19.4.16

Una naranja de museo

Una naranja de museo

Por Edgardo Civallero

Joseph Roberts nació en 1854 en Hanley, condado de Staffordshire, en el corazón de la Inglaterra de la Revolución Industrial. Como muchos de sus compatriotas, era minero: había que extraer de las galerías subterráneas el material que mantenía funcionando las calderas y escupiendo humo a las enormes chimeneas de la región, conocida hasta bien entrado el siglo XX como The Potteries por sus industrias cerámicas.

Trabajaba en los Racecourse Pits, tres enormes pozos de carbón situados en Etruria, un pueblo cercano a Hanley. Esas villas, junto a otras tantas, se desarrollaron al calor de las industrias y, al crecer, terminaron formando el actual conglomerado urbano de Stoke-on-Trent. Las carboneras se abrían justamente en el sitio en el que, hasta 1841, había funcionado la primera racecourse (pista de carrera de caballos) de The Potteries. En 1842, Earl Granville compró el lugar, y convirtió aquel rincón de diversión en la puerta de entrada a una vida de penurias.

La mañana del 19 de febrero de 1891, Roberts salió de su casa con su lunchbox, la tradicional caja en la que los obreros se llevaban al trabajo el almuerzo preparado por sus mujeres... cuando tenían algo para llevarse. Dentro iba, entre otras cosas, una naranja cuidadosamente envuelta en un paño de algodón y colocada dentro de una lata del famoso Lyle's Golden Syrup, una melaza clara que se comercializaba en Inglaterra desde hacía unos pocos años (y que aún se produce). Aquello era un pequeño lujo, un tesoro para la época; las frutas más habituales eran las manzanas y peras locales, o las bayas de temporada, o incluso algunos ejemplos tempranos de frutas almibaradas enlatadas. Pero no las naranjas. No en aquel entonces, en aquel lugar.

Roberts bajó a la mina, como cada día. Pero antes de la hora del descanso, antes de que pudiera abrir su lunchbox y encontrar aquella naranja, hubo una explosión.

Lograron sacarlo de allá abajo, y llegó vivo al hospital. Pero nunca volvió a su casa.

Su caja del almuerzo fue devuelta a su familia: su esposa y sus seis hijos. Y así, tal cual la recibieron, se quedó durante un siglo, encima de la repisa de la chimenea. Intacta. Y con la naranja dentro.

Al estar en un sitio seco y cálido, la fruta no se descompuso, sino que se secó.

En 2007, Pam Bettaney, la bisnieta de Roberts, donó la pieza al Potteries Museum & Art Gallery de Stoke-on-Trent, envuelta en su paño y dentro de su lata. De un color negro noche que no invita ni siquiera a acercarse a ella, la naranja está expuesta en una vitrina más de 100 años después, recordando un pretérito gesto de cariño y un destino fatal que fue compartido por muchos, muchísimos otros.

Dicen que las semillas todavía pueden oírse en el seco y hueco interior de la fruta.