5.1.16

La saga de los Nart

La saga de los Nart

Por Edgardo Civallero

Lo recoge la escritora argentina Ana María Shua en "El libro del ingenio y la sabiduría" (Alfaguara, 2003):

"Una joven mujer del pueblo de los nartas estaba enamorada de un anciano y quería a toda costa casarse con él. Su amado Uryzmag era un hombre mayor, de larga barba blanca, a quien todos respetaban. También él hubiera deseado convivir con esa mujer joven y hermosa, a la que amaba. Pero temía al ridículo por sobre todas las cosas en este mundo.

–Un viejo casándose con una muchacha... Todos los nartas se burlarán de mí. No podré andar por las calles sin que me señalen con el dedo.

–¿Quieres saber cómo es verse blanco de las risas ajenas? Sigue mi consejo. Toma un burro, ensíllalo al revés con tu mejor montura, súbete a él y paséate bien agarrado de la cola. En nombre de nuestro amor, te ruego que te pasees así durante tres días, sólo tres días, delante de los nuestros.

El primer día todos los que vieron a ese anciano venerable montado al revés echaron a reír con grandes risotadas y fue el comentario general del pueblo. El segundo día se rieron a carcajadas todos los que no lo habían visto el día anterior. El tercer día ya nadie lo miró ni a nadie le llamó la atención.

El cuarto día, el hombre se casó con la que mujer que amaba".

* * *

Esta pequeña y curiosa historia forma parte de la Epopeya o Saga de los Nart, un conjunto de cuentos muy arcaicos y variados originarios del Cáucaso septentrional: la región fronteriza entre Rusia, Georgia y Azerbaiyán, desplegada entre el Mar Negro y el Mar Caspio.

Las narraciones componen la base de la mitología de los pueblos del área, entre los que se encuentran los abazin, los abjasios, los circasianos, los osetios, los karachayos o karacháis, los bálkaros o balkarios, los chechenos y los ingusetios.

La saga, similar a las escandinavas o a los mitos de la Grecia clásica (con los que, por cierto, tiene numerosos paralelos), incluye tanto relatos en prosa como largos poemas épicos. Los primeros pueden ser muy largos, o tan breves como el presentado arriba; los segundos eran de una longitud considerable, y en los viejos tiempos eran cantados o recitados por bardos de ambos sexos. Los especialistas coinciden en señalar que las narrativas tienen raíces iraníes, las cuales fueron heredadas por escitas, sármatas y alanos (estos últimos, antepasados directos de los actuales osetios); sin embargo, también se han identificado rasgos propios de las tempranas sociedades caucásicas.

Los Nart a los que hace referencia el nombre de la saga (a veces llamados "nartas" en castellano, como hace Shua) eran una raza de héroes míticos. La palabra parece derivar de una raíz iraní, nar, que significa "héroe", aunque en checheno actual, nart también significa "gigante". Al parecer, los Nart se dividían en tres grandes clanes: los Alægatæ (los sabios), los Æxsærtægkatæ (los bravos guerreros) y los Boratæ (los ricos agricultores y ganaderos). Solo un puñado de ellos eran dioses o tenían categoría divina, aunque todas sus aventuras tuviesen características ciertamente mágicas.

El lingüista alemán Julius H. Klaproth fue el primero en hablar de la saga de los Nart en 1812 en su libro Reise in den Kaukasus und Georgien in den Jahren 1807 und 1808 ["Viaje al Cáucaso y Georgia en los años 1807 y 1808"]. Durante la segunda mitad del siglo XIX, las leyendas despertaron el interés de los intelectuales osetios (Vasiliï Tsoraïev, Dzantemir Chanaïev, Gatsyr Chanaïev) y de los rusos. En 1868 aparecen traducciones y estudios en ruso en las Notas de la Academia de las Ciencias, y en 1870 en el vol. III del Recueil d'informations sur les montagnards du Caucase ["Recopilación de informaciones sobre los montañeses del Cáucaso"]. A partir de 1880 comienzan los verdaderos análisis científicos de la mano del lingüista y folklorista ruso Vsevolod F. Miller, que incluyó la saga en sus Études ossètes ["Estudios osetios"]. En Europa occidental, los textos de los Nart aparecieron en 1887 gracias al lingüista alemán Johann Heinrich Hübschmann, que tradujo a Miller. Tras él se sucedieron varias publicaciones, hasta llegar al filólogo francés Georges Dumézil, que en 1930 publicó Légendes sur les Nartes ["Leyendas sobre los Nart"].

Las sagas incluyen a un conjunto de personajes que conforman el núcleo central. Quizás el principal sea Sosruko, Sawseruquo, Sosriqwe o Soslan, un héroe que, en ocasiones, parece no ser más que un pícaro burlador. Los circasianos dicen de él que era un servidor de los dioses gigantes, a los que terminó robando el fuego como el Prometeo griego; los abjasios lo representan como un embustero maligno, similar al Loki de los nórdicos. La dama Satanaya, Setenaya, Satanay o Satana, por su parte, era la madre de los Nart: una especie de diosa de la fertilidad, figura matriarcal e inteligente que tenía una enorme autoridad sobre sus hijos (un rasgo habitual entre las mujeres del Cáucaso septentrional). Tan grande era esa autoridad que, según cuenta una de las leyendas de la saga, apostó que podía tejer un abrigo en un día y, al no poder hacerlo, le pidió al sol que aminorara su paso para poder cumplir con el plazo.

Entre las fabulosas historias pertenecientes a la saga de los Nart, los circasianos contaban las aventuras de la Dama Setenaya y sus amores con un pastor para dar a luz al héroe Sawseruquo; las del dios herrero Tlepsh y la fabricación de la primera hoz; las de Wardana en el Bosque Canoso; las de Warzamegyuquo Yasheruquo en su búsqueda de coraje; las de Khimishuquo Pataraz al ganar las tres piedras de afilar mágicas; y las de los Nart que quisieron alcanzar el cielo. Los abazin, por su parte, narraban el cuento del árbol de las manzanas de oro de los Nart; las aventuras de Satanaya y, sobre todo, las de su hijo Sosruquo. Los abjasios se deleitaban con las narrativas del nacimiento y los trabajos de Sasruquo, y de cómo los primeros Nart fueron solucionando los desafíos que se encontraban para lograr su supervivencia.

Todas estas historias forman parte de la tradición oral, y transmiten antiguos valores y roles; fueron esos relatos los que ayudaron a los pueblos del Cáucaso a mantener su identidad tras la conquista rusa. Pues fueron los propios Nart los que, obligados a decidir si querían una vida larga, fácil y sin gloria o una corta, difícil y llena de gloria, eligieron la última al grito de: "¡Si nuestras vidas están condenadas a ser cortas, entonces que nuestra fama sea grande! ¡Que jamás nos separemos de la verdad! ¿Que la justicia sea nuestro camino! ¡Que no se nos conozca pena! ¡Que vivamos en paz!"

Imagen: Una necrópolis cerca de Dargavs, en Osetia del Norte.