10.10.16

El bipartidismo estadounidense

El bipartidismo estadounidense

Compartimos un artículo del profesor Ismael Hossein-zadeh, publicado originalmente en Counterpunch.org bajo el título "The Class Dynamics in the Rise of Donald Trump". Dicho artículo ha sido traducido por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero con permiso expreso del autor.


Porqué los portavoces del establishment tachan a las personas blancas de clase trabajadora de racistas y xenófobas

Los intereses de la clase dirigente en el mantenimiento del statu quo y, por lo tanto, en la elección de Hillary Clinton, han creado una narrativa de campaña que tiende a estereotipar y tildar a los trabajadores blancos de racistas, sexistas y xenófobos. Hace poco, en un momento de descuido, delante de sus adinerados donantes en Manhattan, la propia Clinton lo expresaba de manera exaltada cuando afirmó que la mitad de los que apoyaban a Trump formaban un "colectivo de deplorables". Quienes acompañan a Trump, continuó, eran "racistas, sexistas, homófobos, xenófobos, islamófobos, etc.".

En este relato está implícito que el apoyo a Donald Trump se debe, en gran medida, a una serie de prejuicios innatos y características personales; y que las cuestiones económicas o de clase tienen poco o nada que ver con su ascenso. Por consiguiente, los únicos culpables del continuo empeoramiento de las condiciones económicas de los trabajadores estadounidenses blancos en los últimos años son los trabajadores mismos: su pereza, su falta de ánimo, su quiebra moral, su sentirse con derechos, y demás.

A propósito de esta narrativa, Conner Kilpatrick, director editorial de la revista Jacobin escribe, "[d]e alguna manera, los expertos liberales han interiorizado que los trabajadores blancos [...] son una minoría minoritaria ofendida y cabreada" [1].

De propagar este relato se encargan las élites y las bases tanto republicanas como demócratas. Por ejemplo, Anthony DiMaggio, un supuesto científico político liberal partidario de Hillary Clinton en la Universidad de Lehigh explica: "Hillary Clinton cosechó muchas críticas al referirse a la mitad de los que apoyan a Trump como 'los deplorables'. Estaba siendo muy generosa. Las encuestas de opinión pública del último año sugieren que el contingente de supremacistas blancos entre los votantes de Trump es todavía mayor". Continua DiMaggio: "El ascenso de Donald Trump dice mucho de la calidad del carácter estadounidense, en particular sobre nuestro duradero y tóxico legado de odio, ignorancia, intolerancia y supremacía blanca" [2].

Asimismo, Jonathan Chait, otro intelectual liberal, escribe:

Luego están los votantes, cuyo comportamiento provocó la mayor sorpresa. [...] Pese a la escasa consideración que la inteligencia del electorado republicano me merece, no pensaba que habría bastantes lo suficientemente estúpidos como para comprar sus [de Trump] actos. Y, sí, creo que si al observar a Donald Trump uno ve en él a un presidente capacitado y convincente, probablemente tenga algún tipo de deficiencia mental. [...] No es que atraiga a [personas con] un nivel intelectual bajo sino [con] un nivel sub intelectual [3].

Los elitistas conservadores se muestran todavía más indignados con quienes apoyan a Trump. Kevin Williamson, en el abiertamente conservador National Review, manifiesta:

Es inmoral porque perpetua una mentira: que la clase trabajadora blanca que se siente atraía por Trump ha sido victimizada por fuerzas externas. No es verdad. [...] No les ha pasado nada. No hubo ninguna catástrofe. No hubo una guerra, una hambruna, una plaga o una ocupación extranjera. Incluso los cambios económicos de las últimas décadas dicen poco de la disfunción y negligencia –y la incomprensible malicia– de la América blanca pobre. [...] La verdad es que estas comunidades disfuncionales venidas a menos merecen morir. Económicamente son activos negativos. Moralmente son indefendibles. Olvídese de toda esa mierda teatral barata a lo Bruce Springsteen. Olvídese de la mojigatería sobre las dificultades que atraviesan las ciudades industrializadas de la Rust Belt ["cinturón del óxido", región industrial en decadencia del Medio Oeste], y de las teorías conspirativas sobre los astutos orientales que nos roban el trabajo. [...] Esta subclase blanca estadounidense está sometida a una cultura egoísta y viciada cuyos principales productos son la miseria y las agujas de heroína usadas. Los discursos de Donald Trump los hacen sentir bien. Al igual que el OxyContin [nombre comercial de un analgésico opiáceo que provoca una reacción similar a la de la heroína y el opio]. Lo que ellos necesitan no son analgésicos, literales o políticos. Necesitan una verdadera oportunidad, lo que significa que necesitan un cambio real, es decir, U-Haul [compañía de alquiler de camiones y remolques] [4].

El colega de Williamson y pensador conservador como él, David French (que también publica en el National Review), explica de modo parecido cómo algunos blancos que él conoció eran unos absolutos vagos, irresponsables y odiosos:

Si no podían conseguir un trabajo en pocos días –o incluso en unas horas– dejaban de buscar. Si se enfadaban con los maestros o los tutores, abandonaban los estudios. Si se peleaban con su mujer tenían sexo con una vecina. Y siempre –siempre– existía la convicción de tener derecho [5].

Este tipo de declaraciones de desprecio y rechazo hacia la clase trabajadora blanca son el abecé de los mandamases y cortesanos del establishment. El problema con este tipo de razonamiento no es solo que sea vulgar y elitista, además es incorrecto. El considerable apoyo electoral que en estados como Virginia Occiendental e Indiana recibió el socialista, como él mismo se define, Bernie Sanders de los asalariados blancos, mostró que están a favor de una agenda populista progresista (como se verá más adelante). Ese notable apoyo a Sanders reveló que muchos votantes de Trump no suscriben necesariamente su intolerante y demagógica agenda, sino que están tan asqueados del statu quo que, no obstante, le apoyan, en buena medida como una forma de desquite y protesta. Parece que instintivamente se dan cuenta de que "Trump es el síntoma, Clinton es la enfermedad", como señaló Roger Harris.

¿Es el racismo y la xenofobia lo que mueve a los seguidores de Trump?

Realmente la yuxtaposición de factores económicos y no económicos en el ascenso de Trump es una falsa dicotomía: tanto la evidencia como la lógica indican que los elevados niveles de desempleo y las dificultades económicas son un buen caldo de cultivo para el racismo y xenofobia.

No fue un accidente que el clásico fascismo europeo ascendiera en las terribles condiciones económicas de la Gran Depresión. Tampoco son del todo fortuitas las crecientes manifestaciones fascistas en muchos países capitalistas centrales, que actualmente están lidiando con la agitación de los mercados financieros que desencadenó la crisis financiera de 2008 en Estados Unidos, y que desde entonces se ha extendidos a muchos países.

Esto no quiere decir que los sentimientos racistas y xenófobos estén siempre o totalmente provocados por factores económicos. Más bien indica que, aun cuando tales prejuicios existen, suelen permanecer latentes durante los periodos de prosperidad económica y niveles altos de empleo. Muchos de quienes apoyan a Trump tienen problemas económicos que, equivocadamente, interpretan desde la óptica del racismo y la xenofobia. Ciertamente, la retórica xenófoba ha jugado un importante papel en el ascenso de Donald Trump pero, como señala el periodista de la revista Salon, Daniel Denvir, "es la mezcla de populismo económico, aunque fingido, lo que le hace tan potente" [6].

La afirmación de que el éxito electoral de Trump se debe fundamentalmente a factores no económicos como el racismo y la xenofobia perdió mucha de su credibilidad cuando Bernie Sandars ganó cómodamente e Hillary Clinton en estados como Indiana y Virginia Occidental. Según esa hipótesis cabría suponer que un Sanders que se define a sí mismo como socialista y defiende una sociedad multirracial, multicultural, inclusiva y relativamente igualitaria no ganaría en lugares como Virginia Occidental, el estado blanco por excelencia (93,7% de su población). Pero resulta que fue ahí donde ganó a Clinton con una amplia mayoría de votos de hombres, mujeres, jóvenes y jubilados.

El resultado de esas primarias, en las que un número importante de trabajadores blancos estadounidenses votaron a favor de Sanders, fue bastante incómodo para los poderosos intereses que deseaban mantener el statu quo. No sorprende que la campaña de Clinton (y los cortesanos del establishment en general) se volviera entonces infantilmente creativa: aclarando que el voto de Virginia Occidental a un socialista judío nacido en Brooklyn estaría motivado por el racismo.

En lugar de reconocer el tamaño y la importancia de esta parte del electorado, las élites del Partido Demócrata han elaborado una nueva narrativa acorde con sus intereses: una narrativa que se puso de manifiesto después de [las primarias en] Virginia Occidental. Tras el triunfo de Sanders, buena parte de la expertocracia llegó a la conclusión, malinterpretando las encuestas a pie de urna, de que el voto a favor del socialista judío era realmente el voto a favor a la supremacía blanca. [...] Después de llevar varias décadas diciéndonos que los trabajadores blancos nunca apoyarían el socialismo porque son unos racistas, ahora nos dicen que apoyan al candidato socialista porque son racistas. Sí, esto es lo que opinan los liberales en el año 2016 [7].

Para restar importancia al papel de los votantes blancos de clase trabajadora en la campaña de Trump, algunos defensores del statu quo han llegado a argumentar que los partidarios de Trump no son realmente clase trabajadora porque el ingreso medio de sus hogares está por encima del ingreso medio nacional [8].

Se trata de un razonamiento sumamente engañoso. Dado que los hogares/trabajadores negros, latinos y otros no-blancos están marginados económicamente, y su población es todavía numéricamente inferior a la población blanca, el ingreso medio de los votantes de Trump estaría por encima del ingreso medio nacional. Además, estar económicamente mejor que la media no se traduce necesariamente en tener seguridad económica. Una instantánea o una imagen estática del ingreso medio no nos dice demasiado; es mucho más importante conocer cómo han cambiado con el tiempo las condiciones económicas de la población.

La riqueza y el ingreso medio de las familias se han reducido drásticamente en los últimos años. Los salarios se han estancado y en muchos casos han descendido en términos reales. Al mismo tiempo, los costes de la atención médica, el cuidado de los niños, la educación superior, la vivienda y las pensiones han aumentado. Un estudio reciente del Pew Research Center muestra que en 1971 alrededor del 61% de los hogares estadounidenses fueron clasificados como clase media. Actualmente, la cifra apenas alcanza el 50%. [9]. Como han señalado varios observadores, el apoyo a Trump está estrechamente relacionado con zonas donde las tasas de mortalidad entre personas blancas de mediana edad están disparándose, atizadas por sobredosis de opiáceos.

¿Por qué las élites del establisment rezachan a toda costa las explicaciones enconómicas/de clase?

Las élites del establishment y los expertos de las corporaciones mediáticas tienden a estigmatizar a los trabajadores estadounidenses blancos para poder presentar de manera aséptica las brutales políticas neoliberales austericidas de las últimas décadas. El plan y la esperanza al actuar de este modo es eximir a los responsables políticos del establishment –tanto republicanos como demócratas– de su responsabilidad en la indeseable situación actual que ha posibilitado el ascenso de Donald Trump. Culpando al racismo y la intolerancia se exonera al capitalismo.

Las políticas económica y exterior estadounidenses de las últimas cuatro décadas han consistido en una continua intensificación de la austeridad neoliberal y en una continua escalada de la guerra y el militarismo, respectivamente. Bill Clinton continuó con la política económica interior de la oferta y con la política exterior de agresiones militares de Ronald Reagan, y Barak Obama ha hecho lo propio con las de George W. Bush.

De hecho, magistralmente disfrazados de liberales, Bill Clinton y Barak Obama han resultado ser unos ingenieros muchísimo más eficaces de la demolición del New Deal, la privatización del estado de bienestar y la desregulacíon y el fortalecimiento del sector financiero parasitario que sus homólogos republicanos. Asimismo, valiéndose de pretextos descabellados como el de la "intervención humanitaria" y/o la "responsabilidad de proteger", Clinton y Obama has sido exitosos arquitectos del "cambio de régimen" en más países de lo que nunca lo fueron Reagan y Bush.

Esto explica porqué las élites liberales del Partido Demócrata (al igual que sus homólogos conservadores del Partido Republicano) están instaurando un relato oscurantista que elude las políticas neoliberales y militaristas de las últimas décadas, así como la injusticias fundamentales del capitalismo, a la vez que culpa del ascenso de Donald Trump al "fracaso moral" y las "características personales" de los trabajadores estadounidenses blancos. Como advierte Daniel Denvir: "Si se omite el contexto económico y se enloda a los partidarios de Trump con un racismo instintivo, estos quedan atrapados en la ciénaga de la derecha política [...] [y] los progresistas pueden olvidarse de los blancos cabreados" [11].

Observaciones finales

El capitalismo siempre se ha servido de la vieja táctica divide y vencerás para enfrentar a los distintos estratos de la clase trabajadora y someterlos. Esta táctica ha sido utilizada de manera muy efectiva en Estados Unidos, ya que al tratarse de un país de inmigrantes siempre se ha beneficiado de sucesivas olas de trabajadores migrantes que, debido a su especial vulnerabilidad, podían ser explotados con mayor facilidad que los trabajadores que habían llegado antes que ellos.

No solo el capitalismo estadounidense ha sacado un gran partido de esta perenne competición entre sucesivas generaciones de trabajadores migrantes, también los políticos se han aprovechado ella para llevar adelante sus viles propósitos políticos y económicos. "Los propietarios de esclavos lo hicieron promulgando leyes que disponían un trato diferente para los sirvientes blancos contratados y los esclavos negros. Richard Nixon lo hizo empleando la cínica 'estrategia del Sur'. Ahora Trump continúa esta larga tradición enfrentando a los blancos que luchan por sobrevivir con los inmigrantes y los musulmanes" [12].

Hillary Clinton ha usado un método diferente para enfrentar a unos trabajadores con otros: mientras que Trump es culpable de extender el racismo y la xenofobia, ella lo es de promover una serie de valores, políticas identitarias y cuestiones polémicas. Fingiendo una postura moralista artificial, Clinton (y otros miembros de la clase dirigente) sostiene que el empeoramiento de las condiciones económicas de los trabajadores blancos estadounidenses se debe principalmente al resultado de su propio fracaso personal y/o moral: pereza, racismo, sexismo y xenofobia.

Aunque equivocados a veces, los motivos de queja a nivel económico de los trabajadores blancos estadounidenses son reales. Hillary Clinton y poderosos que colaboran en su campaña tienden a dejar de lado esta realidad porque reconocerla equivaldría a reconocer su propia responsabilidad: el hecho de sus políticas económicas de los últimos cuarenta años hayan sido desastrosas para los trabajadores estadounidenses.

Culpabilizar a los trabajadores estadounidenses (como hace Clinton) o a los trabajadores migrantes (como hace Trump) de los pecados de la política económica neoliberal austericida de las pasadas cuatro décadas, constituye un intento descarado por parte de los dos candidatos presidenciales de utilizarlos como chivo expiatorio para exculpar a la clase capitalista. Sin embargo, pese a tratarse de una maniobra despreciable para desviar la atención y engañar a la ciudadanía, uno no puede culpar del todo a Clinton o Trump de llevar a cabo políticas interesadas de distracción y confusión a favor de su clase, los ricos y poderosos.

Las verdaderas responsabilidades están en los líderes de la burocracia sindical que han traicionado a la clase trabajadora apoyando a la clase capitalista, en gran medida secundando a Hillary Clinton y, en general, al Parido Demócrata. Los votos conjuntos de Bernie Sanders y Donald Trump superan con mucho los de Hillary Clinton. Esta es una indicación clara de que una mayoría del electorado estadounidense está preparado para cambios radicales; prefieren los candidatos anti-establisment a la candidata del establishment, incluso cuando una de las alternativas se autodefine socialista y el otro es un intolerante declarado.

Esto indica también que si los líderes sindicales estuvieran realmente comprometidos con los intereses de la clase trabajadora y participaran en las elecciones, tanto a nivel local como federal, con sus propios candidatos, independientes de los dos partidos corporativos, dichos candidatos sindicales/de base podrían obtener victorias inimaginables a favor de la inmensa mayoría de la gente, el llamado 99%.

La lección política para la clase trabajadora y otros grupos desposeídos es clara: para desafiar y (en último término) cambiar el statu quo las organizaciones de trabajadores y de base precisan romper decididamente con el sistema bipartidista y los líderes de la burocracia sindical. Lo que se necesita para revertir el debilitamiento de los sindicados y las cada vez peores condiciones de vida de la inmensa mayoría es un nuevo tipo de organización de los trabajadores, un nuevo movimiento obrero y una nueva política laboral.

Hacen falta organizaciones de trabajadores y de base que saquen a la luz las mentiras y los engaños de Hillary Clinton y Donald Trump. Hacen falta defensores de una nueva política que expliquen que tanto los trabajadores inmigrantes como los trabajadores blancos, que básicamente quiere decir los trabajadores de hoy y los de ayer, son ante todo víctimas de los males y caprichos del sistema capitalista, del neoliberalismo y del militarismo. Hay que explicar además que los trabajadores y los movimientos sociales tienen que salirse de las trampas del fraudulento sistema bipartidista, forjar alianzas que salvaguarden sus intereses frente a los peligros e injusticias de la economía neoliberal y trazar un curso político que, en última instancia, reemplace este injusto sistema capitalista, abocado permanentemente a la crisis, por una civilización más humana. Luchar contra los males del capitalismo es crucial, pero tiene poco sentido atajar los síntomas sin desafiar el sistema que los provoca.

Referencias

[1] Burying the White Working Class.
[2] White Supremacist America: Trump and the “Return” of Right-Wing Hate Culture.
[3] Here’s the Real Reason Everybody Thought Trump Would Lose.
[4] Chaos in the Family, Chaos in the State: The White Working Class’s Dysfunction.
[5] Working-Class Whites Have Moral Responsibilities.
[6] An entire class of Americans misunderstood and rejected: Dismissing white workers is profoundly reactionary.
[7] Conner Kilpatrick, Burying the White Working Class.
[8] Nate Silver, The Mythology Of Trump’s ‘Working Class’ Support.
[9] America’s Shrinking Middle Class.
[10] Daniel Denvir, An entire class of Americans misunderstood and rejected: Dismissing white workers is profoundly reactionary.
[11] Class dismissed: Is the Trump campaign driven by racism or economics? The only possible answer is both.
[12] Holly Otterbein, A Visit to Trump Country.

Ismael Hossein-zadeh es profesor emérito de Economía, Drake University, Des Moines, Iowa. Ha publicado Beyond Mainstream Explanations of the Financial Crisis: Parasitic Finance Capital (Routledge Books 2014) The Political Economy of U.S. Militarism (Palgrave–Macmillan 2007) y Soviet Non-capitalist Development: The Case of Nasser’s Egypt (Praeger Publishers 1989), y es uno de los autores de Hopeless: Barack Obama and the Politics of Illusion.

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