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Imágenes enrolladas

Imágenes enrolladas

Por Edgardo Civallero

Eran cilíndricos, y pequeños: no superaban los 6 cm de longitud y los 5 de diámetro. Hechos de piedra, llevaban grabados que incluían tanto imágenes como palabras escritas en alfabeto cuneiforme. Se los hacía rodar sobre una superficie blanda –generalmente arcilla mojada– para que dejaran una impresión: un sello, que solía servir como marca de propiedad. Estas imágenes enrolladas, inventadas en el cuarto milenio a.C., fueron tremendamente populares en el Cercano Oriente, Mesopotamia y áreas adyacentes (desde Egipto, Chipre y Grecia hasta Armenia, el Cáucaso e Irán) hasta finales del primer milenio a.C..

Los sellos más antiguos de los que se tenga noticia fueron objetos hechos de arcilla, un tanto toscos, relativamente grandes y pesados. Similares en silueta a los sellos administrativos actuales, contaban con una suerte de mango y una base generalmente circular, en la que llevaban patrones geométricos no demasiado elaborados. Sus restos, datados hacia el 6000 a.C., han sido hallados en yacimientos neolíticos de Anatolia, Levante y Mesopotamia septentrional. Desde entonces fueron usados para marcar el cierre de puertas y el de contenedores como vasijas, cajas, etc. Su decoración externa permite suponer que también habrían sido usados como amuletos, y se asume que pasarían de mano en mano y de generación en generación.

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A partir del 3500 a.C. (periodo Uruk tardío) se comenzaron a utilizar los célebres sellos cilíndricos. La forma de esos instrumentos les permitía cubrir de imágenes superficies irregulares. El sistema de impresión, por otra parte, producía un patrón repetido que generaba una escena continua, tan larga como se deseara; las posibilidades de este recurso fueron astutamente aprovechadas. A partir de la III dinastía de Ur (2112-2004 a.C.), los sellos fueron utilizados no solo para proteger propiedades y mercancías, sino también para marcar cierto tipo de escritos: registros de pagos, recibos de bienes y servicios, cartas de pedidos, contratos de compra-venta, etc.

Los sellos cilíndricos fueron populares hasta comienzos del primer milenio a.C., momento en el que se reintrodujeron los sellos circulares, que permitían estampar bulas de arcilla colocadas sobre pergaminos o papiros enrollados. Los primeros, sin embargo, no desaparecieron.

El proceso de elaboración de estos elementos era laborioso. Un texto mesopotámico del imperio aqueménida (550-330 a.C.) señala que el periodo de aprendizaje que llevaba a una persona a convertirse en un grabador de sellos podía ser de varios años. Una tableta hallada en Ur añade que aquellos que completaban su entrenamiento como cortadores y talladores de sellos pasaban a engrosar las filas de los lapidarios; estos trabajaban en los mismos barrios que los especialistas del metal, el cuero, la madera, la cuerda y los juncos y cañas.

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Para hacer un sello había quedarle forma a la piedra, perforar el orificio en el que se ataría la cuerda que lo aseguraría al cuello o a la muñeca de su dueño, y grabar el diseño sobre su superficie. La forma se le daba con una herramienta de desgaste cargada de sustancia abrasiva, probablemente arena de cuarzo o polvo de esmeril; esta herramienta fue, con el correr del tiempo, fijada a una rueda. Para la perforación de una piedra blanda bastaba un pedacito de pedernal; las más duras precisaban taladros de cobre con puntas tubulares o esféricas, provistas de abrasivos. Al principio se manejaban exclusivamente con la mano, pero luego se fijaron en el extremo de varillas que se hacían girar con la ayuda de un arco, como muestran numerosos grabados de la época.

Hasta mediados del tercer milenio a.C. solo se utilizaron piedras blandas, como la clorita, la esteatita, la serpentina, el mármol, la caliza y el alabastro, las cuales podían trabajarse con simples piezas de pedernal. Con el desarrollo de la metalurgia se comenzaron a tallar piedras duras, especialmente hematites y cuarzo. Casi todas ellas se importaban: algunas llegaban de las tierras altas que rodeaban Mesopotamia, y otras, como el lapislázuli, procedían del Hindukush. Los grabadores de sellos de la ciudad-estado de Ur también creaban materiales propios, como la fayenza (una cerámica con acabado vítreo) o una temprana forma de vidrio.

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La función primaria de un sello cilíndrico mesopotámico era la de identificar a su propietario, como individuo o como miembro de un grupo (social, profesional, étnico). Si bien podían inscribirse con nombres personales o institucionales, generalmente sus contenidos no eran tan textuales como gráficos. Las imágenes tenían un significado concreto, basado en el uso y la combinación tradicional de ciertas figuras, a veces sacras, otras seculares. El rico registro arqueológico actual permite ver que el repertorio de ilustraciones utilizadas fue variando a lo largo de los siglos, pasando de unos pocos elementos a un abanico por demás variado.

En la actualidad, y a pesar de su reducido tamaño, los sellos cilíndricos componen uno de los acervos más completos de artes visuales mesopotámicas. Una colección de imágenes que se desenrollan ante nuestros ojos, repitiendo su motivo una y otra vez.

Más información: Pittman, Holly; Aruz, Joan (1987). Ancient Art in Miniature. Near Eastern Seals from the Collection of Martin and Sarah Cherkasky. Nueva York; The Metropolitan Museum of Art.

Imagen A. Oriental Institute Museum, University of Chicago.
Imagen B. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York.
Imagen C. Sello acadio de serpentina verde con dos leones. The Baidun Shop.
Imagen D. Sello calizo. Museo del Louvre.