27.3.18

Curtidoiros

Curtidoiros

Por Edgardo Civallero

En el término municipal de Santiago de Compostela, como en buena parte del resto de Galicia, hay numerosos ríos y arroyos. Uno de ellos, el Sarela, movió en su día 14 molinos y llenó numerosas pilas de agua; algunas, como las del Muíño da Perilla, fueron usadas para curtir cueros. Hay muchas otras antiguas curtidurías (curtidoiros) en el resto del territorio gallego; buena parte de ellas están en ruinas, tan abandonadas como el oficio para el cual nacieron.

Cuenta Xaquín Lorenzo en Os oficios (Vigo: Galaxia, 1995) que el proceso de curtido de un cuero era largo y complicado. Tomaba cerca de un año obtener un producto de buena calidad.

El curtidor o coireiro compraba las pieles a aquellos que se dedicaban a comerciar con ellas. Podían adquirirse saladas o simplemente secadas al sol. En uno u otro caso, el tratamiento que recibían era el mismo, y constaba de dos partes. La primera tenía lugar en el lavadeiro; la segunda, en la mudanza.

El lavadeiro constaba de una o dos series de pías o pilas hechas con losas de piedra, de alrededor de 2 x 3 m de lado y 1,5-2 m de profundidad. En una de ellas se ponían los cueros en remojo en agua limpia, para que se disolviese la sal en aquellos que llegaban salados y se ablandasen todos hasta adquirir la consistencia que tenían cuando los animales habían sido despellejados. Los salados (que, por el hecho de estarlo, conservaban cierta humedad) tenían que permanecer 4-8 días en remojo; los otros, entre 15 y 20.

A continuación era preciso despojar a los cueros del pelo, para lo cual, como paso previo, se los metía en el caleiro, una pila con agua en la que se echaba cal apagada, y donde se sumergían los pellejos de 2 a 4 meses. Durante ese tiempo se les daban varios levantes: con un gancho de hierro se alzaban las pieles, se sacaban del agua, se doblaban y se colocaban a un lado en una plataforma de madera, mientras con unos mazos de madera llamados planchas se raspaba el fondo de la cubeta de piedra para remover la cal que se había ido depositando allí. Luego los cueros volvían a hundirse en el caleiro, poniéndoles unos palos encima para mantenerlos sumergidos.

En ese baño de cal las pieles perdían parte del pelo. De allí salían para ser lavadas con agua limpia y peladas a mano: se las estiraba sobre una táboa de pelar (una tabla de madera con la superficie convexa y sostenida por un caballete que la mantenía inclinada) con la flor (cara del pelo) hacia afuera, y se las raspaba con un coitelo de pelar, un cuchillo curvo y de dos mangos que no tenía filo pero que permitía abrir los poros y hacer que el pelo se cayese de raíz. Así tratadas, volvían a lavarse en agua limpia; el pelo que el pellejo había perdido se juntaba y se vendía como abono, para echarlo en las tierras de cultivo y dejar que se pudriera allí.

Pelados y lavados, los cueros se descarnaban, usando para ello una tabla similar a la de pelar y los coitelos de escarnar, un poco más estrechos que los de pelar, rectos y con filo. Con esta operación se les quitaba a las pieles la carne muerta que pudieran conservar adherida.

A continuación los pellejos pasan a la canina para quitarles la cal que pudiese haberles quedado impregnada durante su periodo en el caleiro. La canina era excremento de perro (o, más raramente, de gallinas o palomas) que se disolvía en el agua de una pila en la que se introducían las pieles; el ácido láctico de la solución se combinaba con la cal y limpiaba los cueros. Estos se dejaban en remojo entre quince días (en verano) y un mes (en invierno). La canina se compraba a mujeres que se dedicaban a recogen la basura de gallineros y palomares, o por la calle.

Tras eso las pieles se volvían a lavar con agua limpia y se labraban con coitelos de labrar, sobre una tabla. Se les raspaba el pelo que hubiera quedado en la flor, y los posibles restos de cal. Seguidamente se aprimaban, para lo cual se empleaban la correspondiente tabla y el cuchillo de rigor, que contaba con dos filos y dos mangos. Con la aprima se desprendía de los pellejos, en forma de virutas, la carne que les hubiese quedado pegada en la cara interna, llamada carnaz. Además se les iba dando el mismo grosor, eliminando irregularidades.

La carne que se quitaba al descarnar el cuero se llamaba carnaza basta; se secaba al sol, se recogía en atados y se vendía como abono o como materia prima para las fábricas de gelatina. La que se obtenía durante la aprima era la carnaza fina; esta se hacía caer en marcos de madera de forma rectangular de donde, al secarse, salían bloques que se vendían para hacer cola de carpintero.

En una etapa posterior las pieles volvían a la canina y luego se les daba otra labra. Terminaban así los trabajos del lavadeiro, y los cueros pasaban entonces a otras dependencias para los trabajos de mudanza, que comenzaban por el granéu: un baño en pilas de agua con tanino.

Para obtener el tanino se compraba corteza de roble o de encina y, después de seca, se trituraba en un molino especial, similar al molino de aceite, accionado por una bestia de carga. La corteza molida se echaba a la pila (llamada tinalla), y a continuación se ponían dentro los cueros abiertos, uno encima del otro, y por encima dos palos para mantenerlos hundidos. Allí se los tenía dos semanas, levantándolos tres veces por día para remover el agua. Pasaban luego por cuatro tinallas más, en donde se iba aumentando la cantidad de corteza y, por ende, la concentración de tanino. Entre pila y pila se los esparraba: se los colocaba sobre una tabla y se los raspaba con un cuchillo especial, de filo romo, para eliminar los residuos del tanino que se les iban adhiriendo en la superficie y que podían impedir que el agua penetrase en ellos.

Los restos de corteza molida se dejaban secar y se vendían en sacos como combustible.

Tras salir de la última tinalla, los cueros se engrasaban: se extendían con la flor cara arriba sobre la mesa de engrasar, y allí se frotaban con trapos empapados en saín, aceite de sardina. Luego se volteaban para frotar el carnaz, esta vez con borras de sardina prensadas. Se dejaban sobre esa mesa un día y luego se los llevaba al secadero, una dependencia alta y bien ventilada (las paredes eran de tablas un poco separadas para dejar pasar el aire), provista de palos de los cuales se colgaban los pellejos doblados por la mitad.

Una vez secas, las pieles se mazaban: se las enrollaba y se les daban golpes con un mazadoiro, un martillo de madera. Luego se las raspaba con un cuchillo filoso, y se las remataba, operación que implicaba limpiarlas con unos cuchillos en forma de luna. Se recortaban los pelos que les quedaban en los bordes con unas tijeras, y se les quitaban las arrugas sobre una mesa, frotándolas con una pieza de madera llamada estira. Finalmente se doblaban y se golpeaban nuevamente con un mazadoiro, pero esta vez de corcho.

Terminada esta tarea, el cuero se guardaba: ya estaba listo para vender.

El proceso de curtido artesanal que se desarrollaba en los curtidoiros fue sustituido por el proceso industrial, llevado a cabo con la ayuda de máquinas y con el empleo de potentes productos químicos.

Dicen los que saben que el resultado final es de mucha peor calidad.

Imagen: Antiguo curtidoiro en Pontepedriña de Arriba, en el río Sarela, Santiago de Compostela, en 2013, antes de su rehabilitación.