27.6.17

Medellín: Imágenes de un caleidoscopio

Medellín: Imágenes de un caleidoscopio

Por Edgardo Civallero

El bosque ―debería decir "la selva"― no deja de asombrarme. Estamos en plenos Andes colombianos, a más de 2000 metros de altura, y la vegetación es más parecida a la que he visto en el delta del Paraná que a la de la puna argentina.

En medio de todos los tonos imaginables de verde que despliega ese bosque destacan manchones blanco-grisáceos que parecen brillar como focos, aquí y allá, en medio de las copas altísimas de los árboles. "Son yarumos blancos" me dicen.

Más tarde descubro, para mi sorpresa, que sus hojas no son blancas. Ni siquiera son plateadas. Son verdes, como las de todos los demás. Ocurre que están cubiertas por una densa capa de pelillos, como si fuera un terciopelo. Es una adaptación al medioambiente que las hace brillar. Literalmente.

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Voy caminando por la peatonal Carabobo, en el corazón de Medellín.

El espectáculo me resulta conocido: es el mismo que he encontrado en todos los espacios callejeros convertidos en mercado, desde Córdoba (Argentina) a México D.F.

"Minuto de celular: 200 pesos" reza un cartel (aunque más allá lo encuentro a 120 "para todos los operadores"). Se anuncian jeans, frutas o teléfonos. O los típicos cachivaches de estos sitios atiborrados de vendedores y transeúntes. Esquivo dos carros cargados de mangos, un policía armado hasta los dientes que hace de lazarillo a un ciego ―primera vez que veo algo así en mi vida― y el sombrero lleno de monedas de unos viejos músicos callejeros, que desafían el volumen de los altavoces de una tienda cercana cantando a los gritos el pasillo "Señora María Rosa".

En medio de semejante gentío, de semejante barullo, me topo con un viejito paisa de metro y medio de altura. Viste camisa, pantalón, sandalias y sombrero. "Cañas de pescar", va musitando, despacito. Lleva cinco, chiquitas, de esas telescópicas y con carrete incluido, plegadas en la mano izquierda. Y una totalmente extendida en la derecha.

Me paso las siguientes cuatro cuadras cavilando. ¿Dónde será que van a pescar los habitantes de Medellín?

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Algo trepa por las gruesas cañas guaduas. Allí, justo allí: entre las floridas calas silvestres y las costillas de Adán. Una ardilla gris (por la cola, diría que es una ardilla, aunque uno hubiera esperado un mono) sube por uno de aquellos tallos que, por su grosor, deberían llamarse troncos. Arriba, el cielo amenaza con desatar el segundo diluvio universal.

Y pasan los teros ―en Colombia, avefrías― gritando, quizás asustados por esa tormenta en ciernes. Como la ardilla, como los teros, busco cobijo: aquel espectáculo de nubarrones y relámpagos invita a esconderse.

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Como otros sistemas de trenes y subterráneos del mundo, el Metro de Medellín va avisando las estaciones antes de llegar. Y las posibles conexiones. Pero en Medellín se agregan, además, los puntos de interés más cercanos a la parada. Los cuales incluyen desde instituciones públicas y lugares turísticos hasta los centros comerciales de cada zona.

No a todos les interesa saber dónde están las esculturas de Botero. Y, al fin y al cabo, esto es un servicio público. De todos y para todos. Incluyendo ese gentío que adora pasarse la tarde pateando los pasillos de los shoppings.

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Sube una mamá con su bebé a uno de los vagones del Metro. Indígena, ella, a todas luces. Nadie hace ni siquiera el amago de cederle el sitio. Una señora un poco más allá, de clara ascendencia afro, alza la voz, en dirección a un par de buenos ciudadanos que podrían afrontar el viaje con su trasero despegado del asiento.

"A ver, alguien que se levante".

Parecen sordos, porque nadie se inmuta. La señora del bebé, veloz, en voz muy bajita, casi con vergüenza: "No, no, no se preocupe, yo ya me bajo".

La otra asiente. Pero queda masticando algo, rumiándolo en el fondo de la garganta. Y a los dos minutos lo escupe, predigerido. Se inclina hacia su compañera de viaje y masculla...

"Como si de una estación a la otra no pudiera caerse, y lastimarse el bebé".

* * *

Un viejito, muy viejito y muy paisa, en el Metro. La definición de "campesino" en carne y hueso: curtido por el sol, con manos muy nudosas y callosas, y el mirar de esa gente cansada ya de haber mirado tanto. Viste camisa, pantalón y sandalias comunes. Pero lleva una mochila de colores, último modelo.

"Outdoor revolution", reza el lema de la mochila. Nunca hubo mejor lema en mejores espaldas, pienso para mí.

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Un niño de unos 9 años, caminando con su hermana ―de unos 7― unos metros por detrás de sus padres, en la sección "Bosque húmedo" del Jardín Botánico de Medellín. "A él le tocó a las 5", iba diciendo, todo serio, "pero a mí me tocó a las 6, ya que...".

Ésta debe ser la única ciudad del mundo en la que un niño utiliza ese conector, pienso para mí.

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Canta el benteveo. Los Andes se asoman por encima de las nubes, por encima de Medellín, como cerros tutelares. Abajo, una llovizna copiosa empapa la ciudad y la hace oler a mojado. Un olor común a todo el planeta, conocido y apreciado por todas las culturas.

Todavía es temprano: la ciudad recién se despereza. Me echo a andar por El Poblado. Un florista prepara su puesto moviendo enormes manojos de girasoles y de "aves del paraíso", esas flores extrañas que de niño yo llamaba "pajaritos". En un puesto de desayunos al paso, una familia entera corta ananás en pedazos; junto con otras frutas, las meterán en vasos de plástico para llevar. El aire a su alrededor huele dulce.

Cerca del puesto, una de las hijas de esa familia les echa harina de maíz a los pájaros. De los árboles vecinos ―enormes, altísimos― bajan aleteando unas tortolitas color marrón rojizo, muy bonitas, que aquí llaman "cocochitas". Los parterres de las veredas están repletos de plantas selváticas, agarradas a la tierra con decenas de raíces adventicias, que semejan patas. Los árboles están cubiertos de epífitas, incluyendo un buen puñado de orquídeas.

Sigue lloviznando. Mi abrigo, supuestamente "impermeable", seguramente no fue pensado para este tipo de aguas. Vuelvo sobre mis pasos, pues. Las tortolitas han limpiado la vereda, los vasos de ensalada de frutas esperan compradores, y el puesto del florista es un arco iris de pétalos y hojas.

Y los Andes siguen asomados por encima de las nubes, contemplando este cotidiano espectáculo un día más.