9.3.15

Las relaciones públicas y el principio de precaución

Las relaciones públicas y el principio de precaución

En esta entrada reproducimos un artículo de Timothy A. Wise, investigador del Global Development and Environment Institute (GDAE) en la Universidad Tufts, publicado originalmente en inglés en foodtank. Ha sido traducido por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero.

La guerra contra los críticos de los alimentos genéticamente modificados: ¿tú también, National Geographic?

¿Desde cuándo la seguridad de los alimentos genéticamente modificados es considerada "ciencia establecida" a la par que la teoría de la evolución? Esa fue la pregunta que me vino a la cabeza cuando vi la portada del National Geographic de marzo de 2015 y el artículo principal, "¿Por qué mucha gente razonable duda de la ciencia?"

El titulo de la portada: "La guerra a la ciencia". La imagen: un plató de cine en el que se rueda un aterrizaje en la luna. Superpuesta en la imagen: una lista de batallas irracionales libradas por los "escépticos de la ciencia" contra un consenso científico implícito:

"El cambio climático no existe."

"La evolución nunca ocurrió."

"El hombre nunca pisó la luna."

"Las vacunas provocan autismo."

"Los alimentos genéticamente modificados son malos." ¿QUÉ?

¿Los alimentos genéticamente modificados son malos? En primer lugar, ¿qué pinta la palabra "malo" en un artículo sobre el consenso científico? Sin duda hay personas que piensan que los OGM son malos. ¿Pero la controversia no es sobre si los alimentos genéticamente modificados son seguros o no?

Y lo que es aún más importante, ¿qué está haciendo ese ejemplo en una lista de temas sobre los cuales la gran mayoría de científicos estaría de acuerdo? ¿Cómo demonios define el autor, Joel Achenbach, "consenso científico"? ¿Qué le parece el 95% de la literatura arbitrada, como en el caso del cambio climático? ¿Y casi el 100%, como en el caso de la falta de relación entre el autismo y las vacunas, en el de la evolución, o en el de la realidad del alunizaje?

No existe tal consenso sobre la seguridad de los alimentos GM. Un estudio arbitrado de las investigaciones publicadas en revistas sujetas a arbitraje concluyó que la mitad de los estudios sobre la alimentación de los animales realizados en los últimos años demostraron que existen motivos de preocupación. La otra mitad no, y tal y como los investigadores advirtieron, "la mayoría de estos estudios han sido realizados por las empresas de biotecnología responsables de la comercialización de estas plantas GM".

En otras palabras, esos estudios están empañados por el mismo conflicto de intereses que el propio artículo denunciaba en el caso de la investigación anti cambio climático encargada por las compañías petroleras. El único consenso sobre la seguridad de los alimentos GM lo encontramos entre los investigadores financiados por la industria.

Entonces, ¿por qué la respetada revista National Geographic cometería tal error científico? ¿Y por qué el respetado periodista del Washington Post, Joel Achenbach, incluiría la seguridad de los transgénicos en una lista de ciencia "establecida"?

Publicidad indirecta para los OGM

Llámelo publicidad indirecta. Ya sabe, ese tipo de publicidad subliminal que observamos cuando Coca Cola paga a un productor de cine para que todos los personajes beban Coca. Las empresas de biotecnología y sus poderosos paladines, como la Fundación Bill y Melinda Gates, están consiguiendo a través de una campaña muy bien planificada que la seguridad de los OGM sea declarada "ciencia establecida".

El propio artículo apenas toca la controversia ni la ciencia de los OGM. Se centra en la interesante e importante cuestión de cómo las personas, incluyendo los científicos, cuando interpretan la evidencia científica no pueden evitar que dicha interpretación esté viciada por "sesgos de confirmación", esto es, la tendencia a quedarse con la evidencia que confirma las creencias que uno ya tiene. Achenbach podría haber incorporado escritores científicos a la lista. Y editores de revistas.

El periodista se centra sobre todo en el cambio climático, la evolución y las vacunas. ¿Y los OGM? En lo que no deja de ser un párrafo descartable, después de reírse con razón del alarmismo anti-flúor, escribe:

"Se nos pide que aceptemos, por ejemplo, que no hay peligro en consumir alimentos que contienen organismos genéticamente modificados (OGM) porque según los expertos no existen pruebas de lo contrario ni razones para pensar que la alteración específica de unos genes en un laboratorio sea más peligroso que su alteración indiscriminada mediante la hibridación tradicional. Pero hay quien piensa en la idea de transferir genes de una especie a otra y se imagina a un científico loco haciendo estragos. Y así dos siglos después de que Mary Shelley escribiese Frankenstein hay quien habla de frankenfood".

¿Qué? "¿Según los expertos?" Algunos sí, otros no. ¿"No existen pruebas de lo contrario", de que no sea peligroso consumir OGM? ¿Qué clase de ciencia es esa? Muchos expertos estarían en desacuerdo, y sin duda pondrían objeciones a un modelo de seguridad para una nueva tecnología que está muy satisfecho con la idea, epidemiológicamente mezquina, de que si no hay pruebas de que algo sea peligroso, entonces debe ser seguro.

¿A alguien le suena la talidomida, o el DDT? ¿Qué es lo que está pasando aquí?

¿Ya estamos "despolarizados"?

Lo que estamos viendo es una campaña orquestada para hacer exactamente lo que National Geographic, a sabiendas o no, ha hecho: pintar a los críticos de los OGM como anti-ciencia sin ofrecer un debate serio sobre la controversia científica que sigue encendida.

Un indicador de ello fue un discreto comunicado de prensa, publicado el verano pasado, en el que se decía que la Fundación Gates había donado 5,6 millones de dólares a la Universidad Cornell para "despolarizar" el debate sobre los alimentos GM. Esa es la palabra que emplean. Con la donación se fundó un nuevo Instituto, el Cornell Alliance for Science.

"Nuestro objetivo es despolarizar el debate sobre los OGM y colaborar con socios potenciales que pueden compartir unos valores comunes en torno a la reducción de la pobreza y la agricultura sostenible, pero que quizás no están bien informados sobre el potencial de la biotecnología para resolver los grandes retos agrícolas", dijo la responsable del proyecto, Sarah Evanega, directora asociada de programas internacionales de la Escuela de Agricultura y Ciencias de la Vida (CALS, por sus siglas en inglés) de la Universidad Cornell.

¿Lo pillan? La Fundación Gates está pagando a científicos y partidarios de la biotecnología de la Cornell para ayudarles a convencer a un público ignorante y con el cerebro lavado, que "quizás no está bien informado", de que son ignorantes y les han lavado el cerebro.

"Mejorar las comunicaciones sobre biotecnología agrícola es un reto que tenemos que asumir si queremos que las innovaciones desarrolladas por instituciones del sector público como la Cornell lleguen alguna vez a los granjeros que están en el campo", añadió Kathryin J. Boor, la decana Ronald P. Lynch de la CALS.

Algo así como despolarizar un conflicto armado entregando más armas a uno de los bandos.

Así que lo que ustedes están viendo en National Geographic es el resultado de las mejoradas "comunicaciones sobre biotecnología agrícola".

Y no solo allí. Durante el último año hemos presenciado el asqueroso derribo de la activista anti-OGM Vandana Shiva por parte del New Yorker, y destacados artículos de opinión de científicos, investigadores y periodistas pintando a los críticos de los OGM como anti-ciencia, algo así como los negacionistas del cambio climático y los creacionistas pero en el campo de la política alimentaria.

En 2011 vi en directo cómo funcionaba la maquinaria de las relaciones públicas durante la celebración del Premio Mundial de Alimentación en Des Moines, que ese año fue a parar a tres científicos biotecnológicos, uno de ellos de Monsanto. (Por supuesto, fue pura coincidencia que Monsanto hubiera suscrito la renovación del hermoso edificio antiguo que alberga el imperio del Premio Mundial de Alimentación.)

Allí, la audiencia de un panel de discusión se despolarizó muchísimo. Ann Glover, asesora científica de la Comisión Europea y perro guardián designado de los OGM, dijo exactamente que todo aquel que aún cuestionara la seguridad de los cultivos transgénicos tenía el "cerebro lavado". Mark Lynas, que se ha labrado su carrera periodista con demonizaciones similares, añadió sus propios insultos.

Yo estaba sentado al lado de Hans Herren, que recibió el Premio Mundial de Alimentación en los noventa por su innovadora y eficaz campaña de biocontrol de plagas que salvó la cosecha de mandioca en África. ¿Tendría el cerebro lavado?

El consenso: no hay consenso

El consenso sobre la seguridad de los OGM está perfectamente claro: no hay consenso. Eso es lo que dice la literatura arbitrada independiente. Y eso es lo que National Geograhic muestra hermosamente en la exposición sobre la alimentación en su sede de Washington: las "consecuencias para la salud y el medio ambiente a largo plazo se desconocen". Y esta es una declaración precisa del consenso, o de la falta de él.

Los cómplices a sueldo de la industria del petróleo socavaron el creciente consenso sobre el cambio climático que tan molesto resultaba para esa industria, con el respaldo de una campaña de relaciones públicas muy bien financiada que sembró dudas sobre dicho consenso científico. En este caso, la industria de la biotecnología y sus aliados están afirmando que existe consenso donde no lo hay con el fin de silenciar a sus críticos.

El debate es sobre el nivel de precaución que deberíamos adoptar antes de permitir la comercialización a gran escala de esta nueva tecnología. Y cualquiera que afirme que existe un consenso científico sobre la seguridad de los GM está fallando directamente en contra del principio de precaución. Las personas razonables no están de acuerdo, y eso no les convierte en "escépticos de la ciencia".

¿Se han despolarizado ya?

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