de manera directa a buena parte de la población gallega. Constituyen la expresión más plausible de los procesos de desposesión y de expulsión. Merecen respuesta contundente pero articulada en red de una manera más regional que local.

M.D.: La lógica del mercado no muda unas mentalidades muy asentadas en la propiedad privada: solo alimenta las expectativas de lucro. El papel regulador del Estado pocas veces se orienta hacia cierta idea de colectividad (como con el Banco de Tierras o la concentración parcelaria), sino más bien a favorecer la iniciativa privada. ¿De qué manera estos factores, junto a la pérdida de la cultura del territorio (antes considerado fuente de recursos que proteger), favorecen la especulación inmobiliaria o los incendios forestales? ¿Qué otros efectos causan, en relación con el territorio, los segundos?

X.C.: Comentaba antes que la propiedad de la tierra tiene una raigambre muy antropológica en Galicia. En buena medida esto impidió que los procesos especulativos fuesen aún mayores de lo que son. Galicia posee una de las tasas más bajas en cuanto a movimiento de tierras se refiere. Sin embargo, esto no frena las aspiraciones ni las expectativas. Lo que sí opera es una suerte de conducta sumisa que forma parte de una regulación que viene de la época franquista. Fue el primer ministro de vivienda de Franco, un tipo llamado José Luis Arrese, falangista y arquitecto, que dijo “queremos un país de propietarios, no de proletarios”.

Esto en Galicia ya lo habían hecho. Gracias a la ley del suelo de 1956 consiguieron además liberalizar la práctica constructora con medidas favorecedoras de la especulación y del crecimiento inmobiliario. Por tanto, lo que emerge es un país dispuesto con una elevadísima fragmentación parcelaria como soporte de lo que se conoce como la diseminación residencial. Una manera de ocupar el territorio nada tradicional, en contra de lo que se piensa, y que no llegó de forma planificada sino inducido (por las leyes del mercado). Este hecho junto con una serie de prácticas urbanísticas extremadamente laxas y permisivas, fueron generando un territorio con un nivel de desorden importante, con edificaciones por cualquier lado (muchas sin acabar), ubicadas en el medio de terrenos productivos e incluso en las parcelas más fértiles.

En paralelo, se multiplicaron las vías de comunicación. Fue necesario articular un territorio en el que cada propietario quería llegar a su casa con los consiguientes puntos de luz y todos los demás servicios. Tal nivel de desorganización, si bien está más localizado en la franja atlántica, da lugar a una patología que José Manuel Naredo denomina “parasitismo”, y que puede ser una de las causas importantes, junto con el abandono y la falta de gestión, de catástrofes relacionadas con los incendios forestales, pero también con las crecidas fluviales o con la congestión urbanística en el litoral.

M.D.: El desequilibrio territorial de Galicia (entre ámbito rural y urbano, urbano y periurbano y litoral e interior), lleva a la homogeneización del espacio y la pérdida del “conflicto urbano”. Casi la mitad de la población gallega desarrolla su vida en las grandes ciudades. ¿Por qué la gestión de los flujos de movilidad diarios es hoy uno de los grandes retos urbanos? ¿De qué forma los problemas de acceso a la vivienda, la elitización de los centros o la crisis del comercio tradicional son expresión de mudanzas en las relaciones de poder en esas ciudades homogeneizadas?

X.C.: Debemos fijarnos en cómo usan las personas el territorio. Hoy en día, los mercados laborales ampliaron su radio. La movilidad laboral de base diaria señala la multiplicación de desplazamientos interurbanos cada vez de mayor distancia. El acceso a un vehículo privado es hoy más común que hace 20 o 30 años, y las infraestructuras mejoraron de tal manera las conexiones que un estudiante de la USC de Boiro (por ejemplo), antiguamente con total seguridad alquilaba un piso en Compostela durante el curso pero hoy ya no.

Mudaron las lógicas también porque el mercado de alquiler está pasando por una etapa especulativa y en nuestro lugar de vida, tal vez tengamos la posibilidad de habitar una vivienda familiar. Hoy dependemos más de los flujos, del movimiento, incluso para introducirnos en circuitos culturales a los que no tenemos acceso en nuestras ciudades. De esa forma, se intensificaron los itinerarios ya no solo a concellos limítrofes y núcleos dormitorio (que ya no lo son tanto), sino entre cabeceras comarcales y las ciudades, y entre las ciudades mismas, aumentando así lo que se denomina la población vinculada, con todos los problemas de gestión derivados.

En segundo lugar, el universo urbano gallego, con todas sus flaquezas, no permaneció al margen de las lógicas globales. Así y todo, en Compostela por ejemplo, el precio de la vivienda resistió los peores años de la crisis económica. Estamos delante de cuerpos urbanos de tamaño pequeño con un tejido social poco cohesionado y extremadamente polinuclear, en los que es difícil ejercer un liderazgo alternativo. Además, pienso que a día de hoy hace falta un operativo de arbitraje e implicación de todos los actores involucrados en los gobiernos de la ciudad.

Incluso parece urgente aplicar algún tipo de “misión pedagógica” que trate de dinamizar la vida de la ciudad, conciliar los conflictos (de ruido, de turistización o de limpieza y seguridad) y explicar claramente por qué un propietario no puede tener viviendas en desuso, sin ocupar. En lugar de eso, es muy habitual ver ponerse a los gobiernos de perfil, bien por problemas competenciales, bien porque no da réditos electorales.

M.D.: El motor del cambio, dices, no pueden ser solo los expertos y la gestión política, pues la sociedad tiene mucho que decir. ¿De qué manera puede articularse la participación de esta en la construcción de otros modelos de ciudad? ¿Qué piensas, al respecto, de los procesos de participación abiertos por los gobiernos locales de las Mareas?

X.C.: Tal vez debamos comenzar a escuchar en serio lo que tienen que decir algunas nuevas soberanías. Las ciudades y la sociedad en su conjunto se han organizado hasta el día de hoy al calor de postulados como el patriarcado, el catolicismo, la heterosexualidad... el “hombre blanco” que trabaja y trae los cuartos a casa, digamos. Sin embargo, la práctica urbanística –con mucho esfuerzo– atiende hoy a otras miradas mancomunadas y autogestionadas. Familias diversas en busca de hogares compartidos, la ciudad de la niñez, de las mujeres, de los discapacitados... colectivos que son capaces de trasladar los cuidados con los que articulan sus espacios de decisión al lugar geográfico que usan y ocupan.

Me refiero a la soberanía motivada por el bien común y por la cooperación, por los cuidados micro y no por la competición y el individualismo. Articular esta constelación no resulta sencillo y supongo que lo primero será preguntarles por sus demandas y preocupaciones. Recogerlas y cartografiarlas. Dejar constancia de su existencia, importancia y protagonismo. A partir de ahí puede que emerja una manera de actuar a otra escala.

Las Mareas abordan esta cuestión con respeto y hay que poner en valor lo que llevan hecho. Pienso que, en general, fueron capaces de trasladar que no llegaron a las instituciones para “mangonear” y robar, ni para propiciar el “pelotazo” y los intereses privados. Sin embargo, en ocasiones, echo de menos algo más de permeabilidad y pienso que sobra cierta imagen de autosuficiencia. Se enfrentan a problemas de hondo calado y espectro amplísimo, con actores poco o nada colaborativos en ciudades con enorme diversidad morfológica en lo social y en lo geográfico. Eso hay que entenderlo. Pero al mismo tiempo, veo un cierto déficit de planificación y, sobre todo, no sé si hicieron la pregunta de qué ciudad o que concello imaginan y quieren construir. Y desde ahí, que país imaginan y quieren construir.

M.D.: ¿Algo más que quieras comentar?

X.C.: Una cuestión final relacionada con el colapso territorial, que tiene que ver con la necesidad de iniciar un proceso de profundo cambio en la enseñanza de las ciencias sociales desde las etapas infantil y primaria hasta los niveles superiores. Seguimos enseñando geografía e historia de manera que resulta muy sencillo reproducir las conductas que nos trajeron hasta aquí. El estudio de listados de capitales y nombres de lugares y cordilleras en mapas sigue resultando útil, pero no de la forma en que puede entenderse una formación socialmente útil. En este sentido, puede que resulte centrarse en el aprendizaje de los procesos del entorno próximo: ¿por qué arde el monte? ¿Por qué hay congestión viaria? ¿Qué motiva la polución urbana? ¿Por qué en mi barrio no hay cines? ¿A qué se debe la crecida del río del pueblo en abril? ¿Por qué hay derrumbamientos en los acantilados? Que los niños descubran in situ las respuestas y otras preguntas, quizás facilite también alguna salida en el futuro para el colapso.

Fotografía de Sara Plaza.

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