16.6.15

De enanitos impertinentes y abuelos campestres

De enanitos impertinentes y abuelos campestres

Por Sara Plaza

Uno de los regalos que conservo de cuando era niña son un puñado de cuentos. Recuerdo casi todas sus historias, y tengo en la retina los dibujos que las ilustraban. En una época me gustaron mucho las ilustraciones de María Pascual, pero mis favoritas han sido siempre las de José Ramón Sánchez. De entre los clásicos y miniclásicos que coloreó la primera no se me ha olvidado nunca aquella historia del enanito curioso adaptada por Eugenio Sotillos, ésa que comenzaba: "La hija de aquel rey estaba enferma y los médicos, desconociendo su enfermedad no acertaban a curarla. –Solo se curará –dijo su hada madrina– si come una de las manzanas de un jardín de tres hermanos huérfanos". Entonces aparecen tres hermanos campesinos que tienen un manzano en su huerto. Al oír la noticia de la enfermedad de la princesa y enterarse de que el rey ha prometido conceder la mano de su hija a quien la salve, deciden probar suerte. El hermano mayor agarra las manzanas más hermosas y parte el primero. En el camino un enanito sale a su encuentro y le pregunta qué lleva en la cesta. "¡Patas de rana! –respondió el muchacho. Que sea como tú dices –respondió el enanito". Ni que decir tiene que al llegar al palacio y descubrir el contenido de la cesta ante la princesa lo que saltan de ella son un montón de ranas. Al cabo de unos pocos días quien emprende el mismo camino es el segundo hermano. "Llevo ratas –respondió. –Que sea como tú dices –dijo el enanito". Y esta vez el rey se enfada de lo lindo y antes de expulsarlo del palacio manda que azoten al segundo hermano. En el árbol solo queda una manzana y el hermano menor decide llevársela a la princesa. "¿Qué llevas en esa cesta, muchacho? –le preguntó. –Una manzana para curar a la princesa –contestó el joven. –Que sea como tú dices –dijo el enanito". Y así fue.

Una mañana temprano, hace pocos años, mientras estaba agachada al borde de un camino de montaña recogiendo una de las hierbas medicinales que me había enseñado a buscar mi abuelo, un desconocido muy curioso y muy impertinente, mucho más que aquel enanito del cuento, se acercó a mí y con una inusitada simpatía y una afectada sonrisa me dijo: "Hola, ¿qué estás cogiendo?" Les aseguro que pensé en responderle cualquier tontería, pero recordé el cuento y fui incapaz de mentir. Me había molestado su intromisión, pero traté de ser educada. Insistió con sus preguntas, envueltas en una nada natural sonrisa, y empecé a contestar con monosílabos. Yo permanecía en cuclillas y él seguía de pie en el camino, su perro había dado varias vueltas alrededor mío olfateándome y sus compañeros, que ya se habían alejado varios metros, lo estaban esperando más adelante. No sé si lo que motivó su penúltima pregunta fue la impaciencia de aquel grupo o lo agotador que debía resultarle mantener aquella mueca en la cara frente a mis nulas ganas de hacer amigos: "¿sabes que te pueden denunciar por cogerla?". Silencio por respuesta. Pero él no estaba dispuesto a darse por vencido y se despidió con unas estúpidas explicaciones (del tipo, a un señor le pasó en no sé dónde) que nadie le había pedido. "Bueno me voy. Adiós". Suspiro profundo.

Parpadeé varias veces. Cuando volví a abrir los ojos estaba arrodillada junto a mi abuelo rodeada de hierba húmeda. Me anima a oler, a descubrir "lo rico que huele el campo". Sus dedos torcidos, sus ojitos sonrientes, las mil arrugas que recorren su piel morena, su camisa remendada, su boina negra, todos y cada uno de sus gestos invitándome a escuchar, a observar, a acariciar, a ser cuidadosa. Se ríe, nos reímos. Recogemos unas poquitas flores que ruedan por su mano grande y se escurren de la mía mucho más chiquita y mucho, muchísimo más inexperta. Busco entre la hierba las que se me han caído y me las acerco a la nariz: "¡cómo huelen!".

Cierro nuevamente los ojos. El doctor dijo que era un virus y que había muchos niños igual. Mi mamá transvasa la infusión de un vaso a otro para que se enfríe antes. Luego le pone una cucharadita de miel y remueve. "Tómatela, ya no quema".

Han pasado casi cuatro décadas de aquel dolor de tripa infantil, vuelvo abrir los ojos y dejo que caigan unas gotitas dentro de uno de ellos, luego tengo que aplicar una pomada. Esta vez se trata de una doctora y el motivo de acudir a visitarla un orzuelo.

Miro a lo lejos. El impertinente curioso, su perro y sus amigos son un puntito en el horizonte.

Fotografía de Edgardo Civallero.