6.10.15

Tiempos lentos de aprendizaje y perspectivas de colapso

Tiempos lentos del aprendizaje y perspectivas de colapso

Por Sara Plaza
Hace unos días recibí una carta de un amigo mío, cuyas líneas venían a sumarse a la larga conversación que mantenemos a golpe de correo postal desde hace casi dos años. A propósito de un comentario mío sobre el proyecto Dark Mountain, escribía:

No sabía nada del proyecto "Dark Mountain", parece una iniciativa bien interesante. Intuyo que hay muchas cosas bullendo por el ancho mundo en esa misma dirección. Sin ir más lejos, tengo un montón de conocidos en Galicia que están probando esos caminos, volviendo a lo rural. Algunos incluso con planteamientos apocalípticos... bueno, con planteamientos apocalípticos me refiero a esa idea de que mañana mismo puede acontecer un gran apagón tecnológico-energético y conviene manejarse con solvencia en un medio primario. Yo no tengo datos demasiados concretos para opinar, y mucho menos quiero tachar esta formulación de exagerada; al no ser un estudioso en la materia prefiero permanecer observante e irme haciendo una idea genérica.

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Casi al mismo tiempo que arrancaba nuestro diálogo epistolar, en enero de 2014, se publicó en Viento Sur un estupendo artículo de Jorge Riechmann sobre los límites del crecimiento, "¿Tiene sentido seguir evocando transiciones hacia sociedades industriales sustentables?", en el que su autor señalaba:

Y ahora ¿qué? Medio siglo de luchas ecologistas se saldan con una derrota sin paliativos del movimiento. No fuimos capaces de impulsar el cambio político, económico y sociocultural por el que luchamos. Dennis Meadows, uno de los autores principales de LTG en 1972, se dirigió en Bucarest a los miembros del Club de Roma en octubre de 2012. En su alocución constataba: estamos ya más allá de los límites (en situación de overshoot o extralimitación); el tipo de transiciones graduales y ordenadas que se hubieran podido emprender en los años setenta del siglo XX no resultan ya posibles en el siglo XXI; no tiene sentido seguir fantaseando con el mítico desacoplamiento o el no menos mítico desarrollo sostenible. Frente a la noción de sustainability (central para el ecologismo que la creó, aunque luego se viese espantosamente desvirtuada, a partir sobre todo de la "cumbre de Río" en 1992), recomienda Meadows, hablemos de resilience: tenemos que tratar de ganar resiliencia [1] para los tiempos durísimos que vienen… Dicho de otra forma: abandonemos la ilusión de transiciones ordenadas y hagamos frente a la mucho más dura realidad de los colapsos que se avecinan.

En esta perspectiva desengañada –la que adoptaron hace ya años, entre nosotros, Ernest García, Antonio Estevan o Ramón Fernández Durán [2] – se están situando, en los primeros años del siglo XXI, sectores sociales minoritarios que de alguna forma adoptan una perspectiva post-ecologista. Se trata de segmentos de los movimientos decrecentistas [3], de las "Iniciativas de Transición" en el Occidente euronorteamericano, de las ecoaldeas de los "neorrurales" en el sur de Europa, o de la "nueva ruralidad comunitaria" que viene desarrollándose en América Latina, asociada a menudo con el ideario indígena del "Buen Vivir". También se gestan núcleos que trabajan en pos de un cambio cultural que enlazaría, por su radicalidad, con algunas de las líneas de trabajo de la Deep Ecology en los últimos tres decenios. Así, podríamos evocar a colectivos como Véspera de Nada (la Asociación por una Galicia Sin Petróleo), el Instituto de Transición Rompe el Círculo (en Móstoles, Madrid) o el proyecto británico Dark Mountain.

[1] Hay una dificultad aquí: la noción de resiliencia que usa Meadows, procedente de la ecología, ha cobrado otro sentido en la psicología popular y la literatura de autoayuda de los últimos decenios, donde se ha transformado en un ideologema central del discurso capitalista –especialmente en la fase neoliberal del capitalismo. Para éste, no hay problemas colectivos ni conflictos sociales: sólo carencias individuales. Y así "la resiliencia se define como la capacidad de soportar los golpes y los avatares de la vida y sobreponerse a las circunstancias", desde la convicción de que "el que puede cambiar sus pensamientos, puede cambiar su destino". Se trata de "olvidar el pasado, sobreponerse y mirar hacia delante" para triunfar en la lucha de todos contra todos que es el mercado capitalista (los entrecomillados proceden de Patricia Ramírez, "Cómo sobre ponerse a los golpes de la vida", El País Semanal, 1 de diciembre de 2013).

[2] Ramón Fdez. Durán, La quiebra del Capitalismo Global (2000-2030): preparándonos para el comienzo del colapso de la civilización industrial, Libros en Acción, Madrid, 2011.

[3] Carlos Taibo, En defensa del decrecimiento, Catarata, Madrid, 2009.

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Como señalaba antes, desde la publicación de los párrafos anteriores, que prácticamente coincide con el inicio de la conversación postal con mi amigo, han pasado casi dos años. Su última carta tiene fecha del 3 de septiembre de 2015, y un día después se clausuraba el curso "Vivir (bien) con menos", coordinado por Jorge Riechmann, con una intervención suya titulada Explorando las sociedades pospetróleo bajo las amenazas de colapso, de la que transcribo la parte final:

[...] cuando nos acercamos desde arriba, ya sea desde la relación política, económica, o desde las ciencias de la tierra y la termodinámica, nos quedamos un poco sobrecogidos frente a la magnitud de lo que tenemos delante. Vuelvo a insistir en lo que decía hace un rato, necesitamos protegernos un poco frente a eso y la manera de hacerlo es no perder de vista esos contextos locales y concretos donde podemos hacer muchas cosas que tienen sentido, aunque no estemos seguros de que eso, pensado como lo hacemos muchas veces, como semillas de transformaciones más amplias, no estemos seguros de que esas semillas vayan a poder fructificar en tiempo y forma. Pero aún así hay que intentarlo, ¿no? Vuelvo justo a lo que decía al comienzo del curso, nos cuesta, a cualquiera, mantener los ojos abiertos frente a todo esto, cuesta un montón; es muy comprensible la tentación de dejar de mirar a eso o mirar hacia otro lado, o ponernos anteojeras de distinto tipo... a lo mejor las necesitamos a ratos, pero no podemos permitirnos unas anteojeras permanentes porque entonces vamos de cabeza al precipicio. Y luego hay otra opción, bueno, hay alguna más pero otra idea valiosa, digamos, a la hora de armarnos un poco psíquicamente frente a todo esto es la idea de intentar situar nuestra acción, parcialmente al menos, fuera de los esquemas medio-fin. En eso insiste por ejemplo [Franz] Hinkelammert cuando le preguntan qué tipo de esperanza se puede tener ante perspectivas tan duras como aquellas que afronta la humanidad en el siglo XXI, que yo desde hace un tiempo vengo llamando el Siglo de la Gran Prueba, y lo que señala Hinkelammert, y otra gente también, es que una parte de lo que podemos hacer es actuar sin calcular resultados. Eso es muy difícil en nuestra cultura porque llevamos ya varios siglos de aculturación en un tipo de racionalidad instrumental, en la cual ese cálculo de medios y de fines es constante y permanente, y la cultura dominante nos dice que fuera de eso no hay nada, o nada que valga la pena, pero aún así es muy importante. Aunque no toda la cultura occidental está en eso por fortuna, y otras culturas pues menos todavía, es muy importante no perder de vista que hay cosas que hay que hacerlas porque hay que hacerlas no porque esperemos un gran resultado, porque podamos calcular –y en muchos casos ni siquiera ese tipo de cálculos van a ser muy fiables– un resultado apetecible, sino porque nuestra dignidad como seres humanos, el ser lo que somos, el hacer lo que deberíamos hacer, nos lo pide. Por ahí podríamos apelar de alguna forma a Kant, la moral kantiana nos llevaría a un paisaje parecido, y por otro lado, para no dejar en un terreno tan europeo el asunto, pues también el ejemplo del indio Gerónimo, del caudillo apache Gerónimo, nos llevaría por ese lado. [...] no digo que el estilo de vida de los apaches sea moralmente recomendable en todos sus aspectos, pero, digamos, sí la moral de resistencia de la que era capaz Gerónimo y los suyos, y sí que vale la pena no perderla de vista [1].

[1] S. M. Barret, Gerónimo. Historia de su vida, Grijalbo, Barcelona, 1975. Traducido y profusamente anotado por Manuel Sacristán.

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Aunque parezca un lujo que no podemos permitirnos, algo me dice que mi amigo y yo seguiremos reflexionando por escrito sobre los colapsos que se avecinan en próximas cartas, en la primera de las cuales no puede olvidárseme incluir la siguiente cita del mismo autor de las anteriores:

La historia de los siglos XIX y XX fue la historia de cómo el capitalismo industrial construyó un mundo. La del siglo XXI, salvo que seamos capaces de imprimir en el decenio que está comenzando un fuerte giro de racionalidad colectiva a la actual carrera fuera de control, será la historia de cómo el capitalismo destruye el mundo –natural y social–. [...] Sir Nicholas Stern dijo famosamente que el cambio climático es the greatest market failure that the world has seen (conferencia ante la Royal Economic Society en Manchester, 28 de noviembre de 2007). No, es más que eso: el capitalismo –que nació enlazado con la Ilustración de una forma, como se sabe, harto compleja– es el mayor fracaso civilizatorio de la historia de la humanidad. [...] "Quien desee una vida tranquila no debería haber nacido en el siglo XX", dijo Trotski (lo recordaba Isaiah Berlin, quizá el pensador liberal más interesante de esa centuria, al comienzo de su famoso ensayo "Las ideas políticas en el siglo XX"). Todavía menos debería haber nacido esa persona en el siglo XXI, si quiere una vida tranquila... Vamos hacia un tiempo mucho más turbulento y doloroso de lo que ninguno de nosotros desearía. La única vía para minimizar los daños es un salto cualitativo en las dimensiones de igualdad, cooperación y cuidado. Nuestro drama es que los "tiempos lentos" del aprendizaje social y el cambio gradual no son congruentes con la rapidez de las transformaciones que serían necesarias para evitar lo peor [1].

[1] J. Riechmann, "El síntoma se llama calentamiento climático, pero la enfermedad se llama capitalismo".