5.6.18

Islas de piratas

Islas de piratas

Por Edgardo Civallero

Durante mucho tiempo los colonizadores españoles de América del sur llamaron a las Galápagos "islas Encantadas". Dado que eran muy difíciles de ubicar sobre sus cartas de navegación, consideraron que las ínsulas estaban bajo la influencia de alguna suerte de hechizo.

Así lo reflejó un filibustero inglés, Howell Davis, en su cuaderno de navegación, tras atacar tres navíos españoles a la altura de Túmbez en 1684.

Teniendo más de cien prisioneros a bordo, no sabiendo dónde obtener agua ni encontrar un lugar seguro, decidimos dirigirnos hacia el oeste a fin de ver si podíamos alcanzar esas islas llamadas Galápagos. Esto hizo reír mucho a los españoles, que nos dijeron que eran islas encantadas, que se trataban de islas fantasmas, y no reales.

Su mala reputación entre los hispanos hizo que los piratas desembarcasen en ellas en marzo de 1684 y las tomaran como base de operaciones. Al parecer establecieron campamentos en la actual Santa María, y almacenes al norte de Santa Cruz.

* * *

El capitán británico William Dampier, apodado "el pirata naturalista", describió el archipiélago como islas cubiertas de lava pobladas de aves tan poco ariscas que se posaban en los hombros de sus hombres. Apuntó:

Hay agua en estas islas desoladas, en agujeros y en charcos entre las rocas. Las grandes islas del oeste ... producen grandes árboles de troncos esbeltos; en estas islas se encuentran hermosos ríos.

Dampier debió llegar al archipiélago en la estación húmeda de un año con Niño: el agua, de hecho, nunca fue ni de lejos tan abundante. De ello dejó constancia otro bucanero, Rogers, cuando hizo escala en las Galápagos un mes de mayo, al inicio de la estación seca:

Se reporta que la isla de Santa María de l'Aquada [actual Floreana] es una de las Galápagos en donde se encuentra cantidad de agua dulce, madera, tortugas de mar y de tierra, y que es un fondeadero seguro. Es probable que esta isla exista, puesto que un cierto capitán Davis, un inglés que pirateaba en estos mares hace una veintena de años, se quedó allí varios meses y se mostraba muy satisfecho. Dice que había árboles adecuados para hacer mástiles. Pero esa gente y aquellos con los que he conversado o cuyos diarios de viaje he leído dan informaciones completamente falsas sobre estas islas, ya que están tan alejadas que no se puede desmentir lo que de ellas cuentan y atrapan a así a los crédulos, de los que yo hacía parte hasta que vi, finalmente, que no es posible conceder el menor crédito a sus afirmaciones.

El filibustero inglés William A. Cowley trazó el primer mapa del archipiélago (el mejor hasta el de Fitzroy, siglo y medio después) durante su vuelta al mundo, y lo publicó en 1684. Su colega Howell Davis —al que hacía referencia Rogers— visitó las Galápagos en 1685 y 1687, consolidando con ello la fama de "puerto de piratas".

* * *

William Dampier pasó tres meses en las Galápagos alimentándose de tortugas.

Las tortugas terrestres son tan numerosas que quinientos o seiscientos hombres podrían alimentarse de ellas durante meses, sin otras provisiones: son extraordinariamente grandes y gordas, y tan suaves al paladar que ningún pollo se les compara. Cada mañana enviábamos a tierra al cocinero, quien mataba tantas tortugas cuantas necesitábamos para el día.

En 1813, el estadounidense Porter, atacando balleneros ingleses en Galápagos, escribió:

Los navíos en campaña ballenera en estas islas generalmente cargan a bordo 200 o 300 de estos animales y los almacenan en la cala, donde, por extraño que parezca, pueden vivir durante un año sin comer ni beber y cuando se los mata después de este periodo, el sabor de su carne resulta grandemente mejorado.

Cuando no estaban destinadas a los barcos, las tortugas eran vendidas, por su aceite y por su carne, en San Francisco en los años 1850, y durante mucho más tiempo en Guayaquil y en las costas de Perú.

Las tortugas se convirtieron, así, en un símbolo del archipiélago. Muy a su pesar.

* * *

En 1708, un grupo de comerciantes de Bristol (Reino Unido) armó dos navíos, Duke y Duchess, para navegar bajo patente de corso en el océano Pacífico. Se los confió al capitán Woodes Rogers, que fue acompañado por William Dampier en el que sería su último viaje por los Mares del Sur.

Los barcos superaron el Cabo de Hornos y al hacer escala en la isla de Juan Fernández en febrero de 1709 encontraron a "un hombre vestido con piel de cabra, que tenía un aspecto más salvaje que los propietarios originales de esa vestimenta". Era Alexander Selkirk, en cuya historia se basó la novela Robinson Crusoe (escrita por Daniel Defoe, amigo de Rogers). Selkirk había sido abandonado allí en septiembre de 1704, tras una discusión con el capitán del navío en el que viajaba, el Cinque Ports.

Rogers lo embarcó, pues Dampier conocía sus cualidades como marino: no en vano Dampier había sido capitán del St George, el compañero del Cinque Ports.

Todos juntos atacaron el puerto de Guayaquil en mayo de 1709. Los corsarios se refugiaron en Galápagos con rehenes, cuatro barcos españoles (uno de ellos, el Increase, confiado a Selkirk) y el botín. Las islas eran un lugar ideal: estaban ubicadas frente a una costa mal defendida y llena de riquezas (o, al menos, de galeones que las transportaban de Perú a Panamá), y eran temidas por los españoles, que seguían creyéndolas poco menos que embrujadas.

Se dice que Rogers enterró su parte de botín de aquel asalto a Guayaquil en isla James, actual Santiago.

Y que allí sigue.


Hickmann, John (1985). The Enchanted Islands: The Galapagos Discovered. Oswestry: Anthony Nelson Limited.

Rose, R. (1924). Man and the Galápagos. En Beebe, William (ed.). Galapagos: World's End. Nueva York, Londres: G. P. Putnam's Sons, pp. 332-417. [En línea].

Imagen: Caixonets d'almoines en el Museo Frederic Marès. Art Endins.