9.8.16

Las trementinaires

Las trementinaires

Por Edgardo Civallero

Eran mujeres sanadoras. Mujeres decididas que anavan pel món [en catalán, "andaban por el mundo"]. Mujeres que heredaban y acumulaban conocimientos de siglos sobre plantas y hierbas medicinales, tratamientos, curaciones y otros elementos vinculados con la salud y el bienestar de animales y gentes.

Eran mujeres sabias, a pesar de que, desde el punto de vista de la cultura dominante, eran analfabetas y carecían de toda educación formal. Eran mujeres que, en otros tiempos (tiempos no tan lejanos, por cierto), fueron acusadas de brujas y quemadas en la hoguera pero que, desde mediados del siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX, recorrieron caminos, valles, montañas y senderos para llevar sus remedios allí donde podían.

Eran las trementinaires del Valle de la Vansa y Tuixent, entre la Sierra del Cadí y los contrafuertes del Port del Comte, en la comarca del Alto Urgel (provincia de Lérida, Cataluña, España).

* * *

Ya en el año 1623, Magdalena Barber, una vecina de Sant Pere de la Vansa, declaraba en un proceso inquisitorial que algunas mujeres de la parroquia de La Vansa Fornols, acusadas de brujería, sabían preparar gran cantidad de venenos, pócimas y ungüentos. La tradición de recolección y procesamiento de vegetales comestibles y medicinales en esa región venía, pues, de lejos.

Durante el siglo XIX, algunas de esas mujeres comenzaron a salir de sus aldeas y a vender sus productos fuera. En su valle las llamaban dones que anan pel món ["mujeres que andan por el mundo"]; a partir de la ciudad de Berga (capital de la comarca del Berguedà, en la Cataluña central) se las conocía como trementinaires ["vendedoras de trementina"].

Anar pel món era parte de una estrategia de las pagesas [campesinas] de montaña pertenecientes a las llamadas "casas bajas", con muy escasos recursos y una economía de autoconsumo y subsistencia. Su objetivo era reforzar esa economía doméstica obteniendo dinero en efectivo, en un espacio geográfico en el cual los intercambios monetarios eran escasos y en un momento histórico en el que la crisis socio-económica era palpable. Las mujeres siempre fueron las que manejaron los conocimientos sobre vegetales comestibles y medicinales, unos conocimientos que para el siglo XIX se estaban perdiendo en muchas áreas de Cataluña (debido a la "modernización" e industrialización de la sociedad catalana); las pagesas del Valle de la Vansa y Tuixent supieron ver el producto y la necesidad, y no dudaron en aprovechar aquella oportunidad. La venta de esos bienes permitió a las trementinaires disponer de dinero contante y sonante para pagar deudas, redimir préstamos, realizar algunas compras e incluso sobornar a ciertas autoridades y reducir los plazos de servicio militar de sus hijos y hermanos...

Para realizar esas ventas, las mujeres debían salir de su valle natal y anar pel món. Atrás dejaban hogares y familias: toda una estructura humana que se reorganizaba con cada trayecto para que, en su ausencia, todo continuara funcionando. Habitualmente las viajeras preparaban sus fardos dos veces al año: la primera en otoño, tras la matanza del cerdo, lo cual les permitía volver a casa para Navidad (fiestas importantes, en las que se reforzaban los vínculos familiares); la segunda, después de Reyes, finalizaba justo antes de Pascua.

Las trementinaires viajaban por Cataluña siguiendo siempre las mismas rutas: los largos caminos de la antigua trashumancia de ganado lanar. No entraban en grandes poblaciones: pasaban por villas y masías, en donde eran bien conocidas y recibidas. Después del 11 de noviembre (San Martín, fecha tradicional de la matanza del cerdo en la península Ibérica) emprendían su primer viaje, hacia la Plana de Urgel, el Penedés y el Campo de Tarragona, en donde vendían sobre todo setas secas, requeridas para las comidas navideñas. Después de Reyes salían nuevamente: iban por la cuenca minera y el río Llobregat hasta el Vallés y el Maresme, y en este punto seguían la costa hasta el Alto Ampurdán. En este recorrido, el más largo, vendían sobre todo trementina y aceite de enebro. Desde la costa de Gerona volvían a las montañas leridanas atravesando las comarcas de la Garrocha y el Ripollés.

Con este oficio, las trementinaires rompieron toda una serie de barreras simbólicas. No se trataba solo de mujeres que andaban solas en un mundo "desconocido y lleno de peligros" sin la protección de hombre alguno. Aquellas pagesas se metían de lleno en el ámbito de la salud, un mundo que hasta aquel momento les había sido negado: cualquier incursión femenina en ese ramo había tenido como resultado castigos, exclusión, venganzas, burlas, e incluso la muerte en la hoguera.

Salían del Valle de la Vansa y Tuixent viajando a pie y en parejas: una mujer mayor, con experiencia, y una joven. Los miembros de tales parejas solían pertenecer a la misma familia; así, abuelas y nietas se iban juntas mientras que las mujeres de mediana edad quedaban al frente de la organización familiar. El hecho de viajar en parejas obedecía a varias razones: por un lado, permitía salvaguardar la reputación de unas mujeres que viajaban solas, algo que de por sí era un motivo de escándalo y de problemas (y en ciertas partes del mundo, triste es decirlo, lo sigue siendo). Por el otro, las parejas siempre juntaban a mujeres con mucha confianza entre ellas, una confianza que permitía que los viajes se convirtieran en una suerte de "iniciación" para la más joven; ésta recibía los conocimientos sobre plantas y trementina, además de todo el saber sobre las artes medicinales, los circuitos de venta y los potenciales clientes.

A pesar de que la trementina –aguarrás, extraído de la resina del pino– era el producto estrella (y el que daba su nombre al oficio), vendían muchas otras cosas: té de roca, corona de rey (Saxifraga longifolia), escabioses (Scabiosa sp. ), serpolet (Thymus serpyllum), oreja de oso (Ramonda myconi), millfulles (Achillea millefolium), hongos secos, y aceites de enebro y de abeto, por ejemplo. Antes de anar pel món era preciso, pues, recolectar hierbas y setas, limpiarlas, secarlas, cortarlas y meterlas dentro de coixineres [fundas de almohada]; en esas tareas colaboraba todo el grupo familiar. A la trementina se le agregaba pega grega [colofonia de pino] y aceite de oliva para producir una suerte de pomada que se utilizaba para desinfectar heridas de personas y animales, y que las trementinaires, para evitar pesos excesivos en los viajes, no siempre llevaban preparada: transportaban únicamente la trementina, que según los pedidos mezclaban con el resto de productos, comprándolos a los drogueros de la zona.

Una vez preparadas todas las mercaderías, las guardaban en bolsas de tela fáciles de llevar durante el viaje. Esas bolsas, grandes como fardos, formaron parte del imaginario de las trementinaires, reconocidas allí por donde pasaran. Otros elementos típicos de su equipo eran una bolsa pequeña para llevar la ropa y el dinero; las latas en las que cargaban los aceites (de abeto y de enebro) y la trementina; una navaja para cortar y desmenuzar las hierbas; y una pequeña romana de hierro en la que pesaban sus productos antes de la venta.

El oficio estableció una serie de vínculos entre mujeres que fueron capaces de auto-organizarse. Las trementinaires crearon una red local que compartía conocimientos médicos y preparados naturales, lejos de los círculos dominados por la Iglesia y por el sistema cada vez más capitalista de las grandes ciudades. La construcción de esos espacios propios supuso un importante avance para la autonomía de las pagesas del Valle de la Vansa y Tuixent. Cuando volvían a casa, tras semanas y semanas andando por Cataluña, no eran las mismas personas que habían salido de allí. Habían descubierto mil cosas más allá de sus montañas natales.

[La última trementinaira fue Sofía Montaner, de Ossera (Lérida), que viajaba acompañada por su marido, Miquel Borrell. La pareja va anar pel món por última vez en 1982].

Texto adaptado de Viñals, Maite y Domenjó, Isidre (2016). Les trementinaires... aquelles dones sávies i valentes. Pànxing Pirineus, 26, invierno-primavera, pp. 46-49.

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