20.12.16

Nuestra más que discutible (in)cultura de la luz

Nuestra más que discutible (in)cultura de la luz

Por Sara Plaza

Reproducimos a continuación la traducción al castellano de una interesante entrevista de Alberto Quian a Salvador Bará, doctor en Física y profesor titular del Área de Óptica de la Universidad de Santiago de Compostela (USC), con motivo de la reciente publicación en la revista Royal Society Open Science de un artículo suyo que recoge los últimos resultados de la Red Gallega de Medida del Brillo del Cielo Nocturno, bajo el elocuente título "Anthropogenic disruption of the night sky darkness in urban and rural areas" ["Disrupción antropogénica de la oscuridad del cielo nocturno en zonas urbanas y rurales"]. La entrevista original en gallego apareció hace unas semanas en el diario digital Galicia Confidencial bajo el título "Nunha ampla banda de territorio desde o norte de Galiza até Lisboa non se pode ver xa a Vía Láctea".

¿Qué es la contaminación lumínica y qué efectos tiene en el medio ambiente y en los seres humanos?

Usamos el término contaminación lumínica (o luminosa) para referirnos a los efectos no deseados de la iluminación artificial. La luz, que tiene muchos aspectos positivos, también puede tener efectos adversos si se usa incorrectamente.

Hasta finales del siglo XX la principal preocupación relacionada con el uso de luz artificial eran sus costes más visibles e inmediatos: el consumo energético y el gasto asociado. La iluminación consume la quinta parte de la electricidad producida en el mundo, y nos viene costando una cantidad equivalente al 1.2% del PIB mundial. Sin embargo, una serie de investigaciones en campos que van de la ecología a la fisiología humana, pasando por la astronomía y la química de la atmósfera, revelaron en los últimos años la existencia de importantes costes ocultos que hasta ahora no habíamos tenido en cuenta. La mayoría de los estudios realizados convergen en una clara conclusión: la luz en horario nocturno no es totalmente inocua ni para el medio ambiente ni para las personas. Y nos impide disfrutar de ese inmenso espectáculo que es el cielo estrellado.

Hoy sabemos que la noche, la oscuridad de la noche, es necesaria para el desarrollo normal de la vida de muchas especies. La luz a deshoras tiene efectos disruptivos sobre organismos individuales, las poblaciones y los ecosistemas, afectando al metabolismo, a la reproducción, a la alimentación, a las relaciones predador-presa, a la orientación en los desplazamientos cortos, a las migraciones... Cada vez que introducimos luz artificial en un espacio natural que debería estar oscuro estamos modificando en él, a menudo sin ser plenamente conscientes, las reglas del juego de la vida.

Los seres humanos no estamos, por supuesto, fuera de las leyes de la biología. También precisamos de la oscuridad de la noche. Ciertos procesos fisiológicos, principalmente vinculados a la producción de determinadas hormonas, son especialmente sensibles a la luz recibida a deshoras.

¿Por qué es importante estudiarla?

Precisamente por la amplitud y el alcance de esos efectos no deseados, que estamos comenzando a comprender. La luz artificial es sin duda uno de los mayores avances de la humanidad. Nos liberó de las ataduras impuestas por los ciclos naturales de luz y oscuridad y nos permitió ampliar casi sin límites nuestro tiempo de actividad. Sin embargo, tiene efectos negativos que es necesario conocer para poder tomar decisiones informadas sobre cómo usar la luz tanto en el ámbito público como en el privado. Esta combinación de utilidad y daño potencial no es exclusiva de la luz: es típica de los agentes contaminantes clásicos. Por eso en el ámbito académico hay quien defiende, y no sin cierta razón, que la luz artificial en horario nocturno debería ser considerada un agente contaminante más, y ser tratada como tal.

¿En qué situación o nivel se encuentre Galicia en materia de investigación en contaminación luminosa? ¿Tenemos recursos, cultura y voluntad suficientes?

La investigación científica sobre contaminación luminosa es un campo que está en pleno desarrollo, en Galicia y en el mundo. Cultura científica y voluntad no faltan. Sin embargo, los recursos materiales y personales son claramente insuficientes, en línea con lo que está sucediendo en muchos otros campos de investigación.

¿Por qué es importante asegurar la sostenibilidad de los niveles de oscuridad de los cielos nocturnos?

Para evitar efectos negativos sobre las especies que precisan de la oscuridad de la noche, y también para posibilitar que la investigación científica sobre el cosmos y el lugar que ocupamos en él no se vea desfigurado por el brillo artificial del cielo. Cada vez son más los observatorios astronómicos que ven dificultada su actividad por la luz emitida por las ciudades que los rodean. Hay también importantes razones de índole cultural para preservar ese magnífico espectáculo que es el cielo estrellado. No deja de ser llamativo que la Vía Láctea, el Camino de Santiago, no pueda verse ya desde muchos lugares de Galicia, debido a la proliferación de sistemas de alumbrado público mal diseñados o incorrectamente instalados.

¿El problema tiene además una dimensión cultural?

Sí. Durante la mayor parte de su existencia la humanidad vivió en un mundo con escasez de luz artificial. La luz fue siempre un recurso muy apreciado. Y con el paso del tiempo la luz, naturalmente, adquirió una merecidísima connotación positiva. Nuestro lenguaje lo refleja muy bien: hay ideas luminosas, personas brillantes, deseamos que se eche luz sobre asuntos oscuros, somos herederos del Siglo de las Luces...

El problema está en que hoy, a diferencia de los tiempos antiguos, vivimos en un mundo con un exceso de luz. El mundo cambió, pero nuestras ideas sobre la luz no evolucionaron a la misma velocidad. Hace un siglo era evidente que "cuanta más luz, mejor" porque realmente había carencia de ella. Hoy ya no es así. Sin embargo, esa idea sigue estando escrita en piedra en la conciencia colectiva. Lo cierto es que –a partir de un nivel suficiente para ver correctamente– aumentar la cantidad de luz no siempre va a hacer que veamos mejor. A menudo sucede precisamente lo contrario.

¿Qué deberían hacer las administraciones públicas en esta materia?

Prestar atención a las novedades que día a día se producen en este campo de investigación y aplicar un poco de sentido común: iluminar solamente aquello que precise ser iluminado, durante el tiempo que sea necesario y no más, con un nivel de luz suficiente para una buena visibilidad sin caer en la tentación de sobreiluminar, y usando lámparas que proporcionen luz con el espectro adecuado.

¿Por qué no tenemos la misma conciencia o sensibilidad hacia la contaminación lumínica como en el caso, por ejemplo, de la contaminación por gases o incluso de la contaminación acústica?

En mi opinión los motivos principales son dos. Uno de ellos es que los avances científicos en este campo son relativamente recientes y se precisa un cierto tiempo para que sean conocidos y valorados adecuadamente por las administraciones y la ciudadanía. Hace años sucedía algo parecido con la contaminación por gas radón o con la contaminación acústica, problemas que hoy están en la agenda colectiva. Y otro motivo es que aunque está muy extendida la percepción social de que el exceso de luz no es negativo. Por el contrario, la sobreiluminación innecesaria de la noche tiende a considerarse, equivocadamente, como un signo de progreso.

¿Cómo se puede equilibrar y compaginar el progreso urbanístico y el confort ciudadano con una política sostenible en materia de iluminación?

Realmente no hay ninguna dificultad, ni técnica ni de principios, para hacerlo. Es más: no puede haber verdadero progreso urbanístico ni confort ciudadano sin una política sostenible en materia de iluminación. Esa política sostenible no consiste en apagar la iluminación pública y dejar las poblaciones a oscuras o mal iluminadas. Todo lo contrario: consiste en iluminar correctamente, para garantizar la buena visión da las vecinas y vecinos que usamos los espacios públicos por la noche.

El problema no está en iluminar, si no en iluminar mal. Las ciudades y villas gallegas están, en general, sobreiluminadas. Por supuesto, la luz está desigualmente repartida, y hay lugares concretos en los que la iluminación es insuficiente y debería aumentarse, pero la tendencia general es emitir más luz de la que necesitamos para ver cómodamente.

Lo importante para asegurar una buena visión no es tanto la cantidad de luz (el ojo humano puede manejar satisfactoriamente tanto cantidades muy grandes como muy pequeñas) sino su calidad: que la iluminación sea homogénea, que tenga un nivel mínimo adecuado, y que no produzca cegamientos. También es importante enviar la luz allí donde realmente se necesita, sin invadir zonas vecinas. Sin embargo, como cualquiera puede comprobar dando una vuelta por la noche, una parte importante de la luz que producimos (y pagamos) va directamente al cielo o ilumina espacios naturales alrededor de las villas que no deberían estar iluminados.

Vivimos tiempos en los que iluminar monumentos y fachadas o edificios enteros que son iconos de las ciudades es algo recurrente como recurso de exaltación... ¿Es este un síntoma de incultura de la luz?

Es signo, por lo menos, de una discutible cultura de la luz. Iluminar la fachada de un edificio en ocasiones especiales o durante períodos determinados de la noche puede ayudarnos a aproximarnos con nuevos ojos a la arquitectura de la que disfrutamos durante el día. Pero hacerlo de forma continuada y sin límites nos roba en muchos casos la posibilidad de conocer esa arquitectura tal como fue diseñada por sus autores. Las fachadas de las catedrales no fueron pensadas para ser vistas por la noche bajo la anegadora luz de intensísimos focos de luz blanca o de LEDs multicolor. Fueron pensadas para ser vistas a la luz de la luna, con las estrellas como telón de fondo. Algo de lo que hoy ya no podemos disfrutar en la mayoría de núcleos habitados del país.

¿Y ahora que nos acercamos a la época más "luminosa" del año, qué opina sobre las luces de Navidad que inundan las calles de ciudades y pueblos?

La razón que se aduce frecuentemente para reforzar la iluminación es que contribuye a aumentar los niveles de consumo. Con independencia de si ese objetivo es o no es deseable y de si las luces son eficaces o no para alcanzarlo, el problema es que a largo plazo ese comportamiento provoca una carrera para ver quien ilumina más. El sistema visual humano funciona detectando contrastes, más que cantidades absolutas de luz: por muy iluminada que esté una calle, si en la calle vecina se instala más luz, la primera nos parecerá oscura. Eso hace que los niveles de iluminación urbana tiendan a aumentar progresivamente con el paso de los años.

Respecto del caso gallego, por sus características geográficas, climáticas y/o demográficas, y con los datos que ya manejan, ¿tiene alguna singularidad especial?

Compartimos muchas semejanzas con el resto de países europeos. La sobreiluminación en las zonas urbanas, la intrusión de luz en espacios naturales, instalaciones que frecuentemente dificultan más que ayudar a una buena visión... Hay también algunas diferencias, relacionadas con la dispersión de nuestros núcleos de población, aunque no causadas por ella. Tenemos una gran cantidad de carreteras y pistas con muy baja densidad de tráfico rodado y tráfico de peatones casi inexistente cuyas farolas permanecen encendidas toda la noche.

¿Qué son la magnitud significativa y el factor de modulación de luz de la luna?

Son dos medidas cuantitativas que utilizamos para describir lo degradada que está la noche en un lugar dado. La magnitud significativa mide el brillo típico del cielo causado por la iluminación artificial. Ese brillo es el que nos impide ver las estrellas. El factor de modulación de luz de la luna mide cuánto contribuye la luna al brillo del cielo: en un entorno natural esta contribución es muy importante, pasando de ser mínima en los momentos de luna nueva a ser máxima en los momentos de luna llena. En los alrededores de las ciudades, y no digamos ya en las ciudades mismas, la variación de brillo debida a la luz de la luna es mucho menos visible y pasa casi desapercibida, ahogada por el intenso brillo de las fuentes artificiales.

Los datos del trabajo publicado muestran que en noches claras y sin luna el brillo cenital del cielo nocturno en espacios urbanos gallegos es 14-23 veces más intenso del esperado de un cielo natural oscuro, 7-8 en lugares periurbanos, 1,6-2,5 en zonas de transición y 0,8-1,6 en áreas rurales y de montaña. ¿Son datos preocupantes?

Sí, son preocupantes porque indican que se está produciendo un deterioro notable de las condiciones de oscuridad natural de la noche, no solamente en las ciudades y villas, donde es esperable, sino también en lugares alejados de estas. Las decisiones sobre alumbrado público que toma un concello a menudo tienen consecuencias a grandes distancias. La luz enviada en direcciones próximas a la horizontal puede recorrer docenas de kilómetros antes de impactar en espacios naturales, que en principio no queremos ni debemos iluminar. Las cifras arriba indicadas corresponden solamente a noches despejadas. En noches nubladas el brillo del cielo en las ciudades puede ser hasta 25 veces mayor de lo que esos números indican: el cielo urbano puede brillar 400 veces más de lo que sería su valor natural, debido a que las nubes reflejan muy eficazmente la luz que escapa de las farolas.

Respecto de la modulación del brillo del cielo nocturno debido a la luna, ¿por qué es importante medirla y por qué debemos preocuparnos por su pérdida en zonas urbanas y periurbanas?

Nuestros resultados indican que el ciclo mensual de luz y oscuridad asociado a las diferentes fases de la luna es cada vez menos marcado en los espacios naturales cercanos a los núcleos de población. Eso indica que existe en ellos una importante cantidad de luz artificial que no debería estar allí. Cualquier especie que necesite de la oscuridad de la noche para evitar a sus predadores tendrá dificultades para prosperar en lugares donde la luz artificial actúa creando una especie de claridad lunar permanente, cuando no un crepúsculo sin fin.

¿Se pueden comparar los datos de Galicia con los de otras zonas de España o de Europa?

Sí, el brillo artificial del cielo en Galicia es comparable al que hay en el resto de Europa. En ambos casos existen marcadas diferencias entre las zonas urbanas, más deterioradas, y las rurales, con cielos algo más oscuros. El último "Atlas Mundial del Brillo Artificial del Cielo", publicado este mismo año, revela que más del 99% de la población europea vive bajo cielos lumínicamente contaminados, y que el 60% no puede ver ya la Vía Láctea desde su lugar de residencia.

Hay alguna zona en concreto en Galicia que destaque por unos valores más altos o más bajos de lo previsto?

Más que zonas, hay lugares concretos donde la afectación resulta ser superior a la esperada y otros en los que, por el contrario, el cielo es algo más oscuro de lo que podía preverse, como sucede en el Parque de las Islas Atlánticas.

A simple vista, las imágenes nocturnas tomadas desde el espacio muestran en Galicia una línea de luz más intensa, gruesa y continua, perfectamente definida, que parece seguir la autopista AP-9 y que conecta los principales núcleos urbanos de la Galicia occidental. ¿Tenemos, por así decirlo, una autopista de luz artificial en Galicia que debería ser de algún modo reformada?

En realidad tenemos una autopista de luz artificial que conecta sin interrupción Ferrol con Lisboa. Las imágenes del satélite Suomi-NPP revelan la situación y la intensidad de las fuentes de luz, aunque no hay que perder de vista que estas fuentes degradan la calidad de la noche a ambos lados de esa especie de autopista luminosa. El resultado es que en una amplia franja de territorio desde el norte de Galicia hasta Lisboa (zonas amarilla y naranja del mapa del "Atlas Mundial del Brillo Artificial del Cielo") no se puede ver ya la Vía Láctea. Sería razonable reducir las emisiones de luz artificial hacia el cielo especialmente en esa zona. Hay margen para hacerlo, sin que dejemos de tener una iluminación óptima para uso de las personas.

¿Qué les queda por hacer a los investigadores en Galicia? ¿Por dónde va a ir su trabajo ahora?
Caracterizar con más precisión cómo se propaga la contaminación luminosa producida por los núcleos urbanos, profundizar en sus consecuencias a nivel medioambiental y sobre la salud de las personas y desarrollar estrategias practicables para "descontaminar" lumínicamente el territorio. Y contribuir activamente a la divulgación del problema, de sus causas y consecuencias, para que la ciudadanía y las administraciones puedan tomar decisiones informadas en base a la mejor ciencia disponible, y no condicionadas por los intereses inmediatos de las empresas instaladoras o gestoras de los sistema de alumbrado público.