30.5.18

La vida que transmiten las palabras

La vida que transmiten las palabras
Por Sara Plaza

Reproducimos a continuación la traducción al castellano de una interesante entrevista de la periodista Montse Dopico a la poeta y narradora Emma Pedreira que –junto con la poeta, narradora y periodista Lupe Gómez en la modalidad de poesía–, acaba de ganar el Premio de la Crítica Española en la modalidad de narrativa en gallego, con el libro Bibliópatas e fobólogos. La entrevista original en gallego apareció el pasado día 25 de mayo en el diario online Praza Pública, con el título "Emma Pedreira: 'Quería rir do elitismo que nos afasta do contacto directo do público e que crea unha endogamia triste e podre'".
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Una declaración de amor por la lengua y la literatura. Pero entendiendo, ambas, desde la escritura como oficio. Lejos del tono elitista que a veces, todavía, se emplea para hablar de un trabajo que en muchos casos es "un juego de egos y de proyecciones falsas que no va a ninguna parte y que no se corresponde con la realidad". Así podría definirse Bibliópatas e fobólogos (Galaxia), el libro con el que Emma Pedreira acaba de ganar el Premio de la Crítica Española en la modalidad de narrativa en gallego. La autora respondió a nuestras preguntas por correo electrónico.

De Corazón e demais tripas dijiste que no era "un conjunto de microrrelatos" sino "una unidad de microrrelatos que se interconectan para formar algo al mismo tiempo". Supongo que de Bibliópatas e fobólogos podría decirse lo mismo, ¿no? De alguna manera, supone continuidad de Corazón: vuelta a la narrativa, al microrrelato... ¿Qué puede haber de continuidad entre ambos? –La presencia del humor y la ironía, por ejemplo–.

De Corazón e demais tripas hice algún descarte porque iba hacia un lado que no se ajustaba muy bien dentro de la unidad de ese libro; eran relatos menos eróticos o muy lindantes entre lo erótico y lo bibliófilo y ahí di con lo que sería el germen de Bibliópatas. Fue cerrar ese libro y comenzar con el siguiente. Fueron tres o cuatro textos que enlazaron y dos libros, por eso son tan parecidos que trato de considerarlos libros hermanos y parte de una trilogía en la que estoy trabajando ya en el tercer volumen, que también resulta de descartes de Bibliópatas y fobólogos. Supongo que fondo y forma son un contínuum en los dos libros, el tratamiento y la estética de los textos son comunes en ambos, y también por la contención en la forma.

Comienza el libro hablando de la "empresa de servicios editoriales" Shakespeare and Company, en la que los mejores lectores son animales. Shakespeare and Company existe: es el nombre de una librería de París en la que hay un gato "lector" al que los clientes no deben molestar. ¿Es casualidad o, por lo menos parte de los relatos, tienen su origen en referencias reales, o más bien en lo que puede ser la vida cotidiana de cualquier escritora en su convivencia con los libros?

Cuando viajo, y viajo mucho, trato de ir a muchas librerías, a todas las que puedo, de lance, de viejo, alfarrabistas. Suelto lastre de las maletas y las traigo llenas de libros, de papeles, de dibujos y de apuntes. El inicio de muchas ideas viene en la cabeza y se queda ahí hasta que cualquier referencia lo hace salir para comenzar a trabajar. Shakaspeare & Co. viene de París, poro también viene de mi adoración shakesperiana y de la visión que tengo del intramundo editorial que me tocó vivir en estos años dedicada a la literatura por dentro –como escritora– y por fuera –como bibliópata–. Todos los relatos del libro tienen una referencia real, propia o ajena, una anécdota, una mención o un homenaje, y todos tienen que ver con la palabra, con la lengua y con los libros.

El libro habla de "fobólogos" –personas encargadas [sic] por una lengua viva y comprensible, lejos de estereotipos decimonónicos– y de bibliópatas, personas cuya "patología" son los libros, incluso hasta llegar a la muerte a causa de ellos. ¿Por qué son protagonistas de este libro? ¿Tenemos falta, en el país, de "fobólogos"? ¿Y de "bibliópatas"? ¿Por qué?

Yo soy filóloga de formación y de vocación aunque no ejerza la docencia. Es mi espinita clavada y supongo que trato de resarcirme de eso a través de la escritura y de todo lo que hago alrededor del libro. En todos estos años de "militancia filológica" y sobre todo en el lugar donde trabajo –me remito a las "crónicas de oficina" que divulgo en las redes sociales– veo que lxs filólogxs tenemos una némesis que acabé llamando fobólogxs, por pura etimología.

La fobología sería la rama de la lingüística que se encarga de desarticular, incapacitar y borrar una lengua, de desacreditar al bando contrario, la filología, que se encarga de cuidarla, limpiarla y darle esplendor –tipo pon cera-pule cera– y ahí acredito firmemente en la existencia de una ingente cantidad de gente graduada en ese odio, desprestigio y complejo sobre la lengua. Y no, no hay escasez de fobólogxs en este país, todo lo contrario, su presencia es cada vez más fuerte y más agresiva. Fobólogo sería un término peyorativo mientras que bibliópata, con toda esa carga maligna que posee el "pathos" como dolencia sería algo positivo que nos identifica a todas las personas que padecemos el mal de los libros. Somos adoratrices del papel, acaparadoras de cantidades absurdas de libros, dolientes de las librerías, poseemos varios carnés de biblioteca, acechamos lo que lee el resto de la gente.

Hablando de "fobólogos", el libro no solo habla de libros y de las manías con ellos, sino, en general, de la palabra y de su presencia, a veces, asfixiante: en las redes sociales, por ejemplo, y otras veces de su ausencia o confusión. Pero, más que un libro de sesudísimas reflexiones metaliterarias, o sobre la comunicación y la incomunicación –el ruido– en las sociedades contemporáneas –que sí está– parece una manera de aproximarse, simplemente, a la relación –cotidiana– de las personas con los libros y con la palabra –el exceso y la falta de ella, pero más bien el exceso–, aunque se haga desde la deformación, lo hiperbólico, lo absurdo... ¿Era el objetivo? ¿Puede responder, también, a una suerte de intuición o reflexión sobre lo poco livianos –o pesados y grandilocuentes– que pueden ser nuestros discursos sobre la necesidad de hacer el libro más presente en la sociedad?

Cuando escribí el libro, más bien cuando decidí que viese la luz con Galaxia, tenía miedo de cómo sería entendido puesto que está escrito con una doble intención: por un lado trata de ser un homenaje a nuestra lengua y literatura, y una aproximación de las dos a ese oficio de escribir, para que las personas lectoras consigan tener un conocimiento de la parte que nunca trasluce. Cuando hablo en público, por ejemplo en un taller, alrededor del mundo del libro y de su producción como bien cultural, de los procesos de escritura, edición, distribución y lo hago desde el punto de vista comercial y no idealizando el objeto libro, la gente se acerca con interés porque piensa que las autoras creamos sin esfuerzo y recibimos substanciosas sumas por cada obra que escribimos y por cada ejemplar que vendemos.

Mucha gente cree todavía en la inspiración y en toda es fabulación que hay sobre el trabajo de escribir. Es decir, no lo entienden como un trabajo y así nos va. Hablarle a esa gente de nuestra vida real, de la insostenibilidad del sistema para quien escribe, nos coloca más cerca de nuestro público lector y hasta hace muy poco tiempo esto era algo de lo que no solíamos hablar, porque el libro y la escritura eran considerados algo mitológico, idealizado, intangible y situado un escalón por encima de los otros oficios.

Por otra parte quería desmitificar y también burlarme, de paso, de la grandilocuencia y del tono elitista con el que a veces tomamos al pertenecer a este oficio, algo que resulta muy absurdo ya que en muchos casos es un juego de egos y de proyecciones falsas que no va a ninguna parte, y que no se corresponde con la realidad. De eso quería reírme, del elitismo que nos aleja del contacto directo del público y que crea una endogamia triste y manida. Creo que conseguí aproximarme a un público lector nuevo para mí y que fue comprendiendo la absurda relación que tenemos con nuestro autófago y contradictorio sistema literario.

Lo que sí hay, y puede tener relación con lo anterior, es juego con la palabra, con el lenguaje. Enumeraciones, por ejemplo. En una estructura que alterna textos algo más largos con otros más cortos y otros tipo haiku... ¿Eres consciente de ese juego con la palabra en este libro? –Que también tiene que ver, supongo, con el oficio de poeta: el esfuerzo por condensar... –

Adoro jugar con la lengua. Retorcerla, usarla mal, rebasar límites, cifrar el mensaje a mi antojo, jugar todo a la polisemia, dislocar la semántica, crear palabras y, ya en el plano textual, manejar distintas unidades de forma más o menos condensada. El microrrelato, el minirrelato, el aforismo son textos a los que les podemos ir moviendo las fronteras desde o hacia la poesía, y eso es la mejor parte de haber ido desde la poesía hasta la narrativa. El microrrelato, además, te permite una escritura de mayor complicidad con el público lector, ya que lo invitas a hacer parte del esfuerzo para llegar de la mano a la conclusión del texto, incluso a su construcción compacta.

El microrrelato es un juego de seducción que permite que no estés escribiendo de ti y para ti, sino que su tendencia es captar una atención y jugar hasta alcanzar un clímax satisfactorio para las dos partes. No hay pasividad en la persona que lee un microrrelato, sino que pasa a un lugar de interactuación y viene a jugar con quien escribe. El uso de la palabra y de todas las posibilidades que pueden dar gramática, sintaxis, morfología, semántica y demás hijas filológicas, respaldan este juego y lo hacen divertido e instructivo al mismo tiempo. El microrrelato es una modalidad textual que permite que el texto viva mucho tiempo después de haber sido leído y que sea revisitado con frecuencia.

El libro habla de libros, pero hay dos temas que, en relación con ellos, salen mucho: la muerte y el amor. No sé si incluso más la primera. Eso conectaría, además, este libro con varios de tus poemario: Antítese da ruína, Grimorio, s/t... Aunque quizás en este libro es donde la muerte está tratada con más distancia... ¿Puede ser? ¿Hay alguna razón especial?

Es imposible no hablar siempre de los mismos temas universales, a estas alturas del mundo todo está inventado y lo único que nos resta es ir jugando con la manera en que contamos las cosas. Amor y muerte son dos de esos temas en los que siempre redundamos y, además, suelen estar en los extremos de nuestras afinidades. Son temas recurrentes para la escritura y también como refugio en el momento de buscar qué leer. El caso es que la muerte y todo lo que la rodea en Galicia está hecho para definirnos como pueblo. Hay numerosos rituales alrededor de la muerte que todavía están por explorar y por explorar desde la literatura.

Si antes hablaba de que cuando viajo voy a las librerías, otra cosa que adoro visitar a lo largo y ancho del mundo son los cementerios. Los camposantos son lugares llenos de arte y conocimiento: arquitectura, escultura, antropología, historia. Podemos encontrar que, por ejemplo, los nombres de las personas difuntas dicen mucho de nuestra historia y de nuestras tendencias con el paso del tiempo, o que las lápidas y placas sepulcrales, algo que me fascina, están llenas de poesía y, en muchos casos, de literatura condensada, de microrrelatos, de chispas de las que se puede desprender una historia y, en muchas de ellas, hay un punto de humor negro que me fascina. En el pueblo de mi padre –que sale varias veces en el libro–, hay un friso en un panteón que en lugar de llevar el nombre de la propiedad familiar pone "Gracias por su visita", como en las servilletas de los bares. ¿Cómo no pensar que somos un pueblo divertido hasta desde el más allá?

Hay algunos relatos que tienen continuidad entre sí. Un ejemplo son los de Wendy Laura Clark. Que pienso que, aunque desde el juego del "consultorio", nos hablan –como otros relatos del libro– de cómo puede resultar ser mujer escritora o intentar serlo. Su escritura, le dice Isabel a la escritora, me da alas para enfrentarme al mundo. ¿Qué hay en el libro de eso, de reflexión sobre cómo a las mujeres les robaron la escritura?

En el libro hay mucho de mí y de mi experiencia de todos estos años en la escritura y, a través de mi voz, de muchas mujeres que escriben y se dan continuamente contra los muros del sistema literario. Nuestro techo de cristal es de hormigón y, en muchos casos, el hormigón es el componente biológico de muchas personas que nos impiden estar en lugares que nos corresponden por derecho. Mi retranca apela a estas vacas sagradas, a estos reductos en los que las autoras estamos viviendo un constante desprestigio e invisibilización por puro desinterés, una negativa explícita en muchos casos a escuchar nuestro discurso.

A través de la retranca puedo hacer mejor trabajo de reflexión que con el discurso directo porque después de la risa viene el poso y, si hay algo que está dejando Bibliópatas es un poso y un acercamiento por parte del público lector a la realidad que hay detrás de quien escribe y publica un libro. También hay un homenaje explícito a las autoras que mueren sin casi reconocimiento y el absurdo juego de egos de un oficio en el que quien más pierde –de manera material, hablo– es la parte que escribe.

También hay "homenajes": libros que arden mal, una escritora que busca una habitación propia, un dibujo que envejece con sus dueños... No son hiperexplícitos, pero tampoco querías seguramente que pasasen desapercibidos... ¿Puedes explicar la razón de alguno de ellos?

Creo que las personas bibliópatas, aquellas que vivimos mucho a través de lo literario, que crecimos en un contacto desesperado y a veces angustioso con los libros, no podemos dejar de hacer analogías de parte de nuestras vidas con las obras que nos acompañaron en ciertos momentos. Yo vivo mucho a través de mis lecturas, estoy siempre haciendo historias, todo lo canalizo a través de escribir o de contar. Terapéuticamente la literatura siempre está ahí para servirme, ¿cómo no rendirle homenaje como harían las personas melómanas a través de la playlist de sus vidas?

Hay autoras y libros por todas partes en este conjunto de historias y, además, muchos otros oficios relacionados con el libro: bibliotecarias, editoras, correctoras, libreras. Están las librerías y bibliotecas que visito con frecuencia y también los actos literarios más absurdos en los que he estado. A veces las referencias son explícitas y otras no tanto, pero hay quien se sintió aludido y se espantó y eso me encanta, misión cumplida.

En Máxima ansiedade hay ironía con el tema de qué pasa cuando le preguntan en las entrevistas por qué escribes. No vas a decir, cuenta este relato, que lo haces para no engordar. Tienes que buscar una respuesta que parezca inteligente, erudita, literaria, y un poco snob. Decía Ana Valdés que cada vez que un director de teatro intentaba responder a la pregunta de por qué hacía teatro, estaba cayendo en una trampa que lo llevaba a intentar justificar lo que no tenía por qué justificar. ¿Crees que puede pasar algo semejante, por lo menos a veces, en la escritura?

A veces me siento un poco ridícula ante preguntas así, que quieren que justifique por qué y para qué escribo. Trato de pensar en por qué no preguntamos eso a otras personas que se dedican a otro tipo de trabajos y en lo snob que es ponernos en la situación de decir algo más que lo simple: lo hago porque me encanta. Yo afronto el hecho de dedicarme a escribir como algo natural y que está conmigo desde siempre, por ahí, nada más que justificar. Procuro ponerme en la piel de una cocinera o de una costurera y pensar que hago lo mismo, tal vez incluso llego más allá y pienso que me dedico a algo que tiene menos utilidad pública y que no aprovecha todo el mundo.

Entiendo que se busque la justificación o la motivación en una oncóloga, en una gerontóloga, o en las voluntarias de un santuario animal, donde el grado de implicación conlleva acción, compromiso y riesgo en grado superlativo. La literatura no deja de ser –y aquí me odiarán el resto de bibliópatas, pero también los fobólogos– algo prescindible o secundario. Hago esto porque disfruto y porque sufro, y porque de ese sufrimiento sale más disfrute, pero de manera sincera, la vida real es otra cosa y actuamos en paralelo justo cuando las necesidades básicas están cubiertas.

Yo pienso que, a pesar de todo lo comentado hasta ahora, en el fondo, el libro es una suerte de declaración de amor a los libros. Como en esos relatos en los que se trata al libro como un objeto prohibido, remitiéndonos a un futuro posible, o como un objeto que okupa nuestro espacio en la casa, nuestra cabeza y nuestro corazón. ¿Podríamos resumirlo así, es decir, es el sentido general del libro?

Totalmente. Bibliópatas es un libro de amor por las palabras y por la vida paralela que transmiten. Por el humor y la alternativa que nos ofrece su refugio cuando la vida propia falla, pero también es un discurso del desaliento y un tirón de orejas a nuestros egos. Siempre que alguien me dice que leyó o que está leyendo Bibliópatas le pregunto lo mismo: ¿te reíste? Y si me dice que si digo, pues ya está. El amor está en el humor, en la activación de los músculos de la risa, en la liberación de sustancias químicas que hacen sentir bien y eso es lo que pretendo en primera instancia. Un goce con las bragas puestas. Lo que venga después, la reflexión, la crítica, la autoexplicación, el poso es el premio.

Por último, pregunta obligada –y tonta–, ¿cómo fue para ti recibir la noticia del premio de la crítica?

Sigo sin creerme que un libro un poco antisistema como este –borra lo de un poco– haya recibido semejante premio por parte del propio sistema literario gallego y, encima, con proyección hacia afuera –que no creo que se dé, debido a muchos factores–. Supongo que refrenda y al mismo tiempo asume también con humor los defectos de los que adolece nuestra literatura. Como, además, conocer la noticia tuvo un punto surrealista –fui la última en saberlo, malditas queridas redes sociales–, el libro sigue arrastrando ese humor que quiero tanto.

Me remueve un poco que sea esta obra, y no veinte años de discurso poético hondo y grave, la que se reconozca, pero precisamente eso contribuye a visibilizar que lo que precisábamos era una mayor sinceridad y contacto con la gente que nos lee. Estoy muy feliz y soy consciente de que pasado mañana ya no implicará nada más que una fajita amarilla en el libro, pero es un honor decir que soy la cuarta mujer en recibirlo desde el año 1976 en que se establecieron estos premios para la lengua gallega. Porque, como dicen por ahí, no hay narradoras y tal, sobre todo con anterioridad a 2005 en que fue galardonada Teresa Moure –después vendrían Begoña Caamaño y Anxos Sumai– y fin. Soy feliz y soy todavía más feliz por compartir este premio con Lupe Gómez en poesía, con la que se hace una justicia y un trabajo de reposición tremendo. Puedo decir que celebro más ese premio para ella, y que este año distingue el trabajo de dos hermanas de letras, gruñonas, antisociales e incómodas. ¡Gracias!

Fotografía de Sara Plaza.

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