4.8.15

Queda el sabor de las grosellas

Queda el sabor de las grosellas

Por Sara Plaza

Tiene 95 años y sus huesos ya no pueden sostenerlo. Tampoco sus recuerdos encuentran dónde asirse. Junto a la pared están las dos garrotas en las que apoyó su andar estos últimos años. A ambos lados de la cama deja caer las manos que hasta no hace mucho enmarcaban mi rostro el instante antes de estamparme un beso en la frente.

De niña corría tras él por el camino empedrado que nos llevaba hasta su huerta en la ladera de la montaña. Junto a la choza, bajando dos escalones y avanzando unos pasos hacia la derecha estaban los fresones. "Coge, chica, coge", me animaba mi tío abuelo, y yo metía la mano y miraba que estuvieran rojos también por debajo antes de arrancarlos y metérmelos en la boca. Luego bordeábamos los manzanos por una senda muy estrecha hasta llegar a la fila de groselleros. Las grosellas solo nos gustaban a él y a mí, así que no teníamos que compartirlas con el resto de la familia. Era muy entretenido desprenderlas de los racimos que colgaban de las ramitas pinchudas, y allí me dejaba buena parte de la mañana, acuclillada junto a una lata redonda que poco a poco iba llenándose de aquella fruta tan ácida.

Las sucesivas estaciones que han ido borrando los surcos entre los que él me enseñó a avanzar despacito, fijándome bien en dónde sí y en dónde no debía poner los pies, también han desdibujado los cauces de su memoria, pero no el sabor de las grosellas. En la ladera de la montaña de enfrente, en otra huerta que ahora está a mi cuidado, hay dos de aquellos de groselleros. No hubieran sobrevivido sin todo lo aprendido a su lado.

Queda el sabor de las grosellas

Es una suerte que estemos lejos
es una suerte que exista este amor
Si estuvieras acá, no te vería en el sol.

León Gieco – Te veo en el sol

Ilustraciones de Sara Plaza.