17.7.18

De colonizaciones e islas donadas

De colonizaciones e islas donadas

Por Edgardo Civallero

En 1831, el general ecuatoriano José Villamil ―aventurero criollo nacido en la Luisiana española y al servicio de Ecuador― decidió colonizar las islas Galápagos.

Para lograr tal objetivo formó una empresa colonizadora en Guayaquil y en octubre de ese año envió una comisión al archipiélago para realizar algunos estudios preliminares. El día 14 de noviembre, a nombre de la "Sociedad Colonial del Archipiélago de Galápagos", denunció las islas y propuso al gobierno ecuatoriano su colonización. Vicente Roca, prefecto de Guayas, apoyó la idea, que fue aceptada por el Poder Ejecutivo de la (joven) nación andina.

El 20 de enero de 1832 partió de Guayaquil la goleta Mercedes, llevando una expedición comandada por el coronel Ignacio Hernández, con instrucciones del nuevo prefecto de Guayas, José J. Olmedo. El 9 de febrero la nave ancló en la actual Floreana, la isla más frecuentada por los balleneros (y antes, por los filibusteros) por ofrecer agua, madera... y tortugas gigantes, alimento de todos los navegantes que por allí habían pasado desde hacía al menos dos siglos.

La toma de posesión de las Galápagos se realizó el 12 de febrero de 1832, oficiando como testigos a los balleneros presentes. Hernández adjudicó nombres a tres de las islas, entre ellas Floreana: un nombre inspirado en el primer presidente ecuatoriano, el general Juan José Flores, bajo cuyo gobierno se anexó el archipiélago.

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Los primeros colonos del nuevo territorio ecuatoriano fueron 80 soldados del batallón Flores, que se habían sublevado y fueron rescatados por Villamil cuando iban a ser ejecutados. El general-aventurero logró conmutar sus sentencias por penas de trabajos forzados en la nueva colonia. Obtuvo así mano de obra gratuita, aunque necesitó contratar guardias armados para vigilar de cerca a los reos.

El 1 de octubre de 1832, el propio Villamil se dirigió a Floreana para asumir el gobierno de las islas y dirigir los trabajos de colonización. Curiosamente, pocos meses después —concretamente el 16 de marzo de 1833— el gobierno ecuatoriano convirtió a las Galápagos en un lugar de deportación para criminales peligrosos, opositores políticos y prostitutas ("mujeres de mala conducta") de Guayaquil: todos ellos cumplirían "pena de destierro" en las islas Encantadas. De hecho, a su paso por el archipiélago a bordo del Beagle en 1835, Charles Darwin apuntó:

Hay doscientos o trescientos habitantes; casi todos son hombres de color desterrados de la República del Ecuador por delitos políticos. Aunque los habitantes se quejan incesantemente de su pobreza, se proveen sin mayor esfuerzo de todos los alimentos que les son necesarios. Se encuentran innumerables cantidades de chivos y cerdos salvajes, pero las tortugas les suministran su principal alimento.

La empresa de Villamil no tardaría en fracasar rotundamente. Incapaz de hacer pagar impuestos a los barcos que pasaban por Galápagos, de venderles grasa o carne de res a los balleneros, y agobiado por las deudas, el "gobernador" abandonó el archipiélago en 1837

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Fuertemente endeudado con Léon Urthuburu (Iturburu), el vice-cónsul francés en Guayaquil, y ante la imposibilidad de devolverle el dinero, el general Villamil le donó a su acreedor una de sus "posesiones": la isla Floreana.

Urthuburu era un aventurero, como Villamil: había emigrado a Ecuador en 1823, a los 20 años, y había desarrollado allí lucrativos negocios hasta convertirse en vice-cónsul de su nación de origen.

A su muerte en 1860, Urthuburu legó la isla a Barcus, o Barkoxe, su pueblo natal en el País Vasco francés.

Este hecho incitó a Francia a reclamar las Galápagos en 1884. Y en 1951, a que la comuna de Barcus quisiera hacer valer sus derechos sobre Floreana. Unos derechos que todavía dice mantener.

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Los intereses extranjeros sobre el archipiélago encantado fueron muchos. Entre 1844 y 1944, el historiador ecuatoriano Villacrés Moscoso (1985) identificó once tentativas de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia (principales acreedores de Ecuador) para que el país sudamericano les cediese las Galápagos, especialmente como base para sus flotas, y a cambio de un aligeramiento de la deuda nacional.

Lo que hizo fracasar tales tentativas fue el antagonismo entre los pretendientes, que no la resistencia del Estado ecuatoriano.

De hecho, en 1844 el ya mentado Urthuburu informó a su gobierno de que Ecuador estaba seriamente endeudado, y apuntaba que sería una buena oportunidad para sacar las Galápagos en canje. El archipiélago tenía interés estratégico: era nodo de flotas balleneras, base para unir Francia con las colonias previstas en el Pacífico, y un punto cercano al istmo de Panamá... Los galos llegaron a enviar una misión exploratoria a las islas, pero Ecuador no dio lugar siquiera a iniciar negociaciones al respecto. Poco después, en 1851, Gran Bretaña propuso alquilar las islas a cambio de la eliminación de los intereses de la deuda, pero Perú, Francia, España y Estados Unidos se opusieron. En 1854 es Ecuador el que propuso a EE.UU. su alquiler por 3 millones de dólares, con el señuelo de la explotación de guano (recurso, por cierto, inexistente). Pero las demás naciones nuevamente se opusieron.

De modo que, a pesar de los muchos avatares, de las colonizaciones semi-fallidas y las islas donadas, de las idas y venidas y las vueltas y revueltas, y de los muchos y muy mezclados intereses extranjeros (y nacionales, cabría decir), las Galápagos quedaron ecuatorianas. Hasta hoy.

Referencias

Etcheverry, Michel (1940). Une commune basque copropriétaire d'une des îles Galapagos (légende et réalité). Bulletin Hispanique, 42 (1), pp. 54-58. [En línea]. http://www.persee.fr/doc/hispa_0007-4640_1940_num_42_1_2868

Silva, P. (1992). Las islas Galápagos en la historia del Ecuador. Nueva Historia del Ecuador, vol. 12. Quito: Corporación Editora Nacional, pp. 253-303.

Villacrés Moscoso, J. (1985). Las ambiciones internacionales por las islas Galápagos. Guayaquil: Casa de la Cultura.

Imagen. Vista de isla Floreana.