24.11.15

Tobe konejo tane

Tobe konejo tane

El tigre y el conejo. Un relato de los Warao.
Por Edgardo Civallero

Este cuento del pueblo Warao (delta del Orinoco, estado Delta Amacuro, Venezuela) fue recolectado por el antropólogo alemán Johannes Wilbert en el caño Wirikina, en el Delta central, de boca del wisiratu o wisidatu (chamán) Joaquín Rivero. Wilbert lo publicó, junto a muchos otros, en su antología Warao Oral Literature (Caracas: Fundación Lasalle, 1964). La versión bilingüe que se comparte aquí, junto con las ilustraciones, han sido tomadas del libro Tobe konejo tane / El tigre y el conejo, parte de la colección Warairarepano (Caracas: Monte Ávila Editores, 2008).

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Tobe konejo tane
Una vez el conejo andaba caminando solo por el monte y se encontró con el tigre, que estaba pescando despreocupadamente en un caño.
    Ateje, ya jisaka eku, konejo jakotai inabea kujuya jisamuka, tobe aisiko oriwere nakae. Tai tobe jana eku obojonamo yabaya.
Sin hacer ruido, el conejo se escondió entre las matas, y desde ahí contempló cómo el tigre pescaba guabinas, sin sospechar que el conejo lo estaba observando.
    Ururu omi tai konejo dauna ekuya dijisae, tatamo tobe kauju yabayaja miae. Tai konejo tobekotaisi seoroyaja tia tobe jese naminanaka, ekida.
Al ver la gran cantidad de guabinas que el tigre sacaba del agua, el conejo pensó en la forma de quitárselas y resolvió esperarlo en un recodo del camino por el que éste tendría que pasar con su botín.
    Tiaja kauju eraja tobe jonimo nisayaja mikore, tai konejo obonobukitane jotanae dibane, ine kaujutuma ji aisimo nisakuna, jojisi ajitu ekuya ji wakai tane, konejo dibunae. Iji tataisia wayabakitana jate, ji jarako aisiko.
Cuando sintió que el tigre se aproximaba, se acostó en el suelo haciéndose el muerto.
    Tobe konejo awere nakae tiakore, konejo tai nokone jobaji arai yajinae waba monuka jese.
Llegó el tigre y, al verlo así, dijo con voz ronca: "Ah... como que se murió el conejo". Se acercó un poco más para comprobar y, al ver que el conejo no se movía, siguió caminando tranquilamente de regreso a su cueva.
    Tatuka tobe nabakanae, takore konejo kotaisi tuatane mine dibunae a waroba koitayaja aisia: dijana konejo wabae, tane ja. Kuarika awereae nomewitu naminakitane, tiarone konejo dutanaka tane mikore, tobe kotai wite a ubanoko ata bajinae, a obonona omi kujuyaja.
En lo que el tigre se marchó, el conejo se levantó y corrió hasta el próximo recodo del camino, asegurándose de llegar ahí antes que el tigre.
    Tobe narukore jese, conejo kanamunae jojisi araisa yata jakakitane, tobe ebika tata nabakakitane kuana obonobukomo.
Al oír que éste se acercaba se volvió a acostar en el suelo y el tigre lo encontró tendido en el piso. "Como que se están muriendo muchos conejos", dijo de nuevo el tigre con voz ronca, y añadió: "allí lo voy a dejar tirado, por maluco". Y siguió tranquilamente su camino...
    Tai tobe awareaja kotaisi konejo nokokore, atae jobaji arai nakae. Tobe konejo joaika yajinae tiaja miae. Atanejese tobe taera koitayaja dibunae, amaseke konejo era wababuae tia. Kuraika dibane, ine tai konejo webotaja iabate a toma koera tiji. Taitane ebisaba naruae jojisi isia, a obonona ekida.
Una vez más el conejo se incorporó y corrió hasta la próxima curva del camino; allí esperó otra vez al tigre acostado en el suelo, haciéndose pasar por muerto. En esta oportunidad el tigre pensó que, después de todo, el conejo sería una presa sabrosa y muy buena para comer. De modo que decidió regalarse una espléndida comida aprovechando la suerte de haber conseguido tantos conejos muertos en su camino sin haber tenido siquiera el trabajo de cazarlos.
    Takore konejo kotai wite a tejo orikanamunae jojisi araisa yatawitu jakakitiakore. Tata tobe kotaisi atae wakae, jobaji araya yajinaja wabawitu monuka oriemikomo. Tametane jese tobe obonobuae dibane, imawarane konejo a toma dijapera, najorokitane yakerawitu. Tanejese kuana obonobune dibunae yama: ma jarako dijaperaubiaja ine najorobukitia. Joetane konejo era mibuae kuare, wabajatuma jojisi araya; kubakitane a yaota rakate ine ekida tanae.
Pero antes de empezar a comer, el tigre decidió volver un momento al caño a buscar agua para acompañar el banquete, y dejó el botín de guabinas guardado junto al conejo.
    Tiarone, mate najorokitane a jotana abanaka, tai tobe jana yata dubujida yarokitane taubuae joriaba konakitane wite a najoroida saba. Tiatiji a jarako kaukutuma konejo awere iabanae.
Más apenas se hubo marchado, el conejo se levantó, agarró las guabinas y escapó rápidamente.
    Takore tobe narukore jese, konejo kanamunae kuare kaujutuma oabune a ribuju aisia ekó jakanae.
Cuando el tigre regresó del caño relamiéndose los bigotes, pensando en el sabroso banquete que se iba a dar, se llevó la sorpresa de su vida al no encontrar por ningún lado ni a las guabinas ni al astuto conejo.
    Taitane tobe jakotai jana yatamo yaronae a rokojiji oriberoyaja obonobukomo dibane, ine dijaperawitu amaseke najorote. Ekuwitu, naminamoana tane, a kobe teí teí tia: kaujutuma rakate, konejo kayamoni rakate mibunaja tatuma a noko ekidaja yatuka, ekó tanae yama.
Y de la rabia que sintió al ver que había sido burlado lanzó un rugido tan fuerte que, del susto, al conejo se le quedaron las orejas paradas para siempre.
    Tiaja, tobe jakotai oriasidaubiaja nakae, imasibuyaja mikore taerawitu koitae yama. Konejo kotai a kobe keré tanae. Tiakore konejo a kojoko deko namabuaja bajinae arejese jakitane.

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Tobe konejo tane
Los Warao vivimos desde hace miles de años en el Delta del Orinoco. Para nosotros, el Delta es el corazón del mundo. Es allí donde el Wirinoko –"lugar donde se rema"–, como llamamos al Gran Padre río Orinoco, se ensancha formando un abanico de ríos, caños y cañitos cuyas aguas inundan la tierra hasta encontrarse con el Mar Grande. Sobre estas aguas hacemos nuestras casas, que llamamos janoko, "lugar de la hamaca". También hacemos curiaras, ligeras embarcaciones con las que nos hemos dado a conocer como excelentes navegantes. Tal es su importancia para nuestro pueblo, que de allí deriva nuestro gentilicio warao, que quiere decir "gente de curiara".

El Delta es un ecosistema con una inmensa diversidad biológica y una exuberante vegetación donde encontramos variadas palmas y manglares, y árboles muy útiles para nuestra vida como el temiche, la manaca y el moriche. De ellos obtenemos la madera para hacer nuestras casas y canoas, tejemos chinchorros [hamacas], cestas, tapetes y elaboramos diversos adornos, pulseras y collares. La fauna nos ofrenda con graciosos manatíes, toninas y delfines; también hay venados, conejos, y los divertidos monos araguatos y capuchinos; y por supuesto los tigres, el cunaguaro y el jaguar. Además, disfrutamos del maravilloso y colorido espectáculo que nos brindan diversas aves como las garzas blancas, las guacamayas amarillas, los tucanes, las pavas, los paujíes y el siempre trabajador y divertido martín pescador. Pero también la astucia e inteligencia de los Warao nos permiten sortear los peligros que representan, entre las raíces de los manglares, las anacondas y las boas. Todo este maravilloso ambiente nos provee de alimentos como el pescado, las guabinas y los morocotos, que acompañamos con yuca, ocumo y frutas diversas.

Actualmente los Warao somos más de treinta mil personas que hablamos un mismo idioma –con variantes algo diferenciadas– y compartimos una cultura. En nuestras comunidades, al amanecer, cuando los más pequeños aún duermen, los ancianos desde sus chinchorros entonan cantos mágicos y cuentan sus sueños. Más tarde se distribuyen entre los adultos las tareas del día; algunos salimos al campo o al conuco y otros a cazar o a pescar, y las niñas, los niños y los maestros nos vamos a la escuela. Al caer la tarde regresamos a la ranchería, y luego de la comida y el baño diario, nos acomodamos cerca del fuego a escuchar a los viejos. Ellos narran cómo fue el principio de los tiempos, cuando los animales eran como las personas. Son historias que hablan del origen de nuestro mundo y de las cosas; de cómo obtuvimos el fuego de una rana o cómo la tortuga "ojos entornados" creó los ríos. Historias que encierran nuestro saber, nuestras tradiciones. Oyendo las palabras de los sabios ancianos y de las sabias abuelas, viendo y siguiendo el ejemplo de los mayores, los niños y las niñas Warao aprenden. Así hacían nuestros antepasados y así hacemos nosotros. Esa es la sabiduría de nosotros, los Warao.

Ilustraciones: Carmen Salvador.