1.3.16

Rascacielos en el desierto

Rascacielos en el desierto

Por Edgardo Civallero

Shibam es una ciudad de unos siete mil habitantes situada en el centro de Yemen, en la región histórica de Hadramawt, la gobernación más grande del país.

Está ubicada en el Wadi Hadramawt, un valle que, como una gigantesca cicatriz, corta de este a oeste el desierto de Ramlat al-Sab'atayn. Antaño fue la capital del antiguo Reino Hadramita (tras la destrucción de su anterior capital, Shabwa, en el siglo III) y, merced a su oasis, una de las paradas obligatorias en las rutas comerciales de incienso y especias que cruzaban el sur de la península Arábiga. En la actualidad, Shibam es conocida internacionalmente por sus altos edificios de arcilla.

Todas las casas de su casco antiguo –un recinto de 330 x 250 m rodeado por una muralla– están hechas con ladrillos de adobe, y sus fachadas se cubren regularmente con una capa de barro espeso que las protege de las inclemencias del tiempo. Al menos 500 de esas viviendas son torres de entre 5 y 11 pisos, que llegan a alcanzar los 40 m de altura. Tan particular arquitectura le ha ganado a Shibam el título de Patrimonio de la Humanidad (UNESCO, 1982).

La ciudad se alza sobre un peñón rocoso clavado en el centro mismo del valle. Hay referencias que la sitúan ya en el siglo II a.C. Sin embargo, una inundación la arrasó casi por completo en 1532, de manera que, a excepción de la mezquita (del siglo IX-X) y la fortaleza (del siglo XIII), los edificios más antiguos que se conservan son del siglo XVI.

En El Gran Libro de Viajes de Selecciones del Reader's Digest (2.ed. Madrid: Selecciones, 1973, pp. 278-9), el viajero y escritor danés Jørgen Bisch (corresponsal del National Geographic, y famoso por sus relatos de viajes por Arabia y Mongolia) cuenta su experiencia en la ciudad a mediados del siglo pasado (cuando el actual Yemen todavía era "Arabia del Sur"). Lo hace en un capítulo, titulado "Rascacielos en el desierto", cuyo texto transcribo íntegro por su brevedad e interés:

Rascacielos en el desierto
Cuando recorriendo Arabia del Sur, surge de pronto ante nosotros la colosal ciudad de Shibam, con sus casas de una altura equivalente a nuestros edificios de diez o doce pisos, nos parece imposible no haberla divisado antes desde varios kilómetros de distancia. Pero, aunque parezca mentira, sólo después de haber cruzado una torrentera y llegado al oasis del mismo nombre, aparece inesperadamente la ciudad, como si acabara de surgir de la nada en aquel mismo instante.

¿Cómo explicar este fenómeno? Después de reflexionar un momento, el misterio queda esclarecido: los colores amarillos, pardos y blancos de las casas se funden hasta tal punto con la arena y las montañas del contorno que, a una cierta luz, la población resulta casi invisible. En realidad, es ésta una ciudad fantástica desde todos los puntos de vista: una Nueva York del desierto, nacida muchos siglos antes que la metrópolis norteamericana, a pesar de que, paradójicamente, su nombre signifique "joven" o "nueva".

Aunque a diferencia de otras ciudades árabes, Shibam carece de murallas, los muros macizos de sus viviendas forman un reducto cerrado casi imposible de ser tomado al asalto por las feroces tribus beduinas. Las aberturas que dan al exterior son simples troneras situadas a muchos metros de altura. Únicamente los pisos superiores tienen verdaderas ventanas, de manera que sólo es posible entrar en la ciudad por las pocas puertas de que está dotada. Además, las altas fachadas de las casas, que dan al desierto, están construidas sobre muros o contrafuertes muy empinados.

Existe una poderosa razón por la cual todas y cada una de estas casas, tanto en el propio Shibam como en el oasis, sean verdaderas fortalezas: en el pasado florecieron aquí muchos feudos. Cuando tribus y familias luchaban unas contra otras, era preciso atrincherarse para sobrevivir. En caso de agresión, a los hombres de la ciudad les resultaba más prudente encerrarse y, desde dentro, calibrar las fuerzas del agresor antes de iniciar el contraataque. A las mujeres, sin embargo, se les permitía salir, ya que el antiguo código árabe garantizaba su inmunidad. Ellas, por lo tanto, podían dirigirse a los pozos con la mayor tranquilidad para acarrear agua y cuidar de que los hombres no careciesen de provisiones durante el asedio.

Rascacielos en el desierto
El único detalle de las viviendas de Shibam lo hallamos en las grandes puertas de entrada. Estas se construyen a menudo con madera de cedro (y con menos frecuencia de troncos de palmeras) y suelen estar primorosamente talladas. La cerradura es notable por lo extremadamente complicado del mecanismo, consistiendo la "llave" en una especie de peine de madera que levanta ciertas palancas y permite descorrer luego el pestillo. También se tallan los marcos de las ventanas, pero éstas son de tamaño tan reducido que apenas cabe la cara del que se asoma a ellas. Sobre muchas ventanas de los pisos superiores cuelgan esterillas de paja a guisa de persianas. Sobre una calle vi una cuerda tendida entre dos casas fronteras, a la altura de un octavo piso, que permitía a los vecinos intercambiar cómodamente víveres, tabaco o cualquier otra cosa sin tener que bajar a la calle.

Shibam, al igual que casi todas las ciudades de Arabia, no ha sido edificada en el mismo oasis; se levanta, en cambio, en un pequeño promontorio cercano a éste. Los pozos, así pues, quedan fuera de los límites urbanos. Por esta razón, durante todo el día una larga procesión de mujeres vestidas de azul va y viene entre la ciudad y las fuentes, siendo ellas –aquí como en cualquier otra parte de Arabia– las que hacen las más duras e ingratas tareas.

Hay veces que, en las primeras horas de la mañana, el oasis en las afueras de Shibam permanece envuelto en una especie de neblina. Esta no es consecuencia de la humedad, como sucede en nuestros países, sino del polvo. Cuando se produce este fenómeno, las montañas que dan fondo a la ciudad parecen dibujar a contraluz las más fantásticas siluetas de caprichosos colores. Algunas cimas parecen estar completamente envueltas en tinieblas cuando, hacia el este, el sol ya ha empezado a dar tonalidades más claras a otras. Mientras tanto, el oasis despierta lentamente. Hace fresco en los primeros albores del día, pero el sol sube rápidamente y a las siete y media ya brilla con toda su fuerza por encima de las montañas. De pronto, el cuadro se anima extraordinariamente. Jóvenes pastores pasan corriendo con sus cabras; otros conducen sus ovejas a las laderas. Los rebaños son tan numerosos que parecen enormes desprendimientos de piedras que rodasen montaña abajo hacia el oasis. Me acuerdo que uno de ellos era conducido por una pastorcita de unos catorce años; cuando intenté sacar una foto de sus ovejas me increpó, indignada, y tuve que apresurarme a explicarle que no era a ella a quien quería retratar.

Pasaron luego por allí algunas jóvenes envueltas en largas y negras vestiduras; muchas de ellas ya llevaban la cara tapada con un velo. Iban camino de los pozos o de los campos de mijo, donde se pusieron a espantar con sus hondas a los tenaces gorriones. Ya se oía en los pozos el chirrido de las poleas: empezaba la jornada.


Las inundaciones de 2008, el ataque de Al Qaeda en 2009, la mala gestión de los sistemas de residuos cloacales y de riego de los campos, y los recientes conflictos armados han puesto en peligro la integridad y la supervivencia de Shibam. Por ello, la UNESCO la colocó, en julio de 2015, en la lista de Patrimonio de la Humanidad en Peligro. Una medida que, por cierto, no la protegerá ni, eventualmente, la salvará. A la espera del siguiente desafío, los rascacielos de barro yemeníes continúan alzando sus siluetas cada mañana por encima del Wadi y del desierto.