14.7.15

Los monifates

Los monifates

Por Edgardo Civallero

Corre 1662. En Santa Cruz de Mondoi (Oza dos Ríos, A Coruña, Galicia), un escribano del vecino pueblo de Betanzos, de nombre Francisco Fernández de Neira, avala un contrato firmado entre el ciego Pedro de Coiro y el labrador Juan Diego, por el cual el primero se compromete a enseñar al hijo del segundo, también ciego, a tocar la zanfona [1].

La zanfona o "viola de rueda" es un instrumento de cuerda tradicional de toda Europa. En el norte de España –y eso incluye Galicia– estuvo presente desde la Edad Media, cuando lo tuvieron en sus manos los músicos cortesanos, hasta finales del siglo XIX o inicios del XX, cuando fallecieron los últimos trovadores ciegos itinerantes que la ejecutaban. En algún momento el instrumento, complejo y de sonido muy característico, saltó del palacio a las romerías populares, de los castillos a las plazas y los mercados. Y en ese salto cambió su sonido, su repertorio, su espíritu. Al menos así lo contó, a mediados del siglo XX, el célebre Faustino Santalices, músico gallego que recuperó la zanfona para la tradición de su tierra natal:

Instrumento de juglar, fue recogido del arroyo, con toda la herencia de aquellos nómadas cantores [los juglares], por los ciegos. Dejó de sonar en los palacios, para vibrar en las romerías. Y plebeya por el contacto de la miseria mendicante, y ronca por los zarpazos de la nieve y de la lluvia, fue desde entonces el verbo lírico de las quejas ancestrales [2].

Casto Sampedro y Folgar, en su ya célebre "Cancionero musical de Galicia" [3], se detiene a explicar el repertorio de los ciegos que interpretaban la zanfona, el cual se componía sobre todo de cantares y romances:

Cantares y romances de ciego

Los primeros son muestras de la musa picaresca, maliciosa y pedigüeña de los ciegos en las fiestas del verano; singularmente, del día de Corpus y de otros de fama y concurrencia.

Las cantaban, pues ya van desapareciendo, al son de la zanfona o del violín, acompañados de lazarillo que tocaba la pandereta solamente, o dialogaba cantando con su amo y maestro [...].

Ciegos con cartelón
Ciegos con un estandarte pintado con los principales pasajes del hecho criminal o [sensacional] que sostiene el criado apuntando los cuadros según adelanta la relación al compás del violín o zanfona. El criado en los cantos ayuda al amo y al violín, que bien lo necesitan...

Los romances podían cantarse y, además, venderse impresos, en lo que se conoce como "pliego de cordel" (pues lo pliegos se ponían a la venta tendidos en cordeles, como ropa puesta a secar).

Lo más curioso es que los ciegos y sus lazarillos llevaban a veces pequeños muñecos o marionetas, los monifates, con los que representaban escenas de los romances, o cantares enteros. Los ciegos con sus teatrillos de monifates (accionados por los lazarillos) acompañados por el canto y la zanfona eran espectáculos muy populares. Dice Sampedro y Folgar:

Con monifates

El ciego abrocha el cuello de la larga y roja y remendada capa; el lazarillo recoge y vuelve hacia la espalda las dos bandas, sujetándolas en las puntas y, dentro y oculto por ellas, hace asomar, subir, bajar, esconderse, avanzar, retroceder, dar golpes, hacerse caer... fuera de la capa y a la vista dos monifates o "monicreques" vestidos de colores charros y que representan las figuras del propio romance que el ciego refiere y acompaña al son de un violín o zanfona.

Cuando se finge que los monifates ríen, lloran, preguntan, contestan, etc., ciego y lazarillo, provistos de una como lengüeta de caña, como una hoja de pergamino, de laurel o cosa análoga, producen una voz de falso tiple de hombre o de mujer, según el caso lo requiera.

Asuntos del teatro de ciegos con monifates

Una de las representaciones parecía ser la de un cura y su monaguillo, que no daba grandes ejemplos de honestidad y era reprendido por aquél; otro era un matrimonio cuya armonía era alterada por celos o borracheras habituales del marido; otra era la corrida de toros.

"Cristoba y Rosita"; ésta es una muchacha guapa que va al taller del maestro Cristoba para tomar medidas de unas botinas. Riñen por el precio y al marchar la parroquiana la sorprende por la espalda y le da un beso. Rosita va llorosa a quejarse a su padre, viene éste, riñe y pega al zapatero.

"Escena del barbero caro". Cristoba es un barbero en cuyo local se presenta el parroquiano Gregorio para afeitarse. Habla del precio, disputan y el barbero hiere y por fin degüella al parroquiano Gregorio. Viene el cura, se hace el entierro, pide el cura treinta duros, nueva disputa y nuevos palos, hasta que...

"Cristoba y el tonto de Sevilla". Cristoba encuentra un muchacho que ni entiende, ni ve, ni oye, ni se hace cargo de nada. Hacía varias tonterías con gracia y sin ella, siendo la última que Cristoba se echa al suelo y el tonto...

"La pelea del demonio (Melilla)". Cristoba descansa en una posada y se presenta el demonio invitándole a que se vaya con él al infierno. Hablan sobre ello, pero conocido el demonio, Cristoba le dice que va adentro a recoger el equipaje, y trae en su lugar un palo con el que ataca al diablo, pero éste hurta el cuerpo y no le puede pegar. Por fin, en un descuido, le da un soberbio palo en el cuello o cabeza y lo deja muerto con todas sus diabluras.

Notas sueltas [...]: Existen también cartas de Martínez Salazar y [del escultor Isidoro] Brocos sobre el mismo asunto. La primera se refiere al "Ciego de la zanfona" en Astorga, con sus muñecos "Pepita y Juanito", que representaban "Juan Lanas", "Marcos de Cabra", "La canción del carbonero que cambió los calzones por alforjas", "La historia de Robín solo [Robinson] en la isla" [...].

El escultor gallego Isidoro Brocos, que realizó una famosa estatua de un ciego con su zanfona, se dedicó previamente al estudio del personaje y de su acompañante, el lazarillo. Entre sus notas se encuentra la carta mencionada por Sampedro y Folgar:

El lazarillo llevaba una alforja de estopa con una abertura para la cabeza, cayendo una por delante y otra parte a la espalda, sin duda donde guardaba los muñecos y las historietas y algunos mendrugos si es que se los daban, algunos conducían los ciegos por medio de un palo casi como de metro y medio de largo y como de unos tres centímetros de diámetro por cuyos extremos cogían uno y otro.

Las denominaciones que tenían los tales ciegos: ciego de la zanfona, pero más se les conocía por los ciegos de los monifates.

Las escenas que representaban eran: entre padre e hijo, marido y mujer, y según se desprende de los versos, algo de personajes mitológicos.

Yo recuerdo haberlos visto en Santiago y el ciego le daba los nombres históricos de Don Jaime y doña Urraca, dialogaba con ellos y terminaba la escena con palos a la mujer, y alguna vez le daban con la mano para arriba en el ala del sombrero del ciego, haciéndolo como una gracia. El señor que me ha facilitado los versos me dijo que en las ferias de Monterroso, Taboada, Chantada, La Golada y Palas de Rey, a que asistía con frecuencia cuando niño, no recuerda terminar las escenas por palos, pero sí que alguna escena terminaba porque la mujer con ademán adecuado decía al otro muñeco bícame no cú [en gallego, "bésame el culo"].

[...] Terminado el acto salía el muchacho de debajo de la capa abrochando ésta en el broche del cuello y con un movimiento de rotación la zanfoña la corrían hacia la espalda, quedando ésta inclina por pasar la correa del hombro derecho por debajo del brazo izquierdo, quedando por tanto el instrumento al abrigo del agua y del polvo, y ser su transporte.

Los muñecos empleados por los "cegos dos monifates" gallegos se empleaban en otras áreas de la península Ibérica, aunque con un poco menos de creatividad: más que un teatro de marionetas, eran juguetes movidos por los trovadores o músicos ambulantes mediante cuerdas o con ingeniosos trucos mecánicos, para que pareciese que bailaban al son de la música que interpretaban. El dúo gallego "Os monifotes" y el conjunto castellano "Mayalde" siguen utilizándolos en sus presentaciones, rememorando (y, a la vez, manteniendo viva) una tradición que un día convocó a niños y grandes a la plaza, llamados por la voz rasposa de una zanfona y la de un ciego que decía:

Aquí estou, pobre e cego / traigo lindos monifates.
Cantan, bailan sin decir disparates / si non verdades a todo galego.
Atención, nenas e mozos / ojo avizor por tras de mi trasero.
Veréis salir niña y niño hermosos / bailando y cantando con salero.

Notas

[1] Pérez Constanti, Notas viejas galicianas, 1925.
[2] Santalices, La zanfoña, 1956.
[3] Sampedro y Folgar, Cancionero musical de Galicia, 1942, pp. 174-176.

Imagen. Pliego de cordel de "Cambio de los calzones por alforjas".