22.3.16

Manantiales de sabiduría popular

Manantiales de sabiduría popular

Por Sara Plaza

Recientemente, al comentar con un amigo las dificultades que había tenido para entender algunos pasajes del acto de presentación de un ensayo de filosofía en gallego, me avergonzaba de la profundidad del pozo de mi ignorancia. El problema, le decía, no había sido la lengua, que sigo aprendiendo, sino mi desconocimiento en materia filosófica. Pues bien, unos días después, tuve que volver a lamentar otras lagunas, esta vez en cuestiones de cultura popular. Seguíamos hablando de libros y de escritura, y el obstáculo no eran las palabras, que leía y escuchaba sin grandes tropiezos en un idioma que no era el mío materno, sino, nuevamente, todo lo que no sabía sobre la historia no tan lejana (ni temporal ni espacialmente) de Galicia.

Graxos da Burga. Atronador silencio por respuesta que, pese al aturdimiento inicial, no me impidió empezar a buscar...

Ni rastro en el Dicionario da Real Academia Galega. Primera pista en el Diccionario de Diccionarios. GRAXOS, pilluelos, muchachos vagabundos y desvergonzados, que hacían frecuentes trastadas en la ciudad de Orense; GREXOS, RILLOTES. Y, cito la misma fuente in extenso:

Desde antiguos tiempos tienen los orensanos fama tan justificada de buen humor y de ingenio, que esta simple afirmación es un axioma bien comprobado; pero en la segunda mitad del siglo XIX surgieron inesperados acontecimientos locales, durante unos doce años, que tuvieron en jaque a las personas sensatas y a los serenos de la capital. El caso insólito lo cuenta con cierta gracia irónica el orensano por esencia Valentín Lamas Carvajal, en las páginas de Gallegada. Reproducimos aquí, en castellano, parte de lo que el admirable poeta y gran periodista escribió en impecable y perfecto gallego. Pasaron muchos años –dice–; se olvidaron muchos recuerdos; desaparecieron las más viejas costumbres de Orense; pero no se barrió de la memoria de las gentes el recuerdo de Os graxos da Burga. Aun hoy se extiende por las villas de toda Galicia, pues lo mismo que la sombra acompaña al cuerpo, así esta mala fama va siguiendo y persiguiendo también a los hijos de Orense por donde caminan; y como si se tratase de un foro o de una renta perpetua, venimos pagándola nosotros, sin que nos valga reunir dinero para redimir esta gabela que nos echaron a las costillas antes de que naciésemos. El caso es que poco después del año 1834, en que los frailes fueron expulsados de los conventos, dos huérfanos de 17 años, que no tenían oficio ni beneficio, ni quien les diese de comer, ni sitio donde poder acogerse, cansados de pasar hambre por las rúas, a los ocho días ya encontraron un lugar entre la Burga de Arriba y la Burga de Abajo. En las noches de invierno dormían al calorcillo de las Burgas; en el verano hacían sus fechorías por las tardes cuando los rayos solares retenían en sus casas a los vecinos que no querían achicharrarse, y por las noches salían a tomar el fresco para arrapañar lo que pudiesen. A los pocos días ya contaban con muchos adictos, hijos de familias pudientes y relevantes; a los cuatro meses ya tenían nombradía en más de siete leguas a la redonda, y contaban con su cobijo, que pomposamente llamaban Casino; y sus habitadores eran ya conocidos con el nombre de graxos da Burga. Los más ilustres eran legisladores, ingenieros, arquitectos y trabajadores que fundaron las bases de aquella sociedad de vagos. Para ser graxos da Burga no se pedía patente, ni cuota de entrada, ni certificación de buena conducta, ni los apellidos paterno y materno, ni siquiera el nombre de pila del peticionario para formar parte de la pandilla. Con decir "aquí estou", estaba ya hecha la presentación y la admisión. La ley social de los graxos concentrábase en una frase lapidaria, desnuda de retórica; Todo é de todos. No había, pues, en aquella comandita ganancias, ni pérdidas, ni capital, ni trabajo. Si alguno lograba arrapañar algo bueno en una taberna o en otro lugar lo disputaban todos en hermandad, y pobre del graxo que se atreviese a mordiscar lo que era de todos y para todos. Tuvieron los graxos sus etapas duras y sus malas épocas, y no dejaron de pasar sus fatigas y sufrir sus reveses y contratiempos, pues hasta llegaron a apedrearlos. Fueron la pesadilla y el tormento de los serenos, porque cuando éstos creían tenerlos cogidos o descuidados, las luces del casino se apagaban instantáneamente por arte de brujería, y los héroes del chuzo quedaban burlados. Afortunadamente, el año 1846, con la llegada del provincial de Orense, desaparecieron los graxos da Burga, que han pasado a ser tambores y cornetas después de resistir un asedio en toda regla que le puso un piquete de soldados. Y desde entonces no quedó de los graxos da Burga más que el recuerdo.

Siguiente parada, un artículo del periodista y escritor Diego Ameixeiras en La Voz de Galicia (2015) titulado "O comando da Burga" que me animo a traducir:

Lo que en Estados Unidos se conoce como crook story (relatos desde el punto de vista del delincuente) nació en una época en la que el gangsterismo se propagaba por todo el país a consecuencia de la prohibición de la venta y fabricación de bebidas alcohólicas, instaurada a partir de 1919 con la aplicación de la décimo octava enmienda. La ley allanó el terreno para la aparición de una industria alrededor de los mercados clandestinos, que tuvo su reflejo inmediato en las tramas ideadas por los escritores de [la revista] Black Mask, que no tardaron en ser contratados como guionistas de Hollywood por su conocimiento del mundo criminal. El delincuente pasó de ser un arquetipo reprendido por la moral burguesa a convertirse en un rebelde nihilista cuyas actividades ilícitas no eran más censurables que la corrupción existente en las altas esferas del sistema económico. Desde los bajos fondos de Chicago, el maestro W. R. Burnett abrió la espita en 1929 con la espléndida Little Caesar, ascenso y caída de un gángster de origen italiano identificable con Al Capone. Era la primera vez que se analizaba la sociedad norteamericana a través de los ojos de un criminal.

Llevando el agua a nuestro molino, un pariente lejano de nuestras crook stories (obviemos la ausencia de una reprobación al contexto social en el que surge el delito) puede intuirse en las páginas del esquemático relato Os graxos da Burga de Valentín Lamas Carvajal, publicado originalmente en 1884 en el periódico O tío Marcos da Portela. Citados también por sus contemporáneos Heraclio Pérez Placer y Francisco Álvarez de Nóvoa, los graxos orensanos conformaron una especie de comando juvenil dedicado al robo y a la expropiación hasta que fueron reducidos por un piquete de soldados en 1846. Eran siete: el Mourón, el Pachete, el Portela, el Redes, el Carruxo, el Oso y el Cancheiro. Traídos de un episodio todavía palpitante en la memoria popular auriense, el espejo literario de aquellos rillotes decimonónicos nos mostró por primera vez los escenarios de la marginalidad urbana en nuestro país. No dispararían con una metralleta Thompson, como James Cagney, pero los graxos merecen un puesto de honor entre nuestros delincuentes preferidos.

Nuevo alto en el camino, un artículo del escritor X. L. Méndez Ferrín en el Faro de Vigo (2009), que lleva por título "Cinco acoutacións á 'Esmorga' con Don Ramón e outra xente ao lonxe" (escrito con motivo de la celebración del 50º aniversario de la publicación de la novela de Eduardo Blanco Amor, A Esmorga), del que también traduzco los párrafos que aparecen bajo el epígrafe "De graxos a proletarios":

A partir de un texto de Valentín Lamas Carvajal los varones (no había Casques d’Or ni Moll Flanders ni Garduñas) marginales de la ciudad de Orense, los llamados graxos da Burga (los de Orense decimos "Burga" en singular), entran en la literatura del siglo XIX mediante cuentos de Heraclio Pérez Placer y Francisco Álvarez de Nóvoa y se convierten así en arquetipo literario. Los graxos dormían, en las terribles noches invernales, en unas cuevas que antaño había en la Burga, al cariño de las aguas calientes. Después los graxos pasaban el ardoroso verano bañándose en el río Miño.

Otero Pedrayo recuerda una anécdota que revela el humor de los graxos orensanos; anécdota que toda la población liberal aplaudió.

El temible general Eguía, represor absolutista al que el boticario Chao de Vigo le había volado media mano con la primera carta-bomba de la Historia, hizo leva forzosa de todos los graxos de la Burga que pudo apresar y los incorporó al ejército reaccionario.

–Ya he reclutado a todos los vagos de Orense –dijo el energúmeno.
–Usted cogió los bagos pero en Orense queda la canga le retrucó un graxo al general, que no sabía el significado que las palabra bago y canga tienen en gallego [uva y lo que queda del racimo cuando se le quitan las uvas, respectivamente].

Eduardo [Blanco Amor] recoge la tradición oral y escrita sobre graxos y la lleva a todas sus novelas, especialmente a A Esmorga. Él no utiliza la palabra graxo, sin embargo, porque ésta ya había dejado de usarse en el Orense de su infancia. Por otro lado, los protagonistas de la novela que conmemoramos son unos viciosos, pero no marginales ni lumpen. Son verdaderos trabajadores. Sus figuras son proletarias. A Esmorga es la primera narración gallega en la que los protagonistas son trabajadores urbanos en estado puro.

Ni que decir tiene que cada una de estas citas abrió nuevos caminos, posibilitó nuevos traspiés y dejó pendientes un montón de lecturas de las que seguir aprendiendo.

Otras fuentes de interés:

Para saber más sobre las Burgas: Magia, religión y vida. Apuntes de la literatura etnográfica sobre el agua termal en Galicia. F. Braña Rey. Universidade de Vigo, Ourense, Estado Español. Trabajo presentado en el Congreso Internacional del Agua – Termalismo y Calidad de Vida. Campus da Auga, Ourense, Spain, 2015. [Artículo]

Sobre la crook story, la revista Black Mask y el escritor Raymond Chandler: "Escribir para comer", por Juan Gelman. [Artículo]

Blog de Manuel Gómez Dopazo [Acuarelas]

Imagen: Acuarela de M. Gómez Dopazo, Antiga Fonte das Burgas (2010).