20.2.18

Días para el asombro

Días para el asombro

Por Sara Plaza

Todavía no había amanecido cuando atravesó el pasillo descalza, encendió el ordenador a tientas y a la luz de un viejo flexo comenzó a escribir...

Leí en algún lugar que sería una imperdonable ingenuidad confiar la salvación del mundo al poder del poema, pero que sería un error imperdonable olvidar que no hay poema que deje el mundo intacto. A pesar de su inmensidad, a pesar de no ser capaz de abrazarlo con la imaginación, hubo un instante en que vi el mundo entero varado tras los muros de una prisión, y a mi misma anclada en el dolor. Entonces recordé el poema "La piel", de Francisca Aguirre.

Lo de la piel es realmente asombroso.
Es sorprendente que una cosa tan fina
sea capaz de contener algo
tan inquietante
como lo es el cuerpo humano.
Pareciera que al primer embate la piel
ese tejido tan precario y frágil
caería hecho pedazos
o más bien
hecho polvo.
Pero lo cierto es que resiste
lo verdaderamente raro
es que la piel
resiste más que el corazón
o la cabeza.
A veces las palabras
nos entierran el corazón.
A veces la cabeza nos envenena el corazón.
Pero la piel aguanta
se tiñe de escarlata
y aguanta
le rechinan los poros
pero aguanta.
Es como una armadura
un pequeño telón que nos defiende
contra el dolor que intenta destruirnos.

Hay un libro durísimo, un libro desgarrador y conmovedor, de la escritora argentina Griselda Gambaro, que se titula Ganarse la muerte. Lo escribió en el año 74 o 75, y la Junta Militar lo prohibió en el 77, después del informe que había elaborado la SIDE. Narra la historia de Cledy, que pasa por el orfanato como por todas sus posteriores casas: llorando, y acaba con estos versos:

No quiero demasiada vida
ni tampoco insuficiente la necesaria apenas
para mi muerte
sobre la tierra.

Cuando los compartí por primera vez, me dijeron que eran unos versos magníficos y que podría haberlos firmado Pizarnik si hubiese conquistado ese tipo de serenidad. Hay otro libro de Gambaro en casa, Dios no nos quiere contentos. Y entre sus páginas guardé alguna vez un poema que Brecht escribió poco antes de su muerte:

Cuando en la blanca habitación del hospital de La Charité
desperté hacia el amanecer
y oí el mirlo, lo tuve
aún más claro.
Ya hace mucho tiempo
que no temía a la muerte, pues nada
puede faltarme si yo
mismo falto. Ahora
también he logrado alegrarme con todos
los mirlos que cantarán cuando yo no esté.

La misma persona que opinó sobre los versos de Gambaro se sorprendió, al leer los de Brecht, de la humildad con la que el poeta y dramaturgo alemán esquiva en los suyos su condición inmortal. Siempre pensé que Celeya logró algo parecido cuando escribió:

[...] No explico. No discuto. No intento convencerte.
No me mido con otros. No lucho contra nadie.
No quiero ser distinto –ser más, ser matando.
No insisto. Pongo solo delante de tus ojos
mis restos de alegría salvados del desastre.

En este largo invierno que dura ya varias estaciones, me he preguntado a menudo qué hago apañando versos, llevándolos de una lengua a otra... Al final va a ser verdad, y la poesía, o gran milagre do mundo, se apropia de quien ella quiere.

En el fondo, yo también creo que, como el pan, la poesía es de todos, que la palabra es ese lugar donde se esconden los pájaros, y que los árboles sostienen el mundo. Los restos del mío, lo sé, los aguanta un fresno.

Fotografía de Sara Plaza.