21.8.18

Poetas magos deshojando el tiempo

Poetas magos deshojando el tiempo

Por Sara Plaza
Compartimos uno de los últimos ensayos del escritor y poeta británico Paul Kingsnorth, cofundador junto a Dougald Hine del proyecto Dark Mountain, al frente del cual estuvo hasta finales del año 2017. El texto apareció publicado originalmente en inglés en la revista emergence, bajo el título "A Storm Blown from Paradise" (desde donde puede accederse a un podcast con la lectura de esas páginas por su autor), y también está disponible en el sitio web) del propio Kingsnorth. Ha sido traducido por Sara Plaza.

En este mismo espacio hemos compartido con anterioridad la traducción al castellano de varios artículos y ensayos de su autoría, que el lector interesado puede encontrar reunidos aquí.

***

Una tormenta desciende del Paraíso

No muy lejos de donde vivo, al oeste de Irlanda, está la que fuera la casa del más grande poeta moderno del país, William Butler Yeats. Thoor Ballylee, una antigua torre normanda adosada a una casita baja con techo de paja, está ubicada en un silencioso valle fluvial que, sorprendentemente, parece haber permanecido intacto incluso durante el auge del “Celtic Tiger” que mudó el aspecto del país hasta volverlo casi irreconocible.

El tiempo ha jugueteado con esta columna de piedra. Construida en el siglo XV por una familia anglo-normanda, los Burkes, como un gran símbolo militar y social, cae después en desuso, siendo en algún momento alquilada por cinco libras por un granjero para albergar a su ganado. El poeta la compró en ruinas hace un siglo y empleó varios años restaurándola con la ayuda de un arquitecto local. Al acabar las obras escribió un poema que todavía puede leerse hoy grabado en la pizarra erosionada de la pared exterior de la torre:

Yo, el poeta William Yeats,
con viejas tablas de un molino y pizarras verde mar,
y hierro forjado en la forja de Gort,
restauré esta torre para mi esposa George.
Y que estos signos permanezcan
cuando todo sea ruina de nuevo.

La torre no tardó mucho en convertirse en ruinas de nuevo. Yeats se marchó de allí en 1929, una década antes de su muerte, y Thoor Ballylee quedó abandonada. En los años sesenta fue reabierta como museo por admiradores del poeta, y posteriormente se hizo cargo de ella el gobierno, que se quedó rápidamente sin fondos para la restauración cuando el país quebró en 2008. La torre fue abandonada otra vez y luego restaurada y reabierta al público por un grupo local de entusiastas. Pero al poco tiempo, una serie de inundaciones devastadoras echaron por tierra su trabajo. Desde que comenzó el siglo XXI el río que discurre al lado de la torre ha seguido desbordándose cada pocos años, como ha sucedido en buena parte del país a medida que el cambio climático vuela por los aires los viejos patrones climáticos. Cerca de los ríos, en las llanuras inundables y en las riberas de los canales de Irlanda, ahora todo se anega la mayoría de los inviernos.

Fue mientras vivía en Thoor Ballylee, cuando Yeats escribió uno de sus mejores y más misteriosos poemas, “El Segundo Advenimiento” [“The Second Coming”]. Simbólicamente denso y cargado de energía profética, “El Segundo Advenimiento” anticipa el desastre predestinado:

Dando vueltas y vueltas en la espiral creciente
no puede ya el halcón oír al halconero;
todo se derrumba; el centro cede;
la anarquía se abate sobre el mundo,
se desata la marea ensangrentada, y por doquier
se anega el ritual de la inocencia;

El imaginario es místico, las cadencias, bíblicas. Algo está llegando a su fin, algo nuevo está naciendo. El destino está en marcha, fuera del alcance de los simples humanos.

Una revelación se aproxima;
se aproxima el Segundo Advenimiento.

“El Segundo Advenimiento” nos ofrece una imagen particular del tiempo: un movimiento desde la claridad hacia la oscuridad, y vuelta a la claridad. Ha habido un Primer Advenimiento y habrá un Segundo; y este, dos mil años después, será la antítesis de su predecesor:

Cae la oscuridad de nuevo; mas ahora sé
que a veinte siglos de obstinado sueño
los meció una pesadilla en su cuna,
¿y qué escabrosa bestia, llegada al fin su hora,
se arrastra hasta Belén para nacer?

Recuerdo haber tenido que estudiar este poema en el instituto y no tener ni idea de lo que iba, incluso siendo capaz de sentir, a algún nivel, su fuerza. Con dieciséis años no estaba preparado para diseccionar su denso y mítico imaginario. ¿Qué es lo que pasaba? ¿De qué bestia escabrosa hablaba? ¿De qué halcón? ¿Qué era el ritual de la inocencia? ¿Por qué veinte siglos? ¿Y qué diantres era esa espiral? [“gyre”, en el original inglés; designa un movimiento circular o espiral, y a veces también aparece traducido como giro, remolino, torbellino... N. de la T.]

Las respuestas se hallan en el trabajo que Yeats y su esposa, George, iniciaron en Thoor Ballylee, propiedad que adquirieron justo antes de casarse en 1917. Pocos días después de la boda, George —que compartía con Yeats la pasión por lo esotérico— comenzó a producir lo que los espiritualistas llamaban entonces “escritura automática”. Se sentaba y escribía, en estado de trance, anotando palabras que ella creía que le eran transmitidas por un “poder superior”. Tras varios años de estas sesiones de escritura, en las que Yeats hacía preguntas y George apuntaba las respuestas, el poeta empezó a creer que se le habían abierto las puertas hacia un “sistema” que explicaba bastante sobre el misterio de la vida humana y el propio universo.

El “sistema” de Yeats alimentó directamente el imaginario de “El Segundo Advenimiento”. Y también dio origen al que con mucho es su libro más extraño, Una visión [A Vision], publicado hacia el final de su vida, en el que trata de explicar las revelaciones que él y George tuvieron en la torre. Una de sus imágenes centrales es una representación del tiempo, de la historia misma, como una serie de grandes ciclos repetidos, más allá de la compresión y del dominio humano. Yeats se convenció de que la historia, la biología y la metafísica estaban todas regidas por estos ciclos, que él llamó “gyres”.

Un “gyre”, cuando se lo representa en un diagrama, parece un cono. Comienza como un círculo muy pequeño que gira en espiral hacia afuera, ampliándose con cada vuelta. Cuando alcanza su punto más ancho es incapaz de permanecer unido; cada punto del círculo está demasiado alejado del resto para poderse conectar o comunicar. El “gyre” empieza a resquebrajarse bajo su propio peso; pero, al mismo tiempo, otro va abriéndose en espiral de nuevo, en sentido contrario al anterior. Para Yeats esto explicaría los grandes ciclos históricos de esplendor y decadencia que él observaba en las civilizaciones, los idearios religiosos y las cosmovisiones.

Cada “gyre”, sostenía Yeats, tiene un calendario fijado: unos dos mil años. Conforme alcanza su mayor amplitud la semilla del siguiente ya ha sido plantada, y este será la antítesis de su predecesor. El “gyre” que comenzó con el nacimiento de Cristo, sugería el poeta, sembró en Occidente la semilla de dos mil años de monoteísmo y adoración al Padre, sustituyendo a los paganismos locales y las culturas minoritarias anteriores. Al cabo de dos mil años, el “gyre” de Cristo empezaría a contraerse y se plantaría una semilla antitética:

«En este momento el “gyre” de la vida se está expandiendo, a diferencia del anterior al nacimiento de Cristo, que está contrayéndose, y casi ha alcanzado su máxima amplitud. La revelación que se aproxima, no obstante, adoptará su carácter del movimiento en sentido contrario del “gyre” interior. Toda nuestra heterogénea civilización científica, democrática y empírica pertenece al “gyre” exterior y lo que prepara no es la continuación de sí mismo sino la revelación, como en un destello de luz —si bien ese destello iluminará un único lugar y durante algún tiempo se repetirá continuamente—, de la civilización que poco a poco deberá ocupar el lugar que le corresponde.»

Ese es el argumento de “El Segundo Advenimiento”. Ahora estaríamos alcanzando el momento histórico en el que, de acuerdo con la teoría de Yeats, la era del monoteísmo, la centralidad y el propio tiempo lineal comienza a desmoronarse. Algún tipo de bestia escabrosa, que incluso podría estar arrastrándose hacia Belén en este momento, plantará las semillas de una manera distinta de ver y ser. Esas semillas tardarán otro milenio en desarrollarse y florecer. Pero ante el colapso de formas enteras de entender, a medida que el centro cede, se extiende la anarquía y las historias dejan de servirnos, en algún lugar están ya los tenues trazos de una nueva mirada esperando a ser encontrados.
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Corto de animación de la artista británica Trace Anderson, basado en el poema “El niño robado” de W. B. Yeats [Video]

Fotografía de Sara Plaza.

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