17.11.15

Límites culturales y eufemismos

Límites culturales y eufemismos

Por Sara Plaza

Los siguientes párrafos son un extracto de la trascripción de la intervención de Jorge Riechmann el segundo día del Seminario "¿Cómo pensar las transiciones ecosocialistas?", celebrado en Caracas del 3 al 6 de noviembre, como parte del I Circuito nacional de seminarios de la Red Venezolana de Centros de Investigación e Investigadorxs en Ciencias Sociales y Humanidades. CELARG: septiembre-noviembre 2015.

¿Por qué lo llaman "economía de guerra" cuando quieren decir o deberían decir "ecosocialismo"?

Ese "economía de guerra" es una expresión literal que uno encuentra en distintos investigadores y ensayistas en estos últimos años. Analistas que se dan cuentan de la magnitud y la velocidad de las transformaciones socioeconómicas necesarias, acaban desembocando en esta idea de la economía de guerra porque los referentes históricos cercanos, para un tipo de transformación socioeconómica tan grande en países como Gran Bretaña o Estados Unidos, son precisamente lo que ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando una sociedad como la británica [...] tiene que hacer en muy poco tiempo [...] un tipo de reconversión productiva total para hacer frente a ese peligro de vida existencial. [...] En cuestión de meses se dejan de fabricar automóviles y toda esa producción industrial pasa a fabricar tanques y aviones. El sistema de producción de alimentos cambia también muy rápidamente; salen del sistema productivo millones de varones y se incorporan millones de mujeres en esos puestos de trabajo. O sea, es un tipo de transformación de la magnitud que hoy haría falta para enfrentar esa situación de guerra contra la naturaleza en la cual estamos, y por eso estos autores, por ejemplo Lester Brown y colaboradores suyos, piden una movilización como en tiempos de guerra para hacer frente a las crisis.

La pregunta es por qué no se les ocurre, en lugar de hablar de economía de guerra, hablar de ecosocialismo, porque lo que está en juego en ese tipo de transformaciones iría por ahí, pero ahí topamos con esos límites culturales: en un país como Estados Unidos hablar de ecosocialismo es bien difícil aunque lo haga gente con mucha moral, como Quincy Saul y otros compañeros, es realmente un esfuerzo titánico frente a una cultura entera que está en contra de ello. Pero, realmente, esas economías de guerra lo que hacían era introducir elementos muy abruptos de transformaciones socialistas en ese marco tan peculiar.

[...] Entonces, pregunto, si se reconoce –a poco que uno eche cuentas a partir de supuestos realistas– que respetar las exigencias de rentabilidad de los capitales privados es incompatible con la preservación de una biosfera habitable –y esa es una manera de describir también la tesitura tremenda en la que estamos–, por qué no hablar a las claras de ecosocialismo en lugar de emplear ese eufemismo de economía de guerra. [...] La cuestión ecológica, la crisis ecológico-social, es el elemento que hoy debería obligarnos a repensar más a fondo el pensamiento socialista, comunista.

[...] Estos días están viendo una parte de ese debate en vivo y en directo en la antesala de la cumbre climática en París, la COP21: ¿hasta dónde llegan los compromisos de cada país? ¿Hasta qué punto los cambios graduales, dentro de este marco, dan para hacer frente a la rápida descarbonización de las economías de todo el mundo que sería necesaria? [...] Desde el pensamiento ecosocialista se insiste en que es un error, en realidad, no es posible –es decir, no lleva a donde sería necesario ir– ajustar las respuestas al calentamiento climático, tanto si hablamos de mitigación como de adaptación, a lo que resulta políticamente factible dentro del capitalismo. Ese es el nudo tremendo en el que estamos.

Eso sin entrar en el asunto, tremendo también, de la distancia que hay entre esa clase de compromisos, que adquieren ante las cumbres mundiales los países, y la realidad de lo que se hace una vez pasa el momento ese de la cumbre; los gobiernos asumen una series de compromisos que luego han venido siendo incumplidos de manera bastante sistemática. Por eso estamos donde estamos en la cuestión del calentamiento global.

[...] En cualquier caso, si se respetan esas exigencias de rentabilidad de los capitales privados y esa estructura del uso de la energía y de la Tierra, no resulta viable estabilizar el clima del planeta, ni siquiera evitar lo peor del calentamiento global. Y por eso cuestiones, sobre todo, de calentamiento climático, pero también las otras cuestiones de recursos, ponen sobre la mesa la cuestión del sistema socioeconómico.

[...] Vemos con frecuencia cómo [la respuesta de] lo que queda de la izquierda en los países occidentales –que no es mucho, todo hay que decirlo–, [...] en muchos casos se enmarca dentro de una especie de deseo de volver a los viejos buenos tiempos keynesianos, a esos decenios que siguieron a la Segunda Guerra Mundial en Europa y en Estados Unidos.

Los franceses, por ejemplo, hablan de ese periodo como "los 30 gloriosos", que es una exageración notoria pero quiere decir algo también que lo llamen de esa forma. Esos años, desde la salida de la Segunda Guerra Mundial hasta la crisis del petróleo de los 70, son años de un crecimiento económico muy rápido, de cierto pacto entre capital y trabajo que hace que haya economías más redistributivas. Se edifican, se construyen eso que se llama a veces welfare state, que más que estados del bienestar serían estados asistenciales, pero en cualquier caso con una red de protección social mucho mejor de lo que había antes y que lo que ha habido después, porque se ha desmontado parte de esa red de seguridad social y de protección social. En fin, se ve eso como el periodo dorado en la Francia de los 30 gloriosos, y entonces la tentación, también de buena parte del movimiento obrero organizado, es simplemente volver ahí si se puede, defender los restos de eso y volver ahí.

También las propuestas en el ámbito internacional del sistema de Naciones Unidas, la formulación de la idea de la green economy que se ha hecho desde esos lugares, van un poco por ahí. Por eso hablamos a veces de estrategias ecokeynesianas, como si se pudiera ir a un keynesianismo verde, a una versión del capitalismo más moderado que incorporase de alguna forma la cuestión ecológica.

Lo que yo argumento, y no estoy solo en eso, es que también para eso pasó el momento. No sé si quizá hubiera sido posible si se hubiera hecho de verdad, si se hubiera empezado de verdad en esa dirección en los años 70, pero ahora ya estamos en otra situación histórica por varias razones. Y además, [...] aunque en el aspecto social, socioeconómico, sea comprensible en algunos sectores esa nostalgia de aquellos años en Europa, en Estados Unidos y en otros lugares [...], no se pueden obviar los elementos de desigualdad estructural que había en ese sistema, ni que fue ese periodo de crecimiento el que llevó ecológicamente contra las cuerdas al planeta entero.

[...] En esa fase, a lo largo del siglo XX, y sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, se multiplicó por 16 el uso de energía primaria, en esos "viejos buenos tiempos keynesianos" se extendió el modelo de urbanización en mancha de aceite en las ciudades, que es completamente insostenible, y que tiene que ver con esa puesta de las ciudades al servicio de los automóviles, que es como hacer las cosas justo al revés. La agricultura industrial basada en monocultivos y altos insumos también se desarrolla en ese periodo. La desforestación masiva, la liberación al medio ambiente de millares de nuevas sustancias tóxicas y xenobióticas.

[...] Pero además de eso, es que ahora ya no hay base material para sustentar un nuevo ciclo de acumulación neokeynesiano. Tiene bastante de ilusión, pero están presos en esa ilusión sectores enteros de lo que se sigue considerando izquierda en Europa o el sistema de Naciones Unidas, como decía antes. Hoy ya no hay espacio ecológico ni recursos naturales –la cuestión energética, de nuevo, ahí es clave– para reproducir ese tipo de evolución para un planeta poblado por 8000 millones de seres humanos o 9000 millones de seres humanos como vamos a ser a lo largo del siglo XXI. Por eso esas propuestas de green new deal se quedan cortas, no sirven.

La economía mundial ha crecido ya demasiado, estamos más allá de los límites, la crisis económico-social es demasiado profunda, no se ve –los economistas discuten mucho sobre ello– que puedan surgir los enormes aumentos de productividad del trabajo humano, vinculados con el uso de recursos naturales masivo, que constituyeron la base de ese capitalismo fordista y keynesiano. La productividad no ha vuelto a crecer después como lo hizo en esos decenios posteriores a la Segunda Guerra Mundial –ahí hay todo un debate complejo sobre el papel que desempeñan los procesos de informatización, robotización y demás en todo esto–, y muchos economistas dudan que sea posible volver a tener ese tipo de aumentos enormes de productividad que estaban en la base de ese modelo. Y tampoco parece que exista –como presuponía también ese modelo– una clase capitalista ilustrada lo suficientemente lúcida y a la vez capaz de autodisciplina, como para llegar a un pacto con las fuerzas del trabajo, que sería neofordista o neokeynesaino.

[...] Entonces, los supuestos políticos y culturales de ese posible neokeynesianismo no funcionan y, por otro lado, estamos en un momento en el cual tres decenios largos de neoliberalismo han ido debilitando o desmantelando el tipo de instituciones nacionales y mundiales que serían necesarias para poner en práctica esa nueva estrategia .En fin, esas posiciones neokeynesianas, keynesianas verdes, green new deal y demás no son realistas. Realmente necesitamos estrategias ecosocialistas.

Desde este espacio, les animamos a ampliar lo aquí recogido acudiendo a las fuentes originales. Tanto los materiales como el resto de videos del seminario que dictó Jorge Riechmann pueden encontrarse en esta entrada de su blog personal:
Materiales de J. R. en CERLAG, Caracas, 3 a 6 de noviembre de 2015.