20.9.16

La que es sabia

La que es sabia

Por Edgardo Civallero

El niño escuchó gritos de alerta. Los 'indaa, los hombres blancos, se acercaban.

Se giró, y alrededor de la laguna en cuya orilla acampaban distinguió los flashes provocados por los disparos de los rifles. Un segundo después llegaban los estampidos secos de los balazos. Su gente –un grupo Apache– estaba siendo masacrada.

Su madre lo alzó y lo montó a lomos de una mula. Cuando trataba de subir a su hermana pequeña junto a él, el animal entró en pánico y salió de estampida. Un hombre, Eclode, la ayudó con la niña, mientras ella corría y lograba hacerse con las riendas y con el control de la bestia. Los pasos, los gritos y los disparos se escuchaban cada vez más cerca. Los soldados mexicanos y sus ayudantes indígenas Rarámuri no perdían el tiempo.

La mujer bajó entonces al niño del lomo de su montura, y fustigó al animal, que se perdió al galope en la penumbra del amanecer. Buscó una grieta entre las rocas de una ladera cercana y se escondió entre ellas con su hijo, ocultos por unos arbustos, confiando en volverse invisibles.

Tres hombres se acercaron. Tras intercambiar algunas palabras en castellano, dos de ellos se fueron, pero el tercero desmontó, apoyó su rifle justo donde madre e hijo estaban escondidos, armó un cigarro y se lo fumó con toda tranquilidad. Cuando lo terminó, arrojó la colilla al suelo, la aplastó con la bota, recogió su arma, montó y se largó.

La mujer y el niño aún esperaron un poco antes de salir de su escondite. Buscaron el cauce de un arroyo cercano y subieron aguas arriba, confiando en alcanzar la seguridad de la montaña. A sus espaldas seguían oyéndose disparos: los mexicanos estaban terminando de cazar a los suyos como a animales. Amanecía el 15 de octubre de 1880.

Los libros de historia hablarían de aquel suceso como la Masacre de Tres Castillos (un sitio ubicado hoy en el estado de Chihuahua, México). Murieron 78 Apache, y otros tantos –sobre todo mujeres y niños– fueron capturados y vendidos como esclavos (una de las maneras más habituales de los mexicanos para deshacerse de sus prisioneros de guerra). Solo 17 personas escaparon aquella brutal carnicería, incluyendo a los dos protagonistas de esta historia. Allí terminó una "guerra" iniciada el año anterior por el célebre Biduya o Victorio, líder de la banda de Apache Chiricahua conocida como "Chihenne". Victorio murió allí, en Tres Castillos, junto con sus sueños de llevar a su gente a un sitio seguro en México, lejos de la lenta agonía que les hubiera esperado en la Reserva de San Carlos (Territorio de Arizona, Estados Unidos), en donde fueron confinados por el ejército estadounidense en 1877.

El propio Victorio había bautizado a aquel crío que huía con su madre como Kaywaykla: "Sus enemigos, muertos, se amontonan en pilas". Semejante nombre, propio de un avezado guerrero, intentaba animar al muchacho a cumplir un destino glorioso. Uno que nunca alcanzaría: algunos años después de aquellos terribles sucesos, el chico sería enviado lejos de su gente, a una escuela en Carlisle (estado de Penssylvania) en la que le cortarían el cabello y quemarían sus ropas Apache, y en la que sería bautizado como "James". Su historia sería escrita a mediados del siglo XX por una de las precursoras en la recolección de narrativas indígenas norteamericanas, Eve Ball, en su libro "In the Days of Victorio: Recollections of a Warm Springs Apache" ["En los días de Victoria: Recuerdos de un Apache de Warm Springs"]. Aquel anciano de casi 70 años tenía grabada a fuego en su memoria esa noche de huida, aunque en el momento de los hechos solo tuviera cuatro años. También recordaba que nunca volvió a ver a su hermana Chenleh.

La narración de la matanza de Tres Castillos forma parte de la tradición oral de los Apache, y hoy es conocida por muchos 'indaa (no-Apache) gracias al trabajo de Ball. No fue lo único que recogió aquella autora, por cierto. En otro de sus libros, "An Apache Odyssey: Indeh" ["Indeh: Una odisea Apache"], incluye una historia legendaria que tiene como protagonista a la madre de Kaywaykla. Esa mujer que se escondió con su hijo entre un par de rocas.

Fue llamada Goyan o Gouyen, "La que es sabia", y era hermana de Victorio. Con veinte y pocos años tuvo que soportar la ardua huida a México desde la Reserva de San Carlos, y la horrorosa experiencia de Tres Castillos. Pero antes había vivido la muerte de su esposo. La leyenda cuenta que una partida de guerreros Comanche lo asesinaron y mutilaron salvajemente al sur de Deming (estado de New México). La mujer, vestida con el atavío de piel de ciervo que había usado para la ceremonia de pubertad y para su boda, siguió por tres noches el rastro de aquellos asaltantes. Viajaba en la oscuridad para no ser vista, provista solo de una jarra de agua y de un poco de carne seca, que llevaba en un saco atado a la cintura.

A la cuarta noche, según contaba la tradición oral Apache, descubrió el campamento Comanche. Estaban celebrando su victoria. Gouyen vio la cabellera de su marido en manos del jefe, que la exhibía como un trofeo personal. Robó entonces un caballo y lo ató a cierta distancia de aquel grupo, que ya estaba borracho. Luego volvió y se mezcló entre un grupo de bailarines. Se abrió camino, seductoramente, hasta el jefe, flirteó con él, y lo llevó a una zona apartada de los otros. Se dice que le destrozó la garganta con los dientes, y que terminó de matar a aquel hombre con su propio cuchillo. Sin que le temblara el pulso le cortó la cabellera, y acto seguido le arrancó el taparrabos adornado con cuentas y lo despojó de sus mocasines. Tras eso, galopó dos días seguidos hasta alcanzar su campamento, donde cayó exhausta en los brazos de sus suegros, con su vestido ceremonial empapado en la sangre del asesino de su esposo, del cual acababa de vengarse.

Cuando recobró la conciencia, presentó su botín –cabellera y ropa– a su familia política.

Gouyen se casó en segundas nupcias con un guerrero Apache llamado Kayatennae, también sobreviviente de la masacre de Tres Castilllos. Se unieron a la banda de Nana, y más tarde a la de Gerónimo, y escaparon de la Reserva de San Carlos en 1883. La familia –la mujer, su compañero y sus hijos– fue capturada en 1886 por el ejército de los Estados Unidos y llevada a Fort Sill (estado de Oklahoma). Allí fueron retenidos, como prisioneros de guerra. Kaywaykla pudo salir, renunciando en gran medida a su identidad. Los demás no tuvieron esa suerte.

Gouyen murió en 1903, a los 46 años. Su tumba está allí mismo, en Fort Sill, de donde nunca pudo escapar. Su historia, sin embargo, sigue viajando de boca en boca entre los Apache de hoy.

Imagen: Gouyen y Kayatennae.