16.8.16

De historias a medias y medias historias

De historias a medias y medias historias

Por Sara Plaza

Estaba leyendo la edición revisada de "Black Feminist Thought. Knowledge, Consciousness and the Politics of Empowerment" ["Pensamiento Feminista Negro: Conocimiento, Consciencia y Políticas de Empoderamiento", publicado por primera vez en 1990], de la socióloga estadounidense Patricia Hill Collins, cuando encontré la cita de una conversación de Alice Walker con su madre, en la que la escritora estadounidense le comenta: "Creo que la verdad sobre cualquier asunto solo se conoce cuando se reúnen todos los fragmentos de la historia y a partir de sus diferentes significados surge uno nuevo. Cada escritor escribe las partes que faltan de la historia de otro escritor. Y es la historia completa lo que yo persigo".

Hill Collins venía hablando de la necesidad de entablar diálogos y establecer coaliciones entre grupos con proyectos de justicia social similares, y a continuación señalaba que la respuesta de la madre de Alice dejaba entrever las dificultades que entraña mantener ese tipo de diálogos dadas las diferencias de poder de cada grupo: "Dudo que alguna vez llegues a obtener de los blancos las verdaderas partes que faltan de cualquier cosa. Llevan tanto tiempo sentados sobre la verdad que ya la han exprimido toda".

Como en otras ocasiones, un libro me dejó a las puertas de otro. Sin cerrar las páginas del de Hill Collins abrí las de aquel ensayo de Walker titulado Beyond the Peacock: The Reconstruction of Flannery O'Connor [Más allá del pavo real. La reconstrucción de Flannery O'Connor], que encontré en "The Alice Walker Collection: Non-Fiction" (si bien originalmente estaba incluido en un trabajo anterior, "In Search of Our Mothers' Gardens", publicado en 1983), del que traduzco libremente una pequeña parte.

–O'Connor escribió una historia titulada Todo lo que asciende debe converger.
–¿Cómo?
–Todo lo que se sube se junta, confluye, se unifica. En pocas palabras, la historia es la siguiente: una vieja mujer blanca, de cincuenta y tantos...
–¡Eso no es ser vieja! ¡Yo tengo más años y no soy vieja!
–Lo siento. Esta señora de mediana edad se sube a un autobús con su hijo, al que le gusta pensar que es un liberal sureño ... [el cual] busca una persona negra para sentarse a su lado. Esto horroriza a su madre, que, aunque no es muy mayor, mantiene las viejas costumbres. Lleva puesto un sombrero horripilante, un sombrero muy caro, morado y verde.
–¿Morado y verde?
–Carísimo. Elegante. Comprado en la mejor tienda de la ciudad. Piensa: "No voy a tener rival con un sombrero como este". Pero lo cierto es que en seguida se sube al autobús una enorme mujer negra con un niño pequeño, a la que O'Connor describe como parecida a un gorila, que lleva el mismo sombrero morado y verde. Nuestra no demasiado joven señora blanca está horrorizada, superada.
Apuesto a que sí. Los negros también tienen dinero para comprar tonterías.
–¡Eso es lo que señala O'Connor precisamente! Todo lo que asciende debe converger.
–Pues la gente con sombreros morados y verdes tendrá que converger sin mí.
–O'Connor pensaba que el sur, a medida que se volviera más "progresista", sería como el norte. Culturalmente anodino, materialmente destrozado, y en lo que a las personas se refiere, no se podría distinguir un grupo racial de otro. Todo el mundo querría tener las mismas cosas, a todos les gustaría lo mismo, y se verían reducidos a llevar, simbólicamente, el mismo sobrero morado y verde.
–¿Y crees que eso es lo que está pasando?
–Sí. Pero esa no es toda la historia. La mujer blanca, en un intento de salvar su orgullo, decide tomarse el incidente de los sombreros como un caso de "lo que hace el mico hace el mono". Y por supuesto ella asume que no es la que copia. Ignora a la estúpida mujer negra y empieza a hacerle monadas a su hijo, que es pequeño, negro y muy rico. No se da cuenta de que la mujer negra está encendiéndose. Cuando todos se bajan del autobús le ofrece al pequeño un "penique nuevo y brillante". Y la madre del niño la sacude con su cartera.
–Apuesto a que era un cartera grande.
–Grande y llena de objetos duros.
–¿Y qué pasó después? ¿No dijiste que el hijo de la mujer blanca estaba con ella?
–Él había intentado avisar a su madre. "Los negros de ahora no son como los de antes", le dijo. Pero ella no le hizo caso. Él pensaba que odiaba a su madre hasta que la vio tirada en el suelo y sintió pena por ella. Pero al tratar de ayudarla, ella no lo reconoció. Se retrotrajo a un tiempo histórico más acorde con sus deseos. "Dile al abuelo que venga a buscarme", dijo. Y tambaleándose se perdió en la oscuridad.
–Pobre.
–Es lo mismo que sintió su hijo, y por eso sabemos que es un relato de Flannery O'Connor. Al hijo le cambia lo ocurrido con su madre. Entiende que, además de una mujer ridícula que se comportaba como si viviese en el pasado, era una criatura patética, lo mismo que él. Pero ya es tarde para decírselo porque está loca de remate.
–¿Y qué hizo la mujer negra después de tirar al suelo a la mujer blanca y marcharse?
–O'Connor decidió no contarlo, y por eso, aunque es una buena historia, para mí solo es media historia. A lo mejor tú conoces la otra mitad...
–Bueno, no soy escritora pero había una vieja mujer blanca a la que una vez quise pegar...
–¡Exacto!

* * *

Satisfecha mi curiosidad, volví sobre "The Black Feminist Thought...", donde el día anterior había descubierto otro pasaje relacionado con el intercambio de puntos de vista entre madre e hija. Se trata de las palabras de la historiadora feminista negra Elsa Barkley Brown recordando el papel fundamental que tuvieron las ideas de su madre en el trabajo académico que estaba realizando sobre las lavanderas afroamericanas.

Según explica Hill Collins, al comenzar su investigación la historiadora utilizó la lente que le había proporcionado su formación como tal, y a través de ella vio al grupo de mujeres que estudiaba como trabajadoras de servicios poco valoradas. Esa visión cambió al hablar con su madre y contarle ésta que las lavanderas se ponían de acuerdo para llevar la ropa sucia a la casa que tuviera la cocina más grande, y así, poco a poco, fueron creando una comunidad y una cultura propias. A partir de ese momento, mirando a través de una lente diferente, Brown vio a las lavanderas como empresarias: "Fue mi madre quien me enseñó a hacer las preguntas adecuadas; y todas las que de forma regular intentamos hacer esa cosa llamada trabajo académico somos plenamente conscientes de que las preguntas adecuadas son la parte más importante del proceso".

* * *

El libro de Hill Collins es excelente. La edición revisada también recoge el prólogo de la primera, del que extraigo los párrafos iniciales y finales que me invitaron a su lectura:

A la edad de cinco años me eligieron para el papel de La Primavera en la obra que se iba a representar en la escuela. Sentada en mi trono, presidí orgullosamente una corte de niños actuando de pájaros, flores y otras estaciones "menores". Rodeada de niños como yo –las hijas e hijos de obreros, empleadas de hogar, secretarias, trabajadores de fábricas– afirmé quien era. Cuando llegó mi turno, recité unas pocas líneas de forma magistral, con gran entusiasmo y energía. Me encantaba mi papel porque yo era La Primavera, la estación de la nueva vida y la esperanza. Todos los adultos comentaron lo fundamental que era mi parte, y me felicitaron por lo bien que lo había hecho. Sus palabras y abrazos me hicieron sentir importante y que lo que yo pensaba, sentía y lograba importaba.

A medida que se fue ensanchando mi mundo me di cuenta de que no todo el mundo estaba de acuerdo conmigo. A partir de la adolescencia cada vez fui más "la primera" o "una de las pocas" o "la única" afroamericana y/o mujer y/o persona de clase trabajadora en los lugares donde estudié, viví y trabajé. No veía nada malo en ser quien era, pero aparentemente muchos otros, sí. Mi mundo creció pero yo sentía que cada vez era más pequeña. Intenté desaparecer dentro de mí misma para desviar los dolorosos ataques diarios, concebidos para enseñarme que ser una mujer trabajadora afroamericana me hacía inferior a quienes no lo eran. Y a medida que empequeñecía me volví más callada y al final prácticamente enmudecí.

Este libro refleja una etapa de la continua lucha por recuperar mi voz. [...]

[...] Cuando comencé este libro tuve que superar mi reticencia a plasmar mis ideas en papel. Me preguntaba a mí misma: ¿Cómo puedo, como individuo, hablar en nombre de un grupo tan grande y complejo como el que formamos las mujeres afroamericanas? La respuesta es que ni puedo ni debo, porque cada una de nosotras debe aprender a hablar en nombre de sí misma. Mientras escribía empecé a ver mi trabajo como parte de un proceso más amplio, como una voz del diálogo entre personas que han sido silenciadas. Sé que nunca volveré a encontrar en mí esa curiosa coexistencia de inocencia y firme confianza que percibí cuando interpreté a La Primavera. Pero espero recuperar aquellas partes honestas, genuinas y fortalecedoras de la voz de mi personaje. Y lo que es más importante, mi esperanza es que quienes anteriormente estuvieron y están actualmente calladas encuentren sus voces. Yo, por lo pronto, quiero escuchar lo que tengo que decir.