30.1.18

El cerebro no está al mando

El cerebro no está al mando

Por Sara Plaza

Reproducimos a continuación la traducción al castellano de una interesante entrevista de Kevin Berger al neurólogo António Damásio, a raíz de la publicación de su último libro. La entrevista original en inglés apareció el pasado día 18 de enero en la revista Nautilus, con el título " Antonio Damasio Tells Us Why Pain Is Necessary. The neuroscientist explains why feelings evolved".

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Después de Oliver Sacks, António Damásio tal vez sea el neurocientífico cuyos libros hayan contribuido más a informar a los lectores sobre el mecanismo biológico de nuestras cabezas, cómo ese mecanismo genera pensamientos y emociones, un yo al que aferrarse, y un sentido de transcendencia para evadirse. Pero desde la publicación de El error de Descartes [Madrid, Crítica, 2006] en 1994, a Damásio no ha dejado de preocuparle que una de las tesis centrales de sus libros, la de que el cerebro no nos define, haya sido silenciada por las investigaciones que afirman lo contrario. Para su consternación, la visión de que el cerebro humano es un ordenador, el centro de mandos del cuerpo, se ha incrustado en la cultura popular.

En su nuevo libro The Strange Order of Things [El extraño orden de las cosas], Damásio, profesor de neurociencia y director del Brain and Creativity Institute de la Universidad del Sur de California, escenifica su argumento más audaz a favor del papel igualitario del cerebro. En el artículo "Why Your Biology Runs on Feelings" ["Por qué tu biología funciona con sentimientos"], recogido en el libro, Damásio nos dice que "la influencia de la mente y el cerebro sobre el propio cuerpo es tanta como la que puede tener el propio cuerpo sobre el cerebro y la mente. Solo son dos aspectos del mismo ser."

The Strange Order of Things ofrece un enfoque agudo y poco común sobre los sentimientos, sobre cómo su evolución biológica impulsó nuestra prosperidad como especie, espoleó la ciencia y la medicina, la religión y el arte. "Al echar la vista atrás sobre El error de Descartes, fue realmente tímido en comparación con lo que sostengo ahora", dice Damásio. Sabe que su nueva publicación puede exasperar a quienes profesan la fe en el cerebro como señor de todas las cosas. "Yo mostré por completo mis ideas", comenta. "Si a la gente no le gustan, no le gustan. Pueden criticarlas, desde luego, faltaría más, pero quiero decirles, porque resulta del mayor interés, que eso es porque tienen sentimientos".

En esta entrevista con Nautilus, Damásio, con la moral alta, explica por qué los sentimientos merecen tener un papel estelar en la cultura humana, cuáles son los verdaderos problemas de los estudios sobre la consciencia, y por qué Shakespeare puede ser considerado el mejor científico cognitivo de todos.

Algo que me gusta de The Strange Order of Things es que contesta la idea de que somos simplemente cerebro.

¡Oh!, esa idea es absolutamente errónea.

No hace mucho estuve viendo una serie de la PBS sobre el cerebro, en la que el presentador y neurólogo David Eagleman, refiriéndose a nuestro cerebro, afirmaba: "Lo que sentimos, lo que nos importa, nuestras creencias y nuestras esperanzas, todo lo que somos ocurre aquí dentro."

Esa no es toda la historia. Huelga decir que no podríamos tener mentes tan complejas sin sistemas nerviosos. Pero la mente no es el resultado del sistema nervioso únicamente. La afirmación que citas me hace acordar de Francis Crick, a quien admiré inmensamente y que fue un gran amigo mío. Francis era bastante contrario a mi punto de vista sobre este asunto. Tuvimos fuertes discusiones porque él era uno de los que sostenía que todo lo que somos, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras emociones, nuestro tal o cual estado mental, no son nada más que neuronas. Este es un gran error, a mi modo de ver, porque somos, mental y conductualmente, mucho más que nuestras neuronas. Nuestros sentimientos no provienen únicamente de las neuronas. Los sistemas nerviosos están continuamente interactuando y cooperando con el resto del organismo. La razón por la que existen los sistemas nerviosos es, en primer lugar, para ayudar al resto del organismo. Ese hecho se obvia continuamente.

El concepto de "homeostasis" es crítico en su nuevo libro. ¿Qué es la homeostasis?

Es la propiedad fundamental de la vida, rige todo lo que hacen las células vivas, tanto si se trata de células vivas independientes, de células vivas formando parte de un tejido o un órgano, o de un sistema complejo como nosotros. La mayor parte del tiempo, cuando la gente oye la palabra homeostasis piensa en estabilidad, piensa en equilibrio. Eso es incorrecto, si estuviésemos en "equilibrio" estaríamos muertos. Termodinámicamente, equilibrio significa cero diferencia térmica y muerte. El equilibrio es lo último que pretende la naturaleza.

Lo que debemos lograr es un funcionamiento eficiente de los distintos componentes de un organismo. Procuramos energía para perpetuar tal organismo, pero además hacemos algo muy importante que casi siempre se nos escapa, que es almacenar energía. Necesitamos mantener balances positivos de energía, provisiones para más adelante, porque eso es lo que asegura el futuro. Lo que es verdaderamente hermoso de la homeostasis es que no solo sostiene la vida en el momento presente, sino que es una especie de garantía para que esta continúe en el futuro. Sin esos balances positivos de energía nos exponemos a morir.

¿Cuál sería un buen ejemplo de homeostasis?

Si estás al límite de tus reservas de energía y te enfermas con la gripe, puedes sobrepasarlo fácilmente y morir. Esa es una de las razones por las que nuestro cuerpo acumula grasas. Tenemos que contemplar la posibilidad de necesidades extra a causa de estrés, en el más amplio sentido de la palabra. Poéticamente suelo describirlo como un deseo de permanencia, pero es más que una metáfora. Creo que es real.

Escribes que la homeostasis se mantiene en organismos complejos como nosotros mediante la interacción constante entre el placer y el dolor. ¿Estás diciendo que existe una base biológica para el principio del placer de Freud, el afán por obtener el placer y evitar el dolor que rige la vida?

Sí, en buena medida. Lo verdaderamente interesante es que durante la mayor parte de la existencia de vida sobre la tierra, todos los organismos han tenido este mecanismo automático tan efectivo, cuya función es mantener y continuar la vida. Yo suelo referirme a los organismos que solo tienen esa forma de regulación como "autómatas vivientes". Pueden luchar. Pueden cooperar. Pueden separarse. Pero no existen evidencias de que sepan que es eso lo que están haciendo. No hay pruebas de algo que pudiésemos llamar mente. Obviamente nosotros tenemos más que regulación automática. Podemos, en parte, controlar esa regulación si lo deseamos. ¿Cómo ocurrió?

La aparición de los sistemas nerviosos acontece muy tarde en el juego de la vida. Ahora tenemos la posibilidad de cartografiar el mundo interior y el mundo exterior. Al cartografiar el mundo interior, ¿qué obtenemos? Sentimientos. Necesariamente, el mecanismo de la vida o está en un estado de razonable eficiencia o en uno de ineficiencia, que suele ser lo más habitual. Los organismos con sistema nervioso pueden representarse esos estados. Y cuando empiezas a tener imágenes, empiezas a tener una mente. Comienzas a tener la posibilidad de responder de una forma que podríamos llamar "informada". Eso sucede cuando los organismos crean imágenes. Un mal estado interior tendría su representación en los primeros dolores, los primeros malestares, los primeros sufrimientos. En ese momento el organismo tiene la posibilidad, a sabiendas, de evitar lo que sea que le cause dolor o preferir un lugar, algo, u otro animal que le produzca lo contrario, es decir, bienestar y placer.

¿Por qué habrían evolucionado los sentimientos?

Los sentimientos triunfaron a lo largo de la evolución porque fueron de gran ayuda para los organismos que los tuvieron primero. Es importante entender que los sistemas nerviosos están al servicio de los organismos, no al revés. Nosotros no tenemos cerebros controlándolo todo. Los cerebros ajustan los controles. Son los sirvientes de los organismos vivos. Los cerebros triunfaron porque suministraron algo útil: coordinación. Al volverse tan complejos, con un sistema endocrino, un sistema inmune, un sistema circulatorio y un metabolismo central, los organismos necesitaron un mecanismo que coordinara toda esa actividad. Necesitaron algo que actuara simultáneamente en el punto A y en el punto Z, para todo el organismo, de manera que las partes no persiguiesen objetivos opuestos. Eso fue lo primero que consiguieron los sistemas nerviosos: hacer que las cosas funcionasen adecuadamente.

Ahora bien, en ese proceso, a lo largo de millones de años, hemos desarrollado sistemas nerviosos que hacen un montón de otras cosas que no necesariamente conducen a la coordinación del interior del organismo, pero resulta que sí son muy buenos coordinando el mundo interior en relación con el exterior. Eso es lo que hace el peldaño superior de nuestro sistema nervioso, concretamente el córtex cerebral. Nos brinda la posibilidad de percibir, de memorizar, de razonar sobre el conocimiento que memorizamos, de manipular todo eso e incluso de traducirlo en lenguaje. Todo esto es muy bonito, y es además homeostático, en el sentido de que todo resulta muy conveniente para mantener la vida. Si no lo fuera, la evolución simplemente lo habría descartado.

¿Cómo se enmarca su tesis con el difícil problema de la consciencia, cómo produce el tejido físico de nuestras cabezas sensaciones inmateriales?

Algunos filósofos de la mente dirán: "Nos enfrentamos a un problema gigantesco. ¿Cómo surge la consciencia de esas células nerviosas?" No lo hace. No estamos lidiando únicamente con el cerebro. Tenemos que pensar en el organismo entero. Y tenemos que hacerlo en términos evolutivos.

El problema fundamental de la consciencia es la subjetividad. Necesitamos un "sujeto". Podemos llamarlo "yo" o "uno mismo". No solo eres consciente en este instante de estar escuchando mis palabras, que aparecen en el paisaje de tu consciencia, sino que eres consciente de estar vivo, te das cuenta de que estás ahí, de que estás funcionando. Estamos tan distraídos con lo que sucede alrededor nuestro que a veces nos olvidamos de que somos, S-O-M-O-S con mayúsculas. Pero realmente no dejamos de observar lo que somos, y por eso necesitamos tener un mecanismo en el cerebro que nos permita fabricar la parte de la mente que observa, el observador.

Lo hacemos con numerosos recursos que tienen que ver, por ejemplo, con cartografiar los movimientos de nuestros ojos, la posición de nuestra cabeza, y la musculatura de nuestro cuerpo. Esto nos permite, literalmente, construir imágenes de nosotros mismos creando imágenes. Y también contamos con una capa de consciencia que elaboramos al percibir el mundo exterior; y otra capa que se forma al apreciar los sentimientos que se generan dentro de nosotros. Con todo este montón de procesos tenemos una oportunidad de crear consciencia.

¿Por qué no estás de acuerdo con la comparación entre el cerebro y un ordenador?

En los primeros tiempos de la neurociencia, uno de nuestros mentores fue Warren McCulloch. Fue una figura gigantesca de la neurociencia, uno de los creadores de lo que hoy es la neurociencia computacional. Retrocediendo hasta los años 40 o 50 del siglo pasado, encontramos el maravilloso descubrimiento de que las neuronas pueden estar activas o inactivas, de una forma que podemos describir matemáticamente como ceros y unos. Si eso lo combinamos con Alan Turing se obtiene como resultado la idea de que el cerebro es como un ordenador y que produce mentes utilizando el mismo método.

Ha sido una idea muy útil. Y efectivamente explica buena parte de las complejas operaciones que realiza nuestro cerebro, como el lenguaje. Esas operaciones requieren mucha precisión y las realiza el córtex cerebral, con gran minuciosidad, y probablemente siguiendo un modelo computacional básico. Los grandes logros de la inteligencia artificial se basaron en esta idea, ocupándose de un razonamiento de alto nivel. Por eso la I.A. ha tenido tanto éxito en juegos como el ajedrez o el go, que emplean enormes memorias y poderosos razonamientos.

¿Está usted diciendo que los códigos o los algoritmos neuronales no combinan con los sistemas vivos?

A ver, se corresponden muy bien con cosas que están a un nivel elevado en la escala de las operaciones mentales y la conducta, como aquellas que requerimos para mantener una conversación. Pero no casan bien con los sistemas básicos que organizan la vida, que regulan, por ejemplo, el grado de energía mental y excitación neuronal, ni con cómo sentimos y exteriorizamos nuestras emociones. La razón está en que las operaciones del sistema nervioso responsables de dicha regulación dependen menos de las señales sinápticas, que pueden ser descritas en términos de ceros y unos, que de la transmisión no sináptica, que se presta poco a una rígida operación de todo o nada.

Quizás más importante aún sea el hecho de que los ordenadores son máquinas inventadas por nosotros, hechas de materiales durables. Ninguno de esos materiales es tan vulnerable como las células de nuestro cuerpo, todas las cuales están expuestas al peligro de una homeostasis defectuosa, la enfermedad y la muerte. De hecho, los ordenadores carecen de la mayoría de las características fundamentales de un sistema vivo. Un sistema vivo se mantiene en funcionamiento, contra todo pronóstico, gracias a un complicado mecanismo que puede averiarse como resultado de una cantidad mínima de fallos. Somos criaturas extremadamente vulnerables. La gente lo olvida a menudo. Y esa es una de las razones por las que nuestra cultura, las culturas occidentales en general, está tan tranquila y complaciente ante las cosas que amenazan nuestras vidas. Pienso que nos estamos volviendo cada vez menos sensibles a la idea de que es la vida la que dictamina lo que deberíamos y no deberíamos hacer con nosotros mismos y con los otros.

¿Para qué sirve el amor?

Para proteger, para florecer, para dar y recibir placer, para procrear, para consolar. Innumerables buenos usos, como puede verse.

¿Qué función cumplen emociones como la ira o la tristeza en la homeostasis?

A nivel individual, tanto la ira como la tristeza protegen. La ira deja entender a tu adversario que vas en serio, y que atacarte puede tener un coste. En estos momentos la ira es una expresión de conflictos sociopolíticos. Está sobre utilizada y en buena media se ha vuelto inefectiva. La tristeza es el preludio de la hibernación mental. Te permite retirarte y lamer tus heridas. Te permite planificar una estrategia para responder a la causa de esas heridas.

Usted sostiene que los sentimientos fueron un acicate para la aparición de las culturas. ¿Cómo?

Antes de escribir The Strange Order of Things, pregunté a amigos y colegas cómo pensaban ellos que habían empezado las culturas. Invariablemente esta fue su respuesta: "Somos muy listos. Tenemos grandes dotes intelectuales. La capacidad para razonar. Y además de todo eso, el lenguaje. Ahí lo tienes." Ante lo cual yo digo: "De acuerdo, eso es cierto. ¿Cómo inventaríamos algo si fuésemos estúpidos?" No podríamos. Pero la cuestión es reconocer la motivación que hay detrás de lo que hacemos. ¿Por qué lo hacemos en primera instancia? ¿Por qué bajó Moisés de la montaña con los Diez Mandamientos? Bien, los Diez Mandamientos representan aquí la homeostasis en tanto que nos dicen que no tenemos que matar, ni robar, ni mentir, ni hacer un montón de cosas malas. Suena trivial pero no lo es. Nos olvidamos de pensar en la motivación y no la tenemos en cuenta como uno de los factores del proceso de invención. No contamos con los motivos que hay detrás de la ciencia o de la tecnología, de la gobernanza o de la religión.

Y hay otra cosa: la importancia de sentir radica en hacernos críticamente conscientes de nuestras acciones en términos morales. Nos fuerza a volver la mirada y darnos cuenta de que lo que hemos estado haciendo históricamente, desde el comienzo, desde el momento de la invención de un instrumento o una práctica cultural, ha sido intentar reducir la cantidad de sufrimiento y maximizar la cantidad de bienestar, no solo del inventor, sino de toda la comunidad que lo rodea. Una persona sola puede crear una pintura o una composición musical, pero no lo hace para ella sola. Y uno no inventa solo un sistema moral o un sistema de gobierno, ni lo hace para uno mismo. Hace falta una sociedad, una comunidad.

La afirmación de que el intelecto está dirigido por los sentimientos puede sonar un poco New Age. Parece que socava el poder de la razón. ¿Cómo deberíamos entender la razón si siempre está motivada por sentimientos subjetivos?

Subjetivo significa simplemente que contiene un punto de vista personal, que atañe al yo. Es compatible con hechos "objetivos" y con la verdad. No tiene que ver con el relativismo. El que los sentimientos motiven el uso del conocimiento y la razón no vuelve el conocimiento o la razón menos veraces o válidos. Los sentimientos son solo una llamada de atención.

Si los seres humanos creamos sociedades y culturas para evitar el sufrimiento y el dolor, ¿por qué hay violencia y guerras?

Es una pregunta muy importante. Pensemos en la evolución de los sistemas políticos. A primera vista, cuando observamos las ideas del marxismo, decimos, "esto es claramente homeostático". Lo que Marx y otros intentaban hacer en el siglo XIX es confrontar y modificar un acuerdo social que no era equitativo, con personas sufriendo muchísimo y personas beneficiándose muchísimo. Conseguir un sistema que produjese equidad tenía mucho sentido. Es lo que los sistemas biológicos han tratado de hacer, de forma natural, durante mucho tiempo. Cuando esos sistemas no logran mejorar su regulación, ¿qué es lo que pasa? La evolución se encarga de escardarlos porque fomentan enfermedades.

La evolución biológica, a través de la selección genética, los elimina. Ocurre algo similar a nivel cultural. Visto en retrospectiva, el marxismo tal y como fue aplicado en Rusia supuso una de las peores tragedias de la humanidad. Pero finalmente el comunismo ruso fue descartado por la selección cultural. Pasaron unos 70 años, la selección natural funcionó de manera homeostática. Llevó a la caída del muro de Berlín y del imperio soviético. Se trató de una corrección homeostática por medios sociales.

El mismo razonamiento puede aplicarse a las religiones. Por ejemplo, podemos afirmar que las religiones han sido una de las grandes causas de violencia a lo largo de la historia. Pero no podemos culpar a Cristo de esa violencia. Él predicaba la compasión y el perdón de los enemigos, y el amor. Eso no significa que las buenas recomendaciones vayan a llevarse a cabo correctamente ni que tengan siempre buenos resultados. Estos hechos no niegan de ninguna manera el propósito homeostático de las religiones.

Usted escribe: "El creciente conocimiento por parte de la biología, desde las moléculas hasta los sistemas, refuerza el proyecto humanista." ¿Cómo?

Este conocimiento nos ofrece un cuadro más amplio de quiénes somos y dónde estamos en la historia de la vida en la Tierra. Tuvimos unos comienzos muy modestos y hemos incorporado una increíble cantidad de sabiduría viva que proviene de tan lejos como las bacterias. Hay características de nuestro comportamiento personal y cultural que aparecen ya en organismos unicelulares o en insectos sociales. Claramente ellos no tienen el tipo de cerebros desarrollados que tenemos nosotros. En algunos casos ni siquiera tiene un cerebro. Pero al analizar este extraño orden de desarrollos nos hallamos ante el espectáculo de procesos vitales que son complejos y ricos a pesar de su aparente modestia, tan complejos y ricos que pueden acompañar el elevado nivel de comportamientos que nosotros, de manera bastante pretenciosa, solemos atribuir únicamente a nuestra gran inteligencia humana. Deberíamos ser mucho más humildes. Ese es uno de mis principales mensajes. En general, conectar las culturas a los procesos vitales evidencia un vínculo que hemos ignorado durante demasiado tiempo.

¿Qué le gustaría ser si no fuera científico?

Cuando era un adolescente a menudo pensaba que podría llegar a ser filósofo, o tal vez guionista, o director de cine. Eso es porque admiraba muchísimo lo que los filósofos y los contadores de historias habían descubierto sobre la mente humana. Hoy, cuando me preguntan "¿a qué científico cognitivo admira más?" respondo que a Shakespeare. Lo sabía todo, y lo sabía con tremenda precisión. No tenía el estupendo escáner fMRI ni las técnicas de electrofisiología que manejamos en nuestro instituto. Pero conocía a los seres humanos. Basta con observar una buena representación de Hamlet, El Rey Lear u Otelo. Toda nuestra psicología está ahí, pormenorizadamente analizada, lista para que podamos experimentarla y apreciarla.

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23.1.18

Plumas a ras del suelo

Plumas a ras del suelo

Por Sara Plaza

Compartimos un poema del irlandés Seamus Heaney, titulado "Digging", en el que reflexiona sobre su "cavar" con la pluma en lugar de la pala que agarraba su padre para arrancar patatas, o la que clavaba en las turberas su abuelo. Ese poema abre el primero de sus poemarios, Death of a Naturalist (1966), y existen numerosas traducciones al castellano. La que sigue es de Margarita Ardanaz, y está incluida en el libro Muerte de un naturalista/Death of a Naturalist (Edición bilingüe. Hiperión, 1996). La versión orginal en inglés puede leerse aquí, y escucharse en la voz de su autor aquí.

Heaney explica que él no podía seguir a hombres como su padre o su hermano, pero sí aprovechar su legado, el esfuerzo y la habilidad con que ellos abrieron y moldearon la tierra con sus manos, para abrir y moldear las palabras.

Por su parte, el poeta español Félix Grande también recordaba a menudo el trabajo de sus antecesores. Con ellos, con su padre y su abuelo fue, durante algunos años de su adolescencia y juventud, pastor de cabras: "Fui más pastor que Miguel Hernández y durante mucho más tiempo, pero soy mucho menos poeta".

Y así como Heaney admitía que no podía seguir a quellos hombres que lo precedieron, Grande contaba en una entrevista que el tampoco podía imitar a su padre, y con buen humor reconocía que esa "incapacidad" lo llevó a la poesía...

P. ¿Qué le dirías a tu padre?

R. [...] con mi padre tengo pocos reproches. El único reproche es que él era fuerte, yo no; él era un hombre musculoso, yo no, yo era enteco, delgadito, y me sentía disminuido en cuanto lo veía sudando y tirando sacos de cien kilos parriba. Había envidia pero al mismo tiempo también una admiración que era saludable para crecer y para tratar de imitarlo… Como no podía imitarlo, pues me hice poeta lírico [risas]. Cómo iba a imitar a mi padre, ¡si era capaz de llevar 150 kilos a la espalda y corretear cuesta arriba!

***

Cavando

Entre el pulgar y el índice
La regordeta pluma se acomoda; confortable cual arma.

Y bajo mi ventana, el limpio y áspero sonido
Cuando la pala se hunde en el suelo arenisco:
Mi padre está cavando. Lo miro desde ariba

Hasta que su costado que se esfuerza por entre los macizos de flores
Se dobla, y se levanta veinte años atrás
Agachándose al ritmo de surcos de patatas
Donde estaba cavando.

La tosca bota se acunaba en la pala, el mango,
rozando con la piema, se levantaba con firmeza.
Él arrancaba los brotes altos, y enterraba muy hondo aquel
brillante filo
Para desparramar patatas nuevas que nosotros cogíamos
Encantados con su fresca dureza en nuestras manos.

¡Dios mío, y cómo manejaba el viejo aquella pala!
Exactamente igual que lo había hecho su padre.

Mi abuelo cortaba más turba en un día
Que ningún otro en la turbera de Toner.
Una vez le llevé leche en una botella
Con un descuidado tapón de papel. Se enderezó
Para beberla; luego se inclinó de nuevo a la tarea
Cortando y rebanando con esmero, arrojando terrones
Por encima del hombro, ahondando más y más
En busca de la turba buena. Cavando.

El olor frío del mantillo, el chapoteo y el golpe
De la turba empapada, los secos cortes del filo
Atravesando las raíces vivas despiertan en mi cabeza.
Yo no tengo una pala con que seguir a hombres como ellos.

Entre el pulgar y el índice
La regordeta pluma se acomoda.
Yo cavaré con ella.


Fotografía de Sara Plaza.

14.1.18

Date Maru

Date Maru

Por Edgardo Civallero

Japón, inicios del siglo XVII.

El shogunato o bakufu Tokugawa (el último gobierno militar feudal en el archipiélago, 1603-1868) estableció un sistema de comercio exterior basado en barcos que navegaban con licencia expresa del shogun.

Entre 1600 y 1635 hubo unas 350 de esas embarcaciones, llamadas shuin-sen o "barcos de sello rojo" por el llamativo color del permiso que ostentaban. Armados hasta los palos, navegaban por las costas del este y el sudeste de Asia buscando puertos nuevos en los que echar el ancla y oportunidades de negocio.

Algunos de aquellos barcos (concretamente, los construidos en el puerto de Nagasaki) incorporaron elementos estructurales pertenecientes a los galeones europeos, que desde hacía algún tiempo (1543) llegaban a los embarcaderos nipones. Así, copiaron la silueta de las velas y su manejo, el timón y su sistema de control, la disposición de los cañones...

Poco tardaron los constructores del shogunato en crear sus propios galeones, esos navíos que los japoneses llamaron nanban-sen o "barcos de los bárbaros del Sur".

Un ejemplo fue el Date Maru.

El galeón San Juan Bautista, originalmente bautizado como Date Maru (siendo maru un sufijo agregado a todos los nombres de navíos, y Date el apellido del propietario), fue uno de los primeros barcos de estilo totalmente occidental construidos en Japón.

Fue ensamblado en 1613 en el puerto de Tsuki no Ura (Ishinomaki, actual prefectura de Miyagi) por orden de Date Masamune, el daimyō (señor feudal) de Sendai, en la región de Tohoku (mitad septentrional de la isla de Honshu).

El proyecto contaba con el beneplácito del bakufu. El shogun, Tokugawa Ieyasu, veía con buenos ojos la propuesta; no en vano él mismo ya había sido dueño de dos barcos similares, aunque de menor tamaño, construidos hacia 1607 bajo la dirección del piloto inglés William Adams. O Miura Anjin: el primer británico en llegar a Japón, en 1600.

[Uno de esos barcos, el San Buena Ventura, había sido prestado en 1610 (junto a 4000 ducados para los gastos de viaje) a unos náufragos españoles —que originalmente se dirigían a Manila en el siniestrado galeón San Francisco— para que volvieran al virreinato de Nueva España, actual México. Entre tales náufragos iba el gobernador de Filipinas, Rodrigo de Vivero y Aberrucia. En el San Buena Ventura viajaron también 22 japoneses dirigidos por el técnico y comerciante en metales Tanaka Shōsuke, que resultaron ser los primeros de su pueblo en pisar el "Nuevo Mundo". Luis de Velasco, a la sazón virrey de Nueva España, los recibió oficialmente y expresó su gratitud por los cuidados que recibieron sus conciudadanos, pero se incautó del barco. Envió, por su parte, una embajada a Japón en la persona del explorador Sebastián Vizcaíno, que partió el 11 de marzo de 1611 con objeto de devolver los 4000 ducados prestados, llevar a los 22 japoneses de vuelta a casa, presentarse ante el shogun, y explorar las costas asiáticas en busca de metales preciosos. Por irónico que suene, el barco en el que viajaban... naufragó].

La construcción del Date Maru tomó un mes y medio, y en ella participaron técnicos del bakufu, 800 carpinteros de ribera, 700 herreros y 3000 carpinteros. También colaboraron dos españoles: el misionero franciscano Luis Sotelo y el propio Sebastián Vizcaíno, que había fracasado tanto en su tarea de embajador (al ignorar olímpicamente la estricta etiqueta de la corte del shogun) como en su búsqueda de islas míticas llenas de oro y plata.

El barco zarpó el 28 de octubre de 1613 en dirección a Acapulco con una embajada, liderada por Hasekura Tsunenaga, que iba a Roma a intentar entrevistarse con el Papa Paulo V. La tripulación, de unas 180 personas, incluía 10 samurais del shogun (a las órdenes del Ministro de la Armada, Mukai Shooken), 12 samurais de Sendai, 120 comerciantes japoneses, marineros, sirvientes, y unos 40 españoles y portugueses. El Date Maru arribó a destino el 25 de enero de 1614; el historiador azteca Chimalpahin dejó constancia del hecho en sus Relaciones, agregando que, a su llegada, Vizcaíno fue malamente herido en una pelea con los japoneses.

La embajada de Hasekura Tsunenaga siguió viaje hacia Europa (en donde logró su cometido).

Después de pasar un año en el puerto de Acapulco, el Date Maru regresó a Japón el 25 de abril de 1615. Al parecer transportaba medio centenar de especialistas en minería y metalurgia de la Nueva España, invitados para apoyar el desarrollo de tales actividades en Sendai. A ellos se unieron algunos misioneros franciscanos dirigidos por el padre Diego de Santa Catalina. El barco llegó al puerto de Uraga, cerca de Tokio, el 15 de agosto.

A pedido de fray Luis Sotelo, el Date Maru volvió a cruzar el Pacífico un año más tarde, en septiembre de 1616, pilotado por Yokozawa Shōgen. El viaje estuvo plagado de problemas, que costaron la vida de un centenar de marineros. A pesar de todo, el galeón atracó en Acapulco en mayo de 1617. Sotelo y Hasekura Tsunenaga, recién llegado de su embajada en Roma y de un largo periplo europeo, se reunieron en México y volvieron juntos a Asia. En abril de 1618 el barco llegó a las Filipinas, donde fue vendido a los españoles para que pudieran reforzar su flota frente a la amenaza holandesa e inglesa. A partir de ese punto, su historia se desvanece.

Hasekura volvió a su país en agosto de 1620, para encontrarlo en pleno proceso de cierre al mundo exterior (sakoku), con el cristianismo prohibido y perseguido y los tratos y contactos que él había conseguido, inservibles. Se sabe poco de su destino final; toda su familia fue ejecutada por ser cristianos. Lo mismo ocurrió con Luis Sotelo, quemado vivo en 1624. Sebastián Vizcaíno se vio envuelto en un par de aventuras menores, fue nombrado alcalde de Acapulco, y terminó muriendo en la ciudad de México en 1627. Por su parte, Date Masamune murió en 1626, obligado por el shogun a renegar de los cristianos a quienes había protegido, y a ejecutarlos.

El barco, el Date Maru, fue reconstruido en 1993 siguiendo las descripciones de la época y las medidas contenidas en ellas. Hoy se encuentra en un parque temático en Ishinomaki, cerca de donde fue construido originalmente. Allí aguantó, casi incólume, el brutal terremoto de 2011 (el más potente sufrido en Japón) y el subsiguiente tsunami, y se lo ha utilizado como símbolo de la reconstrucción de la ciudad.

Imagen. Date Masamune.

9.1.18

Parcos de fantasía

Parcos de fantasía

Por Sara Plaza

Compartimos tres poemas de Hans Magnus Enzensberger, considerado uno de los de los intelectuales más polifacéticos y agudos de los tiempos contemporáneos, cuya obra, además de la poesía, abarca el ensayo, la narrativa, el teatro, el cine, la traducción...
***
Un adiós para los astronautas

Un placer caro, a la luna
o todavía más allá. Nos quitamos el gorro
ante los valientes varones
embutidos en sus protuberancias

blancas como la nieve.
Ahí sí que queda mucho por hacer,
Orión o Casiopea, desafíos
para contribuyentes e ingenieros.

Sólo que a los planetas
donde no crecen naranjos,
ni nueces ni viñas,
les doy poco valor.

A lejanas vías lácteas,
impresionantes desde la lejanía
pero sospecho que poco hospitalarias,
mejor no acercarse.

Parco de fantasía y más bien conservador
me atengo a promesas
más antiguas: la tierra a la tierra
y el polvo al polvo.

(Traducción de Jorge Riechmann)

Parcos de fantasía

Casa aislada

Cuando me despierto
la casa está en silencio.
Sólo se oyen los pájaros.
Por la ventana no veo
a nadie. Ningún

camino pasa por aquí.
Ningún hilo en el cielo
ningún cable por tierra.
Todo cuanto está vivo
reposa bajo el hacha.

Pongo agua al fuego.
corto mi pan.
Hago girar inquieto
el botón rojo
de mi pequeño transistor.

«crisis del caribe... lava blanco
más blanco que el blanco...
listos a responder a la agresión...
that' s the way i love you...
fuerte alza de valores metalúrgicos...»

No cojo el hacha
no rompo el aparato.
Y es la voz del terror que me serena,
que me dice:
aún estamos con vida.

La casa está en silencio.
yo ni siquiera sé cómo tender las trampas
o hacerme un hacha de pedernal
cuando la última cuchilla
se haya enmohecido.

(Traducción de Heberto Padilla)


Parcos de fantasía

Lo simple que es difícil de inventar

Nada tengo en contra del microprocesador,
¿pero cómo estaríamos sin agua?
¿Qué es una sonda de Júpiter
comparada con el cerebro de una mosca?
¡Cómo se esfuerzan
esos ratones de laboratorio con la clonación!
Mucho mejor es follar.
¡Y el diente de león sobre todo,
cómo se lo monta: graciosa
elegancia insuperable!
Nunca en la vida,
queridos premios Nobel,
reconocedlo,
habríais inventado nada así.

(Traducción de José Luis Reina Palazón)


Dibujos de Sara Plaza.

2.1.18

Moriori

Moriori

Por Edgardo Civallero

Al este del archipiélago de Nueva Zelanda, en el océano Pacífico, se encuentra Rēkohu, llamada Wharekauri por los Maorí, y bautizada como Chatham por los navegantes británicos que la "descubrieron" en 1791. Rēkohu ("sol neblinoso"), junto con la más pequeña Rangiaotea (la actual isla Pitt), es la tierra del pueblo Moriori.

Los Moriori fueron el resultado de la fusión de la población local de las islas con algunos grupos Maorí que se asentaron en ella hacia el siglo XVI. La tradición oral señala que esos Maorí eran parte de los grupos Wheteina y Rauru, de Hawaiki (el mítico lugar de origen de todos los Maorí); que llegaron a las Chatham en dos enormes canoas, en sendas migraciones sucesivas; y que se casaron con gente que ya vivía allí, los Hamata, descendientes de Rongomaiwhenua, el ancestro fundacional.

Se organizaron en nueve tribus (Hamata, Wheteina, Eitara, Etiao, Harua, Makao, Matanga, Poutama y Rauru) y desarrollaron una identidad propia. Dentro de esa identidad se encontraba la ley de Nunuku-whenua, un código de no-violencia y resistencia pasiva que había sido establecido en el siglo XVI por el jefe homónimo, de la tribu Hamata. Un código que, en última instancia, significó su desaparición como sociedad.

De cultura originalmente polinesia, los Moriori tuvieron que adaptarse al entorno de las islas Chatham, gélidas y muy poco hospitalarias. Allí no podían cultivarse los productos tradicionales polinesios, de modo que las tradiciones agrícolas fueron abandonadas y aquellas comunidades adoptaron un estilo de vida de cazadores-recolectores, basado sobre todo en los recursos marinos. Cazaban focas, capturaban polluelos de albatros, y pescaban desde sus waka, enormes canoas con flotadores de rimurapa (kelp) y paneles de lino silvestre trenzado.

También debieron adaptar sus propias expresiones culturales. Dado que en aquellos horizontes carecían de materiales con valor ceremonial, como la preciada pounamu ("piedra verde"), se vieron forzados a expresarse a través de otros canales. Como los rākau momori o dendroglifos, pictografías incisas en las cortezas de árboles vivos que representaban karapuna (ancestros) o animales.

Aquella pequeña sociedad estableció el pacifismo como norma de vida, evitando rígidamente tanto cualquier actividad bélica como el canibalismo ritual, habitual entre los Maorí. Los Moriori resolvían sus conflictos a través de conciliaciones y luchas rituales. De aquella manera —llegaron a castrar niños para evitar la superpoblación— lograron mantener los escasos recursos que proporcionaba un espacio manifiestamente hostil.

En 1791 arribó a sus costas el HMS Chatham, comandado por W. R. Broughton; los británicos reclamaron inmediatamente las islas para la Corona. Balleneros y cazadores de focas pronto convirtieron aquellos islotes en su centro de operaciones. Hacia 1830 la población indígena era de unos 1600-2000 individuos, con bajas considerables debido a la gripe llevada por los convictos, los cazadores y los marineros europeos.

Moriori
En 1835, algunos Maorí de los iwi (clanes) Ngāti Mutunga y Ngāti Tama, de la región de Taranaki, en la isla norte de Nueva Zelanda, invadieron las Chatham. El 19 de noviembre de aquel año, a bordo de un barco secuestrado (el bergantín Lord Rodney), unos 500 Maorí provistos de mosquetes, mazas y hachas de guerra desembarcaron en Rēkohu; el 5 de diciembre llegarían otros 400.

Se convocó urgentemente un hui, un consejo de ancianos Moriroi, en el lugar llamado Te Awapatiki. A pesar de conocer la tradición bélica de los Maorí —que mataban y canibalizaban ritualmente a sus conquistados sin mayores contemplaciones—, y a pesar de que algunos de los mayores señalasen que los principios de Nunuku-whenua debían ser dejados de lado en aquella ocasión, dos ieriki o jefes Moriori, Tapata y Torea, explicaron que la ley de Nunuku-whenua era un imperativo moral, y no podía dejar de respetarse.

Y entonces comenzó la matanza.

Un superviviente Moriori recordaría luego que los Maorí los mataron "como si fuesen ovejas", y que de nada les valió esconderse en los bosques o entre las piedras. Un conquistador Maorí explicó, por su parte, que ellos tomaron posesión de aquellas tierras de acuerdo a sus costumbres, y apresaron a toda la gente, sin dejar escapar ninguno. El 15% de la población fue asesinada, y algunos fueron devorados ritualmente. Los Maorí prohibieron el uso de la lengua local y obligaron a los Moriori a mancillar sus sitios sagrados. Luego prohibieron que se casaran entre ellos o tuvieran hijos. Todos los supervivientes se convirtieron en esclavos, propiedad de sus amos Maorí.

Para 1862 solo quedaban vivos un centenar de Moriori. El último de ascendencia pura, Tommy Solomon, falleció en 1933. Sin embargo, en los últimos tiempos se ha dado un renacimiento. El censo neozelandés de 2006 indica que 945 personas se declararon Moriori, si bien de ascendencia mixta. La vieja lengua está siendo recuperada, y la comunidad ha abierto un marae (recinto comunitario sagrado), llamado Te Kopinga, en 2005.

Los Moriori fueron descritos, incluso por sus agresores Maorí, como un pueblo profundamente tapu, "reverencial". Contaban con un sistema de creencias, reglas y rituales que eran estrictamente respetados y que los conectaban íntimamente con su entorno natural. Una pequeña muestra de esa relación son los dendroglifos: mensajes dibujados sobre las pieles vivas de los pocos árboles kopi que crecen en las islas Chatham.

Mensajes que han sobrevivido hasta la actualidad sobre 82 troncos (algunos de ellos ubicados dentro de la Reserva Histórica Nacional Hapupu / J.M. Barker), y que permiten que los actuales Moriori se conecten con las memorias y las historias de sus antepasados.

Artículo. "Moriori". En Te Ara Encyclopedia.
Artículo. "Rākau Momori (Moriori memorial trees) - Fact sheet". En Hokotehi.

Imagen 01. Nicole Whaitiri, una descendiente Moriori, con un antiguo rākau momori.
Imagen 02. Grupo Moriori. Fotografía de Alfred Martin conservada en el Canterbury Museum (Christchurch, Nueva Zelanda).