19.3.18

Bajar de la montaña

Bajar de la montaña

Por Sara Plaza
Recuperamos y compartimos un artículo del autor británico Paul Kingsnorth, uno de los fundadores del proyecto Dark Mountain, al frente del cual estuvo hasta finales de 2017. El texto fue publicado originalmente en inglés en Resilience bajo el título "Coming Down the Mountain: A Farewell". Ha sido traducido por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero.

En este mismo espacio hemos compartido con anterioridad varios artículos y ensayos del mismo autor, que el lector interesado puede encontrar reunidos aquí.
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Bajar de la montaña: Una despedida

Hace dieciocho meses pasé cuatro días y cuatro noches solo, en un bosque muy antiguo en Devon, al oeste de Inglaterra. Llevé conmigo una lona y un saco de dormir, agua abundante y nada de comida, y me instalé en una escarpadura rocosa, a contemplar desde lo alto aquel bosque ondulado. Algo así como la versión contemporánea de una vieja experiencia –de iniciación, de búsqueda espiritual– que muchas culturas de la Tierra han practicado, probablemente, desde que hay hombres y mujeres sobre ella.

Incluso entonces no estaba muy seguro de lo que hacía allí. Había ido en busca de respuestas a preguntas que todavía no sabía cómo formular. Puede que siga sin saberlo, puede que nunca lo sepa. Sentí un impulso: era algo que necesitaba hacer. En realidad no esperaba que ocurriera nada y, en cierto sentido, nada pasó. No hubo grandes revelaciones, ni experiencias mágicas, ni luces cegadoras, ni respuestas claras. Pero en otro sentido, sucedieron muchas cosas. Cosas que entonces parecían pequeñas parecen grandes retrospectivamente. Animales, pájaros, vientos y patrones climáticos aparecieron en momentos que ahora pueden resultar significativos. Una tarde me senté en la escarpadura a mirar el magnífico, viejo y aparentemente vacio bosque, y escuché música donde no tenía que haber ninguna música. Allí no había nada ni nadie que pudiese haberla creado, pero era música, seguro. Sonaba como gaitas. No le encuentro explicación.

Suceden cosas extrañas cuando sales a buscar.

Al cabo de esos cuatro días regresé caminando hasta el valle, cansado y hambriento, donde un grupo de guías habían levantado un pequeño campamento para la media docena de personas que participamos en la experiencia. Cada uno contó su historia y regresamos a casa. Nos advirtieron entonces de que lo más difícil no eran los cuatro días que acabábamos de vivir sino la vuelta. Que estar sentado a la intemperie sin comida y con pocas horas de sueño durante cuatro días era fácil comparado con volver al mundo y explicarles a los demás lo que habíamos estado haciendo, y buscarle sentido al hecho de haber sido zarandeados por la naturaleza en un extraño abrazo verde.

Resultó que era verdad. La mayoría de la gente que conozco no entiende muy bien por qué lo hice, y a mí me resulta difícil explicarlo. Generalmente, no doy explicaciones. Sin embargo, en mi propia pequeña experiencia, como en los viejos cuentos tradicionales y de hadas de las sociedades pre-modernas, como en los antiguos saberes tradicionales indígenas, sucede que, a veces, el mayor desafío no es subir sino bajar de la montaña. Pero uno sabe que no puede quedarse allí para siempre. Al final, tienes que regresar al pueblo llevando contigo lo que has aprendido, incluso si no sabes muy bien cómo verbalizarlo.

Cuento esto ahora porque uno de los resultados de esa experiencia, una de las cosas que comprendí, es que había llegado el momento de dar un paso atrás, de dejar el Dark Mountain Project que ayudé a fundar. Es hora de bajar de esta montaña y ver qué puedo hacer con lo que he descubierto en sus pendientes.

Ha sido un largo viaje, un viaje extraño.

Hace diez años este mes, anunciaba en mi blog de entonces que "me retiraba" de los medios. El panorama periodístico de "noticias" y "artículos" en el que había estado trabajando como periodista freelance, de manera intermitente y cada vez de peor gana, no me contaba ninguna historia importante. Ese fue el verano en el que murió mi padre; la muerte tiende a enfocar más nítidamente la vida, y para mí cada vez estaba más claro que no podía seguir haciendo algo en lo que ya no creía. A partir de entonces, decidí, sería escritor, no periodista.

Y decidí algo más: quería crear una nueva publicación que persiguiera las historias, y maneras de contarlas, que yo no veía en ninguna otra parte del llamado "mainstream". Tal y como anoté entonces, quería empezar:

[...] Una nueva publicación: no una revista exactamente, tampoco un periódico propiamente dicho, sino algo situado entre los dos y en otra parte. Una publicación en la que la belleza de lo escrito se corresponda con la belleza de su diseño. Una publicación cuya misión será reclamar la belleza y la verdad de la escritura, pero sin rimbombancias. Una publicación que rechazará con la misma vehemencia tanto la cultura de la fama como la sociedad consumista. Una publicación que celebrará nuestro verdadero lugar en la naturaleza en prosa, poesía y arte; que perseguirá antiguas verdades para utilizarlas hoy.

Esa era la visión. Incluso tenía un nombre para ella: Dark Mountain Project.

Fuera de eso, las cosas estaban menos claras. El qué sería –qué aspecto tendría, qué contendría, quién escribiría en ella, cómo se publicaría, de dónde saldría el dinero, que forma adoptaría– apenas lo sabía. Lo que sí sabía era que no podía hacerlo solo, así que pedí, en ese mismo blog, "colaboradores; compañeros escritores y artistas que contemplen la posibilidad de crear un espacio para algo profunda y oscuramente desafiante y pasado de moda, y quieran ayudar a materializarlo".

Las grandes cosas a menudo tienen comienzos pequeños.

Dos años más tarde, en un escenario improvisado en la trastienda de un pub junto al río Támesis, me reuní con un hombre que había respondido a mi llamada, y juntos lanzamos al mundo un pequeño panfleto rojo que titulamos Uncivilisation ["incivilización" o "descivilización"]. Dougald Hine y yo éramos dos periodistas desencantados y dos ecologistas confundidos, cuyas respuestas a los problemas que habíamos detectado a nuestro alrededor en la sociedad no parecían funcionar ya. La idea de "respuesta", de hecho, tal vez fuera parte del problema.

También éramos escritores, artistas en ciernes. Teníamos una intuición tambaleante de que la creatividad, los relatos, las imágenes y los mitos, el misterio subyacente a nuestras pequeñas existencias, podrían jugar un papel a la hora de gestionar el extraño derrumbe de la sociedad en la que vivíamos. Inspirados por los manifiestos modernistas que habían aparecido un siglo antes, en otro momento de agitación y cambios, queríamos iniciar algo así como un movimiento literario. No estábamos seguros de cómo sería, en qué consistiría concretamente, ni de cómo íbamos a ponerlo en marcha, pero sabíamos que queríamos estimular cierto tipo de escritura y de arte: un tipo de escritura y de arte que tratara de comprometerse de verdad con lo que suponía vivir una era de cambio climático, extinciones y colapso ecológico-social. Queríamos averiguar qué palabras, qué imágenes, qué sueños, qué poesía podría ayudarnos como seres humanos a recorrer el camino que teníamos por delante.

Han pasado ocho años, nuestro pequeño panfleto ha llegado a curiosos e inesperados lugares. Ha servido de inspiración a escritores, académicos, activistas, guionistas, científicos, músicos. Ha dado lugar a un proyecto editorial continuado, a actos públicos, festivales, películas, obras de teatro, álbumes, tesis doctorales. Por el camino hemos ayudado a hacer algo que todavía no he visto concretarse en otros lugares: curar una escuela de escritura y artes comprometida con la gran pregunta de nuestro tiempo: ¿Cómo podemos vivir como humanos en un mundo que los humanos están destruyendo?

En algunos momentos este trabajo me ha abrumado; ha acaparado todas las horas del día y algunas de sueño. Todas las personas que han estado involucradas en la organización y gestión de Dark Mountain conocen esta sensación. Empezamos con nada, sin saber muy bien dónde iría a parar todo esto, y tuvimos que inventarlo casi todo. A lo largo de estos ocho años he tenido que aprender cómo llevar un negocio, cómo crear y mantener una pequeña editorial que no ha dejado de crecer, cómo organizar y dirigir un festival, cómo no hacerlo, cómo lidiar con inesperadas y repentinas crisis financieras, cómo tratar con los medios cuando estás promoviendo algo que incluso a ti te cuesta explicar. La mayoría de estas cosas no las he aprendido demasiado bien. Otras personas próximas al núcleo del proyecto han compartido conmigo esta empinada curva de aprendizaje, y también han tenido que pasar lo suyo.

Todo esto ha sido agotador, frustrante, estimulante y fascinante a partes iguales. A lo largo de los años, inevitablemente, nos hemos visto involucrados en política, discusiones y, a veces, también en peleas. Nuestro trabajo invita a ello. Si basas una nueva iniciativa en la idea de que la sociedad que te rodea se está desmoronando, que tal vez merezca desmoronarse, y en que la mayoría de las "soluciones" propuestas para prevenirlo son inadecuadas o irrelevantes, es esperable que te lancen piedras. Deberías esperar las piedras, y no quejarte. Sin embargo, si hay algo que cambiaría retrospectivamente, sería dedicar menos tiempo a esquivar las piedras o devolverlas. A pesar de lo que algunos pensaban, y tal vez sigan pensando, Dark Mountain nunca ha sido un proyecto político. Su propósito no fue nunca "cambiar el mundo", mucho menos "salvar el mundo". El estado de nuestro planeta, nuestra sociedad, nuestra cultura, nuestro pensamiento –esta gran extinción, de especies, de sistemas, de relatos– es más bien el telón de fondo de todo el trabajo que nos propusimos hacer.

¿Cuál era ese trabajo? La respuesta habría sido la misma en aquel pub de Oxford que hoy, transcurridos ocho años: crear y curar tipos de escritura y de arte adecuados para el momento que atravesamos. Fomentar y divulgar lo que denominamos y seguimos denominando escritura y arte "incivilizados" o "descivilizados": un trabajo que se salga de la burbuja del narcisismo y se comprometa con la crisis ecológica, que es, en el fondo, una crisis cultural. Curar una respuesta cultural a los tiempos que vivimos.

Me he dado cuenta de que últimamente empleo mucho el término "curar". Volviendo a cuando lanzamos este proyecto, creo que solía utilizar "crear", porque entonces pensaba que el reto era materializar ese tipo de trabajo "incivilizado" o "descivilizado". Estaba equivocado. Ese trabajo ya se estaba haciendo en todo el mundo, con o sin etiqueta. El planeta, según parece, está lleno de escritores y artistas insatisfechos con este estado de cosas, descontentos con el relato civilizado y con las respuestas estandarizadas que recibe de opositores aceptables. Resultó que no hacía falta que le dijésemos a cada cual lo que tenía que hacer. Lo que se necesitaba era un espacio en el que pudieran hacerlo, y darles algunas indicaciones: un marco, tal vez, para sus exploraciones.

Volviendo la vista atrás, me parece interesante observar cómo ha cambiado el mundo y el debate desde que comenzamos. Lo que afirmábamos en aquel manifiesto hace ocho años –que la Máquina humana está chocando contra un muro, que el choque es inevitable, y que comprometerse con la realidad es un deber creativo tanto como político y económico– resultaba raro y provocador cuando lo dijimos. Hoy lo es bastante menos. Artículos con títulos como "The Case Against Civilisation" aparecían regularmente en este blog por aquellos días y éramos tildados de "pesimistas" o "nihilistas" por enfurecidos practicantes del culto al Progreso. Hoy en día, ese tipo de ensayos pueden encontrarse en las páginas del New Yorker. Ocho años de acuerdos fallidos, aumento de emisiones, crecimiento de la población, plásticos en los océanos, desaparición de especies, nos han aclarado la realidad. En otros ocho, estará todavía más clara.

Ninguna de las "soluciones" para esta difícil situación de las que se hace alarde, desde la fisión nuclear hasta colonizar Marte, o los "nuevos relatos" de arriba a abajo de intelectuales ilustres, muestra ningún signo de desviar la Máquina de su curso. Aquí estamos. ¿Qué es lo que vemos? Veo, supongo, lo mismo que veía entonces: un acertijo sin solución. Ojalá que el trabajo que hemos hecho entre todos, en lo alto de esta montaña, haya contribuido a aclarar las cosas; haya esclarecido algunas cosas, proporcionado algún tipo de orientación, algo de ayuda; ojalá que también, algo de belleza.

En este momento no sé qué más puedo ofrecer. He dicho y escrito todo lo puedo decir y escribir. He discutido todo lo que puedo discutir. He hecho todo lo que vine a hacer. Así que esta entrada es un anuncio y una despedida. Dejo mi papel como uno de los directores del proyecto que ayudé a fundar. Dejo esta cosa extraña, enrevesada, contradictoria, maravillosa y necesaria que ayudé a crear en las manos de un grupo de personas que lo conducirán en otras direcciones. Llega un momento en cualquier organización en el que el fundador, con su visión particular, tiene que dar un paso atrás para que otras personas e ideas tengan espacio donde respirar. Es hora de dar ese paso; de dejar que esta cosa continúe adelante sin mí y con mi bendición.

No puedo fingir que no tengo sentimientos enfrentados. Dark Mountain ha sido una parte fundamental de mi vida durante la última década. Pero sale caro ignorar nuestra voz interior. Hay un tiempo para todo, incluyendo los finales. Tengo por delante un camino sinuoso. No sé lo que me espera a la vuelta de la esquina. Pero para mí, al parecer, ha llegado el momento de bajar de la montaña. Voy a echarla de menos. Pero siempre estará allí, en el horizonte, sobresaliendo por encima de las luces de la ciudad, anterior a ellas.

Este proyecto comenzó, oportunamente creo, con las palabras de un poeta, Robinson Jeffers, cuya obra, cuando la descubrí en 2007, me maravilló: una voz nítida y punzante de hacía medio siglo, advirtiendo de lo que iba a pasar. Su poema "Rearmament" me sirvió de inspiración para dar nombre al proyecto. De ahí el entusiasmo y la sensación de haber completado el círculo con los que acepté la invitación para dar una charla en la casa de piedra que construyó el propio Jeffers junto a los acantilados de California, conocida como Tor House. Ese día acabé mi intervención con una cita extraída del discurso que el poeta leyó en 1941 en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

Concluiré este artículo y mi travesía por la montaña oscura con la misma voz que la inspiró. Voy a robarle a Jeffers sus palabras y utilizarlas como epitafio de mi trabajo aquí, porque expresan lo que yo quiero decir. Y quiero recordar que por encima de todas esas palabras, por encima de todas las palabras de los hombres y más allá de ellas, se escucha la voz de la propia montaña; la piedra, los arroyos, las nubes bajas, el chillido de los halcones. La Tierra, completa en sí misma, moviéndose y escuchando, abriéndose paso, abriéndonos paso. La vida, agitándose todavía, y todos los ríos fluyendo.

[...] He sabido que me llaman pesimista, y tal vez haya escrito algunas palabras funestas en mis libros [...] y tal vez haya dicho esta noche algunas palabras funestas –pero no son palabras de desesperación. Si conjeturamos el descenso y la caída de esta civilización, es porque deseamos una mejor. Somos una raza dura, nosotros los seres humanos; hemos soportado una edad del hielo y muchas edades de barbarie; podemos resistir esta edad de civilización; y cuando a la larga se deteriore y desmorone bajo nosotros, podemos "planear nuestra agonía de resurrección" y crear una nueva edad. Nuestra empresa es vivir. Resistir... cualquier cosa. Y mantener vivos, a toda costa, nuestros valores ideales de libertad y valentía, compasión y tolerancia.


Transcripción editada y traducida al castellano, de la charla de Paul Kingsnorth en la Tor House (California, EEUU), en agosto del año 2017, con el título "The beauty of Things" [Descarga].

Fotografía de Sara Plaza.

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