15.5.18

Creación ex materia

Creación ex materia

Por Sara Plaza
Compartimos un artículo de Ted Gioia sobre cómo James Joyce fue gestando esa magna obra que es Ulises, y cómo su escritura y todos los avatares que se sucedieron hasta su publicación nos remiten a una gran odisea. El artículo original en inglés, titulado “The Making of Ulysses”, puede leerse aquí.

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La creación de Ulises

Al Ulises de Homero le llevó veinte años intentar completar su heroica tarea, pero todavía tardó más Joyce en acabar y publicar su novela más famosa.

El padre de James Joyce dijo alguna vez de su hijo: “Si lo dejasen caer en el medio del Sahara, se sentaría y trazaría su mapa”.

En esta reflexión sobre la mentalidad de Joyce, John Joyce no estaba hablando de la novela Ulises —tenía pocas palabras de alabanza hacia ese libro— pero podría estar describiendo el proceso que llevó a su hijo a la creación del imponente mapa literario de Dublín. El viejo Joyce podría haber jugado una parte en ese proceso. Compartía con James el interés por los caminos poco transitados y las tabernas más notables de la ciudad, y tal vez incluso lo inspiró durante los paseos que dieron juntos, en los cuales John Joyce iba señalando las marcas literarias de Dublín —la casa de Jonathan Swift, el lugar donde había nacido Oscar Wilde, los rincones por los que Joseph Addison había andado antes que ellos, y otro sitios de parecido interés.

Sin embargo, hoy en día, cualquiera que eche un vistazo al mapa de Dublín enseguida verá que ha sido rescrito desde entonces, en buena medida por el propio Joyce, cuya obra más célebre da cuenta de un paseo por esa ciudad, que muchos admiradores del autor emulan, a menudo el día 16 de junio —el día en el que se desarrolla Ulises (elegido por Joyce porque ese fue el día de su primera cita con su futura esposa, Nora)— pero también en otros momentos. Incluso Joyce, a lo largo de su vida, celebró ese aniversario, y tuvo conocimiento de lectores de Ulises que también conmemoraban ‘Bloomsday’, como sería denominado después. A mediados de la década de 1950, el Bloomsday mostró las primeras señales de estarse convirtiendo en una suerte de Mardi Gras a la dublinesa, con una representación del recorrido de Leopold Bloom, con el vestuario de la época, desde la casa del personaje, en la calle Eccles, siguiendo el itinerario de la calle McConnell, la plaza Parnell y la Torre Martello. Pero al igual que el Día de San Patricio, el Bloomsday se transformó en una celebración en la que todo el mundo es irlandés por un día —actualmente se conmemora en por lo menos sesenta países, y también virtualmente a través de Internet.

El paseo real que Joyce dio en 1904 —no el Bloomsday, sino cuatro días después, el 20 de junio— puede que alentase la escritura posterior de Ulises. Lo cierto es que no fue un paseo, sino algo así como un tropezón. Este autor, fascinado por los personajes caídos —Humpty Dumpty, Adam, y Finnegan así lo demuestran en sus libros—, llegó a su más afamado trabajo cayendo él mismo en dos ocasiones.

Stanislaus, el hermano de Joyce, le recriminaba a menudo su afición a la bebida, temiendo que este pudiese destruir su gran talento a causa de sus costumbres disolutas. Aquella tarde de junio, Joyce había bebido tanto que en un primer momento provocó una escena en el local del Teatro Literario Irlandés, donde se cayó al suelo cerca de la entrada, y la gente tuvo que saltar por encima del prometedor autor, que yacía despatarrado en su propio vómito. Pero esa noche todavía le esperaba otra caída a Joyce, mucho más dolorosa que la primera. Tras ese primer sopor etílico tuvo una agarrada con un soldado. Joyce acabó malherido —según lo refirió él mismo brevemente: “ojo morado, esguince de muñeca, esguince de tobillo, corte en la barbilla, corte en la mano”—. Aquella noche el futuro autor de Ulises fue rescatado por una persona que resultó ser prácticamente un extraño. Alfred H. Hunter, un conocido lejano del padre de Joyce, encontró al joven escritor en apuros, y lo condujo hasta su propia casa para que recuperase la sobriedad y poder curarle las heridas.

A Joyce le sorprendió la inesperada intercesión de Hunter, y también el carácter de aquel hombre en el papel de buen samaritano. Hunter era judío y supuestamente un cornudo —en ambos sentidos el arquetipo de Leopold Bloom—, y lo sucedido plantó la semilla de lo que luego ‘florecería’ en Ulises. Dos años después, el 30 de septiembre de 1906, Joyce le envió una carta a su hermano en la que le hablaba de sus planes de convertir ese encuentro en una historia, probablemente una obra corta similar a las que había escrito para Dublineses. En otra carta, del 13 de noviembre, mencionará nuevamente esa idea, y esta vez ya tiene un nombre: “Pensaba comenzar mi historia ‘Ulises’, pero tengo muchas preocupaciones en este momento.”

Claramente, la conexión con La Odisea de Homero estaba ya entonces en la mente de Joyce. Y si Hunter se iba a convertir en Bloom, que representaría a Ulises, Joyce también había elegido a una persona real y a un personaje de ficción para la parte de Telémaco, el hijo de Ulises: el propio autor y su alter ego Stephen Dedalus. En noviembre de 1907, Joyce cambiaba de opinión respecto del alcance de su trabajo, y empezaba a describirlo como novela. Su hermano Stanislaus anotaba en su diario el 10 de noviembre: “Jim me dijo que iba a extender su historia ‘Ulises’ y convertirla en un libro, y que iba hacer de Dublín un ‘Peer Gynt’... Como transcurre en un solo día, le sugerí que podría hacer una comedia, pero no lo hará”.

Aunque Joyce, como indican estos comentarios, ya había decido en esa etapa temprana abrazar la unidad de tiempo aristotélica —que limita la duración de los hechos a 24 horas— su ambición de crear un equivalente de La Odisea de Homero en Dublín exigía una extensión mayor de lo que él había intentado lograr hasta entonces. El 16 de junio de 1915 le anunciaba a su hermano que tenía previstos 22 capítulos para su Ulises, pero para mayo de 1918 ya había rebajado sus planes y le comentó a Harriet Weaver que serían diecisiete. El trabajo final tendría dieciocho capítulos, y conformó una novela masiva de 350.000 palabras —más del doble de las que alcanzaban juntos Dublineses y Retrato del artista adolescente.

Ahora bien, casi cada uno de los detalles, incidentes y personajes en su creciente libro fue primero experimentado por el propio Joyce o recogido de relatos reales de otros, antes de ser procesados y transformados en ficción. A veces los vínculos son complejos —por lo menos media docena de mujeres diferentes contribuyeron en mayor o menor grado al personaje de Molly Bloom—, pero los diversos linajes invariablemente están conectados con personas y circunstancias reales. Joyce puede haber alcanzado fama como el escritor que llevó la ficción más lejos en los tempos modernos, sin embargo, en otro sentido, puede ser visto como el autor que se tomó menos libertades con su materia. Él no creó ex nihilo sino, más bien, ex materia.

Incluso el personaje en Ulises, que parece estar en el extremo opuesto del espectro de Joyce/Dedalus, es decir, Leopold Bloom, también refleja aspectos del autor, o por lo menos de la imagen idealizada que él tenía de sí mismo. El elevado perfil de un protagonista judío en la gran novela de Dublín ni se aparta de la irlandesidad del libro ni se desvía de la esencia autobiográfica de la obra. Joyce se vio a sí mismo como un exiliado de Irlanda, enraizado en su tierra natal y, simultáneamente, en desacuerdo con ella —una actitud que lo volvió especialmente solidario con la grave situación de los judíos irlandeses. (En Finnegans Wake, el héroe parece ser un protestante, por lo que el contraste con el pervasivo catolicismo de Irlanda vuelve a tener eco en ese último libro.) Pero esta convergencia fue más que un asunto de las inclinaciones psicológicas de Joyce. La etapa durante la que nuestro autor creció fue un tiempo de diáspora irlandesa. Ya en 1890, cando Joyce tenía ocho años, dos de cada cinco personas de ascendencia irlandesa en el mundo estaban viendo fuera de Irlanda, y el éxodo continuó sin parar durante las siguientes décadas. En verdad, los irlandeses —al contrario que los judíos en aquel momento— poseían una tierra natal; pero incluso en ella, carecían de soberanía. El país no alcanzaría la independencia de Gran Bretaña hasta el año 1922. Joyce comentaba a menudo las semejanzas de temperamento entre irlandeses y judíos, y fueron los brutales hechos de la historia los que sustentarían su comprensión de que Leopold Bloom, de ascendencia húngaro-judía, podría servir de emblema tanto para un ambicioso autor irlandés como para sus sufridos compañeros dublineses.

Joyce, por lo tanto, tenía dos niveles significativos para escribir su gran novela, uno personal, autobiográfico, y otro épico, homérico. Y además vio cada una de estas historias como representativas de una historia cultural más amplia —encontrando paralelismos entre los destinos de los irlandeses y de los judíos. Pero con el tiempo, otros niveles de significación fueron entretejiéndose en el libro. Cada capítulo, tal y como él lo concibió, podría ‘encarnar’ un órgano diferente del cuerpo. Y a su vez quería utilizar el libro para mostrar una retahíla de diferentes maneras de escribir. Joyce definiría después “la tarea que me impuse a mí mismo”, como “escribir un libro desde dieciocho puntos de vista diferentes y en otros tantos estilos distintos, todos aparentemente desconocidos o todavía por descubrir para mis compañeros de profesión”. El resultado final fue una novela que enfadó a muchos, sorprendió a otros, pero —amada u odiada— destaca como uno de los proyectos más ambiciosos de la historia de la literatura.

La construcción de este libro, teniendo en cuenta todos sus desafíos, fue solo el preludio de los muchos obstáculos que vendrían después. Encontrar un editor comportó un conjunto de problemas muy diferente. Y el editor tenía que buscar un impresor que no temiese un posible proceso judicial, dado el contenido del libro y las leyes de la obscenidad que imperaban entonces. Pero incluso después de ser publicado, ¿podría ser distribuido sin que los agentes de aduana lo retuviesen y quemasen? Y si conseguía al fin llegar a las librerías, ¿podría ser vendido sin miedo a las represalias por parte de la policía y los fiscales? A cada paso Joyce hallaba nuevos atrancos potenciales.

Joyce vivió su propia y peligrosa odisea, y su proyecto se demoró casi tanto como le llevó al propio Ulises completar la épica homérica. Homero nos cuenta que Odiseo luchó diez años en la guerra de Troya y que empleó otros diez en su muy demorado viaje de vuelta a casa. Para Joyce, el itinerario se alargó todavía más. Diez años habían pasado entre los hechos de 1904 que inspiraron el libro y el comienzo de su escritura. Tuvieron que transcurrir otros ocho antes de que Ulises fuese publicado por Sylvia Beach en Paris. Y Joyce debió esperar todavía once más el fallo del tribunal que permitía la venta del libro en Estados Unidos. Casi treinta años después del Bloomsday, en enero de 1934, salía de imprenta la primera edición norteamericana. La primera edición inglesa no aparecería hasta 1936.

De hecho, alguien podría escribir un libro sobre cómo se hizo Ulises, y basarlo también en La Odisea. Los ingredientes están ahí —bravos adversarios en la casa en Ítaca (o Dublín, en el caso de Joyce), y enemigos y obstáculos en escenarios lejanos, todo conspirando para impedir al protagonista cumplir su destino. Sin embargo, lo alcanzó. A lo largo del camino, el señor Joyce demostró —de más de una manera— ser el héroe de su propia historia. Esa fue la capa que Joyce nunca tuvo la intención de añadir a Ulises. Fueron las circunstancias las que se la echaron encima, muchas de ellas después de que ser escrito. Pero no podemos evitar hallar adecuado e incluso oportuno, en una era en la que el arte se estaba volviendo cada vez más auto-referencial, que la novela más vanguardista de todas resultase tan exasperantemente realista.


Fotografía de Sara Plaza.

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