26.6.18

Pepineros

Pepineros

Por Edgardo Civallero

En las islas Galápagos, la captura de holoturias o "pepinos de mar" fue, hasta tiempos recientes, una excelente fuente de ingresos para muchos pescadores locales, especialmente en la mitad oeste del archipiélago, allí donde se encuentran las mayores reservas de esos equinodermos.

La actividad tuvo como epicentro la isla Isabela. A principios de la década de los 90' la ayuda social y económica provista por el Estado en esa zona colapsó. La pesca artesanal, la principal fuente de ingresos para los locales, fue hundida por el Pacto Andino. Y la langosta, el producto estrella, fue sobreexplotada. En semejante escenario de falta de oportunidades y carencias, algunos intermediarios de Guayaquil vinculados con comerciantes asiáticos propusieron, en 1992, la captura, secado y comercialización de holoturias.

Los ingresos que proporcionaba esa actividad eran muy superiores a los que daría cualquier otra en las Galápagos. Y se trataba de una pesca fácil. Había que tener suerte para atrapar un tiburón o una langosta. Pero las holoturias yacían en el fondo del mar.

Casi inmóviles. Como piedras.

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Las holoturias son organismos esenciales dentro de los ecosistemas marinos: los adultos reciclan la materia orgánica depositada en el fondo, mientras que las larvas son importantes dentro de la cadena trófica, como parte del zooplancton.

Teniendo en cuenta semejante rol biológico, y debido también a que el archipiélago se encuentra protegido no solo por un Parque Nacional, sino también por una Reserva Marina, las autoridades competentes prohibieron la captura de holoturias en las Galápagos. La medida no detuvo a los "pepineros", los cazadores de pepinos de mar: solamente los convirtió en furtivos. Pues los compradores seguían adquiriendo el producto, y pagando muy bien por él.

Los pepineros utilizaban buzos para recoger los animales a unos pocos metros de profundidad. Llegaban a juntar cientos de ellos en un mismo sitio.

Luego se instalaban en algún manglar de isla Fernandina para esconderse de las posibles patrullas del Servicio del Parque Nacional Galápagos. Esos campamentos improvisados reunían a varias decenas de personas durante semanas, en unas condiciones deplorables, especialmente en lo que a higiene se refería. Allí aprovechaban para dormir sobre una superficie sólida e inmóvil (a diferencia de los barcos) y podían descansar.

Y allí podían ahumar los pepinos, usando la madera proporcionada por los mangles.

La especie de pinzón endémica que vive en el manglar vio su hábitat destruido. Las semillas de las frutas y verduras que los pepineros comían germinaban y se convertían en plantas invasoras. Además, los alimentos llevaban parásitos (como avispas y cucarachas) que se esparcían y se multiplicaban. Por su parte, las embarcaciones transportaron ratas, que atacaron los nidos de la fauna autóctona y pusieron en peligro a los cormoranes ápteros, a las iguanas marinas y a los pingüinos de Galápagos...

La batalla contra la captura ilegal de holoturias se intensificó.

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Había mucho de bandidaje en la pesca de pepinos: nadie en las islas denunciaba porque podía ganarse una puñalada. La pesca había atraído a las Galápagos a individuos que habitaban en zonas muy pobres de Ecuador, en donde la vida no valía nada.

Y había mucho de política también. Muchos comerciantes locales y del continente se hicieron ricos gracias a la venta de holoturias a los mercados asiáticos. Tales comerciantes financiaban a políticos que, evidentemente, estaban a favor de las capturas. Y en algunos casos, las luchas llegaron a altas instancias. Como en 1993.

Aquel año, el Servicio del Parque Nacional Galápagos (SPNG) solicitó al buque estadounidense Odyssey, a cambio de una extensión de su permiso de investigación, que identificara los campamentos de pescadores ilegales de holoturias durante sus viajes al oeste del archipiélago.

En tres misiones entre octubre y diciembre de 1993, la tripulación elaboró informes que señalaron la presencia de barcos extranjeros y nacionales faenando ilegalmente en la parte más protegida de la Reserva Marina.

En febrero de 1994, tras numerosos conflictos, la capitanía de Puerto Ayora recibió la orden de la Armada ecuatoriana de no dejar partir al Odyssey. Un grupo de presión, compuesto por pescadores industriales, con el Subsecretario de Pesca a la cabeza, inició una maniobra que presentaba a los tripulantes del Odissey como espías extranjeros. Tras una intervención de funcionarios de Washington, se llegó a una solución salomónica: el Odyssey abandonó Galápagos clandestinamente a fines de marzo.

Los campamentos de pescadores, sobra decirlo, jamás fueron encontrados. O buscados.

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En la actualidad, la pesca de pepinos es parte de la historia reciente de Galápagos: una de las partes más espinosas, por cierto.

De vez en cuando el asunto vuelve a estar en el candelero. No en vano el archipiélago aún se debate entre la conservación del medio ambiente y las necesidades de sus habitantes humanos.

Una ecuación, esa, que no tiene fácil solución.

Imagen: Puerto de pescadores, Pelican Bay, Puerto Ayora, isla Santa Cruz, islas Galápagos. Fotografía de Edgardo Civallero.