5.3.18

Retirarse para llegar a ser

Retirarse para llegar a ser

Por Sara Plaza


Recuperamos y compartimos un artículo del autor británico Paul Kingsnorth, uno de los fundadores del proyecto Dark Mountain, al frente del cual estuvo hasta el año pasado. El texto fue publicado originalmente en inglés en agosto de 2013, bajo el título "Forty Days". Ha sido traducido por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero.

En este mismo espacio hemos compartido con anterioridad varios artículos y ensayos del mismo autor, que el lector interesado puede encontrar reunidos aquí.

***

Cuarenta días

Para comprender el mundo es preciso a veces apartarse de él.
Albert Camus

Cuando era niño quería ser un ermitaño. Recuerdo en concreto que durante algunos años albergué un extraño deseo de fondo de vivir solo en un bosque de pinos. ¿Por qué en un pinar? No tengo ni idea. Nunca he pasado demasiado tiempo en un verdadero bosque de pinos (no las apretadas hileras de pinos de reforestación que cubren las montañas del norte de Inglaterra). Pero ese era el lugar donde quería estar. Podía imaginarme a mí mismo viviendo en el corazón oscuro y húmedo de un pinar. La vida allí, lo sabía, sería más intensa, más mágica que en casa.

Durante algún tiempo, como el niño romántico e imaginativo que era, abrigué la idea de que mi deseo de estar rodeado de pinos se debía a que en una vida anterior yo había sido un vikingo. Me fascinaban los vikingos: sus dioses y sus runas y la magia negra de la cultura de los fiordos. Al volver ahora la vista atrás, tengo la sospecha de que lo más probable es que el origen de ese deseo estuviese en una sobredosis de Tolkien, a la que siguieron Stephen Donaldson y Ursula Le Guin. Hubo muchos magos en mi infancia.

Pero más allá del asunto de los vikingos, había algo más: algo que tenía que ver con estar solo. ¿Porque querría un niño pequeño, y después un joven adolescente, ser un ermitaño? ¿No es eso lo contrario de lo que se supone que quieren los adolescentes: compañía, fiestas, muchedumbres? No creo que haya sabido nunca lo que se supone que quieren los adolescentes, pero yo no quería nada de todo eso. Yo quería ser como Gavilán, el personaje de Ursula Le Guin, que vivía solo en una pequeña cabaña en las colinas, adivinando los misterios del mundo que escapaban a la vista. La vida como un pastor de cabras en las laderas de la Montaña de Gont sigue pareciéndome bastante elisíaca.

Mi padre contribuyó a lanzarme en esa dirección, completamente en contra de su voluntad o intención. Pasé mi infancia haciendo senderismo en los páramos desolados y las montañas de Inglaterra y Gales, siguiendo las rutas de largo recorrido. Mi padre era todo lo contrario a un soñador romántico, pero era un caminante obsesivo y yo no tuve más opción que acompañarlo. Estoy contento. Me impregné de todo ello. Sigo siendo un caminante impenitente y un amante de aquellos espacios naturales abiertos, y creo que quizá también me caló su soledad. Soledad, no en el sentido negativo en el que esa palabra se utiliza a menudo en nuestra cultura ― una cultura donde las personas tal vez están más aisladas que en ningún otro momento de la historia, y que busca resarcirse ridiculizando y menospreciando la idea de una soledad escogida.

No era ese tipo de soledad. Más bien era la clase de soledad sobre la que escribieron John Muir o Edward Abbey cuando ellos a su vez se retiraron a lugares vacíos, abiertos, que no habían sido creados, cercados o definidos por el hombre. "Las montañas me llaman y debo ir", escribió Muir. "La naturaleza no es un lujo", escribió Abbey, "sino una necesidad del espíritu humano, tan vital para nuestras vidas como el agua y el buen pan". Lo que encontraron Muir en las montañas y Abbey en el desierto, yo lo hallé en los páramos ingleses y después en bosques milenarios y grandes llanuras de otras partes del mundo. La soledad agreste repicando como una campana. La sensación de estar conectado con algo mucho más grande que yo en un lugar que escapa al control de mi especie y que no es esclavo de ella. Una sensación de pequeñez, de la cual puede provenir la grandeza.

Aún mantengo esa conexión. Condicionado por aquellas caminatas, por aquel tiempo transcurrido en el silencio de los Cheviots y los Peninos, y quizá también por Tolkien y Le Guin, he pasado gran parte de mi vida adulta luchando, tanto de palabra como de hecho, para proteger la naturaleza que tanto me dio de niño. Mantengo la misma pasión de siempre por proteger el mundo no-humano de los cada vez mayores excesos violentos de nuestra civilización. Pero el movimiento ecologista del que una vez formé parte, en muchos aspectos ha avanzado en direcciones con las que no me siento cómodo. Tecnocrático, formal, demasiado temeroso de desafiar los relatos del progreso tecnológico y el desarrollo económico, y demasiado dispuesto a adoptar la noción de "desarrollo sostenible" que a menudo se parece al business as usual con menos emisiones de carbono. A mi modo de ver, el movimiento ambientalista dominante ha extraviado su curso.

Hace tres años, traté de explicar lo que sentía sobre todo esto en un largo ensayo titulado "Confessions of a Recovering Environmentalist" [Confesiones de un ecologista en recuperación]. El ensayo apareció en la primera antología anual que publicó Dark Mountain Project, una red de escritores, artistas y pensadores que había cofundado un año antes, a fin de crear un espacio para otras maneras de pensar y ver, en un mundo que cambia con rapidez.

Ese ensayo probablemente haya sido mi relato breve más comentado en estos veinte años como escritor y periodista. En aquel momento, también fue uno de los más controvertidos. Uno de los párrafos que más llamó la atención de la gente, que alegró a unos y enfureció a otros, fue este que, como es fácil deducir, aparecía al final del ensayo:

[...] Me retiro. Me retiro de las campañas y de las manifestaciones, me retiro de las discusiones y de la necesidad fomentada y de todas las falsas suposiciones. Me retiro de las palabras. Me voy. Salgo a caminar.

Parto en peregrinación a buscar lo que dejé atrás en las selvas y junto a las frías fogatas y en las partes de mi cabeza y mi corazón que he estado eludiendo mientras estaba ocupado fragmentando el mundo para salvarlo; ocupado creyendo que estaba en mi mano. Voy a escuchar el viento y ver qué me dice, o si no me dice absolutamente nada.


Mucha gente me escribió (y todavía me escribe) para decirme lo mucho que les había gustado el ensayo; cómo había conectado con ellos, incluso expresado en palabras sus propios sentimientos. Pero a otros, digamos, les dejó indiferentes. Yo no estaba preparado para el montón de comentarios que me llovieron por parte de activistas y militantes, aunque quizá debería haberlo estado. Dijeron de mí que estaba quemado, me tacharon de fatalista, de ser un nihilista que empeoraba las cosas rindiéndome. Si quería "retirarme", me dijeron, estaba todo bien: podía irme y deprimirme en una esquina, pero no tenía ningún derecho a contárselo a los demás. Tenía que cerrar la boca y dejar que los activistas continuaran con su tarea de Salvar el Mundo.

Si miro atrás puedo entender su posición. Si yo todavía estuviera inmerso en promover campañas, tal vez me sentiría igual si alguien que hubiera dejado de hacerlo me dijera que estaba perdiendo el tiempo. Aun así, había algo que me inquietaba. La cuestión que yo planteaba al hablar de una retirada no tenía nada que ver con desentenderse del compromiso con el mundo. A mí, de hecho, me parecía casi lo contrario. Estuve dándole vueltas durante algún tiempo y volví sobre ello el año pasado en una especie de secuela de mi primer ensayo, a la que titulé "Dark Ecology" [Ecología oscura]: una nueva exploración sobre cómo sería un mundo pos-ecologista, y sobre lo que seguía teniendo sentido para mí en una situación en la que ninguna de las respuestas que había encontrado hasta entonces funcionaba ya.

Al final de ese segundo ensayo, que apareció en el tercer libro de Dark Mountain, expuse cinco posibles vías de acción que me parecían pertinentes en un mundo en el que el cambio climático, el aumento de la población, el colapso económico y la extinción masiva no eran problemas futuros que había que evitar sino las realidades que estábamos viviendo. La primera de mi lista era la retirada, sobre la cual escribí:

[...] Retírate, no de manera cínica, sino con sentido crítico. Retírate para poder sentarte en silencio y sentir, intuir, entender qué es lo correcto para ti y qué es lo que la naturaleza podría necesitar de ti. Retírate porque negarse a seguir contribuyendo al avance de la máquina –a dar otra vuelta de tuerca– es una posición profundamente moral. Retírate porque la acción no es siempre más efectiva que la inacción. Retírate para examinar tu visión del mundo: la cosmología, el paradigma, las suposiciones, el sentido de la marcha. Todo cambio verdadero empieza con una retirada.

Esta vez, quizá había conseguido explicarme mejor, o quizá el mundo ya no era el mismo, o ambas cosas, pero lo cierto es que la reacción fue mucho menos feroz, aunque a veces desconcertante. Desde luego, las personas con una mentalidad política o activista siguieron considerándolo un sinsentido pretencioso. Pero también hubo otras reacciones de gente de todo tipo. Esta vez lo pilló más gente. Es más, yo también lo iba pillando.

Durante los primeros veinte años de mi vida adulta olvidé mi fantasía infantil del ermitaño, los pinares y la soledad. Me volqué en todo lo que hacía. Participé en manifestaciones, ocupaciones y encuentros, trabajé para ONGs, creé la mía propia, edité revistas verdes y me esforcé en escribir desde libros hasta artículos periodísticos, que confiaba serían leídos por mucha gente, pues pensaba que esa era la mejor forma de cambiar las cosas y porque no quería pasar inadvertido.

A medida que me hago mayor –ahora tengo 40 y soy padre– no solo tengo cada vez menos ganas de destacar, sino que me parece que comprendo cada vez mejor mis deseos infantiles. Y empiezo a ver que mis extraños sueños de retirarme del mundo moderno eran mi llamada del desierto. Algo que necesitaba, y que ignoré durante mucho tiempo, había estado hablándome. Ahora lo oigo hablarme de nuevo.

La retirada física me resulta muy difícil en estos momentos: tengo una familia que mantener y demasiados compromisos de los que ni puedo ni quiero desentenderme. Cuarenta días en el desierto no es una opción ahora mismo. Pero a mis cuarenta años siento que la necesidad de esa retirada es más fuerte cada mes que pasa. Este año habrá fines de semana en los que podré estar solo en los páramos, y en noviembre participaré durante cinco días en un retiro espiritual Zen en una casa de campo sin calefacción en las montañas galesas. Estoy impaciente. Pero mis momentos de retirada puede ser mucho más cortos incluso. A veces salgo a correr por las colinas de Lake District, cerca de la cuales tengo la suerte de vivir en estos momentos. A veces saco a pasear al perro por los senderos y los campos cerca de mi casa, y en una buena tarde estos actos pueden constituir en sí mismos una retirada meditativa.

De qué estoy huyendo, me han preguntado en el pasado. No es esa la pregunta que habría que formular. No estoy huyendo necesariamente de nada; más bien me siento atraído hacia algo. No se trata únicamente de esa vieja conexión con el espíritu natural del mundo que experimenté una vez y que aún puedo sentir de cuando en cuando en los espacios verdes, sino también de la búsqueda de un lugar en el que mi mente pueda estar tranquila y no haya nada en mi cabeza. El activismo, el periodismo, incluso la vida familiar, te obligan a jugar un papel, a posicionarte, a reivindicar, y todo eso en un momento dado puede aturdirte, agotarte, osificarte. Los árboles más rígidos se caen con las tormentas; son los retoños flexibles los que sobreviven. El estado de los grandes artistas, dijo alguna vez Bob Dylan, debe ser el de continuo devenir. Me gusta esa frase. No se llega a ser en medio de la rutina, o no solo. Retraerse para llegar a ser. Hay que buscar y encontrar algo.

Hay algo ahí fuera, más allá de la mente racional, más allá de los compromisos cotidianos, más allá de las ciudades en los valles y de las ciudades en nuestras cabezas, que necesitamos y hemos necesitado durante mucho más tiempo del que estaríamos dispuestos a reconocer. De hecho, cada código espiritual, cada religión, cada cultura originaria, cada sociedad antes de la llegada de la modernidad ha entendido el acto de apartarse de los excesos y excrecencias del mundo como una necesidad espiritual. Las vidas de los Padres del Desierto cristianos, la khalwa de los sufíes, los retiros en oscuridad total de los taoístas, los ejercicios de San Ignacio: días, semanas, meses de retiro fueron, siguen siendo, fundamentales para las religiones más importantes. El retirarse al desierto o al bosque, y regresar al pueblo o la ciudad con sabiduría, discurre como un riachuelo plateado a través de los cuentos populares, los mitos y las leyendas. Hay una razón para cada historia.

A veces necesitas irte, y a veces necesitas mantenerte alejado durante algún tiempo. Hemos creado un mundo espantoso en lo que se refiere a su complejidad y poderío y a su capacidad para destruir lo pequeño, lo precioso, lo inconmensurable y lo que merece la pena dentro y alrededor de uno. Quizá a un activista político, sentarse junto a un arroyo en un bosque puede parecerle autocomplaciente frente a las extinciones en masa y el cambio climático, pero es justo lo contrario. Si no sabes por qué es importante el arroyo, no estarás preparado para protegerlo. Si has olvidado cómo escucharlo, puedes acabar en el lado equivocado, como les ha pasado a muchos.

Si no sales a buscar, si no te retiras, si no te colocas en el medio de la naturaleza sin nada que te sostenga, nunca sabrás de qué tienes que despojarte y qué tienes que conseguir. No cambiarás nunca. Y si nunca cambias, tampoco lo hará lo demás.


Fotografía de Sara Plaza.

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