3.3.15

The Potteries

The Potteries

Por Edgardo Civallero

John B. Priestley fue un ensayista, novelista y dramaturgo inglés; un creativo hombre de izquierdas. Saltó a la fama con su novela The Good Companions (1929), y esa fama ya no lo abandonó nunca. Sus escritos están llenos de vigor, de un humor indudablemente británico, de un fino sentido de la observación y de palabras correctas usadas en el momento oportuno. En definitiva, leerlo (sobre todo en su lengua original) es un verdadero placer.

En una selección de textos literarios sobre Inglaterra y sus habitantes titulado precisamente England and the English (Longmans, 1965) me topé con un fragmento de una de sus obras, English Journey (1934), un diario de viaje en el que relata lo que vio (con una mirada muy crítica y muy socialista, por cierto) durante un recorrido por su país en tiempos de la Gran Depresión (la década de los 30'). El fragmento en cuestión pertenecía al capítulo titulado "To The Potteries". The Potteries (literalmente, "las cerámicas") era el nombre que solía recibir la región de North Staffordshire (noroeste de Inglaterra) desde el siglo XVII, pues allí se agrupaban las principales fábricas de loza y vajilla debido a la abundancia de recursos minerales. Hoy los restos de los antaño numerosísimos talleres (y algunas empresas sobrevivientes) se encuentran dentro del trazado urbano de la ciudad de Stoke-on-Trent.

El texto completo de English Journey es tan vívido y se difundió tanto que en 1983 Beryl Bainbridge publicó un libro con el mismo título, rehaciendo el trayecto original de Priestley y anotando los cambios. Más recientemente, una periodista de The Guardian, Margaret Drabble, recorrió la ruta de The Potteries y los escenarios descritos en ese capítulo (ver). Traduzco y comparto, a continuación, algunos párrafos que muestran cómo eran las tareas "artesanas" de la zona a principios del siglo XX.

* * *


Tazas, platillos, fuentes, platos, jarras, teteras, cuencos... Los he estado usando durante casi cuarenta años. ¿Alguna vez me he preguntado cómo se hicieron? No. En todos esos años no dediqué ni cinco minutos a preguntarme cómo se hacían. En lo que a mi respectaba, y por lo que a mí me importaba, ya podían haber crecido en los árboles, o haber sido pescados en el mar. Hoy echo la vista atrás y miro a ese viejo e ignorante yo pre-Potteries con el desprecio que el fulano merece. He estado tras la escena de la fabricación de vajilla. Soy prácticamente uno más de los muchachos de la cerámica. Cuando ceno fuera suelo dar vuelta los platos para ver quién los hizo.

Ahora sé cómo las jarras adquieren sus asas y las teteras sus bocas. He presenciado el nacimiento de gigantescos platos para carne. Podría esbozarles, con estas dos manos, la historia de la infancia de una jarra o de una camada de hueveras. ¿Cómo es que esas tazas y platillos y platos llevan líneas doradas y adornos florales, e incluso imágenes completas? Ustedes –y me estoy dirigiendo ahora al profano y zafio público en general– no lo saben. Pero yo sí, pues estuve allí cuando ocurrieron los hechos.

Toda esta carga de saber viene de haber visitado The Potteries. Pensé que me gustaría echar una ojeada al oficio. Sin embargo, no hay ojeadas que valgan en The Potteries. O te quedas fuera o entras y echas un buen vistazo. Todo, o nada.

Había preparado visitas a dos empresas, empresas muy buenas, con una excelente tradición que databa de mediados del siglo XVIII. Me las escogieron mis amigos de Staffordshire como representativas de la rama más decorativa de la industria. El primero de los talleres que visité fue el de los señores Adams. Allí me proporcionaron un guía, un capataz joven, tipo fornido y muy bien informado, vestido con un overol marrón, muy agradable e inteligente, aunque algo dado a ser agresivamente sentencioso. Tenía la manía –aunque más tarde me di cuenta de que de ninguna forma era sólo suya– de referirse a todos los trabajadores como "damas" o "caballeros", en completa oposición a esos militantes demócratas que llaman "camarada" a todo el mundo. Así, este guía no decía "Esos hombres de allí están haciendo platos", sino "Esos caballeros están haciendo platos". No decía "Aquí, las mujeres y las niñas están poniendo asas", sino "Estas damas están poniendo asas". Incluso las niñas de dieciséis años, pringosas de tinta de impresión o pintura, y los chavales de diecinueve años cubiertos de barro, se convirtieron en damas y caballeros. Este hábito dio a la visita de esta robusta y vieja industria un toque curiosamente elegante y afeminado, aunque no hubiera nada de elegante o de afeminado en mi guía, que fijaba en mí su aguda mirada y me soltaba, de forma agresiva: "Ahora fíjese en estas herramientitas que este caballero está usando. Todo el lote no costaría más de seis peniques, ¿no es así? Ya. Cositas simples y caseras, ¿verdad? Ya. Buenos, pues hemos estado usando cositas como estas por más de cien años, y no se pueden mejorar. No se puede. Lo sabemos porque lo hemos intentado. Pregúntele si no a este caballero, él se lo va a decir. Le apuesto lo que quiera a que no puede encontrar mejores herramientas para la tarea que estas cositas". Y yo respondía, de la manera avergonzada inevitable en estas ocasiones, que estaba seguro de que tenía razón. Todos eran agradables e inteligentes, pero agresivos en este sentido. Nos deteníamos a ver a un hombre –perdón, a un caballero– trabajando en algo y mi guía decía: "Usted estará pensando que esto parece fácil, ¿verdad?" y el otro individuo se daba la vuelta y decía: "Sí, ya, todos se creen que esto es fácil, hasta que lo intentan", y ambos fijaban en mi sus pequeños y agudos ojos, como si mi torpe ignorancia estuviera tratando de negarles el fruto de años de aprendizaje y cuidadosa destreza; y yo me preguntaba si responder "Sí, parece muy fácil" sólo para complacerlos y darles pie, o si responder con sinceridad: "No, no se ve fácil, aunque no tengo ninguna duda de que si me hubiera pasado años sin hacer otra cosa, podría hacerlo tan diestramente como ustedes". En realidad, siempre me decanté mansamente por la primera actitud, la del ignorante que piensa que todo es fácil, y así les di a todos la oportunidad de ser beligerantemente informativos, lo que a ellos les agradó y a mí no me hizo ningún daño real. Y no había nada chapucero en la actitud de mi fornido amigo del overol marrón. Yo había llegado allí para ver cómo se hacían las cosas, y su ocupación aquel día era mostrármelo. Y lo hizo.

[...] Hoy en día hay científicos e ingenieros trabajando en estos sitios, pero los fundamentos del oficio no han cambiado. Estos obreros de North Staffordshire y los alfareros del antiguo Egipto comparten la misma habilidad, y si pudieran reunirse y encontrar un lenguaje común, no hay duda de que tendrían mucho que decirse los unos a los otros. Aquí, en pocas palabras, uno se encuentra con una industria moderna enraizada en un oficio tradicional. Hay una tradición viva incluso entre estos empresarios modernos. Vi a un hombre realizar la difícil operación de "lanzar" grandes platos para carne. Para ello tomaba un pedazo de arcilla que había sido golpeado hasta alcanzar más o menos el grosor adecuado, y lo colocaba rápidamente en un molde de yeso de París. Este molde se hacía girar a distintas velocidades y, mientras giraba, el "lanzador" iba ajustando hábil y rápidamente la arcilla al molde y nivelando el espesor del embrionario plato. Dado que el movimiento es circular y el plato no, este proceso es extremadamente difícil y exige un sentido del tacto altamente entrenado; uno que, tras un humillante medio minuto, descubrí que no poseo. Pero ese hombre había estado lanzando platos grandes y pequeños toda su vida, y su padre, y su abuelo antes que él, habían estado lanzando platos grandes y pequeños. A esas alturas ya se había convertido en un oficio familiar. Hasta donde sé, ya estaban empezando a nacer con la capacidad de "lanzar", y lanzaban pequeños platos imaginarios en la misma cuna. Sea como sea, lo que es cierto es que este profundo elemento artesano, del que pueden estar y están personalmente orgullosos, elimina a todos estos hombres de las filas de los ordinarios obreros modernos. No están haciendo un mero trabajo de tanto a la semana. Son artesanos. Están haciendo algo que nadie puede hacer mejor, y ellos lo saben. Cuando llegan al trabajo no se achican, como hace hoy en día la mayoría de los trabajadores dejando sus personalidades atrás al momento de marcar entrada; por el contrario, estos hombres –y, sin duda, muchas de las mujeres– se vuelven más ellos mismos, refuerzan sus personalidades, simplemente porque es aquí en donde pueden utilizar sus destrezas y dar salida a su entusiasmo. La mayoría trabaja directamente haciendo vajilla, y no me cabe duda de que, siendo la industria cerámica lo que es hoy en día, tienen que hacer un uso completo de esas destrezas y de ese entusiasmo para poder llevar a casa un salario decente al final de la semana. A pesar de ello, estoy convencido de que la mayoría de estos hombres rechazaría desdeñosamente hacer un mal trabajo, aún en el caso de no correr peligro de ser descubiertos. Su orgullo no les permite ser descuidados. Por esta razón se los deja trabajar sin supervisión, se confía en ellos y se los respeta. El feliz resultado puede leerse en sus rostros. Hay que caminar mucho estos días para encontrar una mirada similar.

Alentado por el guía atravesé, una tras otras, largas salas resbaladizas de arcilla, y vi a damas y caballeros de todas las edades y tamaños dando forma a tazas, platillos, teteras y jarras; moldeando mangos y boquillas (con un corte de un cuchillito a través de la arcilla conseguían el ángulo correcto para que el mango se adaptara al lado curvo de las teteras y las jarras); poniendo calcomanías que dejarían patrones sobre la cerámica; pulverizando colores sobre jarrones que giraban (un trabajo terriblemente sucio, media hora del cual, con un glorioso azul o un escarlata cargado en el aerosol, me quitaría más de un ataque de depresión); o pintando líneas doradas, hojas verdes o rosas en la loza de calidad superior, la mayoría de la cual, creo, sería de mayor calidad si no reflejara en su decoración el gusto de los años cincuenta [del siglo XIX] y de la Gran Exposición [The Great Exhibition, Londres, 1851].