9.6.15

La música que hay en todo

La música que hay en todo

Por Edgardo Civallero

Estaba en el taller, entre herramientas y serrín.

El taller ocupa la parte baja de nuestra casa. A su lado corre un arroyo que en otoño ruge, en invierno se hiela, en primavera canta y en verano calla y se seca. Por las ventanas veo los yezgos, las cicutas, las ortigas, las nuezas, los nomeolvides y todas las plantas que crecen a la vera del hilillo de agua que todavía retintinea, y escucho las animadas discusiones de gorriones, mirlos, rabilargos, urracas, petirrojos, colirrojos, estorninos y palomas, peleándose entre las ramas del enorme guindo lleno de fruta del vecino, que ejerce como medianera entre casas.

Pero decía que estaba en el taller, entre herramientas. Concretamente, entre limas, escofinas y gubias.

En aquella siesta dominical, con el aire oliendo a tormenta y el cielo confirmando visualmente lo que el aroma del viento solo sugería, el aprendiz de artesano que llevo dentro se había inspirado. Había elegido una rama del pilón de leña de roble que hace poco nos tocó en suerte por las podas en la dehesa comunal del pueblo. Con ella en mano me había metido en el taller. Había cortado a serrucho una sección, la había descortezado a cuchillo, la había partido a lo largo y había decidido que de allí sacaría una castañuela. No un par: una sola. Una que me valiera para tocar la ginebra o arrabel: ese idiófono hecho de varias varillas de madera, o de varias cañas, o de huesos de cordero (en cuyo caso suele llamarse "huesera") que se ata al cuello, se despliega sobre el pecho y se frota con un palillo, una cuchara de madera, una castañuela... o lo que uno tenga a mano.

Dicen los que saben que hay música en todo. Que dentro de cada cosa –de cada piedra, cada hoja y cada palo, de cada plato y cada cuchara, de cada pie y cada mano, de ese martillo y aquellas tijeras– hay un instrumento esperando nacer, o deseando que le permitan expresarse, sonar, decir su música... Así cuentan, y yo, que así lo creo, estaba buscando el instrumento que había dentro de aquel blancuzco pedacito de leña joven.

Con un poco de suerte, quizás no tuviera siquiera que enseñarle a cantar: tal vez ya trajera sonidos del bosque al que perteneció, viejas memorias de cucos y abubillas primaverales, de sombras de buitres leonados chillando al sobrevolar las ramas, de oropéndolas soltando a las nubes su canto-maullido, o quizás del repique –eso esperaba yo– que provocaban los pájaros carpinteros al buscar afanosamente su comida bajo las cortezas rugosas o en troncos ahuecados.

Mi propio trabajo –si es que a lo que estaba haciendo se lo hubiera podido denominar así– era musical: el rítmico vaivén del serrucho, de la lima y de la escofina masticando las fibras de la madera, el más rítmico golpeteo del mazo sobre la gubia ahuecando la pieza... Con mucho menos, pastores y labriegos y panaderos y herreros y cocineras de toda la vieja Europa (por no mencionar al resto del mundo, que para el caso no hace falta) marcaron el compás de canciones, coplas y romances. Y es que había música en todo, sobre todo en aquellos viejos tiempos en que los hombres todavía no se avergonzaban de segar la hierba a guadaña o de reparar el badajo de una esquila tallando a cuchillo un pedacito de jara, ni las mujeres tenían problema en voltear la masa del pan en una artesa o en mazar los haces de lino para extraer las fibras que luego tejerían. Aquellos viejos tiempos en los que la gente todavía cantaba todo el día: para alegrarse, para ahuyentar las penas y los dolores –que no eran pocos–, para exorcizar los miedos y la soledad... La tabla de lavar y el jabón, la hoz y la piedra de afilar, el almirez, la escudilla y la cuchara, todos ellos llevaban música dentro. Y todos ellos tuvieron la oportunidad de cantarla.

Hay música en todo: en la vara de higuera y el tallo seco del cardo, en el hueso del ala del buitre y las pezuñas del cerdo, en el cuero de la oveja y en la calabaza seca. Incluso en las tripas y en las crines hay música. ¡No cantan, pues, una vez hechas cuerdas y tensadas en un rabel! En todo hay sonido: solo hay que saber encontrarlo. O querer buscarlo.

Y por si nos falta inspiración, el mundo entero canta y berrea y chilla y murmura y silba y golpetea a nuestro alrededor, para inspirarnos melodías y ritmos. Si detenía el trasiego de las gubias en el taller podía escuchar el graznido de la urraca, el gorjeo de los verderones, el ruido del aire desflecándose entre los zarzales, el goteo del agua sobre los trozos de granitos que componen el lecho del arroyo, el chirrido de una langosta oculta entre la gramilla, el zumbido pegajoso de las moscas atontadas por el calor y la humedad de la incipiente tormenta, los gritos agudos de las golondrinas que planean a ras de suelo... Y más, y más, y más. No me hacía falta irme muy lejos para crear música: me bastaba con asomarme a la ventana del taller y comenzar a ponerle ritmo a la melodía universal golpeteando los dedos sobre el alféizar.

Fue entonces cuando, por la puerta abierta, emitiendo un zumbido grave notable por su volumen, entró volando un insecto. No puedo decir que aterrizó sobre mi brazo: diré mejor que chocó contra mí y que se aferró a mi piel como mejor pudo y supo. Me sobresalté, no voy a negarlo: era pequeño pero muy pesado, y el ruido y el impacto me alarmaron. Cuando por fin atiné a mirarlo, me quedé con la boca abierta. Era un escarabajo; uno totalmente dorado, brillante y lustroso. Quizás él también me miraba: mis conocimientos de óptica entomológica son rudimentarios, de forma que no sabría decir qué o cómo percibe la realidad un escarabajo. El caso es que, tras unos minutos en los que permaneció inmóvil –y en los que yo pude deleitarme en todos sus detalles– mi nuevo amigo comenzó a moverse, tal vez con ánimos exploradores. Bajó hasta mi codo, dio la vuelta hacia el interior del antebrazo, atravesó la palma de mi mano y se quedó entre mis dedos. Fue entonces cuando aproveché para tomarle la foto que ilustra esta entrada. Tal vez supo que ya estaba inmortalizado en un retrato digital, tal vez se aburrió de la sencilla topografía de mi extremidad superior derecha –absolutamente desprovista de encantos o sorpresas–; el caso es que, sin mayores anuncios y sin decir adiós, alzó el vuelo y, con el mismo zumbido con el que había entrado por la puerta, se marchó por la ventana abierta, rumbo al arroyo.

Recordé entonces que el etnomusicólogo francés Jean-Michel Beaudet comenta, en su libro Souffles d'Amazonie. Les orchestres tule des Wayâpi, que los Wayampi del río Oyapock, en la Guayana francesa, construyen unos enormes clarinetes idioglóticos de caña –los célebres tule– para imitar, según cuenta la leyenda, el sonido que hace un enorme escarabajo selvático, que ellos llaman enē.

Y es que hay música en todo, pensé mientras volvía a mi tarea de mazo y gubia. Es un hecho: uno que nos ha acompañado desde que somos especie. Uno que nos ha inspirado a lo largo de los siglos. Uno que muchos, muchísimos olvidan o deciden ignorar. Y uno que el mundo que nos rodea intenta, paciente e incansablemente, recordarnos todos los días. Quizás porque confía en que no todo está perdido con el ser humano.

Fotografía de E. Civallero.