24.10.16

Somos si la naturaleza es

Somos si la naturaleza es

Compartimos un artículo del escritor británico Paul Kingsnorth, uno de los fundadores del Dark Mountain Project, publicado originalmente en The Guardian bajo el título "The Call of the Wild". Dicho artículo ha sido traducido por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero con permiso expreso del autor, del cual también se han traducido, en su día, Ecología oscura. Buscando certezas en un mundo post-verde"; "En el salón negro", que recoge sus reflexiones después de visitar la cueva de Niaux en los Pirineos franceses; y una entrevista con el conservacionista y filántropo Douglas Tompkings y su esposa Kristine, que Kingsnorth recuperó con motivo del fallecimiento del primero hace casi un año.

La llamada de la naturaleza

Habíamos subido lentamente hasta el filo de una montaña. Éramos dos ingleses que no tenían que estar allí –el periodismo estaba prohibido– y cuatro guías locales, miembros de la tribu Lani. Nuestros guías estaban llevándonos por las tierras altas de Papua Occidental para conocer a las personas que podrían relatarnos su sufrimiento a manos del ejército de ocupación indonesio.

La cresta de la montaña estaba cubierta de una espesa selva, como lo estaba el resto de la región que habíamos atravesado. Para los Lani esta selva era su casa. En ella cazaban, juntaban alimentos, construían sus hogares, vivían. La selva no era un lugar de esparcimiento ni un recurso: no tenía nada de romántico, no había nada en ella sobre lo que debatir. Era simplemente vida.

En ese momento, al alcanzar la cima, se abrió un claro en la espesura y vimos perderse en el horizonte kilómetros y kilómetros de verdes montañas intactas. Una vista imponente. Mientras yo miraba, nuestros cuatro guías se alinearon en el borde y se pusieron a cantar frente a las montañas. Cantaron una canción a la selva cuya letra no entendí pero cuyo sentido estaba suficientemente claro. Era un canto de agradecimiento; un canto de pertenencia.

Para los Lani, supe después, la selva estaba viva. Y no era una metáfora. El lugar mismo, el sitio en el que su gente había vivido durante milenios, no era un "medio ambiente" inanimado, un mero telón de fondo de la actividad humana. Era parte de esa actividad. Era un gran organismo y formar parte de él significaba mantener un continuo intercambio con ella. Y por eso le cantaban; a veces, ella respondía.

Cuando los europeos experimentamos algo así, nunca sabemos muy bien qué hacer. Ha pasado tanto tiempo desde que en Occidente sentíamos que habitábamos un paisaje vivo, que no tenemos las palabras para formular lo que vemos. Demasiado a menudo seguimos una de estas dos direcciones: o bien nos dejamos llevar por el sentimentalismo o descartamos la experiencia como superstición.

Para nosotros, los espacios naturales que nos rodean (si es que queda alguno) son "recursos" susceptibles de ser utilizados. Continuamente estamos discutiendo cuál es la mejor manera de aprovecharlos –¿deberíamos talar este bosque o convertirlo en un parque nacional?–, pero solo los más atrevidos o los más ingenuos sugerirían que quizá no nos corresponda a nosotros tomar esa decisión. Para la gente moderna, el mundo en el que caminamos no es un animal, un ser, una presencia viva; es una máquina, y nuestra tarea es conocer cómo funciona, cómo aprovecharla mejor para nuestros propios fines humanos.

La idea de que el mundo no-humano es en gran medida inanimado la vemos a menudo reflejada en los términos "científico" o "racional", pero realmente no deja de ser una suerte de superstición moderna. "Es sólo vanidad del hombre e impertinencia", escribió Mark Twain, "llamar a un animal estúpido porque es estúpido para su embotada percepción". Podríamos decir lo mismo sobre el bosque; y la ciencia, curiosamente, estaría de nuestra parte.

En los últimos años varios estudios han demostrado que las plantas, por ejemplo, se comunican entre sí de maneras que parecen indicar cierto grado de auto-conciencia. Liberan feromonas para avisar del ataque de insectos, y otras plantas responden. Se hacen señas mediante una serie de impulsos eléctricos similares a los de un sistema nervioso animal. Emiten señales aéreas de socorro a los insectos predadores que se alimentan de los herbívoros que las amenazan.

Bajo tierra, por su parte, se encuentran los micelios: gigantescas redes fúngicas que conectan la raíces de miles de plantas y árboles. Cuanto más se estudia los micelios más fascinantes resultan. En un momento se pensó que eran un simple medio de intercambio de nutrientes, ahora se los empieza a considerar como complejos sistemas de comunicación entre plantas. El micólogo Paul Stamets, que ha dedicado su vida a estudiarlos, se refiere a los micelios como "conciencia fúngica colectiva", mientras que el ecologista Stephan Harding cree que "poseen una inteligencia inquietante, y probablemente un peculiar sentido de identidad extra".

El Occidente supuestamente laico sigue aferrado a la idea abrahámica de que solo los seres humanos poseen conciencia –o alma– y que eso nos otorga el derecho o el deber de gobernar el mundo. Sin embargo, los científicos que están investigando sobre la conciencia animal y vegetal podrían remitirnos a viejas interpretaciones a través de modernos medios. Los salvajes primitivos que le cantan a la selva tal vez no sean ni salvajes ni primitivos después de todo. A lo mejor simplemente han salvaguardado un tipo de entendimiento que la población urbana, centrada en el ser humano, ha olvidado: que la selva, efectivamente, está viva. Y no solo la selva. Pudiera ser que tanto el grado de conciencia como la capacidad de experimentar sensaciones y de establecer vínculos del mundo vivo que nos rodea, fueran mayores que lo que nos hemos permitido creer.

Como escritor me pregunto cómo tendría que ser nuestra escritura si nos tomáramos esta idea en serio. Me pregunto, en concreto, cómo tendrían que ser nuestras historias de ficción. Que el mundo sea una máquina da lugar a un relato, que esté vivo y tenga conciencia, a otro. Es probable que a mayoría de las sociedades humanas a lo largo de la historia hayan dado por supuesto el segundo. El primero sólo se ha consolidado en la nuestra: la cultura post-ilustración, industrial, occidental, que se está globalizando. Sus resultados –cambio climático, la sexta extinción masiva, agricultura y ganadería industrial, la letanía habitual de horrores– deberían bastar para que nos preguntásemos si este relato no estará mal construido, mal contado, o simple y llanamente equivocado.

¿Cómo cuentan historias los escritores en Occidente en el siglo XXI? La mayoría a través de novelas. Internet –y el capitalismo global al que sirve tan bien– pueden estar atacando la tradición literaria, pero aún no hay nada que suplante a la novela como la forma principal a través de la cual nos llegan las largas historias escritas. Para bien o para mal, todavía nos tomamos las novelas en serio; todavía las leemos. Algunos todavía las escribimos, aunque no siempre estemos seguros de por qué.

¿Pero qué historia cuentan? La novela es un producto del individualismo occidental. Las novelas cobraron prestigio en Europa con el auge de la burguesía comercial; con el Imperio del comercio mundial, con las ciudades, la ciencia y la razón, con la idea de los seres humanos como actores principales del drama del mundo. La misma sociedad que nos regaló el concepto de mundo como telón de fondo inanimado de la actividad humana nos regaló las novelas que ordenaron esa historia.

La mayoría de clásicos del canon occidental son análisis de la psique humana, o de las relaciones entre pequeños grupos de gente y sus sociedades. Son estudios del ser humano. ¿Pero qué hay del ser del propio mundo y sus manifestaciones? Si el pensamiento, la conciencia, los sentimientos –la vida– se extienden más allá del ámbito humano, ¿por qué las novelas siguen comportándose como si los únicos actores fueran los seres humanos? ¿Por qué seguimos revolviendo el mismo terreno agotado una y otra vez? ¿Como sería una novela si la escribiese alguien que cantara a la selva, y creyera que ésta le responde?

Robert Graves, en su manifiesto poético La Diosa Blanca, escribió que la función de la poesía moderna era dejar al descubierto los resultados de la ruptura del ser humano con el resto de la naturaleza:

"En un tiempo esta era una advertencia al hombre de que debía mantenerse en armonía con la familia de criaturas vivientes entre las cuales había nacido, [...] ahora es un recordatorio de que no ha tenido en cuenta su advertencia, ha puesto la casa patas arriba con sus caprichosos experimentos en la filosofía, la ciencia y la industria y se ha arruinado a sí mismo y a su familia".

Si esto es cierto para la poesía, también lo es para la ficción. A lo mejor, dentro de un siglo, con el nivel del mar subiendo, algunos de los críticos literarios aferrados todavía a sus posiciones vean el trabajo de los escritores de hoy como un provechoso registro histórico de la locura de nuestra sociedad. Dado que nos hemos aislado de todo lo demás que vive y dado que creemos que no vive, hemos acabado hablando solo de nosotros. Hemos puesto fin a lo que Thomas Berry llamaba "la gran conversación" entre los seres humanos y las otras formas de vida. Nos hemos vuelto cada vez más narcisistas, sepultados en nuestras ciudades, mirando nuestras pantallas, viendo el reflejo de nuestras caras y nuestras mentes, y creyendo que esto es todo lo que hay. Ahí fuera los bosques se desploman, el hielo se deshace, los corales se mueren y las extinciones se suceden; pero seguimos escribiéndonos cartas de amor a nosotros mismos, ajenos.

¿Cómo sería la alternativa? Tal vez los poetas puedan verlo mejor que los novelistas. Robinson Jeffers, un poeta de los acantilados de California, dedicó su vida a transcribir la canción del mundo vivo y a adecuarla al oído humano. Terminó su poema Carmel Point con una receta:

Debemos descentrarnos de nosotros mismos;
Debemos deshumanizar un poco nuestras opiniones y tener confianza
Como la roca y el océano de los que estamos hechos.

La crisis ecológica que hemos engendrado "deshumanizará" nuestros puntos de vista por nosotros, tanto si nos gusta como si no. No es probable que las nociones de que solo importan los seres humanos, o de que son ellos quienes tienen el control, incluso de sí mismos, sobrevivan a este siglo. Este podría ser un buen momento para que los escritores adquieran confianza como la roca y el océano y empiecen a escribir sobre la roca y el océano como si ambos jugaran un papel fundamental. La novela parece bastante agotada estos días. ¿Podría estar ahí su nuevo horizonte?

Siempre ha habido novelas en las que el paisaje y las criaturas no-humanas han desempeñado una función importante. Echando un vistazo a mi limitada biblioteca encuentro Jude el oscuro [Jude the Obscure, 1895] y El regreso del nativo [The Return of the Native, 1878] de Thomas Hardy, en cuyas páginas los paisajes rurales de su Wessex premoderno son tan memorables como sus personajes humanos; Cumbres borrascosas [Wuthering Heights, 1847] de Emily Brontë, cuyas salvajes tierras altas de los Peninos muestran estados de ánimo tan apesadumbrados como los de Heathcliff; la serie de Terramar [Earthsea] de Ursula Le Guin, situada en un archipiélago ficticio cuyas islas son tan singulares como puede serlo cualquiera en nuestro planeta; y La serpiente emplumada [The Plumed Serpent, 1926] de D. H. Lawrence, que se desarrolla en un oscuro México pagano y cuyo sabor permanece en la memoria mucho más que su argumento. Más actual y más local sería la ficción de jóvenes escritores y escritoras como Benjamin Myers y Daisy Johnson, relatos entrelazados en torno a paisajes naturales ingleses que actúan como siniestros escenarios de las historias humanas que narran; historias que, como resultado, parecen más pequeñas y, por tanto, más urgentes.

Sin embargo, una cosa es un paisaje impactante y otra un paisaje capaz de sentir. La pregunta que lleva tiempo rondándome en la cabeza es: ¿cómo podría escribirse una novela en la que el paisaje vivo no fuera simplemente un telón de fondo sino un personaje, un actor del drama en lugar de su escenario? ¿Existen novelas en las que los lugares no-humanos sean sensibles? ¿En cuáles se pone de manifiesto el pensamiento del mundo en los lugares que atraviesan los personajes humanos? El intento de escribir una yo mismo me ha llevado a buscar algunos antecedentes. Hasta ahora solo he descubierto dos escritores que parecen abordar la cuestión.

El primero es William Golding, en su novela Martin el náufrago [Pincher Martin, 1956]. El marino que le da título, arrojado al mar cuando su barco es torpedeado durante la Segunda Guerra Mundial, es arrastrado hasta el único pedazo de tierra en millas a la redonda: una enorme roca escarpada en medio del océano. A lo largo de las siguientes doscientas páginas solo están Martin, las gaviotas, las anémonas y la roca, que, al principio, parece simplemente un objeto inanimado pero es algo más.

Es difícil de explicar sin arruinar el sorprendente final de la novela, pero podemos decir que la roca es además el hilo conductor de una voz, un territorio de confesiones, un campo de pruebas, un juez. La roca espera y observa, y el hombre se niega a ser parte de ella, a creer que allí hay algo más que su propio ser. Le guste o no, la roca tiene algo que enseñarle y él va a tener que aprenderlo.

Sin embargo, tal vez sea Alan Garner el escritor que más ha hecho por explorar la noción de un paisaje sensible. En el centro de casi todo lo que ha escrito durante las últimas cinco décadas está la fuerza viva, perturbadora, mágica de los lugares. Un páramo, una colina, un collado, un bosque: en los libros de Garner no son "paisajes" sino cauces hacia uno más antiguo, natural y mágico. La historia tira de ellos y ellos a su vez empujan los pasos de las personas inocentes que los atraviesan por casualidad.

En la novela Thursbitch (2003), el valle de los Peninos que da titulo al volumen une a dos personas separadas en el tiempo, una vive en la actualidad y otra lo hizo en el siglo XVIII. Además del profundo conocimiento del lugar y su historia que caracteriza el trabajo de Garner, la obra muestra un paisaje anhelante, un paisaje que quiere algo y juega con la gente. Es como si el propio lugar hubiera reunido a los personajes humanos del libro por algún motivo, como si hubiera que resolver un enigma o cumplir con un destino. Del valle parecen surgir antiguas fuerzas paganas que convocan a distintos actores a través del tiempo, y entrelazan las historias siguiendo un patrón que los humanos, en su pequeñez, van a ser incapaces de comprender.

¿Existen otras novelas, y otros novelistas, que hagan del mundo más allá del hombre, del propio escenario, una parte viva de la historia? Tal vez haya docenas, y yo no me he cruzado con ellos en mis limitadas lecturas. En caso contrario, tal vez su falta refleje una peculiaridad de la novela en inglés, o de la novela europea, o de las mentes racionales, liberales, urbanas y de clase media que tienden a escribirlas. En el fondo, quizás sea simplemente imposible para cualquiera de nosotros "deshumanizar nuestros puntos de vista", como tampoco sería posible para un conejo "desconejizar" o para una lombriz "deslombrizar" los suyos. A lo mejor solo podemos hablar para nosotros mismos, y solo de nosotros mismos.

Pero no estoy del todo seguro. Escribir una historia es un acto de proyección. Imaginamos cómo tendría que ser tal personaje, vivir en tal tiempo, actuar en tal situación, y si no somos capaces de hacerlo bien nuestros libros no funcionan. Pero si lo somos, ¿por qué no podemos realizar el mismo salto imaginativo y desproveernos de nuestra humanidad? ¿Acaso es más difícil imaginar un paisaje capaz de sentir, o el imaginario de otro ser vivo que la vida en una colonia de Marte o en una aldea del siglo XV?

Probablemente. Sin embargo, no hay razón para no intentarlo. Los fracasos gloriosos siempre son más interesantes que los éxitos mediocres. Y seguramente los tiempos los exigen. "Después de todo el universo no es una máquina", proclamaba D. H. Lawrence, un hombre que nunca dejó de prestarle atención; "está vivo y coleando". Coleando, y también cantando y observando. ¿Quién escribirá su historia?

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