8.8.17

El delirio neoliberal absoluto

El delirio neoliberal absoluto

Por Sara Plaza
Compartimos una entrevista realizada por la periodista Montse Dopico a la escritora Patricia A. Janeiro, que el pasado 29 de julio publicaba en el diario Praza.gal (editado por la Fundación Praza Pública), con el título "Patricia A. Janeiro: 'Cústanos máis identificar a explotación laboral na hostalería cando o local é do noso rollo político'". Ha sido traducida por Sara Plaza y revisada por Edgardo Civallero. La entrevista original en gallego puede leerse aquí.


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Patricia A. Janeiro fue reapareciendo como escritora en los últimos meses, tras publicar en 2009 una de las pocas obras de la narrativa gallega que tratan el tema de la represión del movimiento independentista, A perspectiva desde a porta. Primero, la plataforma A Sega la escogió como señora del Día das Galegas nas Letras. Después se editó, con motivo de la SELIC, la nueva semana del libro de Compostela, su libro Os últimos indios. Y hace pocas semanas salió de imprenta su nueva novela, Manual básico de hostalería, editada por Positivas. Un libro directo, sencillo y, como ella misma dice, ligero y humorístico. Que horada en la explotación laboral en la hostelería compostelana, y en la corrupción política y mediática que hicieron posible, por ejemplo, tener tres alcaldes en una sola legislatura. Sin embargo, advierte la autora, esa no es la Compostela que ella ama. Es otra, que no pudo hacerse realidad. ¿Quién lo creería?

¿Es verdad lo que pones al final de que el libro se gestó durante tres años y lo escribiste en tres días?

Tenía los dos primeros capítulos hechos y el resto salió, sí, en tres días. Estuve bastante tiempo parada, sin saber cómo avanzar con la historia de las camareras, pero al final encontré la manera y acabé la novela.

Dices, también al final, que es una farsa, porque no podría ser real que en una ciudad hubiese tres alcaldes en la misma legislatura, que un medio de comunicación quisiese dirigir la política local y que los explotadores se creyesen libertadores.

Exactamente…

Incluso entendiendo que es ficción, como trabajaste de camarera, algo habrá basado en hechos reales...

Sí, claro,... sí que está basado en mi experiencia y en la de otras personas que conozco que trabajan en bares, sobre todo de noche. Porque cuando quedas para tomar algo con otros camareros siempre se habla de las cosas que te dice el jefe, de cómo te trata... Lo que sí que es cierto también es que no hay, en la novela, personajes identificables con una persona en concreto. Están construidos con retales sacados de aquí y de allá.

Fuiste también vendedora de jacuzzis

Sí, y duré seis meses. Fue justo a principios de la crisis. Trabajaba para una empresa que vendía jacuzzis y bañeras de hidromasaje de gama baja a clientela de clase obrera. Y claro, la gente en ese momento tenía otras prioridades, y entre eso y que a mí no se me da bien vender, sobre todo cuando me parece un producto superfluo... pues no fue muy bien. Pero fue una experiencia.

Parece que, además de subrayar el hecho en sí de la explotación laboral y la corrupción política y mediática, querías resaltar los discursos sociales que las sustentan. El trabajo como favor, por ejemplo.

Sí, y eso está muy documentado, muy basado en discursos reales. En lo que son los tres ejes de la novela, que son la explotación laboral, la corrupción política y la "prensa de toda la vida", clientelar, que recibe subvenciones y cuenta que todo va bien si las recibe y que todo va mal si no se las dan... A mí me parece increíble que un periódico le llame por un mote a un alcalde. Me parece una falta de respeto a todos los compostelanos y compostelanas. Pero cuando hablas de todo esto con la gente, el discurso es que siempre fue así, que no es para tanto... Y, claro, no es para tanto hasta que lo es.

Seguramente, en el retrato de la explotación laboral en la hostelería compostelana incluso te quedaste corta. Aún cuando salen clásicos como ir rotando camareras "a prueba" para no tener que contratar ninguna, tener a gente sin contrato y con un salario mísero, hacerles contrato de media jornada para trabajar doble jornada, no pagar las horas extra... No todos los empresarios son iguales, pero todo eso pasa.

Es peor de lo que sale, sí, pero es que tampoco quería hacer un monográfico sobre el tema. Y luego hay un aspecto que sí quería señalar. Cuando pensamos en la explotación, pensamos en los bares [de la rúa] do Franco, en los negocios para turistas... pero nos cuesta más verla cuando el bar pone la música que nos gusta y carteles de nuestro "rollo" político. Esos bares no los identificamos con la explotación.

Lo que vemos muy claro en los bares do Franco, no lo vemos en los que nos gustan. E incluso participamos de la explotación con el discurso, que también sale en la novela, de "ponme otra, a ti que más te da". No nos damos cuenta de que así estamos retrasando el trabajo de limpieza y el cierre. Lo que se ve claro para un banco, por ejemplo, no se ve para la hostelería. Yo también tuve alguna vez esa actitud, y entiendo que a veces cuesta acabar la copa cuando estás muy cómodo en el medio de una conversación muy interesante, pero cuando trabajas del otro lado de la barra lo ves de otra manera.

El tema de la falta de respeto a los derechos de los trabajadores ya estaba en Os últimos indios, editado recientemente con motivo de la SELIC. En realidad, está muy presente en todo lo que publicaste. No sé si con propósito de denuncia...

No es algo intencionado. Son temas que me preocupan y, claro, salen en mis libros. Y a lo mejor no es que yo lo haga con una intención de denuncia, pero sí que acaba siendo reflejo tuyo en el sentido de que salen en los libros, por ejemplo, conversaciones que tienes con compañeros sobre lo que habría que hacer. Por ejemplo, algo que he comentado tantas veces con mis amigas camareras, que habría que colgar el convenio en las puertas de los locales. Yo no lo hice, pero sí lo hacen las camareras de la novela.

Este nuevo libro también entronca con A perspectiva desde a porta en el tratamiento del tema de la manipulación mediática. En A perspectiva recogías información real de periódicos. En este, las noticias sobre los "mendigos" que traen el "caos" a la ciudad parecen reales...

En A perspectiva había noticias sacadas, tal cual, de periódicos, sí. En esta nueva novela se trata de un periódico imaginario, y las noticias que salen son inventadas en cuanto a los datos, pero imitan el estilo y el vocabulario de un cierto periodismo, el que se concibe como una determinada forma de intervención política y no como un medio para contar lo que sucede.

Por ejemplo, como pasa en la novela, para hacer campaña a favor de un político con fama de "putero" y borracho, para promocionarlo como alcalde al presentarlo como salvador del orden. Porque, se dice, la gente "no tiene memoria".

Por ejemplo, sí. Y no es nada raro desde el momento en que en la prensa se hicieron campañas como esa, utilizando los problemas de la gente que vive en la calle para atacar a un concejal, o campañas con unos coches oficiales, o con unos incendios, para desprestigiar a alguien y ayudar a su oponente a llegar a presidente de la Xunta.

La novela trata otra dimensión del tema de la explotación laboral, que es su evolución. Camareros que en los 90 complementaban muy contentos su beca de estudios con un trabajo sin contrato de fin de semana en un bar, y que con 30 o 40 años tienen que seguir poniendo copas en precario. "Empresarios" que comenzaron en esa época montando un bar con dos pesos de inversión y que crecieron a base de explotar.

Yo eso no lo vi directamente porque cuando acabé la carrera me marché a trabajar a Dublín y no empecé a trabajar en la hostelería compostelana hasta después, al volver. Pero sé lo que pasó por amigos que sí conocieron el boom de los años 90, que sí me contaron historias como esas. Sí que hay mucha gente en la hostelería que considera que darte trabajo es hacerte un favor, como si no tuviese que pagarte precisamente porque estás haciendo un trabajo.

Por eso te dicen cosas, como me pasó a mí, como que una noche no deberían pagártela porque no hubo clientes, o que tienes que trabajar en Navidad aunque no vaya a venir nadie, pero que en realidad ese día abren "para pagarte a ti". Yo no sé en qué otra empresa se le ocurriría a alguien decirte que sólo debería pagarte el día si tiene clientes. Es el delirio neoliberal absoluto. Por lo demás, sí que en la novela sale el perfil del explotador que comenzó en los 90 poniendo un bar, y que ahora tiene hoteles, establecimientos del Camino de Santiago...

El tema de los peregrinos también pensé en tratarlo, pero al final solo lo apunto. No había espacio para todo... Pero también lo conozco por experiencia propia, porque trabajé varios años de informadora turística. Lo que aprendí, frente a ese discurso de qué íbamos a hacer sin los peregrinos, es que dejan en la ciudad mucho menos dinero del que nos cuentan, y que además lo dejan sobre todo en determinados establecimientos que, muchas veces, se sustentan en la precarización del trabajo, de manera que el dinero que ganan no redunda en una mejora de las condiciones laborales, si no en la expansión de los mismos empresarios en negocios que reproducen ese modelo de trabajo precario.

En ese sentido, los personajes de las camareras evolucionan a lo largo de la novela. No es que no tuviesen conciencia, pero deciden actuar, como pueden o quieren. Los políticos, sin embargo, son personajes caricaturescos que no cambian.

Las camareras van perdiendo el miedo, también porque no tienen mucho que perder. Es verdad que los personajes de los políticos o de los periodistas están más caricaturizados, por dos razones. Una, que son mundos que yo solo conozco desde fuera, por lo que me cuesta más ponerme en su cabeza. Yo me imagino las reuniones que deben tener para hablar de sus negocios corruptos, y supongo que se muestran tan despreocupados y frívolos como en mi novela, como si fuese una cosa normal. Y luego, que tampoco creo que gente que es capaz de actuar así vaya a cambiar demasiado, así que no hay mucha vuelta que dar a los personajes.

Pero hay otra razón. Fíjate que en la novela las camareras tienen nombre y ellos pocos lo tienen. Porque normalmente son los hombres, profesionales, con un perfil bien definido, los que tienen nombre, y las camareras son las anónimas. Yo quise darle la vuelta a esto. Ellas son las que tienen nombre y evolucionan.

En el retrato que haces del periódico local, las relaciones laborales que revelan los diálogos son muy semejantes a las de la hostelería. El redactor jefe desprecia a los trabajadores. Esconde su desprecio de clase, desde sus privilegios de corrupto, con los viejos discursos sobre la falta de periodistas "de raza". Real como la vida misma, ¿Fue adrede?

Es que tengo muchos amigos periodistas, entonces conozco un poco como es la realidad en los periódicos. Es un poco lo que hablábamos antes: nos puede costar más reconocer la explotación y la desigualdad de clase en unos contextos que en otros. Nos resulta fácil imaginar un jefe con todo su desprecio por la clase obrera en un periódico conservador, pero nos cuesta más verlo en un periódico, por poner dos ejemplos así a bote pronto, comunista o ácrata. En realidad, es lo mismo. El mismo conflicto entre la patronal y los trabajadores, que en el caso de las llamadas "profesiones liberales" puede aparecer disfrazado de otra cosa.

En el aspecto narrativo, A perspectiva desde a porta era más compleja. Intercalaba los puntos de vista de distintos personajes… Esta es una novela más sencilla. Parece que quisiste ser directa...

Es una novela directa y ligera, porque lo que yo quería era reírme un poco, y pienso que describo situaciones y personajes bastante cómicos... Yo lo pasé muy bien escribiéndola, que era lo que quería. Y sí, es una novela ligera, aunque tenga todo ese subtexto del que estamos hablando.

Sí que se nota que está presente el humor. Como cuando la camarera dice que la culpa fue de Marx por olvidar el capítulo sobre las "nenas" en el Capital, después de preguntarle a un líder sindical que quiere otra copa a deshora si solo defiende a los trabajadores del metal.

Es que hay un cierto sindicalismo que parece que solo defiende a los trabajadores dependiendo de a quien tenga que defender. Como si el obrero o la chica que trabaja en un bar perteneciesen a distintos niveles. Esa pregunta que sale en el libro sobre las camareras y los obreros del metal se la hice yo a un líder sindical. Pero, más allá de la anécdota, el problema es que está socialmente aceptado que una camarera tiene que trabajar sin horario y con unas condiciones penosas. Y parece que no merece tener una representación sindical como cualquier otro trabajador.

Tu primera novela fue Caixa de mistos, que publicó Sotelo Blanco y que salió también traducida al italiano. ¿Qué relación tenía con éstas?

La escribí cuando estaba trabajando en Dublín, después de acabar la carrera. En realidad es una historia de amor a Compostela, que transmite una imagen de la ciudad un poco idealizada. Yo era muy joven, no había trabajado todavía en la hostelería nocturna de Santiago... Todo me parecía fiesta y gente maravillosa. Desde el punto de vista lingüístico tampoco está muy bien. Llevaba poco tiempo hablando gallego... No es que reniegue de ella, pero es una novela de juventud. Salió, de hecho, en una colección juvenil.

También colaboraste en el periódico Novas da Galiza o en revistas.

En Novas coordiné la sección de creación literaria. Publiqué un relato con mi nombre y otros con seudónimo. Ya sabes: como a veces las colaboraciones no llegan a tiempo, tenía que escribir yo algo y firmaba con otro nombre. También publiqué un cuento en El País, alguno en Arraianos

Os últimos indios y A perspectiva desde a porta confluyen algo en los temas: los sabotajes como forma de lucha para restituir derechos... La escritura de ambas, ¿fue paralela?

En realidad escribí Os últimos indios antes que A perspectiva desde a porta. Quedó metida en un cajón, y hace poco la retomé y la adapté para que fuese publicada en la colección de la SELIC.

A perspectiva desde a porta es una de las pocas novelas de la literatura gallega que tratan el tema de la represión política del independentismo, o del debate que hubo en los 70 sobre la lucha armada, con sus contradicciones... Cuando escribiste esta novela, ¿querías de alguna manera contribuir a que eso estuviese presente en la literatura?

No es que yo buscase eso. Yo tenía la idea de contar la historia de Braulio y Malvina. Braulio había muerto en los 70, asesinado por los guardias de la cárcel tras ser encerrado por intentar colocar una carga explosiva en una torreta eléctrica. No sabía cómo traer esa historia a la actualidad, hasta que un día pasó una cosa. Fue en el marco de la llamada Operación Castiñeira, en la que varias personas fueron detenidas y llevadas a la Audiencia para después dejarlas en libertad porque no había nada contra ellas.

Pues en ese contexto la Guardia Civil entró en la empresa que yo trabajaba, tratándonos como si fuésemos de Al-Qaeda, para llevarse los backups de la web de una organización. Fue un despropósito. Me sentí agredida, y a partir de ahí surgió la novela, pensando qué pasa cuando se ilegalizan organizaciones políticas... Pero es verdad que, por lo que sé, no es un tema muy tratado en la narrativa gallega. Hay otro libro, que me pasó Carlos Barros de Novas, Camiño de volta de Celso Comesaña…

Este año serás la homenajeada en el Día das Galegas nas Letras. El manifiesto hablaba de autoras ninguneadas por ser mujeres. Tú te sentiste alguna vez ninguneada por ser mujer y porque habías tratado en A perspectiva temas como la criminalización e ilegalización de organizaciones independentistas, las torturas en la cárcel, la prisión sin juicio… y su continuidad entre la dictadura y la democracia, corrupción mediática y política mediante.

Será el 15 de agosto, sí. El manifiesto habla de eso porque es el sentido que tiene el Día das Galegas nas Letras, claro. Pero yo la verdad es que no pensé mucho sobre ello. ¿Lo preguntas por lo que se dijo cuando A perspectiva quedó finalista del premio Xerais?

Sí, pero no solo por eso. En general.

Como te decía, no es que reflexionase mucho sobre ello. Pero ya me dijeron que en esta novela, como "reparto" sobre muchos colectivos, igual debería tener algo de miedo, no vaya a ser que me peguen o algo por la calle. (Se ríe). No, en serio. Es cierto que si miras las listas de libros recomendados, o que se manda leer en los institutos, hay menos autoras que autores. Eso es un ejemplo. Pero también es verdad que los libros más recomendados son de dos editoriales grandes, y eso también puede contribuir a que los libros escritos por mujeres queden más en los márgenes cuando no publican en esas editoriales.

Por lo demás no pensé mucho en si mi novela podía tener problemas por tratar ciertos temas. Es verdad que, después de quedar finalista, la envié a todas las editoriales y solo Positivas quiso publicarla. Pero cuando tienes un editor como Paco Macías, que trata tan bien lo que publica, ni notas todo ese tipo de problemas, si existiesen. Ya cuando me publicaron el primer libro en Sotelo estaba feliz solo por ver el libro con mi nombre. Pero cuando publiqué con Paco, que te lleva al fin del mundo para difundir tu libro, tuvimos muchas presentaciones, salió mucho en prensa... Por eso también ahora sigo con Positivas. Recuerdo que me llamó mucha gente para decirme que le había gustado el libro, entre ellos Begoña Caamaño, que me hizo mucha ilusión...

Hablábamos antes del realismo de las conversaciones jefe-camarera.

Como te decía, son muy reales. Incluso alguna vez paré de escribir para llamar a alguna amiga para que me recordase cómo había sido aquella historia de lo que le había dicho el jefe. Cuando eres camarera escuchas historias como "yo no tengo que respetar el convenio porque no lo firmé". Y otras cosas que viví y que ya ni puse, por ridículas y rateras. Como tener la bayeta tan vieja que las camareras ya le llamamos bayeta de camariñas de lo agujereada que está.

Eché de menos otro clásico de la hostelería. El acoso sexual a las camareras por parte de jefes o compañeros. Ahí tampoco son, por supuesto, todos iguales, pero también pasa. Por seguir contrarrestando la imagen idílica de la hostelería como pilar económico de la ciudad.

Eso a mí no me pasó, pienso que a mis amigas tampoco. Supongo que tuvimos suerte. Pero sí pasa. Sí que a veces te piden que vayas vestida de una manera determinada, o prefieren contratar una mujer por ese tipo de razones...

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