29.9.15

Los rostros de los Áña

Los rostros de los Áña

Por Edgardo Civallero

"Nuestra tradición es hacer máscaras".

Así contó don Rodolfo Rojas, un hombre del pueblo Ava (a veces escrito "Aba") que vive en una comunidad de la provincia de Salta, al norte de Argentina. Casi, casi en la frontera con Bolivia.

Los Ava son un pueblo de habla guaraní, emparentados directamente con muchas de las sociedades indígenas que hoy habitan Paraguay, el noreste de Argentina y el sur de Brasil.

En la actualidad sus territorios se localizan al sudeste de Bolivia y al noroeste de Argentina, aunque no siempre fue así. Como muchos otros pueblos de estirpe guaraní, los Ava se embarcaron en grandes migraciones, allá por el siglo XV, buscando la Iwóka, la "Tierra sin Mal", una especie de paraíso en la tierra. Así, desde el actual Paraguay, llegaron a Bolivia. Avanzaron por las tierras bajas hasta alcanzar los contrafuertes andinos.

Y allí se toparon con las guarniciones del Tawantinsuyu, el "Imperio Incaico", que custodiaban el límite oriental del Qollasuyu, el suyu o "provincia" meridional.

Los choques entre los feroces Ava y las combativas fuerzas del Inca del Cusco dejaron huellas imborrables en la historia oral de ambas culturas. Una leyenda cuenta que, tras una de las batallas, un puñado de prisioneros Ava fueron llevados ante el soberano del Tawantinsuyu, que los condenó a morir de frío en una cumbre andina. Y allí, al parecer, nació el apelativo que designaría desde entonces a los Ava: chiriwañuq. En quechua, "los que mueren de frío".

Con el paso del tiempo y de tanta sangre derramada, el apelativo se transformó en un insulto para designar a aquellas sombras fieras que surgían de la selva como tigres para llevarse las cabezas de sus enemigos como trofeos. Chiriwañuq se convirtió en chiriwanu, "estiércol helado". Y se castellanizó en chiriguano, que es el nombre que aún reciben los Ava en buena parte de la literatura antropológica.

La llegada de los españoles proporcionó a los imbatibles guerreros de las tierras bajas caballos y armas de fuego. Así como no pudieron ser domeñados o controlados por el Inca, tampoco lo fueron por los virreyes hispanos, que sufrieron terribles derrotas y pérdidas cuantiosas cada vez que intentaron combatirlos. Solo con la llegada de la República los Ava fueron vencidos en Bolivia. Huyendo de la Guerra del Chaco (1932-1935), muchos cruzaron la frontera y pasaron a radicarse a Argentina, en donde trabajaron (o, mejor dicho, fueron explotados) en los ingenios azucareros. Allí, en Argentina, son llamados chaguancos.

"Nuestra tradición es hacer máscaras", repitió don Rodolfo.

En efecto, los Ava preparan máscaras de madera que aún hoy usan para el aréte abáti, la "fiesta del maíz". Se trata de una festividad que celebra la cosecha de la preciada planta y que, debido a la influencia cristiana, coincide con el Carnaval. Para el aréte, para la fiesta grande, los Ava preparan sus máscaras, que llaman áña áña, y que representan a las entidades sobrenaturales conocidas como Áña: los espíritus de los muertos Ava (jóvenes y viejos) y los míticos íya, los "Dueños de los animales".

"Pero eso sí, antes nadie las hacía para vender. Cada uno se hacía la suya, de a poco, escondido en el monte. Y a la señal dada, salíamos cada uno con la suya, a participar del aréte. Después se tiraba todo al río. Nadie guardaba nada para el otro año, y mucho menos se le ocurría poner un áña de adorno en su casa. Se botaba todo".

Para hacer las máscaras, los Ava utilizan la madera del yuchán, la ceiba o "palo borracho" de tronco barrigón y flores blanco-amarillentas. Es una madera ligera y blancuzca, blanda, que se trabaja con facilidad.

"Ahora hay varios que viven de hacer máscaras. Y hacen... y hacen... y hacen, hasta que ya no va quedando un yuchán ni para remedio. Vienen los karái y las compran en cantidad".

Con la derrota militar y la subsiguiente dominación religiosa, los Ava quedaron sujetos, en cierta forma, a la voluntad del karái, el hombre blanco. La presión que sufrieron como sociedad, similar a la soportada por el resto de poblaciones originarias de América, hizo que perdieran sus territorios, buena parte de su cultura y de sus costumbres. Su economía se redujo a un escaso puñado de opciones, incluyendo la de vender "artesanía". Entre ellas se cuentan las máscaras áña áña.

Sin embargo, algunos rasgos identitarios se mantienen con fuerza, tanto en Argentina como en Bolivia. Uno de ellos es el respeto por el mundo sobrenatural, sobre todo por los Dueños, los espíritus que protegían a determinados animales y a determinadas plantas. Pero también por los antepasados, nexos de unión entre todos los Ava.

"Pero siempre existe el peligro de hacer enojar al Dueño del Yuchán. Ese es como el dios del árbol, protege al árbol. Y puede llegar a raptar, como venganza, a los niños del que hace máscaras para vender.

Sea cierto o no, a nadie debería ocurrírsele vender máscaras, que es como vender el alma de nuestros antepasados".

El otro es su apego por celebraciones como el aréte, en donde todavía se interpreta la vieja música con las flautas y tambores de siempre, se bailan las antiguas danzas, se cantan las palabras en la lengua propia y, por una vez al año, se le pueden ver las caras a los Áña, cuando los espíritus cruzan al mundo de los vivos para divertirse. Aunque sea en forma simbólica.

Aunque los cuentos y las leyendas, todavía contadas por los ancianos, siempre dejan la duda: ¿quién sabe qué se esconde detrás de la máscara de madera de yuchán?

Testimonio: Rodolfo Rojas, de Tuyunti (provincia de Salta norte de Argentina), 1994. "El Dueño del Yuchán". En Pérez Bugallo, Rubén (2007). Mitos chiriguanos: El mundo de los Túnpa. Buenos Aires: Ediciones del Sol, pp. 148-149.

Imagen: María Inés Esteves. Máscaras áña de los Ava. "Tekoporã, arte indígena y popular del Paraguay". Exposición en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires (Argentina), 14 de julio al 25 de septiembre de 2015.