26.9.17

Los diablicos cucuás

Los diablos cucuás

Por Edgardo Civallero

La comunidad de San Miguel Centro (corregimiento de Chiriguí Arriba) se encuentra a dos horas de camino al norte de la ciudad de Penomoné, en la provincia de Coclé, en plena Cordillera Central de Panamá.

Allí, y únicamente allí, sobrevive una danza prehispánica que, a punto de perderse hacia 1980, fue recuperada por los habitantes de la zona: los diablicos cucuás o danza de los cucuás.

El nombre deriva del árbol homónimo, el ñumi o cucuá (Poulsenia armata), que posee una corteza interna lo suficientemente suave y elástica como para poder ser utilizada como tela (hay numerosos ejemplos de estos usos en toda América Latina; probablemente uno de los más conocidos sea la llanchama de Perú). Esa tela es la materia prima principal para la elaboración del vestuario de los bailarines.

Se cree que originalmente se habría tratado de una danza indígena (probablemente guaymí o ngäbe-buglé) de las regiones montañosas de las provincias de Chiriquí y Veraguas, al oeste del país; en la actualidad es una tradición mestiza, desaparecida de tierras ngäbe-buglé. De ella dieron testimonio numerosos viajeros y exploradores: el estadounidense Alpheus Hyatt Verrill dibujó a los bailarines en 1924, y recogió ejemplares de sus vestidos que hoy se exhiben en el National Museum of the American Indian de Nueva York; otros ejemplos de la indumentaria cucuá se encuentran en el Musée de l'Homme de París (donados por L. Chambon en 1893) y en la Smithsonian Institution de Washington (recogidos por A. Brenkowsky en 1907).

La danza tuvo su momento de apogeo entre 1850 y 1940. Solía ejecutarse para la fiesta del Corpus Christi (mayo-junio), aunque en la actualidad suele celebrarse durante el mes de marzo.

Los diablos cucuás
El atuendo de los danzantes incluye una camisa de manga larga, un pantalón y una máscara con astas y un llamativo hocico. Para confeccionar todos estos elementos se extrae la corteza del cucuá y se la golpea con mazas de madera hasta ablandarla, teniendo cuidado con la peligrosa resina del árbol. El lienzo se cuece luego en agua hirviendo y se deja secar al sol. La tela resultante se corta para elaborar las prendas, que más tarde se decoran utilizando tintes vegetales: rojo cobrizo extraído del guaymí, negro del bejuco "ojo de venado" (Mucuna sp. ), y amarillo de la yuquilla o cúrcuma (Curcuma longa).

Para la máscara se elabora una estructura de juncos trenzados a la que se le agrega una quijada de saíno o pecarí para formar el hocico, y una cornamenta de venado. Todo ello se forra con tela de cucuá y se decora. Para completar la careta se agrega, en la parte trasera, una suerte de pañoleta que casi toca el suelo. Los bailarines no usan calzado, a no ser que deban desplazarse a otro sitio para una presentación, en cuyo caso llevan cutarras (sandalias de cuero locales).

Las piezas que componen la indumentaria deben ser cuidadas con esmero: no se pueden mojar ni golpear. Aun así, el sudor y la luz del sol generalmente termina por afectar las pinturas naturales.

Cada grupo de baile debe contar con un número impar de componentes varones (entre 9 y 13, generalmente), los cuales danzan con un bastón en la mano, al ritmo del tambor, la caja y el violín. El grupo cuenta con tres personajes principales: el Diablo Mayor, el Capitán de los Diablos y el Teniente de los Diablos. A ellos se suma la tropa de diablicos, con un número variable de miembros. Mientras bailan van cantando redondillas, algunas jocosas, y otras de carácter religioso.

En 2004 se fundó en San Miguel Centro la Asociación Cultural, Ecológica y Artesanal de los Cucuás, que se ha ocupado de recuperar esta tradición. Uno de los principales problemas que tuvieron que afrontar fue la lenta extinción del árbol cucuá. Tras numerosas observaciones y experimentos lograron vislumbrar cómo se reproduce el árbol e hicieron semilleros propios. Hoy, además de repoblar las montañas cercanas, tienen entre 3.000 y 5.000 cucuás plantados en tres fincas de la zona, lo cual les garantiza la provisión de materia prima para sus vestidos y para la elaboración y comercialización de otras artesanías.

En la ACEAC mantienen actualmente tres grupos de danzantes: niños, jóvenes y adultos. De esta forma garantizan que este patrimonio inmaterial panameño no desaparecerá.

Artículo. Los guardianes de la danza del cucuá en las montañas coclesanas. La Prensa, 2 de junio de 2015.
Artículo. Una danza cucuá. Revista Banco General.

Imagen A. Bailarín.
Imagen B. Máscaras.

19.9.17

Identidades nacionales en la era del smartphone

Identidades nacionales en la era del smartphone

Por Sara Plaza

Compartimos un artículo del escritor británico Paul Kingsnorth, uno de los fundadores del Dark Mountain Project, publicado originalmente en el diario New Statesman bajo el título "The Last Wolf". Dicho artículo ha sido traducido por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero con permiso expreso del autor, del cual también hemos traducido y publicado en este espacio: "Ecología oscura. Buscando certezas en un mundo post-verde"; "En el salón negro", que recoge sus reflexiones después de visitar la cueva de Niaux en los Pirineos franceses; una entrevista con el conservacionista y filántropo Douglas Tompkings y su esposa Kristine, que Kingsnorth recuperó con motivo del fallecimiento del primero hace más un año y medio; "La llamada de la naturaleza", donde el autor cavila sobre el mundo no-humano; "2016: El año de la serpiente"; "El axis y el sicómoro", sobre la nueva era Axial que estaríamos atravesando y la importancia de los relatos; y "El fin de la soledad".
***
El último lobo

¿Hay algo más aburrido que debatir la esencia de la "inglesidad", o cualquier otra identidad nacional que venga al caso? Deben de haber sido millones las palabras que se han vertido en esta infructuosa búsqueda durante más de un siglo, produciendo gigatones de viento que podrían haberse aprovechado para energía. Discusión tras discusión, la esencia sigue sin aparecer, y todo el mundo vuelve al principio y comienza de nuevo.

Así ha sido hasta ahora. Más recientemente, a raíz del referéndum del "Brexit" y las divisiones que ha puesto en evidencia, el debate sobre quiénes somos "nosotros" se ha vuelto más tenso y apremiante. Inglaterra, y Gran Bretaña en sentido amplio, no está sola en la búsqueda de su alma. Los argumentos sobre pertenencia, cultura, condición de nación, e identidad están inundando Occidente –y no solo– porque las personas tienen cada vez menos claro quiénes son o dónde están. Las grandes transformaciones que han producido el hipercapitalismo, el cambio tecnológico y niveles de migración sin precedentes están convirtiendo en regla el desarraigo, y cuanto más desarraigadas se sienten las personas, más quieren saber a dónde pertenecen y de dónde vienen.

Los políticos británicos a menudo responden a esto tratando de formular algo así como nuestros "valores" colectivos. Así es como somos, dicen, 65 millones de personas, y a continuación leen en voz alta el listado de cosas únicamente "británicas" que solo los "británicos" hacen, como estimar la democracia, ser tolerantes entre ellos y formar colas educadamente. Estos intentos de la unidad de arriba a abajo fracasan siempre, en gran medida porque, con la posible excepción de formar colas, todos los "valores" afirmados son prácticamente universales. No hay nada particularmente "británico" en valorar el estado de derecho o la libertad de expresión (recortar dicha libertad suele ser una virtud británica más fiable, si hacemos caso de la historia). El fracaso de cualquiera que intente elaborar una lista de "valores" que sean únicamente británicos –o ingleses, o galeses, o escoceses– sugiere que no existen. Actualmente, la isla está repleta, es tan diversa y está tan desconectada que difícilmente puede haber demasiado en común.

¿Así que, de haber algo, qué es lo que podría definir esa escurridiza "inglesidad", el sujeto del último libro de Robert Winder, The Last Wolf: the hidden springs of Englishess? [El último lobo: el origen secreto de la inglesidad]. Puedo afirmar con confianza que el inglés sabe preparar una buena taza de té fuerte mejor que nadie en el planeta (con la posible excepción del irlandés), y que somos los campeones mundiales de las exhibiciones caninas, la cerveza propia y las bandas indies. Pero no estoy seguro de que estas sean cosas por las que animaría a mi hijo a morir patrióticamente en una trinchera.

Winder ofrece una respuesta mejor, y es una que cualquiera lo suficientemente valiente o suicida como para contribuir al debate sobre la identidad europea contemporánea debería tener en cuenta. Ofrece un sendero a través del horroroso y espinoso laberinto de argumentos sobre raza, etnicidad, migración y demás, hacia algo que, potencialmente, podría unir a las personas en lugar de dividirlas. Lo que hace y forma a un "pueblo", explica Winder, en Inglaterra y cualquier otro lugar, es aquello que comparten todos: el lugar mismo. Si hay una "inglesidad" es la formada a partir de la naturaleza, literalmente, de Inglaterra:

"Si realmente quisiéramos buscar la identidad nacional, creo que el lugar correcto donde tendríamos que mirar sería el legado natural de montañas, valles, ríos, piedras y neblinas: materiales básicos que, con el paso del tiempo, han moldeado nuestro modo de ser. El paisaje y la historia –el pasado y el escenario natural– serían las únicas cosas que podríamos reclamar como verdaderamente nuestras. Así como algunas plantas se desarrollan en la arena y otras en el barro, también el carácter nacional se alimenta de nutrientes que no puede alterar."

Al comienzo del libro Winder cita al novelista Lawrence Durrell, quien plantea lo mismo de forma más provocadora:

"Creo que si se exterminase a los franceses de un golpe y se repoblase la tierra con tártaros, al cabo de dos generaciones... se habrían convertido en norma las mismas cualidades nacionales: la incesante curiosidad metafísica, la inclinación por vivir bien y el individualismo apasionado."

Durrell continua diciendo que "un chipriota que se estableciese en Londres se convertiría con el tiempo en un inglés, simplemente porque las costumbres humanas dependen tanto del medio local como los árboles y las flores." Estoy en posición de comprobar esta hipótesis, porque mi abuela era una chipriota que se asentó en Londres. ¿Se volvió inglesa? Bueno, vestía como los ingleses, vivía en un adosado, preparaba el típico almuerzo inglés, ganó un montón de premios en otro montón de concursos de perros y sus amigas inglesas la llamaban Doris porque les costaba pronunciar Demetra. Por otro lado, nunca perdió su acento, su lengua o los vínculos con su tierra natal, y siempre hizo una pésima baclava. No sé qué significado puede tener todo esto salvo que las etiquetas pueden confundirse muy rápidamente.

Y ese es el punto de Winder: olvidemos las etiquetas, miremos la tierra bajo vuestros pies. Ahí está el origen de nuestra "identidad". Pensemos en el último lobo de Inglaterra, que da título a su libro. Supuestamente exterminado a finales del siglo XIII por un caballero de Shropshire llamado Peter Corbet (el rey había encomendado a este "gran cazador" y otros nobles que limpiaran la tierra de depredadores), la desaparición del lobo permitió a los ingleses transformar su paisaje –de una forma que no resultaba posible para muchos países europeos cuyas poblaciones de lobo eran demasiado numerosas y estaban demasiado interconectadas como para poder ser eliminado por completo– en "la mayor granja de ovejas del mundo". Esto convirtió a Inglaterra en la Edad Media en una próspera economía de la lana. Fue una revolución agrícola que afectó a todo, desde la propiedad de la tierra hasta la dieta, las estructuras de clase o la arquitectura de Cotswolds, y no fue solo porque había dejado de haber lobos, sino porque "el país estaba hecho de hierba".

El mismo suelo y el mismo clima que hizo crecer la hierba, hizo lo propio con el trigo, que, principalmente como pan, ha sido la base de la dieta inglesa desde el auge de la agricultura hasta nuestros días, cuando comemos más trigo que nunca. Súmese a ello el descubrimiento posterior del carbón, del que se encontraron vetas riquísimas por todo el país, y que dio origen a la Revolución Industrial y el Imperio Británico, y lo que Winder sugiere, solo medio en broma, es que el carácter nacional inglés podría resumirse en la siguiente ecuación: e=cw4: "Englishness equals coal x wool, wheat and wet weather" [Inglesidad es igual a carbón multiplicado por lana, trigo, y clima húmedo]

La idea central del libro –que "la historia natural podría ser una rama de la ciencia política"– es un correctivo necesario para el debate público en el que, cada vez más, nos hacen creer que prácticamente cada aspecto de nuestro carácter es un "constructo social". Winder quiere que entendamos que en gran parte se trata de una construcción natural, lo que a su vez significa que no controlamos del todo nuestro desarrollo. No es un mensaje que mucha gente quiera oír en la era de los selfies y la elección del consumidor: "Así como cada viñedo (o terroir) produce su propio vino, los seres humanos están condicionados por su paisaje inmediato. Ahora nos movemos más, así que los bordes están desdibujados, pero el esqueleto subyacente de la cultura inglesa –la esencia de la psiquis nacional– quizá haya cambiado menos de lo que pensamos."

A medida que iba leyendo, no pude evitar querer más detalles sobre ese "esqueleto subyacente". ¿Dónde están las canciones tradicionales, los romances, las baladas? ¿Dónde está la mitología? ¿Dónde están los pequeños detalles de la vida de la gente que, a lo largo de la historia de Inglaterra, probable y fundamentalmente fue moldeada por el paisaje, moldeándolo a su vez?, ¿dónde está el campesinado? Hay destellos de todo eso pero también hay demasiada historia de libro de texto sobre los inventores y sus inventos, sobre las revoluciones y las guerras. Un libro como este debería comenzar por abajo, desde el barro, desde el sustrato del bosque. Yo quería una historia con más sabor a tierra, más embarrada.

Pese a ello, hay mucho que masticar en sus páginas. La pregunta que se hizo este reseñista al llegar al final fue: ¿sigue siendo cierto algo de todo esto? Puede que en su día las costumbres humanas fueran conformadas por los lugares, ¿lo son ahora?

Cuando la gente en Inglaterra, o en cualquier lugar del mundo moderno, está más conectada, a través de las pantallas que sostienen en la mano, con la corriente que mueve el molino de la "cultura" consumista global que con el paisaje que tienen alrededor, y cuando solo un puñado de nosotros trabajamos en el campo o lo conocemos ¿qué posibilidad tiene el escenario natural de formar la base de nuestra vida cultural?

Si el carácter nacional inglés es tan difícil de precisar, ¿podría ocurrir que tal cosa no exista más; que el inglés, como otros habitantes de la tecno-pos-modernidad, estén siendo moldeados no por su medio natural, sino por el artificial que está emergiendo para encerrarlos en un capullo de silicio? ¿Cuándo los metales pesados de tu smartphone proceden de minas en Indonesia, no en Cornwall, cuál es la ecuación que te define? ¿Te importa?


Imagen: The Noosphere de Charles Glaubitz.

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13.9.17

Los naipes del sur

Los naipes del sur

Por Edgardo Civallero

Los Aonik'enk, también llamados "tehuelches del sur" o "patagones", son los habitantes indígenas de la mitad meridional de la Patagonia argentino-chilena.

Si bien su presencia como sociedad se ha difuminado bastante tras los conflictos y mestizajes con el vecino pueblo Mapuche, los reiterados ataques de los estados argentino y chileno, el robo de tierras, el aislamiento, el olvido y la eterna presión socio-cultural, los Aonik'enk y sus descendientes todavía se cuentan entre los grupos originarios del sur del continente, según señalan claramente los últimos censos nacionales de Argentina y Chile.

Los conquistadores europeos no llegaron a controlar (en ocasiones, ni siquiera a recorrer) aquellas tierras. Sus habitantes, pues, no sufrieron la misma violencia que sus pares de más al norte. Sin embargo, la influencia de los recién llegados y de su cultura fue dejándose sentir progresivamente. Los Aonik'enk de las estepas terminaron adoptando el caballo y sus aperos, el consumo de mate y de aguardiente, distintos tipos de armas, algunas prendas de vestir...

...y los naipes.

Los castellanos eran apasionados jugadores de cartas. Como botón de muestra, basta señalar que el consumo de naipes en la ciudad de Concepción (actual Chile) hacia 1653 era de 2500 barajas anuales. De los hispanos, el juego pasaría a los Mapuche con los que convivían y batallaban, y de ellos, a los Aonik'enk, más al sur. Si bien numerosas fuentes documentales —generalmente crónicas de viajeros— mencionan el hecho de que los pueblos nativos de aquellas soledades solían pasar horas y horas jugando a las cartas (apuntes de Malaspina en 1789, de Fitz Roy en 1832, de Musters en 1869...), pocas de tales fuentes (en concreto, solo tres) indican que, en parte debido a la escasez de barajas y en parte como una adaptación, tanto los Mapuche como los Aonik'enk solían fabricar sus propias cartas, adaptándolas de paso a sus propios patrones estéticos.

Los Aonik'enk llamaban al juego berrica, probable deformación del castellano brisca. Para hacer su propia baraja usaban cuero seco de guanaco, bien alisado y pelado, que cortaban en trozos iguales, intentando imitar las dimensiones de los naipes comunes. Para evitar que se traslucieran (un detalle muy a tener en cuenta cuando se juega a las cartas) los cubrían de pintura por una de sus caras, mientras que por la otra pintaban las distintas figuras de cada palo.

En lugar de sotas, caballos y reyes utilizaban dibujos propios: diseños antropomorfos y zoomorfos que en 1853 Bourne describió como "perros y una variedad de otras bestias con diversas marcas místicas y garabatos". Las demás cartas incluían figuras geométricas similares a las que aparecen en algunas pinturas rupestres y a las encontradas en ciertos quillangos y otros trabajos aborígenes. Las figuras se pintaban con una varilla, usando pigmentos minerales (piedras yama y colo molidas), o simplemente sangre y carbón, amasados con grasa.

Al respecto, hacia 1873 el naturalista español Jiménez de la Espada escribió, refiriéndose a los "tehuelches del sur":

Lo que ellos apetecen y codician son las materias y artefactos que puedan acomodar fácilmente a su gusto y manera, y conforme a sus necesidades (...) Tan lógico es para mí que los patagones, incitados por el continuo ejemplo y dadas sus predisposiciones naturales, hayan acogido con entusiasmo y practiquen con vehemencia el juego de los naipes, como que el instrumento del vicio haya tenido que sufrir la transformación consiguiente y apropiada a su género de vida y costumbres.

El Museo Nacional de Historia Natural de Chile posee un mazo de 38 naipes Aonik'enk, donado en el siglo XIX por Jorge Cristian Schythe, gobernador de la colonia chilena de Punta Arenas entre 1853 y 1858. Existen varios ejemplos más en museos europeos (Pitt Rivers Museum de Oxford, Staatliches Museum für Völkerkunde de Munich, Museo de América de Madrid, Museum of Mankind de Londres), que fueron estudiados y descritos por autores como Martinic.

En los últimos tiempos esas cartas han sido vendidas como "el tarot Mapuche" por ciertos charlatanes. Afortunadamente, diferentes campañas informativas han restablecido la función y la autoría original de estas piezas del patrimonio cultural e histórico de América Latina.

Artículo. Garrido, Francisco (2017). Naipes indígenas. Las Cartas de los Aonikenk. MNHN.
Artículo. Martinic Beros, Mateo (1987). El juego de naipes entre los aónikenk. Anales del Instituto de la Patagonia, 17, pp. 23-30.
Artículo. Martinic Beros, Mateo (1993). Un nuevo conjunto de naipes aónikenk. Anales del Instituto de la Patagonia, 22, pp. 73-75.

Imagen. Naipes del Museo nacional de Historia natural de Chile.

10.9.17

El Muro. Poema de Anita Endrezze

 El Muro―Anita Endrezze

Por Sara Plaza
Compartimos un poema de Anita Endrezze, poeta, escritora y artista de ascendencia nativo americana (Yaqui, un pueblo de Sonora, México) y europea (italiana, alemana, eslovena). Casada y con dos hijos, mayores reside actualmente cerca de Seattle, Washington, Estados Unidos. Padece esclerosis múltiple.

Su libro más reciente, A Thousand Branches (Red Bird Press), es un poemario con láminas pintadas por ella misma. Ganadora del premio Governor's Writers del estado de Washington, ha recibido numerosos reconocimientos y su trabajo ha sido traducido a una decena de lenguas. Entre sus proyectos se encuentra la realización junto a otros artistas de un libro intervenido que se halla actualmente en el Smithsonian. Una de sus últimas exposiciones, sobre Don Quijote y la migración, tuvo lugar en Seattle en febrero de 2017.

Agradezco a Jorge Riechmann que llamara mi atención sobre este notable poema, y a Anita Endrezze la amabilidad y generosidad con que respondió afirmativamente a mi solicitud de permiso para traducirlo, y me ofreció su ayuda para resolver cualquier duda.

La traducción ha sido realizada por Sara Plaza y revisada por Edgardo Civallero.

***
El Muro

Levantad un muro de saguaros,
mariposas, y huesos
de quienes perecieron
en el desierto. Un muro de zapatos gastados,
botellas de agua tónica, flores de Pascua.
Construidlo de espejos dorados o deformantes
para que algunos puedan ver su verdadero rostro.
Levantad un muro de puertas giratorias
o abuelas revolucionarias.
Hacedlo tan alto como el sol, fuerte como el tequila.
Bloques de calaveras de azúcar. Adobe o fantasmas.
Un muro de Lego o de papel de burbujas. Un muro de manos
estrechando otras manos, de cabello trenzado de una mujer
a otra, de un país a otro.
Un muro hecho de Berlín. Un muro pantalla para un falso túnel.
Un hermoso muro de camiones de tacos.
Un muro de estrellas mudas y canciones migratorias.
Este muro de paneles solares y luz sagrada,
paneles de cheeetos prensados,
coronado no con alambre de espinos sino con brotes
de semillas de aguacate, esos testículos aztecas.
Un muro para mantenernos a NOSOTROS dentro y a ELLOS fuera.
Tendrá caras y latidos
Los sueños serán terroristas. El Muro dividirá
ciudades, casas, montañas,
el cielo que cruzan los aviones
con sus presuntos ilegales.
Nuestras billeteras se mantendrán con respiración asistida,
para pagarlo. Que se construya
de guacamole para que podamos celebrar una gran fiesta de barrio.
Que su argamasa sea xocoatl, chocolate. Hacedlo de aullidos de coyote
y caballos salvajes retumbando en las llanuras de Texas,
de las memorias
de los guerreros colibrí y los chamanes.
Alzadlo denso como la sangre, que se ha mezclado
durante siglos, la vida. Cavad los cimientos profundos.
Cread un altar de 3200 kilómetros, iluminado con velas votivas
para quienes han cruzado
defendiendo la libertad bajo estrellas bordadas
y envolvedlo con rebozos,
y hierba sagrada.
Hacedlo de ventanas bidireccionales:
el viento nos interrogará,
los ríos nos juzgarán, pues ellos saben cómo separarse
y dividirse para completarse.
Pink Floyd lo inaugurará.
El ex presidente Fox le hará una peineta.
Wiley Coyote se abalanzará contra él,
y seguirá vivo cuando la historia nos haya olvidado.
Las abejas encontrarán huecos de arena lavada y los rellenarán
con miel. La heroína lo cubrirá de sangre.
Pero será un muro precioso. Un muro enorme.
Acordaos de poner una puerta cubierta de rosas en Nogales
por donde cruzó mi abuela,
con revólveres en las caderas. Convertidlo en una galería de arte grafitero,
un refugio de plantas rodadoras,
una frontera de historias que ya sabemos de memoria.

***

El Muro―Anita Endrezze
The Wall

Build a wall of saguaros,
butterflies, and bones
of those who perished
in the desert. A wall of worn shoes,
dry water bottles, poinsettias.
Construct it of gilded or crazy house
mirrors so some can see their true faces.
Build a wall of revolving doors
or revolutionary abuelas.
Make it as high as the sun, strong as tequila.
Boulders of sugar skulls. Adobe or ghosts.
A Lego wall or bubble wrap. A wall of hands
holding hands, hair braided from one woman
to another, one country to another.
A wall made of Berlin. A wall made for tunneling.
A beautiful wall of taco trucks.
A wall of silent stars and migratory songs.
This wall of solar panels and holy light,
panels of compressed cheetos,
topped not by barbed wire but sprouting
avocado seeds, those Aztec testicles.
A wall to keep Us in and Them out.
It will have faces and heartbeats.
Dreams will be terrorists. The Wall will divide
towns, homes, mountains,
the sky that airplanes fly through
with their potential illegals.
Our wallets will be on life support
to pay for it. Let it be built
of guacamole so we can have a bigly block party.
Mortar it with xocoatl, chocolate. Build it from coyote howls
and wild horses drumming across the plains of Texas,
from the memories
of hummingbird warriors and healers.
Stack it thick as blood, which has mingled
for centuries, la vida. Dig the foundation deep.
Create a 2,000 mile altar, lit with votive candles
for those who have crossed over
defending freedom under spangled stars
and drape it with rebozos,
and sweet grass.
Make it from two way windows:
the wind will interrogate us,
the rivers will judge us, for they know how to separate
and divide to become whole.
Pink Floyd will inaugurate it.
Ex- Presidente Fox will give it the middle finger salute.
Wiley Coyote will run headlong into it,
and survive long after history forgets us.
Bees will find sand-scoured holes and fill it
with honey. Heroin will cover it in blood.
But it will be a beautiful wall. A huge wall.
Remember to put a rose-strewn doorway in Nogales
where my grandmother crossed over,
pistols on her hips. Make it a gallery of graffiti art,
a refuge for tumbleweeds,
a border of stories we already know by heart.

Imagen 01: "So Tucson", cactus saguaro pintado al óleo por James Dick.
Imagen 02. Anita Endrezze. Fotografía cedida por la autora.

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5.9.17

Sería maravilloso escribir como el naranjo

Sería maravilloso escribir como el naranjo

Por Sara Plaza

Compartimos una conversación contrafactual entre el escritor e investigador Armando Requeixo y don Álvaro Cunqueiro, que el pasado 14 de agosto recuperaba en su versión digital el diario Sermos Galiza, con el título "Cunqueiro mindoniense irrefutable". Ha sido traducida por Sara Plaza. El artículo original en gallego puede leerse aquí.

***

El entrevistador baja desde Valiña de Freire al valle de Mondoñedo por la vieja carretera de Cesuras. Cruza el meridiano de una tarde de Santos y, mientras conduce, recuerda unos versos norieganos de don Álvaro Cunqueiro poco conocidos: "Mais arriba de Cesuras/ fun buscar unha rapaza/ porque Valiña de Freire/ crías de moi boa raza" ["Más arriba de Cesuras/ fui a buscar una muchacha/ porque Valiña de Freire/ las cría de muy buena raza"]. El padre del entrevistador, que es de aquel lugar, estaría muy contento de saber que el príncipe de las letras tiene tan buena opinión de sus mozas. A la altura de Zoñán, un corzo se cruza en la carretera e, inevitablemente, vuelven de nuevo las palabras del escritor a la memoria: "Correu a nova de que foron vistos corzos en Zoñán —non cervos, senón corzos— ledos galopantes daquelas brañas, ricas en sombra e auga pura. O corzo pasa por animal melancólico e moi amoroso. Se falase, en calquera momento podería responder a quen o interrogue coas palabras de Ovidio: Nunc frequentor melancholia" ["Corrió la noticia de que fueron vistos corzos en Zoñán —no ciervos, sino corzos— alegres galopantes de aquellas brañas, ricas en sombra y agua pura. El corzo pasa por ser animal melancólico y muy amoroso. Si hablase, en cualquier momento podría responder a quien lo interrogue con las palabras de Ovidio: Nunc frequentor melancholia".

Al llegar a Mondoñedo, donde quedamos, diviso a don Álvaro al pie de la catedral, sentado a la izquierda del viejo consistorio, contemplando el cantón que cierra la plaza.

Tarde agradecida, ¿no le parece, Don Álvaro? El escritor sonríe, me extiende la mano y responde como trayendo las palabras de un viejo sueño.

En esta misma esquina, fíjate tú, fue donde decapitaron al Mariscal Pardo de Cela. Su cabeza cayó ahí mismo donde estás tú y fue rodando plaza abajo, perdiéndose por aquella calle mientras repetía "Creo, creo, creo". Tan cierto como que estamos aquí, Requeixo. Pardo de Cela era un militar de Mondoñedo, claro, fue acusado de deslealtad y rebelión por los Reyes Católicos. Y, por tal motivo, fue ajusticiado aquí mientras hacía profesión de fe... Aquí, a veces, paso mucho tiempo viendo como anochece sobre el Bosque de Silva y contemplo como van a estar los abedules con sus primeras hojas, haciendo eso que Noriega Varela llamaba "unha ondeante manteliña verde" ["una ondeante mantilla verde"] y sé, por San Lucas [mes de octubre], cuándo es la primera vez que va a haber hojas amarillas y las va a traer el viento por las calles de la ciudad. En Mondoñedo no hay primavera, pero queda compensado con un otoño maravilloso, con las campanillas que florecen —único sitio en el mundo— en el invierno y, sobre todo, por las camelias y los naranjos. Mira, mira a ese naranjo... Sería maravilloso poder escribir así.

Pues es. No cabe duda de que para usted Mondoñedo representa algo muy especial, don Álvaro.

Sí, es que mi familia, que se sepa, por parte de mi madre lleva 700 años viviendo en Mondoñedo. Exactamente desde el año 1232. Todo el peso de estas generaciones, sin duda, lo llevo yo. No se puede vivir impunemente en un valle con un cierto grado de humedad, con un cierto grado de verdor, con ruidos de aguas y de pájaros sin que esto pese en el alma de los que forman parte de esta tribu.

Parece que para usted este fuese el Alfa y Omega. Seguro que, de reencarnarse, regresaría como diocesano de las tierras de Maeloc. ¿En figura de quién le gustaría volver?

En algo de Cunqueiro. En mi infancia, aquí, en Mondoñedo. En un Cunqueiro pícaro, que no pasase nunca de los veinte años. ¿En un cura?... No. Si acaso, en un abad mitrado con muchas viñas y mirlos picoteando en las uvas de un valle gregoriano al atardecer.

No me extraña que haya quien diga de usted que nada tiene sentido en su escritura sin Mondoñedo al fondo. ¿Qué hay de esto?

De una manera o de otra en todos mis libros está un poco Mondoñedo. Todas las ciudades pequeñas de las que hablo son un poco mi ciudad, por muy diferentes que sean. Tanto me da que sea una ciudad griega a donde llega Ulises que una ciudad de Bretaña a donde llega el sochantre con las ánimas, todas las ciudades son un poco mi ciudad. Para mí la huella de la infancia en este valle marcó mi carácter; es decir, yo soy de aquí de una manera irrefutable.

Es complicado concebir lo que usted ha escrito si no se conoce muy en detalle este paisaje, este paisanaje. Las vivencias y las convivencias tuvieron que ser muy fuertes para influirlo tanto, ¿no es cierto?

Desde niño. En mi casa había un desfile de gente pidiendo: "Ay, doña Pepita, si me da un poco de levadura para ir a amasar que no tengo". "Ay, doña Pepita, si me da unos huevos". Yo entraba en todas las casas como si fueran la mía. Gracias a esto conocí Mondoñedo como pocos pudieron conocer su ciudad natal. Luego, fui a la Escuela de Obreros Católicos, porque mi padre era presidente de esta sociedad. Todos los que fueron a la escuela conmigo eran gentes de los más variados oficios, hijos de artesanos y artesanos muchos de ellos. Esto me permitió conocer, en mi infancia, los talleres de carpintería, los alfareros que trabajaban el barro... en fin, conocer todos los oficios y a todas las gentes.

A eso voy, don Álvaro. A mí me parece que su mindonesismo es una suerte de viga maestra que sustenta buena parte de su literatura, por lo menos algunas de las obras más celebradas. Estoy pensando en Merlín [Merlín e familia, 1955], en Sinbad [Si o vello Sinbad volvese ás illas..., 1961], en las Crónicas [As crónicas do sochantre, 1956] y en la trilogía de semblanzas que se inicia con Escola de Menciñeiros [1960] ¿Ando errado?

Con Merlín me sucedió que, después de publicar el libro, mucha gente me contaba a mí esas historias, que yo había inventado, como si fuesen viejas leyendas de nuestra tierra. Creo que esto es verdaderamente importante: que el pueblo haga suyas unas invenciones propias. Esto me parece lo máximo a lo que puede aspirar un escritor, un creador, un inventor.

¿Era esa, pues, la intención última para escribir Merlín e familia?

A ver. Yo creo en los mitos. Ese libro es una expresión de esta creencia, al mismo tiempo que de mi sentido optimista del Universo. Tiene el humor propio de mis ilusiones y responde a la convicción, llamémosle filosófica, de que el prodigio, lo arbitrario, lo incongruente, son ingredientes necesarios del Cosmos. Le tengo mucho cariño a Merlín.

¿Y a Sinbad?

En Sinbad yo quiero contar el Golfo Pérsico y el río Iadid y, entonces, echo mano del río que me es más próximo, que es el Masma de Mondoñedo, es el que me es más cómodo. En ese escenario sitúo la historia, que es la desesperanza y la desilusión de Sinbad, el de Las mil y una noches, cuando, viejo y cansado de aventuras, regresa a las islas y se encuentra que él conoce y quiere a todos, pero a él no lo conoce nadie y algunos no lo quieren.

No me diga que también en su As crónicas do sochantre se valió de la misma estrategia. ¿La Bretaña que allí describe sería vivenciada, no?

No, no, no. Yo nunca había estado. Y me dio sorpresas tremendas. Por ejemplo, yo cuento del vado del río Aulne y pensaba en un vado que hay en el Masma con treinta y tres escalones de piedra etc., unos abedules, unos chopos, unos alisos, etc. y, cuando llegué al Aulne, que me hice una fotografía allí, me encontré que era exactamente igual a como yo lo había descrito.

Serendipias curiosas. Seguro que esta ficcionalización de los recuerdos y aconteceres mindonienses ha de estar por otros libros suyos.

Por ejemplo, algunos de los personajes de Escola de Menciñeiros los conocí en la farmacia de mi padre. Hombre, a veces de tres hice uno o de uno saqué dos, pero a muchos los conocí allí.

El tiempo se agota. El anochecer se asoma sobre la Paula [campana de la catedral] y la entrevista tiene que finalizar. Me despido de don Álvaro, quien me saluda amablemente y me recuerda que le debo a nuestro Mondoñedo y a sus escritores páginas de estudio. Prometo no defraudarlo. El escritor, a las puertas de los setenta años, levanta la mano diciendo adiós al entrevistador, que marcha camino de A ponte do Pasatempo, dejando al señor de las palabras justo en la mitad del dorado valle a la medida del ojo humano, siempre verde, perdido entre montañas visitadas por el viento que viene de A Mariña y que, al llegar, no osa deshojar las camelias ni arrancar el limón de los limoneros. Don Álvaro mira ensimismado y sueña con los largos paseos por la dulcísima ribera, carretera del Carmen arriba, y el otoño suspendido en la Alameda dos Remedios, una gloria.

Esta conversación es contrafactual. Pero, si el encuentro es ficción, las respuestas de Cunqueiro son auténticas y fueron tomadas de diferentes entrevistas concedidas por él.

Esta entrevista apareció en el Sermos Galiza nº 172, publicado en papel el 19 de noviembre de 2015.

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