27.3.18

Curtidoiros

Curtidoiros

Por Edgardo Civallero

En el término municipal de Santiago de Compostela, como en buena parte del resto de Galicia, hay numerosos ríos y arroyos. Uno de ellos, el Sarela, movió en su día 14 molinos y llenó numerosas pilas de agua; algunas, como las del Muíño da Perilla, fueron usadas para curtir cueros. Hay muchas otras antiguas curtidurías (curtidoiros) en el resto del territorio gallego; buena parte de ellas están en ruinas, tan abandonadas como el oficio para el cual nacieron.

Cuenta Xaquín Lorenzo en Os oficios (Vigo: Galaxia, 1995) que el proceso de curtido de un cuero era largo y complicado. Tomaba cerca de un año obtener un producto de buena calidad.

El curtidor o coireiro compraba las pieles a aquellos que se dedicaban a comerciar con ellas. Podían adquirirse saladas o simplemente secadas al sol. En uno u otro caso, el tratamiento que recibían era el mismo, y constaba de dos partes. La primera tenía lugar en el lavadeiro; la segunda, en la mudanza.

El lavadeiro constaba de una o dos series de pías o pilas hechas con losas de piedra, de alrededor de 2 x 3 m de lado y 1,5-2 m de profundidad. En una de ellas se ponían los cueros en remojo en agua limpia, para que se disolviese la sal en aquellos que llegaban salados y se ablandasen todos hasta adquirir la consistencia que tenían cuando los animales habían sido despellejados. Los salados (que, por el hecho de estarlo, conservaban cierta humedad) tenían que permanecer 4-8 días en remojo; los otros, entre 15 y 20.

A continuación era preciso despojar a los cueros del pelo, para lo cual, como paso previo, se los metía en el caleiro, una pila con agua en la que se echaba cal apagada, y donde se sumergían los pellejos de 2 a 4 meses. Durante ese tiempo se les daban varios levantes: con un gancho de hierro se alzaban las pieles, se sacaban del agua, se doblaban y se colocaban a un lado en una plataforma de madera, mientras con unos mazos de madera llamados planchas se raspaba el fondo de la cubeta de piedra para remover la cal que se había ido depositando allí. Luego los cueros volvían a hundirse en el caleiro, poniéndoles unos palos encima para mantenerlos sumergidos.

En ese baño de cal las pieles perdían parte del pelo. De allí salían para ser lavadas con agua limpia y peladas a mano: se las estiraba sobre una táboa de pelar (una tabla de madera con la superficie convexa y sostenida por un caballete que la mantenía inclinada) con la flor (cara del pelo) hacia afuera, y se las raspaba con un coitelo de pelar, un cuchillo curvo y de dos mangos que no tenía filo pero que permitía abrir los poros y hacer que el pelo se cayese de raíz. Así tratadas, volvían a lavarse en agua limpia; el pelo que el pellejo había perdido se juntaba y se vendía como abono, para echarlo en las tierras de cultivo y dejar que se pudriera allí.

Pelados y lavados, los cueros se descarnaban, usando para ello una tabla similar a la de pelar y los coitelos de escarnar, un poco más estrechos que los de pelar, rectos y con filo. Con esta operación se les quitaba a las pieles la carne muerta que pudieran conservar adherida.

A continuación los pellejos pasan a la canina para quitarles la cal que pudiese haberles quedado impregnada durante su periodo en el caleiro. La canina era excremento de perro (o, más raramente, de gallinas o palomas) que se disolvía en el agua de una pila en la que se introducían las pieles; el ácido láctico de la solución se combinaba con la cal y limpiaba los cueros. Estos se dejaban en remojo entre quince días (en verano) y un mes (en invierno). La canina se compraba a mujeres que se dedicaban a recogen la basura de gallineros y palomares, o por la calle.

Tras eso las pieles se volvían a lavar con agua limpia y se labraban con coitelos de labrar, sobre una tabla. Se les raspaba el pelo que hubiera quedado en la flor, y los posibles restos de cal. Seguidamente se aprimaban, para lo cual se empleaban la correspondiente tabla y el cuchillo de rigor, que contaba con dos filos y dos mangos. Con la aprima se desprendía de los pellejos, en forma de virutas, la carne que les hubiese quedado pegada en la cara interna, llamada carnaz. Además se les iba dando el mismo grosor, eliminando irregularidades.

La carne que se quitaba al descarnar el cuero se llamaba carnaza basta; se secaba al sol, se recogía en atados y se vendía como abono o como materia prima para las fábricas de gelatina. La que se obtenía durante la aprima era la carnaza fina; esta se hacía caer en marcos de madera de forma rectangular de donde, al secarse, salían bloques que se vendían para hacer cola de carpintero.

En una etapa posterior las pieles volvían a la canina y luego se les daba otra labra. Terminaban así los trabajos del lavadeiro, y los cueros pasaban entonces a otras dependencias para los trabajos de mudanza, que comenzaban por el granéu: un baño en pilas de agua con tanino.

Para obtener el tanino se compraba corteza de roble o de encina y, después de seca, se trituraba en un molino especial, similar al molino de aceite, accionado por una bestia de carga. La corteza molida se echaba a la pila (llamada tinalla), y a continuación se ponían dentro los cueros abiertos, uno encima del otro, y por encima dos palos para mantenerlos hundidos. Allí se los tenía dos semanas, levantándolos tres veces por día para remover el agua. Pasaban luego por cuatro tinallas más, en donde se iba aumentando la cantidad de corteza y, por ende, la concentración de tanino. Entre pila y pila se los esparraba: se los colocaba sobre una tabla y se los raspaba con un cuchillo especial, de filo romo, para eliminar los residuos del tanino que se les iban adhiriendo en la superficie y que podían impedir que el agua penetrase en ellos.

Los restos de corteza molida se dejaban secar y se vendían en sacos como combustible.

Tras salir de la última tinalla, los cueros se engrasaban: se extendían con la flor cara arriba sobre la mesa de engrasar, y allí se frotaban con trapos empapados en saín, aceite de sardina. Luego se volteaban para frotar el carnaz, esta vez con borras de sardina prensadas. Se dejaban sobre esa mesa un día y luego se los llevaba al secadero, una dependencia alta y bien ventilada (las paredes eran de tablas un poco separadas para dejar pasar el aire), provista de palos de los cuales se colgaban los pellejos doblados por la mitad.

Una vez secas, las pieles se mazaban: se las enrollaba y se les daban golpes con un mazadoiro, un martillo de madera. Luego se las raspaba con un cuchillo filoso, y se las remataba, operación que implicaba limpiarlas con unos cuchillos en forma de luna. Se recortaban los pelos que les quedaban en los bordes con unas tijeras, y se les quitaban las arrugas sobre una mesa, frotándolas con una pieza de madera llamada estira. Finalmente se doblaban y se golpeaban nuevamente con un mazadoiro, pero esta vez de corcho.

Terminada esta tarea, el cuero se guardaba: ya estaba listo para vender.

El proceso de curtido artesanal que se desarrollaba en los curtidoiros fue sustituido por el proceso industrial, llevado a cabo con la ayuda de máquinas y con el empleo de potentes productos químicos.

Dicen los que saben que el resultado final es de mucha peor calidad.

Imagen: Antiguo curtidoiro en Pontepedriña de Arriba, en el río Sarela, Santiago de Compostela, en 2013, antes de su rehabilitación.

19.3.18

Bajar de la montaña

Bajar de la montaña

Por Sara Plaza
Recuperamos y compartimos un artículo del autor británico Paul Kingsnorth, uno de los fundadores del proyecto Dark Mountain, al frente del cual estuvo hasta finales de 2017. El texto fue publicado originalmente en inglés en Resilience bajo el título "Coming Down the Mountain: A Farewell". Ha sido traducido por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero.

En este mismo espacio hemos compartido con anterioridad varios artículos y ensayos del mismo autor, que el lector interesado puede encontrar reunidos aquí.
***
Bajar de la montaña: Una despedida

Hace dieciocho meses pasé cuatro días y cuatro noches solo, en un bosque muy antiguo en Devon, al oeste de Inglaterra. Llevé conmigo una lona y un saco de dormir, agua abundante y nada de comida, y me instalé en una escarpadura rocosa, a contemplar desde lo alto aquel bosque ondulado. Algo así como la versión contemporánea de una vieja experiencia –de iniciación, de búsqueda espiritual– que muchas culturas de la Tierra han practicado, probablemente, desde que hay hombres y mujeres sobre ella.

Incluso entonces no estaba muy seguro de lo que hacía allí. Había ido en busca de respuestas a preguntas que todavía no sabía cómo formular. Puede que siga sin saberlo, puede que nunca lo sepa. Sentí un impulso: era algo que necesitaba hacer. En realidad no esperaba que ocurriera nada y, en cierto sentido, nada pasó. No hubo grandes revelaciones, ni experiencias mágicas, ni luces cegadoras, ni respuestas claras. Pero en otro sentido, sucedieron muchas cosas. Cosas que entonces parecían pequeñas parecen grandes retrospectivamente. Animales, pájaros, vientos y patrones climáticos aparecieron en momentos que ahora pueden resultar significativos. Una tarde me senté en la escarpadura a mirar el magnífico, viejo y aparentemente vacio bosque, y escuché música donde no tenía que haber ninguna música. Allí no había nada ni nadie que pudiese haberla creado, pero era música, seguro. Sonaba como gaitas. No le encuentro explicación.

Suceden cosas extrañas cuando sales a buscar.

Al cabo de esos cuatro días regresé caminando hasta el valle, cansado y hambriento, donde un grupo de guías habían levantado un pequeño campamento para la media docena de personas que participamos en la experiencia. Cada uno contó su historia y regresamos a casa. Nos advirtieron entonces de que lo más difícil no eran los cuatro días que acabábamos de vivir sino la vuelta. Que estar sentado a la intemperie sin comida y con pocas horas de sueño durante cuatro días era fácil comparado con volver al mundo y explicarles a los demás lo que habíamos estado haciendo, y buscarle sentido al hecho de haber sido zarandeados por la naturaleza en un extraño abrazo verde.

Resultó que era verdad. La mayoría de la gente que conozco no entiende muy bien por qué lo hice, y a mí me resulta difícil explicarlo. Generalmente, no doy explicaciones. Sin embargo, en mi propia pequeña experiencia, como en los viejos cuentos tradicionales y de hadas de las sociedades pre-modernas, como en los antiguos saberes tradicionales indígenas, sucede que, a veces, el mayor desafío no es subir sino bajar de la montaña. Pero uno sabe que no puede quedarse allí para siempre. Al final, tienes que regresar al pueblo llevando contigo lo que has aprendido, incluso si no sabes muy bien cómo verbalizarlo.

Cuento esto ahora porque uno de los resultados de esa experiencia, una de las cosas que comprendí, es que había llegado el momento de dar un paso atrás, de dejar el Dark Mountain Project que ayudé a fundar. Es hora de bajar de esta montaña y ver qué puedo hacer con lo que he descubierto en sus pendientes.

Ha sido un largo viaje, un viaje extraño.

Hace diez años este mes, anunciaba en mi blog de entonces que "me retiraba" de los medios. El panorama periodístico de "noticias" y "artículos" en el que había estado trabajando como periodista freelance, de manera intermitente y cada vez de peor gana, no me contaba ninguna historia importante. Ese fue el verano en el que murió mi padre; la muerte tiende a enfocar más nítidamente la vida, y para mí cada vez estaba más claro que no podía seguir haciendo algo en lo que ya no creía. A partir de entonces, decidí, sería escritor, no periodista.

Y decidí algo más: quería crear una nueva publicación que persiguiera las historias, y maneras de contarlas, que yo no veía en ninguna otra parte del llamado "mainstream". Tal y como anoté entonces, quería empezar:

[...] Una nueva publicación: no una revista exactamente, tampoco un periódico propiamente dicho, sino algo situado entre los dos y en otra parte. Una publicación en la que la belleza de lo escrito se corresponda con la belleza de su diseño. Una publicación cuya misión será reclamar la belleza y la verdad de la escritura, pero sin rimbombancias. Una publicación que rechazará con la misma vehemencia tanto la cultura de la fama como la sociedad consumista. Una publicación que celebrará nuestro verdadero lugar en la naturaleza en prosa, poesía y arte; que perseguirá antiguas verdades para utilizarlas hoy.

Esa era la visión. Incluso tenía un nombre para ella: Dark Mountain Project.

Fuera de eso, las cosas estaban menos claras. El qué sería –qué aspecto tendría, qué contendría, quién escribiría en ella, cómo se publicaría, de dónde saldría el dinero, que forma adoptaría– apenas lo sabía. Lo que sí sabía era que no podía hacerlo solo, así que pedí, en ese mismo blog, "colaboradores; compañeros escritores y artistas que contemplen la posibilidad de crear un espacio para algo profunda y oscuramente desafiante y pasado de moda, y quieran ayudar a materializarlo".

Las grandes cosas a menudo tienen comienzos pequeños.

Dos años más tarde, en un escenario improvisado en la trastienda de un pub junto al río Támesis, me reuní con un hombre que había respondido a mi llamada, y juntos lanzamos al mundo un pequeño panfleto rojo que titulamos Uncivilisation ["incivilización" o "descivilización"]. Dougald Hine y yo éramos dos periodistas desencantados y dos ecologistas confundidos, cuyas respuestas a los problemas que habíamos detectado a nuestro alrededor en la sociedad no parecían funcionar ya. La idea de "respuesta", de hecho, tal vez fuera parte del problema.

También éramos escritores, artistas en ciernes. Teníamos una intuición tambaleante de que la creatividad, los relatos, las imágenes y los mitos, el misterio subyacente a nuestras pequeñas existencias, podrían jugar un papel a la hora de gestionar el extraño derrumbe de la sociedad en la que vivíamos. Inspirados por los manifiestos modernistas que habían aparecido un siglo antes, en otro momento de agitación y cambios, queríamos iniciar algo así como un movimiento literario. No estábamos seguros de cómo sería, en qué consistiría concretamente, ni de cómo íbamos a ponerlo en marcha, pero sabíamos que queríamos estimular cierto tipo de escritura y de arte: un tipo de escritura y de arte que tratara de comprometerse de verdad con lo que suponía vivir una era de cambio climático, extinciones y colapso ecológico-social. Queríamos averiguar qué palabras, qué imágenes, qué sueños, qué poesía podría ayudarnos como seres humanos a recorrer el camino que teníamos por delante.

Han pasado ocho años, nuestro pequeño panfleto ha llegado a curiosos e inesperados lugares. Ha servido de inspiración a escritores, académicos, activistas, guionistas, científicos, músicos. Ha dado lugar a un proyecto editorial continuado, a actos públicos, festivales, películas, obras de teatro, álbumes, tesis doctorales. Por el camino hemos ayudado a hacer algo que todavía no he visto concretarse en otros lugares: curar una escuela de escritura y artes comprometida con la gran pregunta de nuestro tiempo: ¿Cómo podemos vivir como humanos en un mundo que los humanos están destruyendo?

En algunos momentos este trabajo me ha abrumado; ha acaparado todas las horas del día y algunas de sueño. Todas las personas que han estado involucradas en la organización y gestión de Dark Mountain conocen esta sensación. Empezamos con nada, sin saber muy bien dónde iría a parar todo esto, y tuvimos que inventarlo casi todo. A lo largo de estos ocho años he tenido que aprender cómo llevar un negocio, cómo crear y mantener una pequeña editorial que no ha dejado de crecer, cómo organizar y dirigir un festival, cómo no hacerlo, cómo lidiar con inesperadas y repentinas crisis financieras, cómo tratar con los medios cuando estás promoviendo algo que incluso a ti te cuesta explicar. La mayoría de estas cosas no las he aprendido demasiado bien. Otras personas próximas al núcleo del proyecto han compartido conmigo esta empinada curva de aprendizaje, y también han tenido que pasar lo suyo.

Todo esto ha sido agotador, frustrante, estimulante y fascinante a partes iguales. A lo largo de los años, inevitablemente, nos hemos visto involucrados en política, discusiones y, a veces, también en peleas. Nuestro trabajo invita a ello. Si basas una nueva iniciativa en la idea de que la sociedad que te rodea se está desmoronando, que tal vez merezca desmoronarse, y en que la mayoría de las "soluciones" propuestas para prevenirlo son inadecuadas o irrelevantes, es esperable que te lancen piedras. Deberías esperar las piedras, y no quejarte. Sin embargo, si hay algo que cambiaría retrospectivamente, sería dedicar menos tiempo a esquivar las piedras o devolverlas. A pesar de lo que algunos pensaban, y tal vez sigan pensando, Dark Mountain nunca ha sido un proyecto político. Su propósito no fue nunca "cambiar el mundo", mucho menos "salvar el mundo". El estado de nuestro planeta, nuestra sociedad, nuestra cultura, nuestro pensamiento –esta gran extinción, de especies, de sistemas, de relatos– es más bien el telón de fondo de todo el trabajo que nos propusimos hacer.

¿Cuál era ese trabajo? La respuesta habría sido la misma en aquel pub de Oxford que hoy, transcurridos ocho años: crear y curar tipos de escritura y de arte adecuados para el momento que atravesamos. Fomentar y divulgar lo que denominamos y seguimos denominando escritura y arte "incivilizados" o "descivilizados": un trabajo que se salga de la burbuja del narcisismo y se comprometa con la crisis ecológica, que es, en el fondo, una crisis cultural. Curar una respuesta cultural a los tiempos que vivimos.

Me he dado cuenta de que últimamente empleo mucho el término "curar". Volviendo a cuando lanzamos este proyecto, creo que solía utilizar "crear", porque entonces pensaba que el reto era materializar ese tipo de trabajo "incivilizado" o "descivilizado". Estaba equivocado. Ese trabajo ya se estaba haciendo en todo el mundo, con o sin etiqueta. El planeta, según parece, está lleno de escritores y artistas insatisfechos con este estado de cosas, descontentos con el relato civilizado y con las respuestas estandarizadas que recibe de opositores aceptables. Resultó que no hacía falta que le dijésemos a cada cual lo que tenía que hacer. Lo que se necesitaba era un espacio en el que pudieran hacerlo, y darles algunas indicaciones: un marco, tal vez, para sus exploraciones.

Volviendo la vista atrás, me parece interesante observar cómo ha cambiado el mundo y el debate desde que comenzamos. Lo que afirmábamos en aquel manifiesto hace ocho años –que la Máquina humana está chocando contra un muro, que el choque es inevitable, y que comprometerse con la realidad es un deber creativo tanto como político y económico– resultaba raro y provocador cuando lo dijimos. Hoy lo es bastante menos. Artículos con títulos como "The Case Against Civilisation" aparecían regularmente en este blog por aquellos días y éramos tildados de "pesimistas" o "nihilistas" por enfurecidos practicantes del culto al Progreso. Hoy en día, ese tipo de ensayos pueden encontrarse en las páginas del New Yorker. Ocho años de acuerdos fallidos, aumento de emisiones, crecimiento de la población, plásticos en los océanos, desaparición de especies, nos han aclarado la realidad. En otros ocho, estará todavía más clara.

Ninguna de las "soluciones" para esta difícil situación de las que se hace alarde, desde la fisión nuclear hasta colonizar Marte, o los "nuevos relatos" de arriba a abajo de intelectuales ilustres, muestra ningún signo de desviar la Máquina de su curso. Aquí estamos. ¿Qué es lo que vemos? Veo, supongo, lo mismo que veía entonces: un acertijo sin solución. Ojalá que el trabajo que hemos hecho entre todos, en lo alto de esta montaña, haya contribuido a aclarar las cosas; haya esclarecido algunas cosas, proporcionado algún tipo de orientación, algo de ayuda; ojalá que también, algo de belleza.

En este momento no sé qué más puedo ofrecer. He dicho y escrito todo lo puedo decir y escribir. He discutido todo lo que puedo discutir. He hecho todo lo que vine a hacer. Así que esta entrada es un anuncio y una despedida. Dejo mi papel como uno de los directores del proyecto que ayudé a fundar. Dejo esta cosa extraña, enrevesada, contradictoria, maravillosa y necesaria que ayudé a crear en las manos de un grupo de personas que lo conducirán en otras direcciones. Llega un momento en cualquier organización en el que el fundador, con su visión particular, tiene que dar un paso atrás para que otras personas e ideas tengan espacio donde respirar. Es hora de dar ese paso; de dejar que esta cosa continúe adelante sin mí y con mi bendición.

No puedo fingir que no tengo sentimientos enfrentados. Dark Mountain ha sido una parte fundamental de mi vida durante la última década. Pero sale caro ignorar nuestra voz interior. Hay un tiempo para todo, incluyendo los finales. Tengo por delante un camino sinuoso. No sé lo que me espera a la vuelta de la esquina. Pero para mí, al parecer, ha llegado el momento de bajar de la montaña. Voy a echarla de menos. Pero siempre estará allí, en el horizonte, sobresaliendo por encima de las luces de la ciudad, anterior a ellas.

Este proyecto comenzó, oportunamente creo, con las palabras de un poeta, Robinson Jeffers, cuya obra, cuando la descubrí en 2007, me maravilló: una voz nítida y punzante de hacía medio siglo, advirtiendo de lo que iba a pasar. Su poema "Rearmament" me sirvió de inspiración para dar nombre al proyecto. De ahí el entusiasmo y la sensación de haber completado el círculo con los que acepté la invitación para dar una charla en la casa de piedra que construyó el propio Jeffers junto a los acantilados de California, conocida como Tor House. Ese día acabé mi intervención con una cita extraída del discurso que el poeta leyó en 1941 en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

Concluiré este artículo y mi travesía por la montaña oscura con la misma voz que la inspiró. Voy a robarle a Jeffers sus palabras y utilizarlas como epitafio de mi trabajo aquí, porque expresan lo que yo quiero decir. Y quiero recordar que por encima de todas esas palabras, por encima de todas las palabras de los hombres y más allá de ellas, se escucha la voz de la propia montaña; la piedra, los arroyos, las nubes bajas, el chillido de los halcones. La Tierra, completa en sí misma, moviéndose y escuchando, abriéndose paso, abriéndonos paso. La vida, agitándose todavía, y todos los ríos fluyendo.

[...] He sabido que me llaman pesimista, y tal vez haya escrito algunas palabras funestas en mis libros [...] y tal vez haya dicho esta noche algunas palabras funestas –pero no son palabras de desesperación. Si conjeturamos el descenso y la caída de esta civilización, es porque deseamos una mejor. Somos una raza dura, nosotros los seres humanos; hemos soportado una edad del hielo y muchas edades de barbarie; podemos resistir esta edad de civilización; y cuando a la larga se deteriore y desmorone bajo nosotros, podemos "planear nuestra agonía de resurrección" y crear una nueva edad. Nuestra empresa es vivir. Resistir... cualquier cosa. Y mantener vivos, a toda costa, nuestros valores ideales de libertad y valentía, compasión y tolerancia.


Transcripción editada y traducida al castellano, de la charla de Paul Kingsnorth en la Tor House (California, EEUU), en agosto del año 2017, con el título "The beauty of Things" [Descarga].

Fotografía de Sara Plaza.

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13.3.18

El manuscrito de Eugenio Pop

El manuscrito de Eugenio Pop

Por Edgardo Civallero

San Agustín Lanquín es una localidad y municipio del departamento de Alta Verapaz, en las montañas centrales de la actual Guatemala. En lengua q'eqchi', lamkim significa "pueblo rodeado de paja". Verapaz es un territorio tradicionalmente ocupado por el pueblo Q'eqchi' (o Kekchí), una sociedad de la familia lingüística maya.

En su ubicación actual, el pueblo fue fundado por los dominicos Pedro de Angulo, Luis de Cáncer y Rodrigo de la Cebra en 1540, tras las Capitulaciones de Tezulutlán: un acuerdo firmado en mayo de 1537 entre Bartolomé de Las Casas y el oidor Alonso de Maldonado para conquistar de forma pacífica (es decir, mediante reducción y pacificación, por la cruz, y no por la espada) los territorios de Tezulutlán (Alta Verapaz) y la selva lacandona (hoy en Chiapas, México).

San Agustín Lanquín vio su iglesia levantada en la década de 1540 y fue, efectivamente, "conquistado pacíficamente" por los misioneros católicos. Como lo fue toda la región: de ahí, de hecho, el nombre "Verapaz", apócope de "verdadera paz".

Años después de la llegada de los europeos, el 22 de junio de 1795, el alcalde de aquel lugar, un personaje llamado Eugenio Pop, terminó de redactar un pequeño manuscrito cuyo título completo rezaba:

Doctrina christiana, en lengua quecchi, escrita por padron del pueblo de San Augustin Lanquin, en la Vera Paz, por Eugenio Pop, alcalde que fué en el año de 1795.

El manuscrito de Pop es uno de los documentos más célebres de la zona, y uno de los peor conocidos.

Se trata de un pequeño libreto de 21 x 15 cm, compuesto por 17 hojas de papel, que en la actualidad se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia. La práctica totalidad del texto está escrito con el mismo tipo de letra, lo cual indica que fue producido por la misma mano: la del alcalde Q'eqchi'. Probablemente se trató de una traducción del texto castellano solicitada por el cura local a la máxima autoridad de la comunidad: una de las pocas personas que dominaría la destreza de la escritura y que tendría el manejo necesario de la lengua castellana como para emprender semejante tarea.

El manuscrito incluye, al final, un puñado de anotaciones accesorias apuntadas por manos diferentes. Aparecen junto a los nombres de otros alcaldes: Juan Xol, Carlos Kal (en enero de 1806)... La secuencia sugiere que el librillo se habría convertido en un documento importante en el pueblo, y que habría ido pasando de mano en mano, de alcalde en alcalde, una costumbre habitual entre muchos pueblos originarios de América Latina.

Durante sus viajes como misionero por América Central, entre 1848 y 1863, el religioso francés Charles-Étienne Brasseur de Bourbourg, interesado en las antigüedades de la región, adquirió el documento. Le colocó su ex-libris ―"Ex Collectione Americana Domini Brasseur de Bourbourg"― y lo citó en su célebre Bibliothèque Mexico-Guatemalienne (París: Maisonneuve, 1871, pp. 122-123).

A la muerte de Brasseur en Niza (Francia) en 1874, su biblioteca pasó a manos del etnógrafo galo Alphonse Pinart, que agregó su propio ex-libris ("Alph. Pinart, Sol Oriens Discutit Umbras") al viejo manuscrito Q'eqchi'. En 1883, Pinart puso a la venta sus fondos bibliográfico: el ejemplar consta como "número 745" en el Catalogue des livres rares et précieux... (el catálogo de venta, editado en París por A. Labitte). La colección completa es adquirida por la Biblioteca Nacional de Francia, y en 1925 el texto de Pop aparece en el Catalogue des manuscrits américains de la Bibliothèque nationale de Henri Omont (París: E. Champion, p. 17).

En la actualidad, el libreto está etiquetado como "Américain 55" en las estanterías del Departamento de Manuscritos de la institución parisina. A la espera de que en algún momento sea digitalizado y sus trazos puedan accederse en línea, solo es posible imaginar a aquel alcalde maya de finales del siglo XVIII buscando las palabras adecuadas en su lengua madre y apuntándolas laboriosamente sobre el papel. Solo queda atisbar la enorme responsabilidad que debió sentir cuando el párroco de la iglesia solicitó su ayuda para volcar al idioma nativo una parte de los textos de la Santa Madre Iglesia. Y es muy fácil adivinar el orgullo de Pop cuando acabó su tarea y decidió que aquella obrita merecía ser preservada y transmitida.

Algo que logró, aunque haya sido muy lejos de la selva verapaceña, y por caminos inesperados.

Imagen. Iglesia de San Agustín Lanquín.

5.3.18

Retirarse para llegar a ser

Retirarse para llegar a ser

Por Sara Plaza


Recuperamos y compartimos un artículo del autor británico Paul Kingsnorth, uno de los fundadores del proyecto Dark Mountain, al frente del cual estuvo hasta el año pasado. El texto fue publicado originalmente en inglés en agosto de 2013, bajo el título "Forty Days". Ha sido traducido por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero.

En este mismo espacio hemos compartido con anterioridad varios artículos y ensayos del mismo autor, que el lector interesado puede encontrar reunidos aquí.

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Cuarenta días

Para comprender el mundo es preciso a veces apartarse de él.
Albert Camus

Cuando era niño quería ser un ermitaño. Recuerdo en concreto que durante algunos años albergué un extraño deseo de fondo de vivir solo en un bosque de pinos. ¿Por qué en un pinar? No tengo ni idea. Nunca he pasado demasiado tiempo en un verdadero bosque de pinos (no las apretadas hileras de pinos de reforestación que cubren las montañas del norte de Inglaterra). Pero ese era el lugar donde quería estar. Podía imaginarme a mí mismo viviendo en el corazón oscuro y húmedo de un pinar. La vida allí, lo sabía, sería más intensa, más mágica que en casa.

Durante algún tiempo, como el niño romántico e imaginativo que era, abrigué la idea de que mi deseo de estar rodeado de pinos se debía a que en una vida anterior yo había sido un vikingo. Me fascinaban los vikingos: sus dioses y sus runas y la magia negra de la cultura de los fiordos. Al volver ahora la vista atrás, tengo la sospecha de que lo más probable es que el origen de ese deseo estuviese en una sobredosis de Tolkien, a la que siguieron Stephen Donaldson y Ursula Le Guin. Hubo muchos magos en mi infancia.

Pero más allá del asunto de los vikingos, había algo más: algo que tenía que ver con estar solo. ¿Porque querría un niño pequeño, y después un joven adolescente, ser un ermitaño? ¿No es eso lo contrario de lo que se supone que quieren los adolescentes: compañía, fiestas, muchedumbres? No creo que haya sabido nunca lo que se supone que quieren los adolescentes, pero yo no quería nada de todo eso. Yo quería ser como Gavilán, el personaje de Ursula Le Guin, que vivía solo en una pequeña cabaña en las colinas, adivinando los misterios del mundo que escapaban a la vista. La vida como un pastor de cabras en las laderas de la Montaña de Gont sigue pareciéndome bastante elisíaca.

Mi padre contribuyó a lanzarme en esa dirección, completamente en contra de su voluntad o intención. Pasé mi infancia haciendo senderismo en los páramos desolados y las montañas de Inglaterra y Gales, siguiendo las rutas de largo recorrido. Mi padre era todo lo contrario a un soñador romántico, pero era un caminante obsesivo y yo no tuve más opción que acompañarlo. Estoy contento. Me impregné de todo ello. Sigo siendo un caminante impenitente y un amante de aquellos espacios naturales abiertos, y creo que quizá también me caló su soledad. Soledad, no en el sentido negativo en el que esa palabra se utiliza a menudo en nuestra cultura ― una cultura donde las personas tal vez están más aisladas que en ningún otro momento de la historia, y que busca resarcirse ridiculizando y menospreciando la idea de una soledad escogida.

No era ese tipo de soledad. Más bien era la clase de soledad sobre la que escribieron John Muir o Edward Abbey cuando ellos a su vez se retiraron a lugares vacíos, abiertos, que no habían sido creados, cercados o definidos por el hombre. "Las montañas me llaman y debo ir", escribió Muir. "La naturaleza no es un lujo", escribió Abbey, "sino una necesidad del espíritu humano, tan vital para nuestras vidas como el agua y el buen pan". Lo que encontraron Muir en las montañas y Abbey en el desierto, yo lo hallé en los páramos ingleses y después en bosques milenarios y grandes llanuras de otras partes del mundo. La soledad agreste repicando como una campana. La sensación de estar conectado con algo mucho más grande que yo en un lugar que escapa al control de mi especie y que no es esclavo de ella. Una sensación de pequeñez, de la cual puede provenir la grandeza.

Aún mantengo esa conexión. Condicionado por aquellas caminatas, por aquel tiempo transcurrido en el silencio de los Cheviots y los Peninos, y quizá también por Tolkien y Le Guin, he pasado gran parte de mi vida adulta luchando, tanto de palabra como de hecho, para proteger la naturaleza que tanto me dio de niño. Mantengo la misma pasión de siempre por proteger el mundo no-humano de los cada vez mayores excesos violentos de nuestra civilización. Pero el movimiento ecologista del que una vez formé parte, en muchos aspectos ha avanzado en direcciones con las que no me siento cómodo. Tecnocrático, formal, demasiado temeroso de desafiar los relatos del progreso tecnológico y el desarrollo económico, y demasiado dispuesto a adoptar la noción de "desarrollo sostenible" que a menudo se parece al business as usual con menos emisiones de carbono. A mi modo de ver, el movimiento ambientalista dominante ha extraviado su curso.

Hace tres años, traté de explicar lo que sentía sobre todo esto en un largo ensayo titulado "Confessions of a Recovering Environmentalist" [Confesiones de un ecologista en recuperación]. El ensayo apareció en la primera antología anual que publicó Dark Mountain Project, una red de escritores, artistas y pensadores que había cofundado un año antes, a fin de crear un espacio para otras maneras de pensar y ver, en un mundo que cambia con rapidez.

Ese ensayo probablemente haya sido mi relato breve más comentado en estos veinte años como escritor y periodista. En aquel momento, también fue uno de los más controvertidos. Uno de los párrafos que más llamó la atención de la gente, que alegró a unos y enfureció a otros, fue este que, como es fácil deducir, aparecía al final del ensayo:

[...] Me retiro. Me retiro de las campañas y de las manifestaciones, me retiro de las discusiones y de la necesidad fomentada y de todas las falsas suposiciones. Me retiro de las palabras. Me voy. Salgo a caminar.

Parto en peregrinación a buscar lo que dejé atrás en las selvas y junto a las frías fogatas y en las partes de mi cabeza y mi corazón que he estado eludiendo mientras estaba ocupado fragmentando el mundo para salvarlo; ocupado creyendo que estaba en mi mano. Voy a escuchar el viento y ver qué me dice, o si no me dice absolutamente nada.


Mucha gente me escribió (y todavía me escribe) para decirme lo mucho que les había gustado el ensayo; cómo había conectado con ellos, incluso expresado en palabras sus propios sentimientos. Pero a otros, digamos, les dejó indiferentes. Yo no estaba preparado para el montón de comentarios que me llovieron por parte de activistas y militantes, aunque quizá debería haberlo estado. Dijeron de mí que estaba quemado, me tacharon de fatalista, de ser un nihilista que empeoraba las cosas rindiéndome. Si quería "retirarme", me dijeron, estaba todo bien: podía irme y deprimirme en una esquina, pero no tenía ningún derecho a contárselo a los demás. Tenía que cerrar la boca y dejar que los activistas continuaran con su tarea de Salvar el Mundo.

Si miro atrás puedo entender su posición. Si yo todavía estuviera inmerso en promover campañas, tal vez me sentiría igual si alguien que hubiera dejado de hacerlo me dijera que estaba perdiendo el tiempo. Aun así, había algo que me inquietaba. La cuestión que yo planteaba al hablar de una retirada no tenía nada que ver con desentenderse del compromiso con el mundo. A mí, de hecho, me parecía casi lo contrario. Estuve dándole vueltas durante algún tiempo y volví sobre ello el año pasado en una especie de secuela de mi primer ensayo, a la que titulé "Dark Ecology" [Ecología oscura]: una nueva exploración sobre cómo sería un mundo pos-ecologista, y sobre lo que seguía teniendo sentido para mí en una situación en la que ninguna de las respuestas que había encontrado hasta entonces funcionaba ya.

Al final de ese segundo ensayo, que apareció en el tercer libro de Dark Mountain, expuse cinco posibles vías de acción que me parecían pertinentes en un mundo en el que el cambio climático, el aumento de la población, el colapso económico y la extinción masiva no eran problemas futuros que había que evitar sino las realidades que estábamos viviendo. La primera de mi lista era la retirada, sobre la cual escribí:

[...] Retírate, no de manera cínica, sino con sentido crítico. Retírate para poder sentarte en silencio y sentir, intuir, entender qué es lo correcto para ti y qué es lo que la naturaleza podría necesitar de ti. Retírate porque negarse a seguir contribuyendo al avance de la máquina –a dar otra vuelta de tuerca– es una posición profundamente moral. Retírate porque la acción no es siempre más efectiva que la inacción. Retírate para examinar tu visión del mundo: la cosmología, el paradigma, las suposiciones, el sentido de la marcha. Todo cambio verdadero empieza con una retirada.

Esta vez, quizá había conseguido explicarme mejor, o quizá el mundo ya no era el mismo, o ambas cosas, pero lo cierto es que la reacción fue mucho menos feroz, aunque a veces desconcertante. Desde luego, las personas con una mentalidad política o activista siguieron considerándolo un sinsentido pretencioso. Pero también hubo otras reacciones de gente de todo tipo. Esta vez lo pilló más gente. Es más, yo también lo iba pillando.

Durante los primeros veinte años de mi vida adulta olvidé mi fantasía infantil del ermitaño, los pinares y la soledad. Me volqué en todo lo que hacía. Participé en manifestaciones, ocupaciones y encuentros, trabajé para ONGs, creé la mía propia, edité revistas verdes y me esforcé en escribir desde libros hasta artículos periodísticos, que confiaba serían leídos por mucha gente, pues pensaba que esa era la mejor forma de cambiar las cosas y porque no quería pasar inadvertido.

A medida que me hago mayor –ahora tengo 40 y soy padre– no solo tengo cada vez menos ganas de destacar, sino que me parece que comprendo cada vez mejor mis deseos infantiles. Y empiezo a ver que mis extraños sueños de retirarme del mundo moderno eran mi llamada del desierto. Algo que necesitaba, y que ignoré durante mucho tiempo, había estado hablándome. Ahora lo oigo hablarme de nuevo.

La retirada física me resulta muy difícil en estos momentos: tengo una familia que mantener y demasiados compromisos de los que ni puedo ni quiero desentenderme. Cuarenta días en el desierto no es una opción ahora mismo. Pero a mis cuarenta años siento que la necesidad de esa retirada es más fuerte cada mes que pasa. Este año habrá fines de semana en los que podré estar solo en los páramos, y en noviembre participaré durante cinco días en un retiro espiritual Zen en una casa de campo sin calefacción en las montañas galesas. Estoy impaciente. Pero mis momentos de retirada puede ser mucho más cortos incluso. A veces salgo a correr por las colinas de Lake District, cerca de la cuales tengo la suerte de vivir en estos momentos. A veces saco a pasear al perro por los senderos y los campos cerca de mi casa, y en una buena tarde estos actos pueden constituir en sí mismos una retirada meditativa.

De qué estoy huyendo, me han preguntado en el pasado. No es esa la pregunta que habría que formular. No estoy huyendo necesariamente de nada; más bien me siento atraído hacia algo. No se trata únicamente de esa vieja conexión con el espíritu natural del mundo que experimenté una vez y que aún puedo sentir de cuando en cuando en los espacios verdes, sino también de la búsqueda de un lugar en el que mi mente pueda estar tranquila y no haya nada en mi cabeza. El activismo, el periodismo, incluso la vida familiar, te obligan a jugar un papel, a posicionarte, a reivindicar, y todo eso en un momento dado puede aturdirte, agotarte, osificarte. Los árboles más rígidos se caen con las tormentas; son los retoños flexibles los que sobreviven. El estado de los grandes artistas, dijo alguna vez Bob Dylan, debe ser el de continuo devenir. Me gusta esa frase. No se llega a ser en medio de la rutina, o no solo. Retraerse para llegar a ser. Hay que buscar y encontrar algo.

Hay algo ahí fuera, más allá de la mente racional, más allá de los compromisos cotidianos, más allá de las ciudades en los valles y de las ciudades en nuestras cabezas, que necesitamos y hemos necesitado durante mucho más tiempo del que estaríamos dispuestos a reconocer. De hecho, cada código espiritual, cada religión, cada cultura originaria, cada sociedad antes de la llegada de la modernidad ha entendido el acto de apartarse de los excesos y excrecencias del mundo como una necesidad espiritual. Las vidas de los Padres del Desierto cristianos, la khalwa de los sufíes, los retiros en oscuridad total de los taoístas, los ejercicios de San Ignacio: días, semanas, meses de retiro fueron, siguen siendo, fundamentales para las religiones más importantes. El retirarse al desierto o al bosque, y regresar al pueblo o la ciudad con sabiduría, discurre como un riachuelo plateado a través de los cuentos populares, los mitos y las leyendas. Hay una razón para cada historia.

A veces necesitas irte, y a veces necesitas mantenerte alejado durante algún tiempo. Hemos creado un mundo espantoso en lo que se refiere a su complejidad y poderío y a su capacidad para destruir lo pequeño, lo precioso, lo inconmensurable y lo que merece la pena dentro y alrededor de uno. Quizá a un activista político, sentarse junto a un arroyo en un bosque puede parecerle autocomplaciente frente a las extinciones en masa y el cambio climático, pero es justo lo contrario. Si no sabes por qué es importante el arroyo, no estarás preparado para protegerlo. Si has olvidado cómo escucharlo, puedes acabar en el lado equivocado, como les ha pasado a muchos.

Si no sales a buscar, si no te retiras, si no te colocas en el medio de la naturaleza sin nada que te sostenga, nunca sabrás de qué tienes que despojarte y qué tienes que conseguir. No cambiarás nunca. Y si nunca cambias, tampoco lo hará lo demás.


Fotografía de Sara Plaza.

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