13.12.16

Tā moko

Tā moko

Por Edgardo Civallero

Los tatuajes conforman un importante rasgo cultural que se encuentra presente en todas las islas del océano Pacífico, pero especialmente en aquellas que componen la Polinesia y en Nueva Zelanda.

En este último país, los maoríes –la sociedad indígena de la nación insular– desarrollaron técnicas especiales para tatuar la piel. En lugar de pincharla o rasparla y colocar los pigmentos justo bajo su superficie, como hacía el resto de pueblos vecinos, los maoríes la cortaban profundamente, abriendo verdaderos surcos en los que frotaban el pigmento. Mediante este proceso, además de crear diseños coloridos, generaban gruesas cicatrices, de forma que los tatuajes neozelandeses eran, en los viejos tiempos, verdaderas escarificaciones teñidas.

Por otro lado, los tradicionales y característicos motivos en espiral también eran típicos de los maoríes, y no aparecen en el resto de la Polinesia.

Se dice que los tatuajes (llamados moko en te reo māori, la lengua indígena) tienen su origen en los antiguos rituales funerarios. Las mujeres se cortaban (haehae) con conchas o con lascas de obsidiana, y frotaban luego hollín en las heridas. Según sus creencias, los cortes eran una forma de expresar la pena, y el uso de hollín, un medio para dejar un recuerdo imperecedero del ser querido marcado sobre la piel.

Dentro del rico acervo mítico de los maoríes, las técnicas de tatuaje (tā moko) fueron traídas al mundo de los hombres desde Rarohenga, el inframundo, por un jefe/rangatira llamado Mataora. Mataora se había casado con una mujer-espíritu tūrehu, Niraweka. Harta de sufrir a manos de su marido –un tipo de violencia que en su lugar de origen no existía–, regresó a casa de su padre. El hombre, arrepentido, la siguió, y pudo así conocer a su suegro, Uetonga. Éste era descendiente de Rūaumoko, un dios o atua: la deidad de los terremotos y la actividad volcánica. Mataora se asombró al ver las marcas que llevaban los habitantes de Rarohenga: en su mundo, en aquella época, los humanos solo se marcaban la piel con dibujos temporales (whakairo tuhi o hopara makaurangi) hechos con hollín, arcilla azul u ocre.

Mataora aprendió el arte de tatuar de manos de su suegro y, hechas las paces, regresó con su esposa al mundo de los hombres. Allí, estableció una whare-tuahi (casa de enseñanza de las artes) que llamó Po-ririta, y en donde quiso poner en práctica los conocimientos adquiridos. Su primer intento, con un individuo llamado Tū-tangata, no tuvo demasiado éxito: la leyenda cuenta que el pobre desgraciado pasó a llamarse "Tū-tangata el feo". Sin embargo, Mataora perseveró y terminó por hacerse famoso. Los diseños que ejecutaba por aquel entonces eran los que vio en el inframundo: pōngiangia (tatuaje en los orificios nasales), pīhere (tatuaje alrededor de la boca), ngū (tatuaje en la parte alta de la nariz) y tīwhana (finos tatuajes en las cejas). En principio eran dibujos sencillos, aunque luego fueron haciéndose más y más complejos, inspirándose sobre todo en el arte de whakairo (tallado de madera).

El pigmento utilizado para realizar los moko era conocido como wai ngārahu. Se preparaba con un carbón especial (que se obtenía al quemar cuidadosamente determinadas maderas resinosas) mezclado con aceites o líquidos vegetales, en un proceso denominado whakataerangi. El resultado se conservaba en recipientes especiales, hechos de madera o de piedra pómez, y cubiertos con pieles de aves o ratas para que no se secase su contenido.

Los cortes en la piel se hacían con gubias uhi, que literalmente "tallaban" la piel como si fuera madera. Las uhi solían elaborarse, originalmente, con huesos de aves marinas. La técnica del tatuaje consistía en dibujar primero en la piel el diseño elegido con carbón y agua, para luego comenzar a cortar, golpeando la gubia con un pequeño mazo de madera o con un grueso tallo de helecho. La sangre se iba limpiando con estopa de lino para poder aplicar el pigmento dentro del surco recién abierto.

Tras la llegada de los europeos, los maoríes empezaron a fabricar gubias de metal a partir de clavos, piezas de hierro y cuchillos viejos, e incluso llegaron a usar las tiras metálicas de los corsés femeninos. Además, la pólvora sustituyó al carbón en los pigmentos, lo que daba una coloración más azulada al resultado final. A partir de la Primera Guerra Mundial, las gubias fueron poco a poco desplazadas por las agujas, las cuales permitían trabajar de forma más rápida y menos dolorosa, y acortaban el tiempo de recuperación.

El tā moko precisaba de mucha habilidad y experiencia. Su práctica estaba reservada a los tohunga tā moko, profesionales especializados y muy respetados. Se les pagaba con armas, capas o piedra verde. Todo el proceso de tatuado estaba altamente ritualizado, y era tapu (sagrado). El moko guardaba una estrecha relación con el estatus (mana) de la persona. Algunos de los jefes que firmaron el tratado de Waitangi (a través del cual Gran Bretaña se adueñó de Nueva Zelanda) reprodujeron su moko a modo de firma. Sin embargo, algunas personas de muy alto rango eran consideradas tan tapu que no podían ser tatuadas.

Durante los primeros tiempos del asentamiento europeo en tierras neozelandesas, se vendían cabezas tatuadas disecadas, a modo de suvenires y tesoros para coleccionistas. Para evitar las persecuciones, algunos maoríes mataron a sus esclavos y luego los tatuaron; sus cabezas, llamadas mokomōkai, fueron vendidas a museos extranjeros.

Si bien el tatuaje facial y corporal prácticamente desapareció entre los hombres para principios del siglo XX, las mujeres maoríes siguieron tatuándose la barbilla y los labios (moko kauae) hasta bien entrados los años 50. Desde los 70 los miembros de pandillas maoríes llevaron moko como parte de su identificación, y a partir de los 80 el renacimiento maorí impulsó el uso de moko como rasgo identitario. Al mismo tiempo, ese movimiento logró que muchas de las mokomōkai conservadas en museos del mundo fueran devueltas a Nueva Zelanda.

Información. Tā moko – Māori tattooing. (Te Ara – The Encyclopedia of New Zealand).

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