13.5.15

Malhaya la tradición folk...

Malhaya la tradición folk

Por Edgardo Civallero

Ocurre en un pueblo de España. Digamos, en uno de la meseta. Noche de fiesta patronal. Gente reunida, bullicio en las terrazas.

El individuo se sube al escenario montado en la plaza. La gente aplaude, algunos murmuran con cierta admiración un nombre que me es desconocido pero que, después de la actuación de esta noche, seguramente no olvidaré. El individuo se planta en el medio de las tablas, frente a un único micrófono. El público se queda en silencio. Alguno tose, otro se aclara la garganta, un niño llora, sonidos todos infaltables en una actuación en vivo: si no los hay, habría que ponerlos pre-grabados.

El individuo levanta del piso un almirez, o una pandereta, o unas castañuelas, o unas tejoletas, o uno de esos instrumentillos hecho con una cáscara de nuez cuyo nombre no recuerdo ahora mismo. Decidámonos por un almirez. Lo hace ceremoniosamente, casi diciéndole al público: "Mirad lo que tengo aquí...".

Y entonces comienza a tocar.

Triqui-triqui-tín, triqui-triqui-tán, triqui-tán-tri-tín, triqui-tá-ta-átan...

Aquello es un tsunami. Mis tímpanos no se amilanan y envían las señales acústicas a mi cerebro pero, tras unos instantes soportando aquel vendaval, mis nervios auditivos se sobrecargan, se colapsan y terminan enviándome el equivalente a un mensaje de "error 404" en la Internet. "Servidor no encontrado, amigo. Inténtalo más tarde". Fuera, la catarata de notas continúa, impertérrita, densa, asfixiante...

Taca-traca-tín triqui-trá-trá-tán tiqui-taca-tán, tán-tá-trá-ti-trín...

Estoy a punto de levantar la mano y pedirle al tipo, por todos los dioses del Olimpo o por lo que más quiera en el mundo, que tenga compasión de mí y reduzca el caudal de aquel aluvión de semifusas percutidas, pero parece que justo entonces terminan los 40 o 50 compases de solo de percusión que oficiaban de introducción al tema, y comienza el fulano a cantar una copla tradicional.

"Malhaya quien me enseñó / a tocar el almirez / que por un cacho de cobre / tengo la mano a perder".

"Y yo los oídos", pienso para mi, mientras salgo de allí a escape. Muy a tiempo, por cierto, pues justo comienza otra demostración de pirotecnia percusiva que oficia de intermedio entre una copla y la siguiente estrofa... que, sugiero yo, debería ser un "malhaya" a quién le enseñó a cantar al muchacho. Pero eso ya es cuestión de gustos. Y para gustos se hicieron los colores, dicen.

Me refugio en la barra de un bar cercano a la plaza, y en una ración de tortilla de patatas con su respectivo tinto de la ribera del Duero. Al reconfortante olor del vino y de la comida, mis nervios auditivos perdonan mis pecados y vuelven a activarse, de forma que me permiten seguir escuchando la actuación, aunque ya en la distancia, como marco sonoro a mi improvisada cena. Aquel "concierto de música tradicional", como ha sido promocionado en los carteles que anuncian el evento y a cuyo reclamo yo acudí, termina siendo una serie de solos de antiguos instrumentos de percusión cotidiana y tradicional intercalados con un puñado de coplas de origen popular. Oigo como van cambiando los instrumentos, pero la forma de interpretarlos es exactamente la misma: ya sean panderetas, panderos cuadrados, tejoletas, almireces, cucharas, botellas, castañuelas o lo que sea, en todos los casos hay que soportar vertiginosas acrobacias, repiqueteados ametrallantes, síncopas y otros adornos de esos que aparecen en las páginas de ejercicios más difíciles del "Manual avanzado del estudiante de percusión". Unas técnicas, esas, que pocas veces se encontraban entre los auténticos intérpretes populares.

Porque en la interpretación tradicional de los instrumentos de percusión –los más abundantes y habituales, porcentualmente hablando– de esta Iberia que hoy recorro y aprendo a conocer, los virtuosos no abundaban. Es más: prácticamente no existían.

Hablo en pasado porque hasta hace poco se mantuvo abierta y sangrante una brecha generacional que logró que los conocimientos comunes y corrientes hace medio siglo, digamos por caso, sean hoy verdaderos misterios (y que haya una tremenda movida montada en torno a esos viejos saberes, a los pocos que los recuerdan aún, a los que los han aprendido de sus labios, a los que quieren aprenderlos y a los que están deseosos por adaptarlos al presente). La música, el canto, el baile, la construcción de instrumentos y su interpretación se encuentran entre los que en algunos casos se convirtieron y en otros estuvieron a pique de convertirse en meros olvidos. Tocar una cosa tan simple como unos hierrillos (un triángulo) era un desafío para personas que no los habían visto en su vida y que no tenían ni idea de qué hacer con ellos. De hecho hoy por hoy es preciso recurrir, en ocasiones, a grabaciones etnográficas de mediados o finales del siglo pasado si uno desea averiguar cómo se interpretaba tal o cual ritmo, cómo se tocaba tal o cual idiófono o cómo se ejecutaba tal o cual género...

Y en esas grabaciones o en las memorias de los que aún recuerden las cosas de antes (de ese "antes" a la vez tan cercano y tan lejano) no se encuentran los fuegos de artificio percusivo que yo sigo sintiendo repicar a mi alrededor mientras finalizo mi copa de vino tinto y le hago una seña al camarero para repetir bebida y ración. ¿De dónde demonios salieron todas esas fusas y todos esos malabares, pues?

Saliendo del bar, la respuesta me cae encima como una losa (junto con los vapores etílicos del delicioso Ribera que acabo de estar disfrutando). Lo que escuché esta noche, por mucho que proclamaran los carteles y los anuncios, no fue música tradicional. Fue música folk. Y en ese género, los malabares no solo son válidos: son recomendables. Algunos dirían que obligatorios.

Son, por decirlo de alguna manera, el alma del show.

Mientras camino por una de las callejas de este pueblo en fiesta, bajo hileras de pequeñas banderitas españolas de plástico enganchadas en cables que zigzaguean por encima de mi cabeza, voy rebobinando mis ideas.

En las músicas tradicionales ibéricas, los instrumentos de percusión eran prácticamente omnipresentes: estaban en todas partes, y se utilizaban para casi todo. Es más: en los contextos profanos y no "ceremoniales" no importaba si no había una gaita, una dulzaina, una guitarra, un rabel o algún otro instrumento melódico para alegrar fiestas y entreveros similares: habiendo algunas voces y algo para llevar el ritmo, bastaba. Así se armaban tremendos "seráns" en tierras gallegas, y se amenizaban bailes en las Castillas o en los faldeos de los Pirineos.

Esos instrumentos, reales o improvisados sobre la marcha con cualquier elemento cotidiano a mano (unas cucharas, una botella, unas tijeras), solían ser interpretados colectivamente, y no hacía falta ser ni músico ni buen conocedor para hacerlo (de hecho, es poco probable que una vieja y habilidosa pandereteira gallega, por poner un ejemplo, se defina como "música": dirá que le gusta cantar, y ya). La ejecución se nivelaba siempre hacia abajo: bastaba con mantener el pulso adecuado, por supuesto, y con saber llevar el ritmo apropiado para el género que se cantaba y se bailaba. Punto. El nivel de destreza requerido, pues, era el básico: uno que pudieran tocar todos. Los ejecutantes no podían dedicarse a hacer firuletes, filigranas o contratiempos, excepto los necesarios para marcar cambios, finales o giros: tenían que ir todos al compás, y servir de sostén al canto y al baile, que eran los verdaderos protagonistas del asunto.

Había ritmos básicos, por supuesto, que eran mucho más elaborados que otros, y había formas básicas de interpretar un determinado instrumento –por ejemplo una pandereta– que eran más complejas en unas regiones que en otras. Pero, aún así, seguían siendo patrones rítmicos elementales. También había intérpretes que se daban más maña que otros para tocar... como ocurre con todo en esta vida. Pero, más allá de algún guiño cómplice o algún "qué bien tocas", no recibían mayores honores ni eran considerados relumbrantes estrellas de la canción o "virtuosos" (un concepto extraño a ese universo sonoro y cultural). Y seguramente en más de una ocasión se verían forzados a tocar toda la noche mientras sus compañeros bailaban (es que tocaban tan bien...).

En un momento determinado del pasado reciente, todo eso cambió. El mundo en el que se desarrollaban esas expresiones musicales/culturales dio un vuelco y a punto estuvo de desaparecer por completo. Los valores se trastocaron. Las experiencias de vida cotidiana que sustentaban la música, el canto y el baile desaparecieron o fueron dejadas de lado. Las prioridades se reformularon: se buscaba el progreso, la modernidad, dejar atrás épocas grises de recuerdos miserables generalmente asociados a la ruralidad, a lo campesino...

Con el abandono del campo, la emigración a las ciudades y el "cambio de paradigma", un montón de saberes viejos, esos de siempre, comenzaron a perderse. La música no fue una excepción. Fue entonces cuando se abrió esa brecha de la que hablaba antes. Ocurre que mientras los sonidos tradicionales se desvanecían, avanzaba con fuerza la música folk: una receta bastante exitosa que sumaba varias pizcas de sones tradicionales a otras tantas pizcas de géneros modernos de moda, e incluso a algún toque de mensaje socio-político con tintes rebeldes. La música folk se instaló en el vacío dejado por la desaparición de la "música de raíz" y la destrucción de muchas identidades regionales y locales. Y lo hizo con comodidad, y dispuesta a quedarse en ese sitio.

Analizar las razones y los motivos que subyacen a la aparición y al desarrollo de la música folk daría para escribir varios libros (algunos de los cuales ya han sido escritos, por cierto). Si bien es un tema complejísimo, en líneas criminalmente generales y genéricas podría decirse que el folk es una "adaptación" de la música tradicional a los nuevos tiempos, los nuevos gustos, las nuevas preocupaciones, las nuevas búsquedas, las nuevas identidades y las nuevas posibilidades que han ido surgiendo en el seno de las distintas sociedades a lo largo del último medio siglo. Es un folklore aggiornado, por decirlo de alguna manera. En algunos casos, la parte "tradicional" del folk se reduce a un mínimo (basta con que la música tenga cierto aire, cierto regusto popular); en otras se mantiene completa pero se la esteriliza, se eliminan sus significados antiguos (si es que no los ha perdido por sí sola ya); en otras se realiza un honesto esfuerzo por conservar todo el contenido original, actualizando únicamente la forma. Las opciones varían; los resultados también.

La experiencia de las últimas tres décadas muestra que la música folk que más se acerca a los gustos urbanos y (post-)modernos, a las estéticas de última moda e incluso al modelo preconizado por la sociedad de consumo y los mass media es aquella que tiene mayor aceptación y la que logra mayor visibilidad. Y, en consecuencia, es la que vende mejor. Y sí, hablo de "vender". Porque, salvo algunas honrosas excepciones, el folk ya es parte del mainstream y, como ocurre con otras músicas, es tratado como un producto, una commodity que es movida a través de los canales del comercio cultural.

La música tradicional era (y es) familiar, colectiva, comunitaria, de pueblo: algo que nos pertenece a todos y de la que todos podemos disfrutar. No se compra, no se vende. No gusta mucho de exhibicionismos ni de personalismos, y sí gusta de la cooperación y la colaboración. Por el contrario, el folk –lo repito, salvo honrosas excepciones que no se han dejado cooptar– es escenario y show, focos, carteles y fotos promocionales, estrellas y grupos acompañantes, autógrafos, arreglos musicales y estudios de grabación, entrevistas y televisiones, discos y giras, ventas, conciertos y videos musicales, seguidores en redes sociales y páginas web... Es otra cosa. Más moderna. Más... distinta. Muy distinta. Bastante alejada y ajena a lo que es de todos, a lo que cualquiera puede tocar, a algo en lo que cualquiera (y enfatizo el "cualquiera") puede participar.

Resumiendo: el folk que más vende en la actualidad –el más visible, el más difundido y, por ende, el que tiene mayores posibilidades de sobrevivir– responde a un modelo de artista/músico contemporáneo en donde priva la exhibición personal, los derechos de autor, el protagonismo individual, la demostración de habilidad mediante solos y malabares virtuosos, los tecnicismos de conservatorio, la actuación de escenario (con barreras más o menos anchas entre músico y público) y el "show".

Y es ahí donde empieza el enorme problema, me digo deteniéndome en medio de una calleja, debajo de una farola cuya luz amarillenta atraviesa banderitas azules de la comunidad europea. Si la música folk ocupó el espacio que en muchos sitios dejó abierto la música tradicional, si ahora mismo tiene mayor visibilidad y mejor aceptación, si es incluso más conocida, y si ha copado la escena con sus espectáculos y sus producciones... ¿qué tradición tendremos en el futuro? ¿La que nos legue el folk actual? ¿Una tradición folk filtrada por los mass media, la sociedad de consumo, el comercio cultural, el individualismo...? ¿Una tradición de virtuosos y espectadores?

De todo esto y algo más seguiré hablándoles en otra ocasión. Ahora mismo las ideas se me nublan y la modorra me está ganando. Son los efectos que tiene el tinto de la ribera del Duero cuando se combina con los "triqui-triqui-tines" de un almirez desquiciado.