23.1.18

Plumas a ras del suelo

Plumas a ras del suelo

Por Sara Plaza

Compartimos un poema del irlandés Seamus Heaney, titulado "Digging", en el que reflexiona sobre su "cavar" con la pluma en lugar de la pala que agarraba su padre para arrancar patatas, o la que clavaba en las turberas su abuelo. Ese poema abre el primero de sus poemarios, Death of a Naturalist (1966), y existen numerosas traducciones al castellano. La que sigue es de Margarita Ardanaz, y está incluida en el libro Muerte de un naturalista/Death of a Naturalist (Edición bilingüe. Hiperión, 1996). La versión orginal en inglés puede leerse aquí, y escucharse en la voz de su autor aquí.

Heaney explica que él no podía seguir a hombres como su padre o su hermano, pero sí aprovechar su legado, el esfuerzo y la habilidad con que ellos abrieron y moldearon la tierra con sus manos, para abrir y moldear las palabras.

Por su parte, el poeta español Félix Grande también recordaba a menudo el trabajo de sus antecesores. Con ellos, con su padre y su abuelo fue, durante algunos años de su adolescencia y juventud, pastor de cabras: "Fui más pastor que Miguel Hernández y durante mucho más tiempo, pero soy mucho menos poeta".

Y así como Heaney admitía que no podía seguir a quellos hombres que lo precedieron, Grande contaba en una entrevista que el tampoco podía imitar a su padre, y con buen humor reconocía que esa "incapacidad" lo llevó a la poesía...

P. ¿Qué le dirías a tu padre?

R. [...] con mi padre tengo pocos reproches. El único reproche es que él era fuerte, yo no; él era un hombre musculoso, yo no, yo era enteco, delgadito, y me sentía disminuido en cuanto lo veía sudando y tirando sacos de cien kilos parriba. Había envidia pero al mismo tiempo también una admiración que era saludable para crecer y para tratar de imitarlo… Como no podía imitarlo, pues me hice poeta lírico [risas]. Cómo iba a imitar a mi padre, ¡si era capaz de llevar 150 kilos a la espalda y corretear cuesta arriba!

***

Cavando

Entre el pulgar y el índice
La regordeta pluma se acomoda; confortable cual arma.

Y bajo mi ventana, el limpio y áspero sonido
Cuando la pala se hunde en el suelo arenisco:
Mi padre está cavando. Lo miro desde ariba

Hasta que su costado que se esfuerza por entre los macizos de flores
Se dobla, y se levanta veinte años atrás
Agachándose al ritmo de surcos de patatas
Donde estaba cavando.

La tosca bota se acunaba en la pala, el mango,
rozando con la piema, se levantaba con firmeza.
Él arrancaba los brotes altos, y enterraba muy hondo aquel
brillante filo
Para desparramar patatas nuevas que nosotros cogíamos
Encantados con su fresca dureza en nuestras manos.

¡Dios mío, y cómo manejaba el viejo aquella pala!
Exactamente igual que lo había hecho su padre.

Mi abuelo cortaba más turba en un día
Que ningún otro en la turbera de Toner.
Una vez le llevé leche en una botella
Con un descuidado tapón de papel. Se enderezó
Para beberla; luego se inclinó de nuevo a la tarea
Cortando y rebanando con esmero, arrojando terrones
Por encima del hombro, ahondando más y más
En busca de la turba buena. Cavando.

El olor frío del mantillo, el chapoteo y el golpe
De la turba empapada, los secos cortes del filo
Atravesando las raíces vivas despiertan en mi cabeza.
Yo no tengo una pala con que seguir a hombres como ellos.

Entre el pulgar y el índice
La regordeta pluma se acomoda.
Yo cavaré con ella.


Fotografía de Sara Plaza.