26.7.16

"Solo se puede ser universal asumiendo las propias raíces"

Estamos viviendo fuera de la realidad

Por Sara Plaza

Reproducimos a continuación la traducción al castellano del discurso pronunciado por Agustín Fernández Paz, conocido y valorado docente y escritor gallego, fallecido el pasado 12 de julio en Pontevedra, al ser investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Vigo en 2013. El texto original en gallego lo recuperaba hace una semana el diario online Galicia Confidencial en un artículo titulado "A defensa do galego de Fernández Paz, nas propias palabras de Fernández Paz".

[...] Que esto me esté sucediendo en la Universidad de Vigo, la ciudad de la que soy vecino desde hace más de veinte años, me llena el pecho de alegría. Vigo nos atrapó, nos recibió con los brazos abiertos, sentimos cada día su cariño. Es una fortuna participar de los afanes de esta ciudad de sal, de esta abeja de ribera, como suele llamarla Manuel Bragado. Que nuestra Universidad me agasaje hoy con este reconocimiento me une todavía más a esta institución, a Vigo y a su ciudadanía.

Los escasos méritos que puedo aportar tienen que ver con mi trabajo de creación literaria, en especial la orientada a la gente joven, y con el trabajo alrededor de la promoción de la lengua [gallega] en la enseñanza y en la sociedad. Por esta razón, en el discurso que me dispongo a leer, necesariamente breve, abordo algunas facetas de mi biografía referidas a las dos líneas de trabajo mencionadas. Lo titulé Seis recuerdos y una narración.

Seis recuerdos...

Recuerdo la creación del mundo, que comenzó cuando vi la luz por primera vez en la primavera de 1947. Conforme crecía, el mundo se fue desvelando a mi alrededor, en un proceso prodigioso que se pone en marcha cada vez que nace una persona. El paisaje de mi infancia era el de Vilalba en los gélidos años cincuenta. Una sociedad donde el paso de las estaciones marcaba el ritmo de la vida: los trabajos comunales, los juegos infantiles, el ciclo de las cosechas. Un pedazo de Galicia de niebla y plomo sobre el que planeaban los miedos y los silencios, algo que entonces yo ignoraba.

Aceptábamos la diglosia granítica que se había instalado en la sociedad como si perteneciera al orden natural de las cosas. El párroco, los maestros, los artistas de cine y el médico hablaban castellano, el mismo idioma que leíamos en los periódicos y tebeos o que escuchábamos por la radio. La lengua de los usos más formales, porque luego la vida de verdad se desarrollaba en nuestro idioma. El lenguaje de los juegos, de la familia, del trabajo, de las caricias... era el gallego.

Y también la lengua de las narraciones orales que yo escuchaba fascinado, sin saber que aquellas historias cimentaban la pasión por las palabras que acabaría por llevarme a la escritura y convertirme, también a mí, en un contador de historias.

Recuerdo los libros que leí. Nunca olvido que, antes de escritor, soy lector. Hijo de otro lector apasionando, como era mi padre. Con él di los primeros pasos por el camino que me trajo hasta aquí. Un camino tan dilatado en el tiempo que me permite hablar de los enormes cambios en la valoración de la lectura que se produjeron en la sociedad. Como Roy Batty en Blade Runner, también yo puedo afirma que "vi cosas que vosotros nunca creeríais". En eso, los de mi generación fuimos afortunados, pues asistimos a la etapa que va desde 1945 a estos primeros años del siglo XXI, a la que Ignacio Ramonet llama "de las grandes transformaciones". También en la lectura, huérfana de políticas públicas que reconocieran la función esencial que desempeña.

Si en la infancia nos conformábamos con leer lo que teníamos a mano, en los años de la adolescencia y la juventud yo ansiaba leer autores de los que me llegaban ecos, pero que no se encontraban porque la censura era brutal, la libertad de expresión una utopía y se silenciaban las voces que podían desvelarnos otros caminos.

Si la lectura siempre es una conquista que necesita años para asentarse, todavía lo fue más para las personas de mi generación, condenadas a no leer, o a hacerlo a destiempo, a los autores que en el siglo XX renovaron la visión del mundo. Castelao, Sartre, Machado, Joyce, Camus, Kafka, Beckett... Sí, yo pasé hambre de libros. Una situación que contrasta de manera notable con la actual, donde la censura se ejerce con medios mucho más refinados.

Los tiempos fueron cambiando, como había anunciado Bob Dylan en 1963, y la vida puso en mis manos títulos imborrables, libros que estallaron como una supernova en mi interior y me cambiaron para siempre. Con Borges, también podría afirmar, "yo soy los libros que leí".

Recuerdo el inolvidable descubrimiento de que había libros escritos en gallego. En la infancia vilalbesa, empapados todos en el contexto gallego-hablante de la práctica oral, creíamos que la escritura era algo reservado al castellano que nos hablaban en la iglesia, en la escuela o por la radio.

Hasta que un día de mis ocho años, mi padre llegó a casa con dos libros en la manos. Sentada la familia entera a la mesa de la cocina, con el hule bien limpio para no mancharlos, papá nos enseñó la maravilla que traía: dos libros escritos en gallego, Merlín e familia y Á lus do candil. Se los había prestado el señor Crende, un encuadernador del que era muy amigo, un hombre suscrito a las publicaciones de Galaxia, la editorial que acaban de crear los miembros del Partido Galeguista en el interior.

Mi padre nos leyó algunas páginas en voz alta, que escuchamos con una emoción semejante a la del primer europeo que vio cisnes negros en tierras australianas. ¡Más allá de los pequeños textos burlescos que aparecían en El Progreso por San Froilán o de algunos versos de los poetas locales que se incluían en el programa de las fiestas, había libros de verdad en nuestra lengua!

Sé que otras personas tuvieron mayor fortuna y crecieron al lado de los libros gallegos impresos antes de 1936 o accedieron a las obras editadas por los exiliados en Argentina y Méjico, que llegaban aquí por vías furtivas. Yo no. Aquella fue mi epifanía, a la que después siguió, ya adolescente, la emoción de leer los Cantares gallegos en una edición perdida en la biblioteca de la Universidad Laboral de Gijón. La gran Rosalía, sin intermediarios, desvelándome su genio y señalándome el camino.

Más adelante vendrían otros libros, teñidos con un aquel de clandestinos, y también las hojas que circulaban mecanografiadas con poemas donde ni tan siquiera aparecía el nombre del autor. Solo más adelante, haciendo memoria, supe que pertenecían a Celso Emilio, a Ferrín, a Novoneyra... Y luego, finalizada ya la década de los sesenta, asistí a su precaria presencia en las librerías y experimenté la emoción con la que los comprábamos. Fue en esos años cuando surgió en mí la decisión de escribir en gallego, la intuición de que aquel camino tupido por los zarzales más espesos era el que realmente deseaba recorrer. Pero esa es otra historia, que hoy no cabe aquí.

Recuerdo el poema Penélope de Díaz Castro, chairego como yo, cada vez que reflexiono sobre la situación social de nuestra lengua a lo largo de estas décadas pasadas. "Un paso adiante e outro atrás, Galiza / e a tea dos teus soños non se move". A mi generación le correspondió, desde los años finales de la década de los sesenta, un papel protagonista en la tarea de extender y prestigiar socialmente la lengua. A través del trabajo cotidiano, bastantes personas dejamos una parte substancial de nuestra vida en ese afán. En las aulas, en los ámbitos sociales en los que nos movíamos, con nuestros escritos y la creación de revistas, o con las innumerables charlas en cualquier lugar donde nos invitasen.

¡Cuánto trabajo, cuánta energía supuso levantar el sencillo edificio que nos permitía soñar con un futuro mejor! Cuando desde el Gobierno gallego, en el año 2004, se nos llamó para elaborar el Plan General de Normalización de la Lengua, refrendado más tarde por la totalidad del Parlamento, muchos creíamos posible añadirle un piso más al edificio en el futuro próximo.

No fue así, como bien sabemos. Desde hace algunos años asistimos inquietos al minucioso proceso de desmontaje del edificio. Con la excusa de la crisis o sin ella, los retrocesos legales se suceden con medida puntualidad. El objetivo final parece muy claro: podar las ramas más vigorosas del bonsái, limitar la presencia social de la lengua hasta confinarla en un lugar subordinado.

Una reflexión sobre el sistema educativo público nos llevaría a conclusiones tan inquietantes como la anterior. A mí, no solo como ciudadano, no solo como el docente que fui durante tantos años, no solo como escritor en gallego, esta realidad me hiere en lo más íntimo. ¡Qué difícil es construir, cuánto trabajo lleva conseguir avances, y qué fácil y rápida resulta la tarea de demolición!

A veces uno siente la tentación, como el protagonista de La mirada de Ulises, la lúcida película de Theo Angelopoulos, de brindar "por las esperanzas rotas. Por el mundo que no cambió a pesar de nuestros sueños". Pero, como la que movía a Penélope y finalmente se vio cumplida con la llegada de Ulises a las orillas de Ítaca, los ánimos y la esperanza en el futuro caminan siempre con nosotros.

Recuerdo los abundantes libros que he escrito, en especial los de ficción. En su Carta de batalla por Tirant Lo Blanc, Vargas Llosa afirma que todo narrador es un suplantador de Dios y cada narración, la historia de un deicidio. Pues, como escribió Wislawa Szymborska, "aquí, negro sobre blanco, rigen otras leyes".

Son apropiadas las dos citas para esta tarea tenaz y solitaria de construir mundos y darles vida a los personajes empleando las palabras como únicos materiales. Obsesionarse con una historia, dejarse poseer por ella durante los meses que dure el trabajo. Depurar lo escrito una vez y otra, buscando esa textura capaz de despertar múltiples resonancias en los lectores, también en los más jóvenes.

Escribir como un acto de rebeldía, como un acto de amor. Escribir con el deseo intenso de crear algo que antes no existía. Escribir con la inmensa entrega con que mi padre hacía una mesa o un armario. Y ser consciente de que "aramos sobre los muertos de esta tierra", de que nuestra escritura se alimenta de la de los autores que nos precedieron, en primer lugar de los que escribieron en mi lengua, pero también de los de toda la literatura universal. El saber que viene de lejos pasa a través de mí, de nosotros, y se proyecta en el futuro.

Esa es mi manera, nuestra manera de participar en la cultura de la humanidad. El trazo más significativo de la cultura gallega, que tan bien expresaron los miembros de la Xeración Nós [1] es su vocación de ser célula de universalidad; la voluntad de ser una pieza más en el mosaico mundial de las culturas; la conciencia de que solo se puede ser universal desde la asunción de las propias raíces.

Recuerdo en todo momento a Inmaculada, mi mujer, que hoy me acompaña, y a Mariña, mi hija. Es muchísimo lo que les debo a las dos, ellas son los pilares que me sostienen, ellas son quienes le dan sentido a mi vida. Y recuerdo mis raíces. A mis padres, que hicieron todos los sacrificios para que yo pudiera estudiar. A mi hermana y a mi hermano que murió joven, y a toda la extensa familia vilalbesa: los de Louzao, los de Novo, los de Xan de Grande... De ellos vengo y de ellos aprendí las certezas esenciales que me guían en la vida. Una vida que "por larga que sea, siempre será muy breve", como dice un verso de la polaca Wislawa Szymborska. Claro que sí, pero también qué rica en experiencias. Me acuerdo ahora de los amigos y amigas que fui encontrando por el camino de la vida. Ellas y ellos me dan el mayor bien que puede poseer una persona: la amistad desinteresada. Como escribió Aquilino Iglesia Alvariño, en un tiempo en el que yo todavía era un niño, "Quero contar un por un meus amigos / (...) poucos ou moitos, meus amigos son / quero contalos no meu corazón".

...Y una narración

Los extraños mecanismo de la memoria

Siempre había escuchado decir, e incluso lo había leído en algún libro, que, en los breves instantes que precederían a su muerte, toda la vida pasaría de manera acelerada delante de sus ojos, permitiéndole revivir por última vez las experiencias, amargas unas, felices otras, que su memoria había ido sepultando con paciencia geológica en el transcurso de los años.

Un fenómeno así, meditaba a veces, tenía que obedecer a una rara orden programada en alguna secuencia de la curva helicoidal de nuestro ADN, algo así como una consoladora versión divina de la máquina que Adolfo Bioy Casares había imaginado en La invención de Morel.

Pero algún agente debió de alterar la secuencia que pondría en marcha el complicado mecanismo, porque, en los segundos finales de su vida, la memoria se le quedó anclada con firmeza en la imagen luminosa de Laura, la joven de ojos de miel y trenzas rubias a la que tanto había amado en sus años adolescentes.

Y con ella llegó la música, impetuosa como el agua que baja brava por el torrente. La música de aquella canción olvidada, que ahora regresaba con toda su potencia evocadora; la misma que sonaba cuando Laura y él se besaron con la emoción contenida de la primera vez. Mientras la música inundaba todos los rincones de su memoria, fueron apareciendo nítidos los colores: el rojo de la falda de su amiga, el dorado de las trenzas que tantas veces había acariciado, el intenso verdor de las hojas de los robles, el arrebol del cielo al ponerse el sol, el color miel de los ojos que no había podido olvidar nunca.
Entendió entonces que cuando la vida entera pasa, lo único que nos queda entre las manos es la memoria de los momentos felices, el recuerdo de ese abrazo de experiencias que en días alegres alborotaron nuestro corazón.

[1] Grupo Nós, colectivo de intelectuales gallegos reunidos en torno a la revista homónima, entre los que se contaban Vicente Risco, Ramón Otero Pedrayo, Alfonso Daniel Rodríguez Castelao, Antón Losada Dieguez y Florentino López Cuevillas.

Ilustración de Sara Plaza
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