3.1.17

¿No tomar partido cuando resulta fácil hacerlo?

¿No tomar partido cuando resulta fácil hacerlo?

Por Sara Plaza

Compartimos un artículo del escritor británico Paul Kingsnorth, uno de los fundadores del Dark Mountain Project, publicado originalmente en dark-mountain.net bajo el título "2016: Year of the Serpent". Dicho artículo ha sido traducido por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero con permiso expreso del autor, del cual también hemos traducido y publicado en este espacio, Ecología oscura. Buscando certezas en un mundo post-verde"; "En el salón negro", que recoge sus reflexiones después de visitar la cueva de Niaux en los Pirineos franceses; una entrevista con el conservacionista y filántropo Douglas Tompkings y su esposa Kristine, que Kingsnorth recuperó con motivo del fallecimiento del primero hace poco más de un año; y "La llamada de la naturaleza", donde el autor cavila sobre el mundo no-humano.

2016: El año de la serpiente

Casi todos los pasos decisivos que damos en la vida son el resultado de pequeños ajustes internos de los que apenas somos conscientes.
– W. G. Sebald


El pasado fin de semana, sentado en una sala abarrotada en mitad de la salvaje y húmeda paramera de Dartmoor [Davon, Inglaterra (Reino Unido)], estuve escuchando al mitólogo Martin Shaw contar una antigua historia del norte de Europa conocida como The Lindworm [criatura mítica con forma de dragón, serpiente, o a medio camino entre ambos]. Es el relato de un reino infeliz. El rey y la reina quieren tener un hijo, pero este no llega. Una vieja y sabia mujer le dice a la reina lo que debe hacer para concebir. Tiene que soplar sus deseos en el interior de un vaso y colocarlo en un trozo de tierra. De esa tierra brotarán dos flores: una roja y otra blanca. La reina debe comerse la flor blanca; bajo ninguna circunstancia debe comerse la roja. Entonces tendrá un hijo sano.

Por supuesto, la reina no puede resistirse y también se come la flor roja, a pesar de todas las advertencias. El rey y la reina se ponen de acuerdo para no decírselo a nadie, y la reina se queda embarazada, pero en el momento del parto sucede algo terrible. La reina da a luz una serpiente negra, que inmediatamente es atrapada y arrojada con espanto a través de la ventana hacia el bosque. Todos actúan como si nada hubiera sucedido, y a la serpiente le sigue rápidamente un niño sano. Pero cuando el niño se vuelve un hombre adulto se reencuentra con su hermano serpiente en el bosque, y la gigantesca serpiente negra regresa al reino causando muchísimo daño.

Se trata de una historia extraña e inquietante, y si algo podemos aprender de ella, sugiere Martin, es que lo que desterramos vuelve para mordernos, el triple de grande y el doble de enojado. Lo que apartamos a un lado al final regresa, y no tenemos más remedio que asumir las consecuencias.

El 2016, en Occidente, parece el año en que la serpiente desterrada retornó. Muchas de las cosas que se habían excluido de los debates públicos –muchos sentimientos, ideas y puntos de vista que habían sido ocultados, arrojados al bosque, considerados tabú, proscritos de la esfera pública– han vuelto reptando hasta el castillo, enojados por haber sido rechazados. Algunos pensaban que habían muerto, pero las cosas no funcionan así. Los gemelos oscuros no pueden ser destruidos; hay que cumplir unas condiciones, alcanzar unos acuerdos. La serpiente debe ocupar su lugar.

Y por eso la idea que algunas personas tienen de la historia y su dirección se les viene encima, y esa gente se revuelve a voz en grito, señalando con el dedo, culpando a los demás de la aparición del monstruo. En el número de noviembre de la revista New Yorker, el editor David Remmick, amigo y paladín del saliente presidente Barack Obama, intenta comprender el ascenso de Donald Trump. ¿Cómo se metió esta serpiente en el palacio? Incapaz de afrontar la posibilidad de que quienes mandan le abriesen las puertas –que fue la realeza la que se comió la flor que creó la serpiente– Remmick se consuela a sí mismo con la idea de que el arco del universo moral, en palabras de Martin Luther King, acaba doblándose hacia la justicia; con lo cual quiere decir, hacia su noción de de justicia. "La historia no se mueve en línea recta", escribe; "a veces zigzaguea, a veces retrocede".

La historia retrocede. Resulta una idea casi cómica. La historia, desde luego, no hace nada de eso: es el relato de las cosas que suceden, una después de otra. Pero Remnick está utilizando la palabra en un sentido escatológico: la historia para él es la senda continuada, inevitable hacia los objetivos que él y sus compañeros "progresistas" consideran justos: la disolución del Estado nación, la igualdad de todos los seres humanos, una civilización universal cosmopolita, comercio justo y libre, la propagación de la libertad individual y la democracia laica a todos los rincones del planeta. Estos objetivos son tan obviamente deseables que es impensable que debamos dejar de avanzar hacia ellos. Su consecución está inscrita en la estructura misma del tiempo. La elección de Donald Trump, que se opone al menos a alguno de ellos, representa por lo tanto una forma de anti-historia. No la realidad; una aberración que no puede durar. Como un río embalsado que se desborda, inevitablemente el progreso reanudará su curso natural, tarde o temprano.

Esta descarada interpretación teleológica y lineal de la historia (whiggish view of history) ha sido la visión estándar del mundo entre los creadores de opinión de las democracias occidentales desde 1989, pero en este momento está estrellándose, en medio de un desgarrador chirrido metálico al cambiar de marcha, contra otras ideas sobre cómo el pasado alimenta el presente. Observado desde una perspectiva a largo plazo, como pacientemente lo explicaría un conservador, no hay ningún arco moral doblándose en ninguna dirección particular. Las élites de la antigua Roma, o la civilización del valle del Indo, o la "Ur de los caldeos", también creían sin duda que el arco de la justicia se estaba doblando hacia su propia cosmovisión, pero finalmente no lo hizo.

Cuando observo el actual estado del mundo, veo un arco doblándose hacia algo que empequeñece cualquier preocupación estrecha sobre elecciones presidenciales o componendas políticas entre naciones, y que debería poner esos hechos en perspectiva. Veo un inmenso cambio planetario que no se ha visto en millones de años. Veo que la mitad de la vida silvestre del mundo ha desaparecido, y la mitad de los bosques, y la mitad de la capa superficial del suelo. Veo que quizás podamos alimentar a dos generaciones más antes de agotar el resto de esa capa. Veo diez mil millones de personas que necesitarán ser alimentadas. Veo la mayor concentración de carbono en la atmósfera desde que comenzó la evolución humana. Veo oleadas de inestabilidad política y cultural como resultado de todo esto, lo que me hace temer por mis hijos y, a veces, por mí mismo.

Desde una perspectiva pequeña, localizada, el 2016 puede parecer aquí, en las democracias ricas del hemisferio norte, el año en que todo cambió. Pero no es así, no del todo. Este no ha sido el año en que la reina dio a luz a la serpiente, y desde luego no ha sido el año en que se comió la flor. Eso ocurrió mucho tiempo atrás. Ha sido el año en que la serpiente abandonó el bosque, volvió al reino y nosotros le vimos la cara. Ha sido el año en que finalmente tuvimos que reconocer lo que habíamos desterrado.

Cualquiera que haya intentado hablar con alguien con opiniones diferentes sobre la elección de Donald Trump, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea o el cambio climático si vamos al caso, se habrá dado cuenta que en estos momentos hay una locura en el ambiente que va mucho más allá de los hechos de cualquier caso específico, y que los envuelve hasta hacerlos desaparecer en la confusión. Cuando la gente discute sobre el Brexit, no está discutiendo realmente sobre el Brexit. Cuando se pelean por Donald Trump, no están peleándose realmente por Donald Trump. Estas cosas se han vuelto símbolos, arquetipos de la clase de futuro que queremos y no queremos, de la clase de gente que pensamos que somos y la clase de gente que pensamos que son lo demás. Es como si estuviéramos peleando por los mitos, las historias, las representaciones del mundo como es y como queremos que sea.

Estamos en un momento en que es fácil tomar partido, y por eso es un buen momento para no hacerlo. Soy escritor y Dark Mountain echó a andar como un proyecto de escritores, que es lo que en esencia sigue siendo. En momentos de transformación, cuando se producen cambios, cuando aparecen grietas, el papel público del escritor, en mi opinión, resulta muy difícil de ignorar. ¿Pero cuál tendría que ser ese papel? Algunos darán la batalla; muchos lo hacen. Pero creo que las condiciones son demasiado estrictas. ¿Qué pasa si ningún bando representa tu –nuestro– verdadero interés? ¿Qué pasa si la batalla aparta nuestra atención de un malestar más profundo?

Nuestras historias se están resquebrajando: las cosas que hemos fingido creer sobre el mundo han resultado no ser ciertas. Y la serpiente todavía tiene que hacer mucho más daño. En momentos así, escribimos para dar sentido a las cosas, y para examinar nuestros relatos en su verdadera dimensión. Escribimos nuevas historias porque las viejas están medio muertas ahora mismo. Nos apartamos del fuego de la cólera antes de que nos abrase, dejamos que los nombres desaparezcan, subimos a la montaña, nos sentamos en la cima, respiramos y estamos atentos.

Creo que puede defenderse que la mayoría de las grandes religiones, filosofías, formas artísticas, incluso sistemas políticos e ideologías fueron introducidas por figuras marginales. Hay una razón: a veces uno tiene que moverse a los márgenes para observar con cierta perspectiva la confusión que existe en el corazón de las cosas. Hacer eso no es una abdicación de la responsabilidad pública: es una forma de ella. En las historias antiguas, con la gente de la periferia afluían al reino ideas y conocimientos del bosque, que el propio reino no podía generar.

En el relato de The Lindworm no son el rey y la reina, ni un caballero heroico a lomos de un caballo blanco quienes finalmente eliminan la amenaza de la serpiente como se extrae el veneno de una herida. Es una mujer joven, proveniente de los lindes del bosque, quien lleva a la corte armas y astucia nuevas, y realiza el trabajo que los dueños del reino no tenían ni la menor idea de cómo llevar a cabo. Pero no mata a la serpiente. En vez de eso, lo que hace es revelar su verdadera naturaleza, y de ese modo la cambia y cambia todo lo que la rodea. Es ella la que obliga a la corte a afrontar su pasado, y como resultado la serpiente es recibida de nuevo en el reino.

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