29.12.15

Cando pases pola miña praza-butaca...

Cando pases pola miña praza-butaca...

Por Sara Plaza

"Cando pases pola miña praza-butaca, déixame un pequeno sitio". Así se expresaba Federico García Lorca en una carta a Carlos Maside. Se refería a la Praza da Quintana, en Santiago de Compostela, a la que el poeta andaluz vio como un gran escenario, donde la escalinata sería el lugar del público.

El 27 de diciembre del año 1935 la editorial Nós, dirigida por Ánxel Casal, publicaba en Santiago de Compostela el poemario Seis poemas galegos, del poeta y dramaturgo español Federíco García Lorca. La obra estaba prologada por su amigo Eduardo Blanco Amor, quien habría convencido a Lorca para que accediese a publicar esos poemas. No obstante, el poeta, escritor y periodista orensano siempre atribuyó el papel de incitador de esos seis poemas gallegos a Ernesto Guerra Da Cal, quien, en palabras del autor de la novela A esmorga (cuya segunda adaptación cinematográfica, titulada igual que la novela y dirigida por Ignacio Vilar, fue estrenada en noviembre de 2014 en la XIX edición del Festival de Cine de Orense, y ha sido una de las triunfadoras de la 20ª edición del "Festival du Film Espagnol de Toulouse" celebrado en octubre de 2015), habría sido el más íntimo amigo del poeta andaluz: «Él [Lorca] me decía un verso en castellano y yo lo traducía libremente al gallego buscando, como es natural, las palabras que a él más pudieran impresionarle por color, sonido y evocación mágica. Si no le gustaba alguna –pura y simplemente en un juicio poético inmediato– yo le daba otras en opción y él, augustamente, elegía la que le salía de los cojones líricos.»

Aprovechando que acaba de celebrarse el 80º aniversario de la aparición del mencionado poemario, me gustaría compartir en este espacio el prólogo de Blanco Amor (recogido en O pórtico poético dos Seis poemas galegos de F. García Lorca, de Luís Pérez Rodríguez.) y reivindicar con él el encanto del idioma gallego y el de la poesía.

***

Federico García Lorca me llegó, un día cualquiera de nuestra amistad, con un puñado de versos gallegos. Todavía traían en lo tierno de su blandor recién modelado, el movimiento arbitrario de una grafía nerviosa de tachones, curvas y añadidos; plástica de la inspiración –calumniada palabra romántica que hay que recuperar por tantos motivos–; movimiento casi involuntario de la mano, agarrotada por ese eléctrico torrente discontinuo, que al bajar de los sesos a los dedos, se apodera de todo cuanto puede estremecerse en nuestra carne. Y dijo: –«La verdad es que, a pesar de haberme bien leído mi Curros y mi Rosalía, el gallego lo aprendí en los vocabularios precaucionables que añades a tus libros de poemas. Debes ser tú, por lo tanto, quien ordenes éstos y quien los edite y quien los prologue. Y ya está. Y ya se acabó. Y no me hables más de esto hasta que me traigas el libro.»

Poco había que ordenar fuera de la simple anécdota amanuense de sacarlos del dorso de unos recibos, desenredarlos de entre las líneas de un telegrama o ponerlos a flote de las restingas de una carta. Se veía que habían sido escritos en una serie de impromptus, de urgencias y de incontinencias, como los otros; no cultivándolos en macetas de ocios trabajosos y de postizas filologías, sino recogiendo el lagrimón de resina madura en el momento caprichoso en que se le ocurría aparecer sobre la superficie del poeta. No son, pues, versos eruditos elaborados, por virtuosismo y presunción, en lengua prestada, sino tan naturales, tan irremediables y tan 'inspirados' como los que le salen en su idioma de siempre.

Esta proximidad –más que aproximación– del poeta andaluz, no sólo a la estructura morfológica de nuestra lírica, sino a su más honda infraestructura espiritual, no cabe fácilmente en las disculpas pedagógicas de la intuición. Y por ser cosa tan venturosamente inexplicable, yo he resuelto, por unanimidad conmigo mismo, atribuirla al milagro: que a fin de cuentas, es la atmósfera natural y la única lógica de toda poesía, no contaminada por lo académico, lo social o lo didascálico. Es decir, de la poesía.

Muchas cosas, para mi lucimiento y pedantería –pudiera yo hacer como que meditaba, en este pronaos donde el poeta me deja a solas con sus nórdicos ramos y muchas losas pudiera mancharle con el polvo de mis zancadas, falsamente solemnes–. Pero sería pagar una hospitalidad de príncipe con oportunismo de villano. Dejo, pues, para ocasión más confianzuda el devanar cavilaciones, que muchas podrían ser en vista de tan fausto suceso. Pero será cuando no esté en casa ajena.

¡Sería de ver que el idioma gallego, lengua nutricia primero e imperial después, de la lírica de España durante siglos empezase otra vez, como en la época trovadoresca y en la romántica, que fueron sus dos grandes explosiones cíclicas, a rebordar por el mapa adelante, arrastrando en su riada a gentes que van por los desviados caminos; y que fuese un poeta, imperial de suyo, quien viniese en traza de heraldo a gritar la nueva, rindiéndole humildes preseas de voluntario vasallaje.

Esta vez, como siempre, lo gallego no triunfa por el dominio sino por el encanto. (Cuando me dicen que Galicia nunca supo mandar, yo contesto que supo siempre encantar, que es más imperecedera soberanía). Otros llegan también, que yo conozco, al reclamo de esta nueva nidada lírica. No tanto españoles como otros deslumbrados, provenientes de las suaves e hijastras hablas criollas, a demandar el secreto limpio, tenue, florido de esta lengua dulcemente terca, que se empeña en ser inmortal y aparecer de vez en cuando, por entre las rendijas de los siglos, con ojos nuevos de recién nacida. Los síntomas coinciden ya demasiado con los que tuvieron otras grandezas extinguidas, pero que así empezaron: con un lento desperezo luminoso, como las alboradas. En la mañana de este nuestro tiempo de ahora, aquel magnífico Pondal solitario, sacó de su trompa de hierro la profecía, en la gándara desolada, en tierra de Bergantiños. El gran aguilón salió, por magia, de la bocina y se fue por el mar agrisado y por la tierra verde, gritando el verso himnario:

'¡Os tempos son chegados!'

Y la voz de los poetas es la única matemática a que ajustan su arritmia los porvenires, todavía acostados en la entraña de lo que aún no fue, porque su voz es la única que puede convocar la historia nonata. ¿Os tempos son chegados? El poeta español llega, desde la abundancia de su imperio, a herborizar flores pequeñas en el paisaje de nuestra tierra. ¡En todo el paisaje! En el de nuestra ternura: 'Balada do adoescente afogado'; y en el de nuestro paisaje espiritual, que es la saudade: 'Cantiga do neno da tenda'; en el paisaje de nuestro pasado, que son las ciudades santas: 'Madrigal â cibdá de Compostela’; en el paisaje de nuestros muertos: 'Canzón de cuna, pra Rosalía, morta' y en el paisaje de nuestra fe primaria y paisajística: 'Cantiga da Virxe da Barca'. Porque Galicia no es en lo yerto de una platitud moribunda, sino en él lo más riguroso de su vitalidad creadora, otra cosa que paisaje. Digámoslo otras veces: Paisaje. Paisaje. ¿Qué hay? Gracias a él todo lo nuestro nos sigue vivo; y él nos fue, y nos sigue siendo, la referencia indispensable para no perdernos de nosotros mismos y la esperanzada realidad de cada instante y la energía eterna contra el cotidiano desaliento. Y ya que García Lorca, poeta de todos los sures más antípodas, entra en nosotros precisamente por esta múltiple puerta verde, a decir todos con rudo acento himnario:

'¡Os tempos son chegados!'

En el siglo XV un castellano, El Marqués de Santillana, escribía al Condestable de Portugal una carta de información literaria. Y en ella: «No ha mucho tiempo cualesquier dezidores e trovadores de estas partes, agora fuesen castellanos, andaluces o de la Extremadura, todas sus obras componían en lengua galaica o portuguesa». Y terminando el XVI un sevillano, Argote de Molina, continuaba: «Si a alguno le pareciera que Macías era portugués, esté advertido que hasta los tiempos de Enrique III todas las coplas se hacían comúnmente en lengua gallega». Y en el XIX Menéndez y Pelayo, concluía: «No se puede desconocer que el primitivo instrumento del lirismo peninsular, no fue la lengua castellana, ni la catalana tampoco, sino la gallega que, indiferentemente para el caso, (en aquella época eran la misma) podemos llamar gallega o portuguesa». Los Cancioneros todos, desde el de Resende hasta el de Baena, que es el de divisoria o deslinde, están llenos de poetas de otras tierras y lenguas –el Rey don Alfonso, el propio Santillana, Villasandino– que usaron con amorosa afición la de Galicia. Federico García Lorca viene a ella con la gravitación natural de otros grandes de otros tiempos. Y ahí os lo dejo para vuestra devoción y para nuestro estímulo. A mi me tiembla la mano –y el ánima– al ponerla sobre estos versos, que ya nos nacen reliquia, para echar más allá un acento o traer más acá un desmandado apóstrofo. Pero nada más que para eso. Toda su naturalidad fue pulcramente respetada. Mi complicidad se reduce a un leve paso por las ajetreadas cuartillas con probidad de pendolista y ortográfica. ¡Y que aun esto me sea perdonado!"

Luar Na Lubre - Chove en Santiago. [Video].

«Chove en Santiago / meu doce amor. / Camelia branca do ar / brila entebrecida ô sol. / Chove en Santiago / na noite escura. / Herbas de prata e de sono / cobren a valeira lúa. / Olla a choiva pola rúa, /laio de pedra e cristal. / Olla o vento esvaído / soma e cinza do teu mar. / Soma e cinza do teu mar / Santiago, lonxe do sol. / Agoa da mañán anterga / trema no meu corazón».

Imagen.