22.12.15

En el corazón del mar

En el corazón del mar

Por Edgardo Civallero

Uno de los estrenos cinematográficos que ofrece la cartelera en este cierre de 2015 es In the Heart of the Sea, la adaptación a la gran pantalla de la novela homónima del estadounidense Nathaniel Philbrick, una obra publicada en 2000 y ganadora del National Book Award for Nonfiction de ese año. Libro y película narran, con distintos grados de respeto a la realidad histórica, las desventuras del ballenero Essex, un barco de Nantucket (EE.UU.) que en 1820 fue atacado y hundido por un cachalote en alta mar, dejando a sus tripulantes varados en el medio del océano Pacífico, a 3700 km al oeste de las costas sudamericanas.

Si el argumento suena conocido es porque Herman Melville se inspiró en el testimonio de uno de los ocho supervivientes del Essex para escribir Moby-Dick (1851). La realidad, sin embargo, supera –como siempre– cualquier ficción posible.

El Essex no era un barco nuevo. Tampoco era grande, ni tenía el tonelaje apropiado para dedicarse a la caza de ballenas. Sin embargo, sus viajes solían dar buenos réditos (contados en barriles de aceite), de modo que se ganó un cierto renombre como navío "afortunado". Y ya se sabe que, entre la gente de mar, los renombres y las leyendas suelen pesar tanto o más que los hechos.

El barco zarpó de la isla de Nantucket –un afamado puerto ballenero ubicado frente a las costas del estado estadounidense de Massachussetts, en el océano Atlántico– el 12 de agosto de 1819. Si todo iba según los planes, realizaría un viaje estándar de dos años y medio a los caladeros de las costas occidentales de Sudamérica. Iba capitaneado por George Pollard, que con sus 29 años era uno de los hombres más jóvenes de la época al mando de un ballenero, y llevaba como primero de a bordo a Owen Chase, de 23 años. Estaba provisto de cinco botes de 8 m de eslora, que eran los utilizados para arponear las presas, y contaba con una tripulación de 18 hombres, entre los que se encontraba un jovencito de 14 años, Thomas Nickerson.

Dos días después de abandonar Nantucket, una turbonada embistió al Essex, lo tumbó sobre un costado y a punto estuvo de hundirlo. Perdió el juanete –una de las velas– y dos de los botes, en tanto que un tercero quedó severamente dañado. A pesar de semejante descalabro, el capitán Pollard decidió seguir viaje sin reparar la vela ni reponer los botes y, así, bordearon el Cabo de Hornos en enero de 1920. El pasaje de aquel emblemático extremo geográfico tomó cinco semanas, un tiempo exageradamente dilatado incluso para aquella época de lentas travesías a vela. Este hecho, unido al accidente anterior, hizo que la tripulación comenzara a hablar de malos augurios. Sin embargo, las murmuraciones se dejaron de lado, pues una vez en aguas del Pacífico sur comenzaba la caza. El navío fue subiendo por la costa oeste sudamericana hasta llegar a la hoy famosa playa de Atacames, en Ecuador, sin encontrar apenas ballenas: el área estaba sobreexplotada.

Fue allí en Atacames en donde los marineros del Essex oyeron hablar de unos nuevos caladeros ubicados a unos 4600 km al sur y al oeste, en medio de los Mares del Sur, en una zona prácticamente desconocida, con abundantes islas que las leyendas poblaban de caníbales, y peligrosamente alejada de tierra firme. La distancia era inmensa, descomunal para la navegación de aquellos días (y lo sigue siendo, incluso para la navegación actual). Sin embargo, Pollard y los suyos no podían volver a Nantucket con las manos vacías, y dados los magros resultados obtenidos hasta el momento, apostaron por aquellos nuevos y remotos "campos". Antes de enfilar la proa hacia el sur, empero, se dirigieron a isla Floreana (entonces Charles Island), en las Galápagos, en donde los balleneros solían aprovisionarse de comida y agua. Debido a la necesidad de realizar algunas reparaciones, se detuvieron primero en isla Española (entonces Hood Island), en octubre de 1820. Allí, y en el plazo de una semana, capturaron 300 tortugas gigantes. Luego se desplazaron a Floreana, en donde atraparon 60 tortugas más, y en donde desataron un fuego que arrasó toda la ínsula; según se cree, el incendio resultó en la extinción de dos especies endémicas.

Una vez puesto el rumbo hacia los Mares del Sur, la tensión fue creciendo con el paso de los días, especialmente debido a la falta de presas. Finalmente, el 20 de noviembre de 1820 el vigía anunció que había divisado los blancos surtidores de vapor provocados por las ballenas al respirar. Se trataba de un grupo numerosos de cachalotes, de modo que los tres botes del Essex salieron en su persecución. Mientras unos cazaban y otros regresaban al barco para unas reparaciones en su bote, la tripulación del navío se percató de la presencia de un descomunal macho de cachalote, de unos 26 m de longitud, que actuaba de forma extraña. Se había quedado quieto a unos metros del barco, observándolo fijamente con la cabeza fuera del agua, y acto seguido había empezado a nadar hacia uno de sus lados a toda velocidad. El animal embistió violentamente al Essex y luego se colocó bajo el casco, golpeándolo con furia en repetidas ocasiones. Tras eso emergió al costado de la embarcación y se quedó inmóvil como si estuviese conmocionado. Chase, que estaba a bordo, pensó en arponearlo, pero se dio cuenta de que la enorme cola del animal estaba junto al timón y que cualquier movimiento del cachalote destrozaría esa vital pieza y los dejaría varados. La ballena volvió a ponerse en movimiento, se alejó y se encaró otra vez con el barco. Chase señalaría luego que el animal se movía al doble de su velocidad habitual, que llevaba la cabeza prácticamente fuera del agua y que parecía poseído por la rabia y la venganza. La bestia encastró la cabeza en la proa: el golpe fue tan brutal que hizo recular al navío. Una vez que pudo arrancarse de la maraña de maderos astillados, el cachalote desapareció.

Y dejó al Essex hundiéndose.

Tras pasar dos días rescatando lo poco rescatable, los 20 náufragos decidieron poner rumbo a las costas sudamericanas, tras oponerse a los planes de su capitán, que había señalado las islas Marquesas como destino más seguro. Las Marquesas, se rumoreaba, estaban habitadas por caníbales, de modo que los navegantes iniciaron su periplo hacia América: para ello necesitaban cubrir 1600 km en dirección sur, hasta dar con los Vientos del Oeste, que los llevarían hasta Chile, 4800 km al este.

Si bien la comida y la bebida se racionaron desde un primer momento, a las dos semanas los hombres ya se habían comido todo y estaban bebiendo su propia orina. Justo cuando parecía que iban a morir de sed, dieron con la isla Henderson, en el archipiélago de las Pitcairn. Allí encontraron un pequeño manantial de agua dulce, y pudieron cazar cangrejos y aves, y comer huevos y algunas plantas. Lamentablemente, los recursos eran limitados: en una semana acabaron con buena parte de lo que podía comerse, y el 26 de diciembre llegaron a la conclusión de que morirían de hambre si se quedaban allí. Excepto tres hombres que decidieron permanecer en Henderson, librados a su suerte, los demás partieron al día siguiente, confiando en alcanzar la isla de Pascua. Sin embargo, a los tres días habían acabado con las provisiones de cangrejos y aves que llevaban, y para el 4 de enero entendieron que se habían desviado muy al sur como para alcanzar el destino programado.

Fue a partir de ese momento cuando, uno a uno, comenzaron a morir.

El bote en el que viajaba Chase se separó de los demás por una tormenta. Sus tripulantes fueron muriendo y, enfrentados a un destino más que cierto, los supervivientes resolvieron comer uno de los cadáveres para mantenerse con vida, el 8 de febrero de 1821. Una semana después, los tres hombres que aún se mantenían con vida en ese bote, Chase incluido, se habían quedado nuevamente sin comida. Milagrosamente, el día 18 de febrero fueron rescatados por el ballenero inglés Indian.

Para mediados del mes de enero, los otros dos botes también habían agotado sus provisiones, y tras un largo e imparable rosario de muertes, los que quedaban decidieron conservar los cadáveres como comida. Una de las embarcaciones fue arrastrada por una tormenta y los que iban en ella no volvieron a ser vistos. En la otra, en la que viajaba el capitán Pollard, sobrevivieron tres hombres, que terminaron royendo hasta los últimos restos de los huesos de sus compañeros. El día 23 de febrero fueron rescatados, cuando casi tocaban las costas sudamericanas, por el ballenero Dauphin, también de Nantucket. Para entonces los hombres estaban prácticamente desquiciados.

Los que iban con Chase, tras unos días de reposo en el puerto chileno de Valparaíso, fueron transferidos a la fragata estadounidense Constellation. Antes habían dado instrucciones para que un carguero australiano fuese en busca de los que quedaron en la isla Henderson; milagrosamente, fueron rescatados con vida. El 17 de marzo, el grupo de Pollard se reunió con el de Chase, y juntos retornaron a su hogar.

Pollard volvió al mar en 1822, pero su ballenero encalló. Lo mismo sucedió con el mercante en el que embarcó luego, de modo que se ganó fama de Jonah (gafe) y nadie lo quiso a bordo. Tuvo que retirarse y terminó trabajando como el vigilante nocturno de Nantucket.

Para cuando Chase llegó a la isla, en junio de 1821, ya tenía una hija de más de un año. Cuatro meses después de su retorno terminó de escribir un relato del desastre, que tituló Narrative of the Most Extraordinary and Distressing Shipwreck of the Whale-Ship Essex ("Relato del extraordinario y angustioso naufragio del ballenero Essex"), y que Herman Melville usó como una de sus fuentes. Chase siguió navegando hasta que tuvo su propio ballenero, el Charles Carrol; continuó en el mar otras dos décadas antes de retirarse. Las memorias del órdago que tuvo que vivir lo persiguieron de por vida: ya de mayor sufría jaquecas y padecía terribles pesadillas. Al final de sus días comenzó a esconder comida en el ático de su casa, y tuvo que ser ingresado en un manicomio.

Thomas Nickerson, el muchachito que se embarcó con 14 años y que estuvo entre los supervivientes, se convirtió en un capitán del servicio mercante y escribió su propia versión de los hechos, que tituló The Loss of the Ship Essex Sunk by a Whale and the Ordeal of the Crew in Open Boats ("La pérdida del Essex, hundido por una ballena, y el suplicio de la tripulación en botes abiertos"), y que fue publicada recién en 1984 por la Nantucket Historical Association.

Años más tarde se encontró un bote con varios esqueletos varado en una playa de una isla del Pacífico sur. Aunque jamás se pudo comprobar, muchos creyeron que allí estaba el bote perdido del Essex. El furibundo cachalote que hundió al ballenero, por su parte, jamás fue vuelto a ver.