30.6.15

Su elección

Su elección

Por Edgardo Civallero

En el documental "The true cost" (El verdadero coste, 2015), Andrew Morgan, el director, explora el actual movimiento fast fashion –una versión actualizada, potenciada y verdaderamente enfermiza del consumismo capitalista aplicado a la moda– y el coste que semejante consumo desaforado de ropa y de complementos está teniendo para el planeta y sus habitantes.

Las imágenes que componen la película hablan por sí solas: niñas con serios problemas de shopaholism (oniomanía o trastorno de compra compulsiva) y blogueras "referentes" dentro del mundo de la moda mostrando sus masivas compras en YouTube, y multitudes entrando a saco, desesperadamente, en un almacén durante un Black Friday (viernes negro, inauguración de la temporada navideña en Estados Unidos) se yuxtaponen con anónimas obreras textiles trabajando en Dongguan, China (en donde se produce uno de cada seis vestidos usados en Estados Unidos), o vertidos cargados de cromo –sustancia usada para curtir el cuero utilizado para el calzado y los bolsos– yendo a parar al agua de Khanpur, India.

Además de esas imágenes tan poderosas, el documental incluye numerosas entrevistas y testimonios no menos potentes. El punto de partida es tan simple como dramático: como explica John Hilary, de la organización británica War on Want, las grandes multinacionales de ropa estadounidenses están alentando el consumo brutal e indiscriminado de sus productos. Para ello han creado lo que ha dado en llamarse fast fashion (moda rápida): moda que cambia prácticamente cada semana y que permite que ahora mismo haya 52 temporadas al año, en lugar de las cuatro de siempre organizadas por estación. Para dar al consumidor medio algo que comprar sin que se arruine, le ofrecen ropa baratísima. Y para obtener esos elementos, las compañías están "globalizando la producción", un eufemismo para la externalización (outsourcing) de hasta un 97% de su fabricación a países pobres en donde los salarios son irrisorios, la legislación sobre seguridad laboral es inexistente y los derechos de los trabajadores, si es que los hay, son ampliamente ignorados. En esos países queda el maltrato y el abuso, queda la esclavitud más o menos disimulada de los obreros, quedan la contaminación y los desechos. A nosotros nos llegan camisas de algodón a cuatro dólares o zapatos de cuero auténtico a diez.

El mecanismo de actuación de estas empresas multinacionales (y de sus pares alimenticias y tecnológicas, que quedan fuera del ámbito de este documental) es, asimismo, muy sencillo: se ubican en los mercados de países "en vías de desarrollo", contactan con empresarios locales y establecen un precio máximo de compra de un tipo determinado de producto (cinturones, zapatillas, ropa interior), advirtiendo que se irán adonde les ofrezcan precios más bajos. La competencia interna empieza entre tales empresarios, que van bajando sus precios para hacerse con el contrato... hasta llegar a niveles ridículos. Arif Jebtik, uno de ellos, comenta:

Así es la cosa. Ellos están compitiendo allá [en Occidente], las tiendas [multinacionales] están compitiendo, Cuando las tiendas vienen y nos contactan para hacer y negociar los encargos, nos dicen "Mira, esta tienda en particular está vendiendo esta camisa a 5 dólares, así que yo necesito venderla a 4 dólares, así que es mejor que vayas bajando tus precios", y nosotros los bajamos. Después viene la otra tienda y nos dice "Hey, si ellos la están vendiendo a 4 dólares, yo necesito venderla a 3; si tú puedes hacerlo, tenemos un trato, y si no, pues nos vamos a otro sitio". Dado que necesitamos hacer negocios desesperadamente y que no tenemos otra opción, tenemos que aceptar.

Dado que, como ellos mismos expresan, las materias primas no se han abaratado, sino todo lo contrario, recortan costes en infraestructuras y en sueldos, y al mismo tiempo multiplican las horas de trabajo y el número de trabajadores en un determinado espacio. Sobra decir que para mantener esos ritmos en esas condiciones necesitan empleados desesperados, dispuestos a soportar de todo y, sobre todo, a no quejarse. Las fábricas de ropa en India, China, Camboya o Bangladesh se convierten así en verdaderas "factorías de esclavos". Factorías que los occidentales desconocemos o ignoramos hasta que un edificio como el Rana Plaza se viene abajo (Dacca, Bangladesh, 13 de abril de 2013) y mueren más de un millar de trabajadores atrapados entre los escombros... horas después de que los propios obreros señalaran el peligro y fueran obligados a volver a sus tareas. Porque esos trabajadores no tienen derecho a decir nada, no tienen derecho a quejarse. No tienen derechos. Así lo cuenta Shima Akhter, una trabajadora de la propia ciudad de Dacca:

Formé un sindicato en mi trabajo. Fui la presidenta del sindicato desde su creación. Enviamos una lista de demandas y los patronos la recibieron. Tras recibirla, [las trabajadoras] tuvimos un altercado con ellos. Tras el altercado, cerraron las puertas y nos atacaron 30 ó 40 de sus hombres y nos dieron una paliza. Usaron sillas, palos, escaleras y cosas como tijeras para pegarnos. Principalmente nos dieron puñetazos y nos patearon, y nos estamparon la cabeza contra las paredes. Nos golpearon sobre todo en el pecho y en el abdomen.

Evidentemente, el capitalismo no va a dejar que unas cuantas muertes, unos cuantos abusos y aún el sufrimiento de países enteros coarte su posibilidad de ganar dinero y de sacar beneficios a todo y de todo. Y así es como empezamos a encontrar explicaciones que tratan de "justificar" –si tal cosa es siquiera posible– todas las barbaridades, todos los abusos y todos los problemas que el sistema provoca en los eslabones más débiles de la cadena... Benjamin Powell, director del neoliberalísimo Free Market Institute, se convierte en un claro ejemplo de este tipo de "ilustración didáctica" con aclaraciones como las que siguen a continuación:

Pues... esos sweatshops [talleres clandestinos o de explotación laboral] no son la última o la peor opción que tienen esos trabajadores. Parte del proceso que eleva los niveles de vida y conduce a salarios más elevados y a mejores condiciones de trabajo a largo plazo, que son las causas del desarrollo, es capital físico, tecnología y capital humano. Cuando las empresas van a esos países, llevan esos tres elementos a esos trabajadores, para así comenzar el proceso [de desarrollo].

[...] Tenemos que tener en cuenta que las alternativas disponibles para esta gente no son nuestras alternativas, son mucho peores, y generalmente son mucho peores que el trabajo en los sweatshops...

De acuerdo a Powell, pues, no se trata de una explotación de países empobrecidos por parte de las potencias económicas y sus conglomerados empresariales buscando el beneficio a cualquier precio; se da vuelta el discurso (como se hace siempre, con cualquier tipo de abuso o explotación) y se establece que en realidad las empresas están haciendo un enorme favor a esos países, sembrando en ellos la semilla del crecimiento y la evolución, de la mejora de las condiciones de vida y la industrialización. Kate Ball-Young, ex sourcing manager de Joe Fresh, agrega impávida:

¿Me molesta que haya gente trabajando en una fábrica, haciendo ropa para estadounidenses, o para europeos, y que se pasen toda la vida así? No. Quiero decir... ¡están haciendo su trabajo! Podrían estar haciendo un montón de cosas mucho peores. [...] No hay nada intrínsecamente peligroso en coser ropa... de modo que estamos empezando [en esos países] con una industria relativamente segura, no como minería de carbón, o de gas...

Al mismo tiempo que invierte las tornas, el discurso neoliberal es parcial; analiza solo un aspecto de la situación (lo que se hace, es decir, tejer ropa) y deja fuera todo lo demás (en qué condiciones se hace y lo que significa para toda esa gente, su sociedad, su tierra... y, por supuesto, lo que no hace o no permite que esa gente haga).

Y otra vez Benjamin Powell, en esta ocasión en una entrevista televisiva en los Estados Unidos, bajo el título "Are sweatshops good?" (¿Son buenos los talleres clandestinos?):

Estamos hablando de lugares con condiciones de trabajo muy pobres, comparadas con las condiciones que conoce un estadounidense, salarios muy bajos de acuerdo a los estándares estadounidenses, quizás con niños trabajando en lugares que pueden no estar permitidos por las leyes laborales locales, pero hay una característica importante que quiero remarcar [...] y es que son lugares en los que la gente decide trabajar, [eligiendo esos lugares] literalmente de un conjunto malo de otras opciones.

No se trata de naciones y sociedades convertidas en esclavas de las corporaciones occidentales. No se trata de neocolonialismo, de explotación simple y pura, de abuso absoluto. No se trata de obtener todo lo que se quiera en las condiciones que se deseen. No se trata de hacer que cosas que nosotros consideramos inaceptables ocurran en otro país para que en los nuestros podamos vivir en una "sociedad del bienestar" con una felicidad garantizada, envidiada y envidiable. No se trata de gente que, puesta a elegir entre la miseria más absoluta y un trabajo esclavo, "elija" esto último.

No nos sintamos culpables, no se trata de nada de eso. En realidad, ellos eligen. Ellos deciden. Y eligen lo mejor.

Ellos lo eligen, sí. Como los mineros "deciden" dejar los pulmones en la mina de carbón. Como los que fumigan cultivos con agrotóxicos "deciden" reventarse la salud y condenar a sus hijos a nacer con deformaciones y enfermedades incurables. Como las niñas-prostitutas de países como Tailandia "deciden" dejar que un puñado de hombres hagan con ellas lo que les plazca. Ellos lo eligen, ellos deciden. Es más: podría ser mucho peor, de forma que su elección, aunque nos parezca mala, no lo es. Nos parece mala porque nuestros estándares son más elevados que los de ellos, pobres y desgraciados como son, pero no lo son tanto. Es más: muchos de ellos aman lo que hacen, son felices.

Así nos lo cuentan. Así nos lo venden. Y nosotros lo creemos.

Nosotros lo creemos.

En su ensayo "Liberalism and the Death of Feminism" (El liberalismo y la muerte del feminismo, 1990), la activista Catharine A. MacKinnon escribió: "Cuando las condiciones materiales anulan el 99% de tus opciones, no tiene sentido decir que el 1% restante –lo que estás haciendo– es tu elección".

Veinticinco años después seguimos sin entenderlo.