28.8.18

Ocean Island: cómo destruir una isla

Ocean Island: cómo destruir una isla

Por Edgardo Civallero

A fines del siglo XIX, el aumento del uso de fertilizantes para incrementar la producción agrícola fue exponencial. Estados Unidos tenía sus propias fuentes locales de suministro, pero Europa occidental, que carecía de ellas, había puesto sus ojos en Marruecos, en Túnez, y en los enormes depósitos de guano y salitre de las costas sudamericanas del Pacífico. Buena parte de estos últimos pertenecían originalmente a Bolivia, pero la victoria chilena en la guerra de 1881 (acaecida, entre otras cosas, por la disputa de esos depósitos de nitratos y los impuestos y dividendos que generaban) le dio el control de esos recursos a Chile, al tiempo que convirtió a Bolivia en un país sin salida al mar.

El guano era extraído en condiciones infrahumanas, generalmente por trabajadores chinos. Chile llegó a exportar un millón de toneladas al año; los impuestos de esas exportaciones llegaron a suponer casi el 80% del presupuesto gubernamental.

El Imperio Británico dependió de esas fuentes de materia prima hasta el descubrimiento, a principios del siglo XX, de enormes depósitos de fosfatos (guano petrificado) en el Pacífico, en dos islas coralinas: Nauru y Ocean Island. Se abrió así la posibilidad de explotar una fuente barata de fertilizantes y de ese modo mejorar la agricultura de Australia y Nueva Zelanda: colonias británicas que funcionaban como la principal fuente de alimentos al Reino Unido.

La historia de esas dos islas ilustra, de forma dramática, el impacto que las demandas de recursos del mundo industrializado tuvieron sobre las sociedades y los ecosistemas del resto del planeta.

Ocean Island —más conocida como Banaba, hoy en el archipiélago de Kiribati, nación independiente de Oceanía— es una isla pequeña (unos 5 km de largo por 4 de ancho), que hasta finales del siglo XIX estaba cubierta por una frondosa vegetación tropical y habitada por unas 2000 personas, las cuales mantenían un estilo de vida típicamente polinesio. Nauru —hoy una república independiente— era un poco mayor, y tenía unos 1400 habitantes. El Imperio Británico se anexó Ocean Island en 1901, mientras que Nauru fue una posesión alemana hasta 1914. Las dos islas consistían básicamente en depósitos de fosfato sólido, quizás los más ricos del mundo. En 1900 la Pacific Islands Company de Gran Bretaña compró el derecho de explotación de todos los minerales de Ocean Island por 999 años, pagando 50 libras por año. Fue un "tratado" de dudosa legalidad, celebrado con un jefe local que no tenía la potestad de comerciar con tierras que pertenecían a otros. Para 1905 se extraían 100.000 toneladas anuales de fosfato. La PIC llegó a un acuerdo con la administración colonial alemana para comenzar a excavar en Nauru en 1907.

En ambas islas la compañía no contrató trabajadores locales, sino que importó mano de obra extranjera (unos 1000 mineros, sobre todo chinos), mientras unos 80 europeos controlaban las operaciones y un destacamento de policía traído de la vecina Fiji mantenía el orden. El grado de explotación de recursos era tal que un corresponsal anónimo de la revista británica The New Age realizó un reportaje en 1913 titulado "Modern buccaneers in the West Pacific" (Bucaneros modernos en el Pacífico occidental).

La PIC fue comprada en 1919, y todos sus bienes y derechos pasaron a la British Phosphate Commission (controlada conjuntamente por los gobiernos de Gran Bretaña, Australia y Nueva Zelanda). Su propósito era suministrar fosfato a precio de costo, y por ende, muy por debajo de los precios internacionales. A inicios de la década de 1920, las minas producían unas 600.000 toneladas anuales.

Este subsidio a los agricultores de Australia y Nueva Zelanda (y, por ende, a los precios de la comida en Reino Unido) era pagado por los isleños. La minería de fosfato implicaba la eliminación de toda la vegetación existente y de los primeros 15 m de suelo, dejando un paisaje destrozado en el que no podía crecer absolutamente nada.

En 1927 el gobierno británico autorizó las prácticas de minería profunda en Nauru, y al año siguiente permitió la confiscación de todos los terrenos que los habitantes de Ocean Island, desesperados por el desastre ambiental que estaba sufriendo su isla, se negaban a alquilar o vender. A principios de la década de 1930 la minería en las islas producía un millón de toneladas de fosfato anuales.

Cuando estalló la guerra con Japón en 1941, chinos y europeos fueron evacuados, pero los locales fueron abandonados, y las islas, ocupadas por los japoneses. Estos deportaron a todos los habitantes nativos a las Carolinas, algo que habían querido hacer los británicos antes (para poder excavar sin impedimentos) aunque sin éxito. Cuando las islas fueron recuperadas por los británicos al final de la contienda, los habitantes de Banaba fueron enviados a la isla Rambi, en Fiji, y en 1947 se llevaron 1500 trabajadores a Ocean Island para explotar los fosfatos en toda la isla. Los habitantes de Nauru estaban en una mejor posición porque el territorio era un mandato de las Naciones Unidas, que Australia solo administraba: tenía que permitírseles regresar a su hogar. Si bien retornaron, fueron tratados como ciudadanos de segunda. Al igual que los 1300 trabajadores chinos, los nativos fueron excluidos de todas las instalaciones de la compañía (tiendas y recreación) en base a su color de piel.

A lo largo de la década de 1950 se extrajeron de ambas islas alrededor de un millón de toneladas anuales, y en la década siguiente, la cifra se triplicó. Era evidente que a ese paso, los depósitos pronto se acabarían. Y el momento llegó: el último envío de fosfato de Ocean Island se embarcó en 1980, y en Nauru la minería se acabó a finales de esa década.

En los 80 años de minería se habían extraído alrededor de 20 millones de toneladas de fosfato de Ocean Island, y el triple en Nauru: en total, 80 millones de toneladas sacadas de dos islas diminutas.

Ante el cierre inminente de las explotaciones mineras se planteó la cuestión de qué hacer con los habitantes locales. Los australianos quisieron mover a los pobladores de Nauru a tierra firme, pero estos rechazaron la idea de plano. Desde 1968 eran una nación independiente, y desde 1965 podían decidir ellos mismos qué hacer con las royalties que percibían por las minas. Incluso desde 1970 gestionaron ellos mismos las extracciones mineras. De modo que continuaron viviendo en la franja costera —la única porción de su tierra que no había sido devastada por las minas— aceptando que su modo de vida tradicional había desaparecido para siempre, y que debían vivir de los beneficios del fosfato. Esos beneficios permitieron mantener una parodia de "desarrollo al estilo europeo": los isleños no necesitaban trabajar, y su estándar de vida era alto comparado con el de otros países y territorios oceánicos. Había una carretera (que no iba a ningún lado) y los isleños tenían una de las tasas de adquisición de automóviles más altas del mundo. La población dependía de comida importada y desarrolló las enfermedades propias de una dieta industrializada. Lamentablemente, los ingresos fueron pobremente gestionados, y para inicios del siglo XXI Nauru estaba en bancarrota. No encontraron mejor alternativa que llegar a un acuerdo con una compañía australiana para reabrir la explotación de fosfato, en un intento desesperado por encontrar algún ingreso.

El tratamiento de los pobladores de Ocean Island, que no estaban protegidos por ninguna organización internacional, fue terrible. En 1911 el Gobierno Británico había sugerido que se creara un trust fund para los banabos, alimentado por las regalías de los fosfatos. La British Phosphate Company sugirió una cantidad de 150 libras anuales en un momento en el que tenía unos beneficios de 20 millones anuales y pagaba dividendos de hasta el 40% y el 50% anual a sus accionistas. Al final el gobierno consiguió que la compañía pagara 6 peniques por tonelada de fosfato extraída, para que los nativos pudieran usar esos fondos una vez que la minería se acabase. Al contrario de lo que pudiera parecer, las acciones del gobierno no eran filantrópicas: Ocean island fue colocada en la colonia de Gilbert and Ellice Islands, que hasta entonces había dado pérdidas, y los fondos del fund trust, destinados a pagar la administración de dicha colonia. Ningún banabo fue informado de cuánto ganaban o de cómo se gastaban esos fondos porque los europeos creían que eran básicamente ignorantes. Ocasionalmente se les entregaban pequeñas cantidades de dinero. Cuando fueron movidos a Rambi, nadie les consultó, a pesar de que se utilizó el dinero del trust fund para comprar la isla al gobierno colonial de Fiji. Fueron dejados en Rambi, con un clima muy diferente al suyo natal, y sin forma de ganarse la vida.

A la postre Gran Bretaña ofreció a los isleños medio millón de libras esterlinas como compensación por los daños de la minería y su exilio forzado. Los banabos rechazaron la oferta y llevaron al gobierno a juicio en la década de 1970, en el caso civil más largo que haya existido. Y perdieron.

Para 1980, Ocean Island estaba destruida: el 90 % de la superficie de la isla había sido removida, y los depósitos se habían acabado. Sus habitantes habían perdido sus hogares, y no recibieron ningún tipo de compensación.

He ahí fue el precio real de los fertilizantes para Australia y Nueva Zelanda, y de las importaciones de comida barata a Gran Bretaña.

[Esta entrada está basada en el libro de Clive Pointing A New Green History of the World: The Environment and the Collapse of Great Civilizations (Londres: Penguin Books, 2007)].

Imagen: Foto aérea de Nauru en la actualidad.