2.6.15

El lenguaje universal del cariño

El lenguaje universal del cariño

Por Sara Plaza

En la Facultad de Magisterio algunos docentes solían insistir en la importancia que tenía para los futuros maestros conocer el mundo virtual detrás de la pantalla (televisiva, del ordenador, del teléfono...) al que los niños se asomaban a diario. Que yo recuerde, nunca los escuché decir que había que conocerlo para cuestionarlo sino como medio para acercarse a los más pequeños. Se trataba de encontrar un lenguaje común y para eso nada mejor, siempre según esos mismos profesores de universidad, que tomar prestadas las ocurrencias de los personajes que protagonizaban los programas que veían los alumnos de primaria, que ilustrarse en los catálogos de juguetes, que empaparse de la literatura que acompañaba cada nueva versión de videojuegos... que ponerse a su altura.

El pasado fin de semana, en el marco de la XVI Jornada de Música y Tradiciones celebrada en Braojos (Madrid), participé en un taller de cestería con niños y no tan niños. En frente tenía a una abuela que rondaba los ochenta años, a mi izquierda estaba sentado un adulto que no llegaba a los cincuenta y a mi derecha un niño de seis o siete. Yo me había quedado sin silla y estaba en cuclillas. Mi compañero de la izquierda se ofreció a cambiarme el sitio en varias ocasiones, pero decliné amablemente el ofrecimiento para poder seguir de cerca los avances de mi vecino de la derecha, cuyo enojo e impaciencia empezaban a ser más que evidentes cuando se le acabó la primera "rosquilla" de ratán. Éramos más de veinte participantes, el profesor estaba atendiendo a los más pequeños en otra parte del círculo, y en un momento dado la desesperación de mi joven amigo le hizo dar un manotazo a su incipiente cesto, resoplar y llamar a voces a sus progenitores para que lo ayudasen. Dejé mi tarea en el suelo, me arrodillé a su lado y le dije que no se enfadara que ya lo íbamos a arreglar. Agachó la cabeza hasta tocarse el pecho con la barbilla y ni me miró. Estaba realmente enfurruñado. "Venga, vamos a empezar juntos, ¿quieres?". Silencio. "Yo también estoy aprendiendo, ¿lo intentamos de nuevo?". Silencio. "No vas a rendirte a las primeras de cambio ¿verdad?". "Es que no me sale". ¡Eureka! Estoy segura de que no sabía lo que significaba "a las primeras de cambio", y dudo mucho que hubiera escuchado esa expresión de los labios de los protagonistas de sus series o juegos favoritos. Debió de ser "rendirse" lo que no le sonó bien. Alzó un poco la vista pero esquivó mi mirada. Me acerqué más y le animé a deshacer la última vuelta buscando entre los dos el lugar donde se había equivocado y en vez de pasar una por arriba y otra por abajo había pasado las dos por arriba. "Pero es que mira todo lo que llevan los demás". "¡¿Cómo?! Yo llevo todavía menos que tú" y le señalé mi trabajo en el suelo, "por eso no pasa nada, no estamos echando una carrera". "¡Ya! Lo que se hace rápido no queda bien". "Normalmente no tan bien como cuando se hace despacito". Había levantado de nuevo la cabeza y esta vez sí cruzamos la mirada. Le sonreí, "venga, ánimo". Volví a acuclillarme y recogí el culo de mi cesto del suelo. Avancé un poco mientras seguía observándole de reojo."Acuérdate de mojar el cesto como nos ha dicho el profesor". "Ya lo he mojado". "Sí, pero nos ha dicho que lo hagamos cada poco tiempo para que no se nos parta". "Ya voy". Pasaron unos minutos. "¡Jolines!, no me queda igual". "A ver, ¿qué te pasa ahora?". "¡Mira!, no está junto". "Bueno, vamos a deshacer otro poco y lo apretamos más, ¿te parece?". "¿Otra vez?". "¡Pues claro! ¡Todas las veces que sea necesario!, yo te ayudo". "Anda, mójalo de nuevo". Y así, haciendo y deshaciendo, mojando y apretando, una por arriba y una por debajo agrandó la base, dobló las costillas, fue subiendo poco a poco, cambió de color y el profesor le explicó cómo tenía que rematarlo. "¡Terminé!" "¡Enhorabuena!, es muy bonito" "¿Y el tuyo?" "¡Uy! A mí todavía me queda un rato y me parece que me he torcido un poco" Se rió. "¿Te ha gustado el taller?" "Sí, y no me he aburrido nada, decían que iba a ser un rollo". "¿De verdad decían eso? ¿Pero cómo va a ser un rollo hacer algo con tus propias manos?" Silencio y ojos muy abiertos. "Les voy a contar a mis amigos que sé hacer un cesto". "Estupendo". Mi vecino de la derecha se fue corriendo y cojeando hizo lo propio la abuela de en frente, a quien acababa de venir a buscar una hija. Hacía un rato que estaba vacío el asiento de mi compañero de la izquierda, pero preferí seguir en cuclillas y acabé mi cesto cuando todos habían rematado el suyo. "¿Lo has hecho tú?" "Sí, ¿has visto?" "Esta precioso, pero me parece que te has torcido un poco" "¿Tú crees?" "Sí, bastante, pero está precioso lo mismo. ¿Me enseñarás?"

Fotografía de Edgardo Civallero.