11.11.15

Leer en voz alta

Leer en voz alta

Por Sara Plaza

[Extracto de una entrevista reciente de Juan Losa a Santiago Alba Rico, a raíz de la reedición de su ensayo Leer con niños.]

¿Qué destacaría del proceso de relectura?

... [C]onfirmé que no cambian los libros, cambia lector, o lo que es lo mismo, que uno no puede bañarse dos veces en el mismo libro. Durante ese proceso, confirmé algunos autores para mí fundamentales como Kafka, Dostoyevski y Proust y sin embargo sentí un desencanto radical frente a libros o autores que me había gustado mucho cuando los leí siendo adolescente.

¿Por ejemplo?

Me sucedió con Turguénev, un autor que ha quedado completamente enmohecido, o con La conjura de los necios, que en su día me pareció brillante y corrosivo, y que, de repente, se ha tornado fatigoso de leer, al contrario que el Ulises de Joyce. Esto creo que tiene que ver con la relación que mantienen las grandes obras literarias con el universo oral, creo que todas las grandes obras literarias ganan con la lectura en voz alta.

Leer en voz alta
[Extracto de la novela de Manuel Rivas Los libros arden mal]

Y cuando volvió del penal, una de las cosas que le hizo feliz fue oírme leer en voz alta.

Qué lástima que no hayas nacido medio siglo antes, dijo. Podrías ser lectora en la fábrica de tabacos. Contó que las cigarreras le pagaban a una compañera para que les leyese novelas mientras las demás hacían las labores. Lástima. ¡Aún habrías de salir doctorada en Dickens! Lástima.

Sí, hombre, sí, dijo Olinda. Pero si le ponemos medio siglo encima ahora sería una vieja.

Polca se quedó pensativo. Sacó el libro aquel, el pequeño, el de las marcas. La novela de El hombre invisible. Había escondido los dos, el de Elisée y el del invisible, y sus recortes de periódico, dentro de un zurrón de cuero que enterró con una gran piedra encima, una piedra que tenía forma de silla. Se veía que lo decía con emoción. Que para él era algo importante. Algo parecido a un tesoro.

Toma. A ver qué cuenta. A ver qué cuenta ese libro que levantó las orejas entre las cenizas.

Leí muchas veces aquella historia. Para ellos tres. Para los vecinos que a veces venían a la velada de invierno, los sábados, a comer castañas asadas o lo que fuese. Mucho nos reíamos con aquello de que el hombre invisible tenía que tener cuidado con lo que comía. Él era invisible pero la comida no. La leche, de noche, moviéndose en sus tripas como una serpiente luminosa en el aire. Mucho dio que hablar aquel hombre invisible en Castro. Y cuánto nos reíamos con él, pero hombre, cuando un perro lo descubría y le mordía. Y con los ojos de la gata, cuando Griffin hizo su primer experimento. Consiguió hacerla invisible pero con dos fallos: los ojos, que seguían brillando, y las garras. Esa era una de las partes con más éxito. Los oyentes buscaban en la penumbra esos ojos solitarios. Para un hombre invisible es un problema que nieve. Los copos se posan en él y entonces se hace visible. El gran sueño de ser invisibles se convertía en una fatal complicación. Por eso, después de tanto reírse de las desgracias, la gente guardaba, como se suele decir, un respetuoso silencio cuando, ya muerto, el hombre albino se hace visible y alguien grita: "¡Cúbranle la cara! ¡Por el amor de Dios, cubran esa cara!". Yo pienso que aquella temporada Griffin fue más popular en Castro que en Iping. Quizá porque ese había sido el disfraz de siempre en Carnaval. Los llamados 'choqueiros' eran, en el fondo, hombres invisibles por unos días. No dejaban nada a la vista, ni siquiera la boca, toda la cabeza cubierta con medias y por encima sábanas, vendas y trapos. Parte del disfraz era no hablar, o hablar muy poco, con la voz deformada a propósito. Llegó un momento en que a mí eso del hombre invisible me parecía un calvario. En que dejé de reír y leía con un cierto dolor de tripas, como si a mí también se me viesen los retortijones. La del albino aquel, la de Griffin, era la máxima soledad.